El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Acompáñame a la barra de refrescos, Amy —le propuso Els, tomándola del brazo y tirando de ella—. Si no bebo algo frío de inmediato, me temo que desfalleceré antes de la siguiente danza.

Resignada a un montón de preguntas cuyas respuestas había practicado pero que no quería responder todavía, no cuando aún pensaba en el vals recién compartido y el contacto del vizconde sobre su cintura, se dejó guiar.

Ambas jóvenes caminaron hacia uno de los puestos decorados con guirnaldas de flores frescas.

Sin embargo, antes de que pudieran alcanzar la mesa donde los sirvientes disponían jarras y vasos de cristal, un caballero de patillas espesas y casaca verde se interpuso en su camino con una inclinación exagerada.

—¡Lady Elizabeth! ¡Qué fortuna la mía al encontrarla en esta velada! —exclamó el recién llegado con entusiasmo desmedido—. Llevo toda la noche buscando la oportunidad de saludarla. ¿Dónde está su esposo, el conde de Harlech?

—Lord Brougham, ¡qué sorpresa! —respondió Els con cortesía al reconocer a un compañero de la Cámara de los Lores que se sentaba cerca de Andrew, dedicando a Amy una mirada rápida de disculpa mientras el caballero iniciaba un monólogo prolijo sobre las carreras de caballos de la semana anterior y el estado de sus cuadras.

Amy, prefiriendo evitar una conversación ajena y no queriendo importunar a la hermana de Derek, hizo un leve gesto con la mano para indicarle a la condesa que avanzaría sola unos pocos metros hasta el mostrador para encargar las bebidas.

Apenas se separó dos pasos del grupo, un murmullo de asombro y suaves risas comenzaron a recorrer la avenida adyacente.

Un artista callejero, montado sobre unos desmesurados zancos y ataviado con un traje de terciopelo de tonos chillones, hacía malabares con varias antorchas encendidas.

Amy lo miró fascinada. Irrumpió su altísima figura por el sendero principal y, tras él, un grupo de músicos que tocaban tambores, flautas y panderetas avanzaba a paso rápido, arrastrando a una multitud alegre y alborotada que reía, aplaudía y comentaba las acrobacias.

—¡Abran paso al gigante de Vauxhall! —gritaban varios jóvenes entre vítores y aplausos.

Amy intentó retroceder para buscar el refugio del puesto de limonada y regresar junto a Els, pero la marea humana, ajena a su intento de apartarse, se desplegó con una rapidez imprevista, arrastrándola.

La engulló una ola de hombres bien vestidos y entusiasmados, mujeres con elegantes sombreros que buscaban presenciar el espectáculo y niños que correteaban alrededor del malabarista.

—¡Perdón! —dijo Amy, intentando abrirse paso, recibiendo empujones que la fueron desplazando hacia el centro del camino.

El gentío, entusiasmado con la música de los tambores y el fuego de las antorchas, avanzó deprisa por el sendero.

Amy se vio arrastrada por el flujo de curiosos, obligada a caminar para no ser atropellada o perder el equilibrio sobre la gravilla.

Intentó mirar sobre los hombros de los presentes, pero los sombreros de copa alta y los aparatosos tocados de plumas le bloqueaban por completo la visión del entorno.

—¡Els! —llamó en voz alta, alzando la cara, pero su llamada quedó ahogada por el estruendo de la muchedumbre.

Cuando la comitiva del malabarista tomó por fin un desvío hacia la zona del gran circo, el griterío se amortiguó con brusquedad, dejando tras de sí un silencio repentino.

Amy se detuvo en seco, tratando de recobrar el aliento. Se reajustó el chal de encaje sobre los hombros, enderezó la postura y miró a su alrededor con atención.

La iluminación festiva de los miles de faroles de papel y las lámparas de gas había desaparecido por completo.

Se hallaba en un sendero estrecho y en penumbra, flanqueado por densos setos oscuros que apagaban casi en su totalidad el rumor distante del resto del parque.

Apenas una pequeña lámpara de aceite, colgada del brazo de un poste de madera distante, proyectaba sombras largas e inciertas sobre la tierra.

No había rastro alguno del puesto de limonada, ni de Els, ni de la pista de baile de la glorieta.

El laberinto de avenidas de Vauxhall la había engullido por entero.

—¿Desde dónde se supone que he llegado hasta aquí? —murmuró para sí misma, negándose a ceder al pánico. ¿Sería ese uno de los infames senderos de los que le había advertido la marquesa de Aberdeen durante los tres días anteriores?

Avanzó unos pasos hacia la izquierda, intentando orientarse por el eco distante de la música, pero el sonido no parecía querer ayudarla.

Tomó otro camino hacia la derecha con la esperanza de salir a un paseo iluminado, solo para encontrarse con un cenador a oscuras y una verja cerrada con vegetación silvestre.

Sola, desorientada y perfectamente consciente de que una dama sin custodia en las zonas oscuras y retiradas de Vauxhall constituía la receta ideal para un escándalo de proporciones catastróficas, Amy apretó los puños sobre la seda de su vestido, intentando calcular su siguiente movimiento.

En el otro extremo de los jardines, cerca de la terraza superior donde la orquesta principal tomaba un descanso, Derek conversaba con su primo Robert sobre las perspectivas agrícolas de sus tierras en el norte cuando vio a Els acercarse a paso apresurado.

El rostro de su hermana se veía desencajado.

—¡Derek! —exclamó Els al llegar a su altura, tomándolo de la manga de la casaca con fuerza e interrumpiendo la conversación que mantenía con el conde de Hill—. ¿Has visto a Amy?

Este se volvió de inmediato ante sus palabras, frunciendo el ceño al constatar la agitación de su hermana.

—¿Dónde está Amy? —inquirió con voz tajante—. Os he visto dirigiros al puesto de las limonadas hace unos minutos. Se supone que debíais regresar juntas.

Ante el tono acusatorio, la tez de la condesa se volvió tan pálida como el papel.

—La he perdido, Derek. Lord Brougham me ha retenido con uno de sus discursos y, para cuando he querido darme cuenta, un malabarista había irrumpido con una muchedumbre por el sendero de las bebidas y la multitud nos ha separado.

Pensé que se habría quedado junto a la mesa de los refrescos, pero no está allí. ¡Y ahora no aparece por ninguna parte!

—¿La has dejado sola en mitad de una muchedumbre desordenada?

—Las ha separado una multitud, Derek —interrumpió Robert, tratando de calmar a su primo, que parecía querer zarandear a su propia hermana.

—¡No ha sido intencionado!

—De acuerdo —la consoló Derek al ver que parecía al borde del llanto—.

No te separes de Rob, regresad juntos al pabellón principal.

No digáis una sola palabra de esto a nadie.

Ni siquiera a las primas, o no de momento.

Si se sabe que está sola por los jardines se armará un escándalo de proporciones épicas.

—Creo que debería ir también yo a buscarla —se ofreció el conde de Hill.

—Ve con Els. —Su hermana estaba asustada, era mejor no dejarla sola—. Yo me encargo. Si en quince minutos no he regresado, pide a Harlech y a Sterling que nos ayuden a encontrarla.

Sin más que decir, se giró sobre sus talones y echó a andar tratando de aparentar una calma que no sentía y se internó directamente en la marea de gente que aún festejaba cerca del desvío de la arboleda.

La preocupación le pedía que vociferara el nombre de la neoyorquina, pero llamaría la atención de todos.

Sentía rabia hacia la imprudencia de su hermana, rabia hacia la multitud irresponsable que abarrotaba los paseos y, sobre todo, una rabia ardiente y furiosa hacia la propia Amy.

Le había advertido en infinidad de ocasiones que no conocía los peligros de Londres, le había pedido que confiara en él y que no cometiera imprudencias por su cuenta y, en la primera oportunidad que se le presentaba, la joven conseguía separarse del grupo y perderse en el lugar más traicionero y cuestionable de todo el recinto.

Vauxhall no era un salón de té supervisado en Mayfair, los senderos oscuros y alejados estaban plagados de libertinos, embaucadores e intrusos que no dudarían un segundo en comprometer la reputación de una dama sin custodia con tal de forzar una situación ventajosa.

Derek apretó los puños con intensidad al tiempo que recorría los senderos principales con la vista atenta a cada silueta, a cada pliegue de seda azul, a cada destello de hilo de plata que pudiera recortarse en la penumbra.

—Por todo el fuego del infierno, Amy, vas a lograr que envejezca diez años en apenas dos meses —siseó entre dientes, adentrándose con paso firme en la zona más sombría e inhóspita de los jardines, dispuesto a registrar cada seto y cada cenador de Vauxhall, si era preciso, con tal de dar con ella antes de que lo hiciera otro hombre.