Capítulo 7
E l crujido rítmico de la madera sobre la gravilla fina y el trote sordo de los dos caballos negros marcaban el compás de la mañana en Hyde Park.
Era más temprano de lo habitual, aún faltaba mucho para la hora elegante, de ahí que el parque estuviera casi vacío.
Un par de horas después se convertiría en un enjambre de coches y paseantes intransitable.
La bruma matutina aún flotaba en jirones sobre el césped húmedo, dando al aire un matiz fresco y limpio.
Sobre la tapicería del landó abierto, la luz de un sol todavía tímido iluminaba los elegantes trajes de la pareja, expuestos a la vista de los escasos paseantes que ya se aventuraban por los senderos principales.
Dentro del carruaje, el ambiente era una extraña mezcla de cortesía y prudencia.
Amy reajustó la posición de su sombrilla de encaje verde, colocándola con un ángulo estudiado que protegiera su rostro del aire frío, pero que no impidiera a los curiosos atisbarlos.
A su lado, Derek vestía una chaqueta de paño oscuro y sostenía las riendas con soltura tranquila, manteniendo el paso de los caballos firme pero lento.
Un carruaje descubierto pasó en dirección contraria. En él, lord Vance y dos matronas de la alta sociedad inclinaron levemente la cabeza, atentos a cada movimiento. Amy esbozó una sonrisa perfecta y calculada, ofreciendo un leve cabeceo antes de que el vehículo continuara su marcha.
—Una sonrisa lo bastante complaciente como para alimentar los rumores, pero sin la menor calidez real —murmuró Derek sin girar la cabeza, manteniendo la vista fija en el camino—. Se diría que llevas toda la vida esquivando a la sociedad de Mayfair.
—Tengo un instinto de supervivencia muy desarrollado, Derek —repuso ella en voz baja, asegurándose de que sus palabras no traspasaran el perímetro del carruaje—.
Y considerando que la nobleza londinense parece no tener otra ocupación que vigilar quién mira a quién, prefiero no darles munición.
—Lo tuteaba de manera premeditada, tratando de ganarse su favor—.
Dijiste que tenías condiciones muy precisas para este acuerdo. Te escucho.
Sheffield relajó las riendas, dejando que los caballos avanzaran por una vía más sombreada y menos concurrida, bordeada por alineaciones de castaños.
—Directa al grano, eso me gusta de ti —le dijo, buscando ganarse su confianza; vio con diversión cómo ella se sonrojaba con cierto placer ante sus palabras—.
Si vamos a fingir este absurdo cortejo, lo haremos bajo mi control estricto —comenzó, adoptando una voz grave y serena que denotaba una autoridad nata—.
En primer lugar, necesito exclusividad absoluta en lo que a las apariencias respecta.
Mientras dure esta farsa, no quiero que tontees, flirtees o te dejes galantear por ningún otro hombre.
A Amy le divirtió la rotundidad de la exigencia.
Después de todo, el objetivo era precisamente que nadie la molestara durante su estancia en Londres.
¿Por qué habría ella de permitir, entonces, que nadie la cortejase?
Aun así, opuso algo de resistencia. No era prudente acceder a sus estipulaciones sin más.
—¿Exclusividad? —repitió con petulancia—. Me pides que rechace a la mitad de los solteros cotizados de la ciudad por un acuerdo que ni siquiera es real. No me niego, pero creo que es una cláusula que deberíamos poder negociar.
—Te estoy pidiendo que no me dejes en ridículo —corrigió él, girando apenas la cabeza para mirarla con mortal seriedad—.
Si la sociedad cree que te estoy cortejando y, al mismo tiempo, te ven sonriendo a otros hombres, como Harrington, o aceptando paseos de Vance, no pensarán que eres una mujer independiente, lo que pensarán es que yo soy un imbécil.
Y no tengo la menor intención de quedar como un tonto cornudo ante la mirada de la alta sociedad de Londres por culpa de tus ganas de poner a prueba a la concurrencia.
No debió mencionar a Harrington o a Vance, se había sentido como un adolescente celoso de otros hombres, lo que lo hacía sentirse en desventaja. Ella debió de intuir su incomodidad, por cómo respondió:
—Vaya, no sabía que el gran vizconde Sheffield tuviera un orgullo tan frágil —comentó ella con una sonrisa mordaz, aunque en el fondo reconocía la lógica de su argumento.
—No es orgullo, es estrategia —replicó Derek sin inmutarse—. Un cortejo fingido solo funciona si la farsa es impecable. Si hay grietas, los rumores se vuelven destructivos en lugar de útiles. Y eso nos lleva a mi segunda condición, que es quizás la más crítica.
El vizconde hizo al punto una pausa, saludando con una inclinación a una dama de edad avanzada que los observaba desde un parterre algo elevado con creciente curiosidad. Una vez dejaron atrás a la cotilla, continuó en un tono aún más reservado.
—Debemos medir con precisión la intensidad de nuestro engaño.
Un ligero coqueteo, miradas sostenidas durante un baile, reservas de piezas en tu carné y paseos como este son más que suficientes.
Bajo ningún concepto nos excederemos en las demostraciones de afecto ni daremos la impresión de estar al borde de una declaración apasionada.
—¿Temes que, si nos empleamos a fondo, el romance pueda salirse de tu…? ¿Cómo lo has llamado? Estricto control —provocó ella, inclinándose un milímetro hacia él.
Amy supo en cuanto habló que debía haber callado. Él podía interpretarlo como un coqueteo o, peor todavía, como un reto. Por fortuna, Derek fue más sensato.
—Temo a mi familia, que es infinitamente más peligrosa —le respondió, imperturbable ante la pulla—.
Si nos mostramos demasiado entusiastas, mi madre y mis tías Beaufort no tardarán ni cuarenta y ocho horas en dar por sentado el compromiso.
Empezarán a encargar el ajuar, a enviar notas a los periódicos y, lo que es peor, mi madre es capaz de presentarse en la iglesia de San Jorge en Hanover Square para hablar con el párroco y fijar la fecha de la boda antes de que termine la semana.
Amy reprimió una risita al imaginar a la imponente marquesa de Aberdeen organizando un enlace matrimonial a sus espaldas, aunque un escalofrío helado le recorrió la espalda al darse cuenta de cuan en serio parecía tomarse él aquel riesgo.
—Comprendo —admitió ella, volviendo a erguirse con elegancia—. Nada de escenas dramáticas ni suspiros exagerados. Mantendremos el tono en un interés sobrio y elegante. Creo que podré hacerlo sin esfuerzo, no te preocupes.
—No me preocupo —dijo en tono hastiado—. Y sí, exacto, un interés elegante que mantenga a los cazafortunas alejados de ti y a las casamenteras lejos de mí —asintió el vizconde—. Y la última regla, Amy, es la más importante de todas: vas a tener que confiar en mí.
La joven entornó sus ojos verdes, escudriñando el perfil afilado de Derek, tratando de valorar si sería capaz de algo así.
—¿Confiar en ti? Esa es una petición bastante ambiciosa.
—Es una solicitud pragmática —rectificó él, deteniendo los caballos un instante bajo la sombra de un gran roble y volviéndose a mirarla—.
Tú acabas de llegar a este entorno. Conoces las reglas de Nueva York, pero la aristocracia británica es un terreno regado de hipocresía, alianzas implícitas y códigos no escritos.
Yo he crecido aquí. Sé qué gestos provocan sospechas, sé qué salones debemos evitar y sé con exactitud cómo manejar a los metomentodos de mis primos.
Si intentas llevar la iniciativa o improvisar por tu cuenta, cometerás un error y la mentira se vendrá abajo.
Para que esto funcione, debes dejar que yo marque el ritmo.
Amy guardó silencio durante unos segundos.
Odiaba depender de nadie y la sola idea de ceder el control le producía una punzada de rechazo.
Sin embargo, no era ninguna insensata. Sabía que la presión podía abrumarla y que la protección de un hombre con el peso social y la compostura de Derek era el escudo más sólido que podía conseguir.
Además, por mucho que le irritara la arrogancia del vizconde, debía admitir que manejaba la situación con una sangre fría envidiable.
Él conocía ese mundo; ella apenas estaba aprendiendo a navegarlo.
—Está bien —cedió finalmente, dejando escapar un leve suspiro y fijando su mirada en la de él—.
Confiaré en tu criterio sobre cómo manejar nuestro romance —Enrojeció al decirlo, haciendo que la mirada de Derek, al fin, se suavizara—.
Necesito que esto funcione tanto como tú, así que acepto tus términos.
Exclusividad de afecto, coqueteo sin alarmar a los párrocos y tu liderazgo.
Sheffield la miró con ternura. La determinación en los ojos de la muchacha se mezclaba con una mezcla de alivio y agradecimiento que le calentaron el corazón. Una sonrisa casi imperceptible asomó a los labios del vizconde.
Habiendo logrado lo que quería, puso rumbo a Mount Street de nuevo, volviendo a dar un suave tirón a las riendas para que el carruaje reiniciara la marcha hacia la salida del parque.
—Una decisión inteligente, Amy —dijo él, una vez tomaron la avenida.
—No te acostumbres a oírme darte la razón —advirtió ella con una pizca de malicia—. Ahora supongo que debemos dejarnos ver juntos en algún otro sitio hoy para consolidar la noticia.
—Todo lo contrario —repuso Derek con frialdad—.
Si nos mostramos juntos a todas horas parecerá desesperado o confirmado.
La clave de un buen misterio es la dosificación.
Hoy te dejaré en Mount Street, hemos sido debidamente identificados por varias cotillas.
Mañana y pasado no nos veremos. Dejaremos que la alta sociedad especule, rumoree y se pregunte por qué el vizconde Sheffield no ha acudido de inmediato a ver a la joven neoyorquina tras un paseo madrugador en Hyde Park.
Amy lo miró con auténtica curiosidad.
—¿Y cuándo volveremos a encontrarnos, entonces?
—Dentro de tres noches —le contestó, deteniendo el carruaje justo frente a las rejas de entrada de la residencia de sus padres—.
Todos mis primos Beau han planeado una salida a los jardines de Vauxhall para ver los fuegos artificiales.
Es un entorno perfecto: luces de gas, música, senderos oscuros y la mitad de la aristocracia buscando escándalos.
Allí haremos nuestra verdadera aparición estelar.
Con moderación —se obligó a especificar, para ella tanto como para él.
Amy descendió del carruaje con la ayuda del lacayo que aguardaba en la acera. Se giró hacia Derek, sosteniéndose en el borde del vehículo un último instante, con la sombrilla apoyada sobre el hombro.
—Tres noches, entonces —dijo ella, esbozando una sonrisa divertida—. Intenta no echarme demasiado de menos hasta que nos veamos en Vauxhall.
—Procuraré sobrevivir a la espera, Amy —respondió él, tocándose el ala de su sombrero con un ademán impecable antes de ordenar a los caballos que avanzaran.
La muchacha se quedó en la acera viendo cómo el landó se alejaba por la calle, consciente de que acababa de firmar un pacto tan arriesgado como fascinante.