El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

E l salón de baile de Lansdowne House era un espectáculo de opulencia desmedida.

Grandes arañas de cristal suspendían hilos de luz dorada sobre la multitud, mientras se escuchaba el rumor de cientos de abanicos de seda intentando en vano sofocar el calor estival.

Sin embargo, para Amy Andersen nada de aquello resultaba tan abrumador como la mano que descansaba, firme y cálida, en la curva de su cintura.

Habían pasado apenas dos días desde la noche en Vauxhall, desde aquel roce impulsivo en la penumbra y aquel beso en la mejilla que habían trastocado el frágil equilibrio de su trato.

Y allí estaban de nuevo, cumpliendo la primera regla de su comedia social: el primer baile de la velada les pertenecía.

Las notas de un vals austríaco comenzaron a fluir desde el piso superior y el vizconde de Sheffield la guio hacia la pista con la gracia innata de un hombre que había nacido pisando mármol barnizado.

—Estás extrañamente silenciosa esta noche, Amy —murmuró Derek. Su voz, grave y aterciopelada, se filtró por encima de la orquesta, alcanzando solo el oído de la joven.

—Estoy ocupada intentando recordar las reglas de la etiqueta británica —respondió ella, levantando la barbilla para sostenerle la mirada.

Los ojos verdes de Derek brillaban con una intensidad que aún no sabía interpretar—.

Me han dicho que, si tropiezo con el vestido de una duquesa, la pena de cárcel está garantizada.

El caballero dejó escapar una suave risotada, un sonido bajo que hizo vibrar el pecho donde la mano enguantada de Amy descansaba y que llamó la atención de quienes les rodeaban.

—Te aseguro que te protegería de la Torre de Londres si fuera necesario —dijo él, acortando otro poco la distancia entre sus cuerpos mientras pivotaban en el centro de la pista—. Aunque debo confesar que no es la etiqueta lo que me preocupa. —Hizo una pausa antes de continuar—: Es tu vestido.

Amy arqueó una ceja, sintiendo un cosquilleo insidioso extendiéndose por su nuca. Llevaba un diseño de seda en tono verde esmeralda, cortado al estilo de la última moda de París, que dejaba al descubierto sus hombros y el nacimiento de su cuello con una audacia que rozaba el límite de lo permitido.

—¿No es de tu agrado, milord? Pensé que la discreción era el sello de la aristocracia.

—Es absolutamente deslumbrante —corrigió él con una lentitud deliberada.

Su mirada bajó apenas un segundo hacia los labios de ella antes de volver a sus ojos—.

Y ese es el problema. Es un vestido diseñado para acaparar miradas y temo ser un hombre en exceso egoísta al querer que todas esas miradas se queden cortas frente a la mía.

El corazón de Amy dio un vuelco impropio de una mujer acostumbrada a las lisonjas gratuitas. No había arrogancia en el tono de Derek, ni la petulancia de un hombre que exigía posesión; era una declaración franca, envuelta en una cortesía devastadora.

—Nuestro contrato no incluye el derecho opinar sobre el corte de mis vestidos —susurró ella, aunque su aliento se entrecortó ligeramente cuando la mano masculina en su espalda ejerció una presión sutil, atrayéndola un soplo más hacia él.

—Un descuido imperdonable por mi parte al no mencionarlo, entonces —respondió con una sonrisa torcida—. Ten por seguro que en el próximo borrador incluiré una cláusula sobre el color verde, ya sea aguamarina o esmeralda.

Amy ahogó un suspiro al confirmarle él que recordaba la ropa que había utilizado en sus encuentros.

El vals llegó a su última nota. Con la cadencia final de la danza Derek la hizo girar con suavidad antes de detenerse.

Sin embargo, en lugar de soltarla de inmediato como exigía la etiqueta, su mano permaneció demorándose en la tela de su cintura un segundo de más.

No fue un agarre, sino una caricia contenida, la sombra de un roce íntimo que envió un chispazo directo a la espina dorsal de Amy antes de que él, con serenidad, diera un paso atrás y le ofreciera su brazo.

Cumplida la obligación del primer baile, el protocolo dictaba la separación momentánea. Un pretendiente no podía monopolizar a una dama durante toda la velada sin desatar rumores de un compromiso inminente, algo que, a pesar de la farsa, Derek manejaba con meticulosa cautela.

No pasaron ni diez minutos antes de que la reputación de Amy como la rica heredera americana atrajera a un enjambre de jóvenes caballeros.

Para los nobles más jóvenes la frescura y la vivacidad de Amy resultaban magnéticas, tanto como la promesa de unos ingresos elevados y permanentes por parte de los Estados Unidos.

Al cabo de poco tiempo, Amy se encontraba en medio de la pista participando en una cuadrilla junto a lord Thomas Greyson, el segundo hijo del marqués de Greenfield.

El joven era agraciado, de conversación amena y se sentía fascinado por los relatos que Amy compartía sobre el ritmo acelerado de Nueva York.

Era, por otro lado, poco más que un niño, recién salido de la universidad.

Mientras sonreía ante una ocurrencia del joven lord, la mirada de la joven se desvió por encima del hombro de su pareja.

Allí estaba él.

Derek no se había alejado demasiado. Apoyado con indolencia junto a una de las monumentales columnas de mármol del salón, sostenía una copa de cristal fino con champán.

Varias matronas y un par de caballeros mayores intentaban entablar conversación con él, pero Sheffield, aunque respondía con asentimientos educados y sonrisas de compromiso, no tenía la mente en la conversación.

Sus ojos, sus pensamientos, estaban fijos en ella.

No había ira en su rostro, ni esa posesividad agresiva que Amy había visto en otros hombres de poder en Nueva York.

Era algo mucho más peligroso: una atención magnética, constante e inquebrantable.

Derek la observaba bailar con lord Thomas como un cazador paciente observa a una presa que sabe que, tarde o temprano, volverá a su terreno.

Cuando Amy cruzó su mirada con la de él, no la desvió.

Al contrario, alzó levemente su copa hacia ella, dedicándole un gesto casi imperceptible con la cabeza, una confirmación en silencio de que cada una de sus sonrisas estaba siendo anotada.

Aquella devoción hizo que a Amy le temblaran ligeramente los dedos al tomar la mano de lord Thomas para la última reverencia.

Cuando la pieza terminó, el joven lord la escoltó con amabilidad de regreso hacia el margen del salón, cerca de lady Faith. Antes de que el muchacho pudiera postularse para otra danza, una voz familiar y profunda se interpuso con aspereza.

—Lord Thomas, qué baile tan espléndido —dijo Derek, apareciendo a su lado de pronto. Llevaba en la mano una copa de limonada fresca que tendió a Amy con naturalidad—. Señorita Andersen, pensé que agradecería algo de refrigerio tras una cuadrilla tan animada.

—Es usted muy atento, milord —dijo Amy, tomando la copa. Sus dedos se rozaron al hacer el intercambio, y el calor de su piel pareció traspasar el hilo de los guantes.

—Sheffield —saludó lord Thomas, irguiéndose un poco, tratando de alcanzar la altura del otro—. Una noche magnífica, ¿no cree? La señorita Andersen me estaba contando sobre la agitada vida de los neoyorquinos.

—Ah, sí. La señorita Andersen tiene una visión muy diferente sobre cómo debería funcionar la sociedad —respondió Derek con voz monocorde—.

Es un privilegio que Mayfair esté teniendo la oportunidad de descubrir.

Si me lo permite, lord Thomas, una de mis tías, la duquesa viuda, me ha pedido que escolte a la dama hasta ella —espetó, dando la conversación por zanjada.

—Por supuesto, milord —se apresuró a complacerlo lord Thomas—. Señorita Andersen, confío en que disfrutemos de otro baile en la próxima ocasión.

—Se lo reservaré con mucho gusto —respondió Amy con amabilidad.

Una vez que el jovenzuelo se hubo retirado perdiéndose entre la multitud, Amy se giró hacia Derek, dando un pequeño sorbo a la limonada. Él permanecía a su lado, lo suficientemente cerca como para que su hombro rozara el de ella al caminar despacio hacia la galería.

—Has sido de lo más oportuno —comentó ella con un deje de ironía divertido—. ¿O debo asumir que mi conversación te estaba resultando insoportable desde la distancia?

Derek inclinó la cabeza hacia ella y su voz descendió a un murmullo confidencial que hizo que a la dama se le erizara el vello de la nuca.

—La conversación me parecía fascinante, Amy. Lo que me resultaba tan insoportable era la forma en que lord Thomas miraba la piel de tu cuello como si fuera el único descubrimiento valioso de la noche.

Amy se detuvo junto al ventanal que daba a los jardines iluminados, mirándolo con fingida sorpresa.

—¿Registramos los celos como parte de nuestro acuerdo?

—No son celos —replicó él con suavidad, cerca de su rostro, provocando un estremecimiento en ella.

Derek dio un paso más, acortando la distancia hasta que solo el aire nocturno los separaba—.

Es tan solo la constatación de un hecho.

Veo que la capital al fin está aprendiendo a apreciar lo que yo vi desde el primer día.

Y confieso que me resulta condenadamente difícil mantener la distancia adecuada mientras lo hacen.

La honestidad de sus palabras, pronunciadas sin alzar la voz pero con intensidad, la dejaron sin réplica. El deseo, denso y latente, vibraba entre los dos, desafiando las luces, la música y a las docenas de aristócratas que revoloteaban a su alrededor.

Pero no era el lugar para dejarse llevar. Le gustase o no, estaban a la vista de demasiada gente. Fue Amy la primera en apartarse, para mayor frustración de Derek.

—¿De verdad tu tía ha preguntado por mí?

—No —se quejó—, pero ahora tendré que llevarte. Eso sí, no me quedaré con vosotras, antes prefiero dispararme en un pie.

—¿Y me dejas a solas con ella? ¿Son esas las formas de un caballero?

—Considéralo una venganza por tu vestido.

Sin más, la tomó del brazo, la llevó hasta lady Hope y se alejó. Mantuvo la distancia el resto de la noche y no la acompañó hasta casa; después de todo, había acudido con su madre y no era necesario.

Ni conveniente para su cordura, tampoco.

***

Si la fiesta en Lansdowne House había sido deslumbrante, el baile anual de la duquesa de Richmond era el epicentro del exceso. En aquella mansión los bailes no eran solo un pasatiempo, sino una exhibición de fortunas y título.

Amy observaba el espectáculo desde un costado de la pista, abanicándose con suavidad. Sin embargo, la serenidad con la que solía analizar estos eventos se había evaporado.

Al otro lado del salón, lady Faith avanzaba con paso majestuoso conduciendo a su hijo hacia el rincón en el que se encontraban los marqueses de Clare.

Con ellos se encontraba lady Clara Pemberton, una joven de piel de porcelana, modales aristocráticos pulidos en las mejores academias para señoritas del país y una dote tan astronómica como su linaje, según los rumores.

Clara era el epítome de lo que Mayfair consideraba una esposa idónea.

Amy vio el momento preciso en que Derek inclinó la cabeza con la cortesía impecable de un caballero y le ofreció la mano a lady Clara para conducirla a la pista de baile.

Comenzaron las primeras notas de un vals.

Derek se movía con la misma elegancia fluida que había mostrado con Amy la noche anterior.

Sin embargo, lo que a ella le atravesó el pecho con un frío inesperado no fue verlos danzar, sino la soltura con la que él encajaba en aquella estampa.

El vizconde no estaba fingiendo; pertenecía a ese mundo.

Escuchaba con atención educada a la joven, le sonreía en los momentos precisos y la guiaba con la firmeza justa de un caballero inglés, tal y como había hecho la noche anterior lord Thomas al bailar con ella.

Sin embargo, el baile con el joven le había parecido anodino; el de Derek con lady Clara no lo era.

—Un emparejamiento perfecto, ¿no cree, querida?

—comentó lady Charity, una de las tías de Derek, apareciendo junto a Amy con un suspiro de satisfacción—.

Se dice que el marqués de Clare y mi difunto padre hablaron de un acuerdo entre los niños hace años.

Una verdadera joya para la casa Beaufort, según mi padre.

Las palabras de la dama cayeron sobre Amy como un balde de agua helada. No podía saber que nadie en la familia aceptaría nada que viniera del duque de Beaufort, a quien nadie reconocía como cabeza de familia.

El contrato entre Derek y ella había sido una especie de escudo divertido, un juego de ingenio para ganar tiempo y libertad.

Pero verlo bailando con otra dama, una que todos consideraban una magnífica candidata a su esposa, hizo que la frialdad de su acuerdo y la realidad social se alinearan en su mente.

Derek necesitaba casarse, de preferencia con alguien como aquella señorita.

Necesitaba perpetrar un título y un apellido.

Amy, con su mentalidad neoyorquina, su independencia sin concesiones y su pasaporte americano, no era más que un paréntesis en la vida de Sheffield, una distracción con fecha de caducidad, antes de que las obligaciones lo atraparan.

Una punzada amarga y desconocida le encogió el estómago al comprender lo inevitable: no solo estaba perdiendo el control del juego, sino que se estaba enamorando de un hombre al que no podía conservar.

En cuanto tuvo ocasión, dijo encontrarse mal y pidió regresar a Mount Street; la diversión de la noche había terminado para ella y quién sabía si la de la Temporada se desvanecería también.