El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

L a penumbra en los márgenes de los jardines de Vauxhall resultaba densa y traicionera.

Lejos de las avenidas principales, iluminadas por faroles de papel y antorchas, los senderos secundarios se internaban en una arboleda espesa donde la vegetación crecía con libertad, ocultando cenadores abandonados y caminos circulares que no daban a ninguna parte.

El rumor distante de los violines y el murmullo de la multitud apenas llegaban allí como un eco ahogado por el follaje.

Derek avanzaba a paso rápido. Cada zancada acelerada alimentaba su indignación.

Había repasado una a una las palabras duras y tajantes que pensaba lanzarle a la americana en cuanto la tuviera enfrente.

Iba a reprenderla sin miramientos, a recordarle su absoluta falta de prudencia y a hacerle entender que no podía comportarse con tamaña insensatez en un entorno plagado de peligros para una señorita sin una dama de compañía.

Al doblar un recodo flanqueado por altos setos oscuros, llegó al límite del recinto, marcado por una cerca de madera cubierta de hiedra silvestre. Allí, recortada contra la pálida luz de una linterna de aceite colgada de un poste lejano, divisó una silueta conocida.

Era Amy. Mantenía los hombros erguidos, aunque la forma en que se aferraba al chal de plata delataba su vulnerabilidad.

El alivio lo invadió, aunque duró poco la calma. En cuanto la alcanzara… Derek apretó la mandíbula, dispuesto a dar rienda suelta a su reprimenda.

—¡Amy! —alzó la voz en cuanto llegó a su lado, sorprendiéndola, fijando en ella sus ardorosos ojos verdes—. ¿Se puede saber qué demonios…?

No pudo terminar la frase. En cuanto la joven escuchó su voz y reconoció su figura entre las sombras, un ahogado suspiro de alivio se le escapó de los labios.

Sin dudar un solo instante, Amy cruzó los metros que los separaban a paso apresurado y se abalanzó directamente sobre él, buscando acomodarse entre sus brazos con una desesperación ciega.

Se dio entonces cuenta Derek de cuánto miedo debía de haber pasado ella y de cuán consciente era del peligro que había corrido.

El impacto del abrazo contra su pecho le hizo retroceder medio paso.

Todas las palabras cáusticas, todas las reprimendas calculadas con tanta frialdad y toda la furia que traía acumuladas se disolvieron al punto, dejándolo por completo desarmado.

Amy rodeó el cuello del vizconde con fuerza, ocultando el rostro en su ancho hombro. Los temblores que recorrían el cuerpo de la muchacha resultaban inconfundibles.

—Derek… —susurró ella con la voz ahogada por la seda de su solapa—. Has venido.

El vizconde permaneció inmóvil una fracción de segundo, tomado por sorpresa ante la espontaneidad de un gesto que rompía todas las reglas del decoro que él mismo se había encargado de enumerarle.

Sin embargo, al sentir la calidez de su aliento contra su cuello y la fragilidad con la que se aferraba a él, cualquier pensamiento se esfumó y solo quedó el suave cuerpo de Amy contra el suyo.

Derek envolvió el fino talle de la joven con brazo firme, pegándola a su pecho para ofrecerle un refugio seguro, mientras con la otra mano le acariciaba la espalda con pausada delicadeza, buscando ofrecerle consuelo.

Inclinó el rostro y apoyó los labios en la corona de sus cabellos dorados, respirando el perfume dulce a lirios que se desprendía de su piel.

—Claro que he venido, pequeña imprudente —murmuró él contra sus rizos, combinando la calidez del gesto con una voz cargada de un regaño afectuoso—.

¿Qué tenías en la cabeza para alejarte del puesto de bebidas de esa manera?

Te advertí que no conocías este lugar. Vauxhall no es un parque inofensivo, hay docenas de senderos oscuros donde cualquier libertino sin escrúpulos podría haberte comprometido antes de que nadie notara tu ausencia.

—No me he alejado adrede —protestó ella en un murmullo, aunque sin separar el rostro de su pecho ni aflojar el agarre en su cuello—.

Un grupo de músicos y un hombre subido a unos zancos gigantes irrumpieron en el paseo.

La muchedumbre avanzó de golpe y me arrastró antes de que pudiera aferrarme al puesto o llamar a tu hermana.

Lo intenté, Derek… intenté volver, pero los caminos parecen todos iguales.

—Por eso mismo debiste quedarte inmóvil en el primer lugar iluminado que encontraras —la reprendió él, mientras sus dedos continuaban acariciando con parsimonia la parte posterior de su cabeza, reconfortándola—.

En lugar de eso, decidiste internarte en la arboleda, como si fueras a explorar el Nuevo Mundo.

Me has hecho buscarte por medio parque con el pulso desbocado.

Amy dejó escapar una risita débil, aflojando poco a poco la tensión de sus músculos a medida que el abrazo de Derek le devolvía el aliento y la seguridad.

—Admite que en el fondo disfrutas rescatando damiselas en apuros —susurró ella, alzando despacio la cabeza para mirarlo a los ojos.

La cercanía entre sus rostros en medio de la penumbra era muy íntima.

La mirada de Sheffield, despojada por un momento de su habitual ironía, la observaba con una intensidad que hizo a Amy contener la respiración.

Sin romper el contacto de sus cuerpos, la joven se alzó levemente sobre la punta de sus pies y le imprimió un beso suave y cálido en la mejilla, justo sobre la línea firme de su mandíbula.

—Gracias, Derek —dijo con voz sincera, mirándolo de frente sin el menor atisbo de fingimiento—. De verdad. Jamás me he alegrado lo suficiente de haber llegado a un acuerdo contigo. Tú… tú me haces sentir protegida.

El vizconde se quedó en silencio un momento. El tacto de los labios de Amy en su piel aún le ardía, y la confesión llena de inocencia le caló en el pecho con una fuerza imprevista. Observó la fijeza de sus ojos verdes y sintió que su corazón empezaba a palpitar peligrosamente.

—Es parte de los términos de nuestro contrato —respondió él al fin, recuperando la compostura, aunque había un matiz de ternura en su voz que no pudo ocultar del todo—.

Un caballero está obligado a proteger a su socia, en especial cuando la socia muestra una tendencia tan preocupante a perderse en la noche.

—Acepto el regaño por esta vez —sonrió ella mientras se separaba un paso de él con desgana—. Ahora, si eres tan amable, guíame de vuelta a la civilización. Prometo no separarme de Els en toda la noche.

—Una sugerencia muy sensata —asintió Derek, ofreciéndole el brazo con una inclinación impecable—. Procura no soltarte de su brazo ni un solo centímetro durante lo que resta de velada.

Amy colocó la mano sobre la manga de su frac, apretando los dedos con firmeza sobre el paño, y ambos emprendieron el regreso por el sendero hacia las avenidas iluminadas, ajenos a las miradas que los acechaban desde la espesura.

A escasos metros de allí, ocultos tras la tupida celosía de madera de un cenador cubierto de hiedra, tres caballeros habían presenciado la escena entera en absoluto silencio. Eran el conde de Hill, el conde de Harlech y el vizconde de Sterling.

—¡Por los clavos de Cristo! —susurró lord Sterling—, ¿acabo de ver al alérgico al compromiso vizconde de Sheffield abrazando a una dama en la penumbra y dejándose besar la mejilla?

—No solo se ha dejado besar, Sterling, sino que le estaba acariciando los rizos con la devoción de un amante —murmuró el conde de Harlech, riendo por lo bajo mientras se limpiaba una brizna de hierba de la solapa—.

Si mi esposa se entera de que su hermano el «incasable» se ha dejado llevar en mitad de los setos de Vauxhall, acudirá a la iglesia de San Jorge a organizar una boda para el próximo sábado.

—Esa neoyorquina tiene poderes ocultos —añadió el conde de Hill con diversión, viendo cómo la pareja se alejaba cogida del brazo por el sendero iluminado—. Jamás había visto a Derek mirar a una mujer con semejante adoración.

—La pregunta crucial ahora es —intervino Sterling, frotándose las manos con picardía— si debemos acudir de inmediato a los pabellones para poner al corriente a nuestras esposas sobre este inicio de romance o si guardamos el secreto un tiempo para disfrutar del espectáculo mientras ellos intentan disimular.

—¡Guardar la discreción, sin duda! —sentenció Harlech en un susurro divertido, haciendo señas a sus compañeros para que iniciaran la retirada por la parte trasera del cenador—. Será un placer más tarde hacer saber a las sabias Beau que nosotros lo vimos venir mucho antes que ellas.

Riendo, y con un pacto de silencio sellado, regresaron.