Capítulo 8
L os tres días transcurridos desde el paseo matutino por Hyde Park se convirtieron para Amy en un ejercicio de contención y expectativa.
Instalada en el salón principal de la residencia de Mount Street, pasaba las horas con un libro abierto sobre el regazo, aunque su atención raras veces permanecía fija en los renglones.
Cada vez que escuchaba el crujir de unas ruedas sobre el pavimento de la calle o al mayordomo acudir a abrir la puerta de entrada alzaba la vista con un disimulo ensayado, aguardando la llegada de una visita.
Sabía que Derek acudía a menudo a tratar asuntos de las propiedades familiares con el marqués.
Sin embargo, el vizconde no apareció ni una sola vez.
Aquel aislamiento impuesto le provocaba una disyuntiva extraña.
Por un lado, tener la certeza de que contaba con un aliado tan influyente, decidido y respetado en Mayfair le otorgaba una serenidad reconfortante.
Saberse respaldada por Derek le permitía afrontar la Temporada sin el temor de verse acorralada por los cazafortunas o los petimetres que abarrotaban los salones londinenses; ningún error la precipitaría hacia un matrimonio que no deseaba.
Por otro lado, la falta absoluta de noticias o señales por parte de su peculiar protector le suponía una extraña desazón en el pecho.
Esa tensión acumulada no comenzó a desvanecerse hasta que el carruaje en el que viajaba con los condes de Harlech cruzó el umbral de los jardines de Vauxhall al caer la noche, tres días después de sellar su pacto con el vizconde.
El recinto se desplegaba ante los visitantes como un escenario sacado de una fantasía oriental.
Centenares de farolillos de papel de tonalidades carmesíes, doradas y azules colgaban de las ramas más altas de los olmos y castaños, proyectando un resplandor cálido sobre las avenidas de gravilla fina.
El murmullo constante de cientos de voces pertenecientes a lo más granado de la aristocracia, el chocar discreto de las copas en los pabellones de madera labrada y las melodías que brotaban de las orquestas repartidas por las distintas galerías creaban un ambiente festivo, propicio para la ligereza y el esparcimiento que los encorsetados salones de Mayfair solían denegar.
Sabía que, en otras avenidas de aquellos enormes jardines, menos lustrosas, burgueses y peones se mezclaban también en una algarabía de música, espectáculos y cabalgatas.
Amy lucía para la ocasión un vestido de seda azul noche cuyo talle ajustado y escote discreto se hallaban rematados por delicados bordados en hilo de plata que destellaban con suavidad bajo las luces de gas.
Caminaba al lado de Els y de su esposo, lord Beckett, cuando, al aproximarse a la glorieta central, distinguió la figura de Derek entre la multitud de sombreros de copa, chales de plumas y casacas oscuras.
El vizconde vestía un frac de paño negro de corte impecable que acentuaba la firmeza de sus hombros y la compostura erguida de su estampa.
Avanzaba con la desenvoltura sobria que le era tan natural, manteniendo las manos a la espalda mientras conversaba con dos de sus primos.
Al reparar en la llegada de la neoyorquina, se apartó de ellos con un breve gesto de cabeza y caminó en su dirección.
Su rostro se iluminó con una sonrisa profunda que no pareció forzada en absoluto.
Se aproximó donde estaban, besó la mejilla de su hermana y ejecutó una reverencia impecable ante ella, posando sus ojos verdes en Amy, sosteniéndole la mirada con intensidad.
—Señorita Andersen, me atribuyo el derecho de reclamar el vals que los músicos acaban de iniciar en la glorieta —le dijo con voz grave, extendiendo la mano enguantada hacia ella.
Amy le aguantó la mirada un instante antes de apoyar los dedos sobre la palma de su guante de cabritilla, dejándose llevar.
—Llegas con extremada precisión, Derek —murmuró ella cuando la hermana de él ya no podía escucharles, mientras él la guiaba con paso firme hacia la pista de baile al aire libre.
—Tú lo has hecho, entrando justo cuando sonaba un vals —repuso él, acomodando la mano en la cintura de la joven con una firmeza impecable—. Prepárate para llamar la atención de todos los que nos rodean.
La música del vals comenzó a envolver el recinto.
Derek la guio con destreza por la tarima de madera, desplazándose entre las demás parejas con una soltura que dejó a Amy casi sin aliento.
Jamás había bailado con tanta fluidez. Se descubrió siguiendo los giros y el ritmo de sus pasos sin el menor esfuerzo, consciente de que decenas de miradas curiosas se posaban sobre ellos desde los laterales de la pista.
—Debo confesar, Amy, que la luna se queda corta esta noche al intentar competir con tu presencia —murmuró Derek, inclinándose levemente hacia su oído para que sus palabras quedaran ocultas bajo los acordes de los violines y los chelos—.
He pasado tres días verdaderamente insufribles con tu recuerdo interrumpiendo el estudio de los legajos del administrador de las propiedades de los Cavendish.
La americana alzó la barbilla, mirándolo con un brillo de ironía en los ojos, sabiendo que sobreactuaba para divertirse, aunque sintió un calor repentino y traicionero ascenderle por el cuello al recibir sus lisonjas.
—Eres un actor de una destreza formidable —replicó ella en un susurro divertido—. Casi podría llegar a creer que semejante retórica nace de un sentimiento genuino y no de un trato.
—¿Y qué te hace pensar que es una mera actuación?
—devolvió él, estrechando el agarre en su cintura apenas un centímetro, lo justo para hacerle contener el aliento un segundo de más—.
Acordamos que nuestro galanteo debía resultar creíble a ojos de la sociedad.
Si la mitad de los salones de Mayfair se encuentra presente esta noche, lo mínimo que puedo hacer es ofrecerles el espectáculo de un hombre por completo fascinado por una dama de Nueva York.
—Tu entrega a las exigencias del acuerdo resulta conmovedora —bromeó Amy, brindándole una sonrisa deslumbrante que encajaba a la perfección en el papel de una joven correspondida—. Aunque me consta que disfrutas de esta farsa tanto como yo.
—No voy a negarlo —admitió él, dejando escapar una risa baja que le suavizó la dureza habitual de las facciones—. Resulta sencillo parecer enamorado cuando la dama en cuestión ofrece una resistencia tan clara a buscar marido.
A su pesar, Derek se estaba divirtiendo como hacía tiempo no lo hacía en un evento social.
La frescura de Amy, su incapacidad para acobardarse ante su presencia, la firmeza con la que le sostenía la mirada y la chispa de ingenio que brillaba en sus ojos hacían que mantener el papel de pretendiente no solo fuera tarea fácil, sino inexplicablemente grata.
Se descubrió observando el movimiento de sus labios al hablar, la curva fina de su cuello y la luz que los farolillos proyectaban sobre sus cabellos dorados con un interés que rebasaba las cláusulas de un acuerdo que ahora se le antojaba demasiado tentador.
—Admites, por tanto, que la compañía de una neoyorquina resulta más estimulante que los discursos ensayados de los salones de Mayfair —observó ella con soltura, dejándose llevar por la fascinación de Vauxhall.
—Admito que tu presencia evita que me retire a los clubes a jugar a las cartas por puro aburrimiento —respondió él, ejecutando un giro elegante que los llevó cerca de la balaustrada iluminada—. Considera esa confesión como el mayor elogio que recibirás de mí en toda la velada.
—Guardaré tus palabras con ilusión, entonces —devolvió Amy con una inclinación de cabeza grácil—. No querría que tu reputación de hombre austero sufriera un daño irreparable por mi culpa.
—Asegúrate de que tus sonrisas continúen dirigidas en mi dirección durante el resto de la noche —añadió él, mirándola con intensidad.
Era, sin duda, una gran actuación—. Harrington y Vance observan desde el pabellón de la izquierda.
Conviene que piensen que no existe lugar para nadie más en tu carné de baile.
—Sabes que no puedo negar un baile ni a Harrington ni a Vance, pero será una cuadrilla en la que apenas tenga contacto con ellos —le prometió tras echar un vistazo de pasada sobre el hombro del vizconde.
—El éxito de tu plan depende en exclusiva de tu capacidad para no desviarte del guion —recordó él con tono sereno, aunque con una chispa de malicia en la mirada—.
Así que asegúrate de que sea una cuadrilla.
—La orden quedó amortiguada por la sonrisa y el guiño que le dedicó, un gesto que, sin duda, los dos caballeros de los que hablaban pudieron apreciar desde la poca distancia que los separaba.
Cuando la última nota del vals se extinguió, Derek la condujo sin prisas de vuelta hacia la zona donde Els los aguardaba en compañía de varios conocidos.
—Estáis deslumbrantes —comentó la condesa con una sonrisa maliciosa al verlos regresar cogidos del brazo—. Mi hermano parece haber olvidado su habitual gesto de severidad para con las fiestas multitudinarias.
—La señorita Andersen posee la rara virtud de mantener ocupada mi atención, Els —respondió Derek, ofreciendo a Amy una mirada cargada de intención antes de volverse hacia su hermana—.
Voy a saludar a Rob y al resto de primos, a los que he visto cerca de la arboleda principal. Dejo a tu cargo a la señorita Amy.
—No te demores demasiado, Derek —le pidió Elizabeth—. El calor de la pista exige un vaso de limonada. Y yo también quiero bailar contigo, además.
El vizconde dedicó una breve inclinación a Amy, rozó la varilla de su abanico con la punta de los dedos en un ademán de despedida que no pasó desapercibido para las damas cercanas y se alejó entre la multitud con paso firme.
Elizabeth paseó la mirada entre su hermano y la americana, con los ojos llenos de interrogantes. No podía sondear a su hermano, la ignoraría; pero sí podía atacar a Amy. Eso sí, lo haría donde no escucharan oídos indeseados.