Capítulo 6 #3
—Lo cierto es que haces gala de una conversación muy estimulante, Amy —comentó la princesa con voz suave y una mirada perspicaz que hizo que esta parpadeara—. Pocas damas logran que Derek sostenga un diálogo sin buscar una puerta por la que escapar.
—El interés de lord Sheffield es de carácter puramente preventivo, Rachel —aseguró Amy de corrido, obviando la mirada de él cuando se había mencionado la puerta y la huida, tomando un sorbo de té para ocultar el ligero calor en sus mejillas—.
Se ha otorgado a sí mismo el papel de guardián de mi conducta.
—Un papel ingrato, debo añadir. De haber una puerta, me escaparía sin mirar atrás —apostilló Derek con sorna—. En cualquier caso, la señorita Amy muestra una tendencia alarmante a la independencia. Parece poder gestionar a los caballeros como si pudiera decidir qué quiere de cada uno de ellos.
—¿Y acaso no es así? —intervino Esther, poniéndose del lado de la americana con un gesto divertido—.
Es la dueña de su destino. Si desea alejar a Harrington, bailar dos valses con Vance y dejar a la mitad de los lores en suspiros, tiene todo nuestro respaldo.
De hecho, creo que voy a postularme como su escolta oficial. Nos vamos a divertir muchísimo.
—No le des ideas, Esther —intervino lady Faith, negando con la cabeza, pero sin ocultar la diversión—. Bastante revuelo causará cuando empiece a acudir a los bailes si en el teatro logró tanta atención sin proponérselo.
—Madre, lo que temo —continuó Els, mirando a su hermano con picardía— es que a tu hijo le dé un ataque de bilis si tiene que ver a Amy en brazos de otros caballeros durante los valses.
—Mi salud se encuentra en perfecto estado, condesa —aseguró Derek con sorna, aunque sus ojos no se apartaron de Amy ni un solo segundo—. Y mi paciencia es más amplia de lo que juzgas. Sé cuándo conviene permitir que una dama examine las opciones antes de que comprenda cuál es la decisión sensata.
—¡Qué arrogancia la de los caballeros británicos! —exclamó Amy, dirigiéndose a las primas con complicidad—. Hablan de decisiones sensatas como si poseyeran el monopolio de la razón. En Nueva York consideramos que la elección sensata es aquella que nos permite conservar la libertad.
—La libertad sin un rumbo claro no es más que deriva, señorita —sentenció Derek, bajando la voz un tono, lo justo para que sonara íntimo y firme a un tiempo.
—Depende de quién lleve el timón, milord —replicó ella sin amedrentarse.
—En eso coincido —dijo él—. Por ello es preciso acordar quién capitanea la nave antes de levar anclas.
Las damas celebraron el duelo con risitas sofocadas y miradas de velada compresión. En ese preciso instante, la puerta doble del fondo del salón se abrió y el mayordomo anunció con voz grave la presencia del conde de Hill.
La interrupción cortó la conversación de inmediato. Entró lord Robert Seymour. Iba a ver a su esposa pero, al entender la situación, miró en cambio a su primo con los ojos llenos de complicidad.
—¿Vienes?
Derek se puso en pie con la elegancia pulcra que le era propia.
Ajustó los puños de encaje de su camisa, se colocó la chaqueta, dispuesto a despedirse de las damas.
Todas ellas protestaron, molestas, reconviniendo al mayor de los primos por privarles de la diversión.
Sheffield rio, a su pesar. Solteras antes o casadas ahora, aquellas mujeres seguían siendo terribles.
—Madre, primas, debo atender los requerimientos de mi padre. Señorita Amy, confío en que la mañana le resulte de provecho y que la conversación le haya servido para reflexionar.
—He reflexionado lo justo, lord Derek —respondió ella con calma—. No acostumbro a dar vueltas a las cosas una vez expuestas.
El vizconde salió sin decir más. Antes de que se cerrara la puerta, se alcanzó a escuchar la voz de Rob, sorprendida:
—¿Qué diablos ha sido eso, Sheffield?
Si hubo respuesta, nadie pudo escucharla, aunque sí la sonora carcajada de ambos caballeros, después.
Minutos más tarde, el mayordomo entró con una nota para la señorita Andersen. No decía quien la remitía, pero no era necesario: todas las damas allí presentes, aunque no preguntaran, estaban convencidas de que era Derek quien la había escrito.
Acepto tu propuesta, Amy. Simularemos el cortejo durante la Temporada, mas se hará bajo mis condiciones.
Yo fijaré el curso de nuestro supuesto romance.
Mañana acudiré a buscarte a Mount Street para pasear por Hyde Park y determinar las reglas de nuestro acuerdo.
Procura no retirarte de forma intempestiva esta vez.
Amy permaneció inmóvil en su sitio, sosteniendo la nota con dedos rígidos y procurando que el pulso acelerado que le martilleaba no fuera evidente para las presentes.
—¿Te encuentras bien, Amy? —inquirió Rachel desde el otro lado de la mesa, observando con sus ojos perspicaces el ligero color rosa que le encendía las mejillas.
Tomó una bocanada de aire serena, forzó una sonrisa medida y guardó la misiva en su ridículo.
—Me encuentro perfectamente, gracias, Rachel —respondió con voz firme y clara.
Educadas, no preguntaron por la nota que acababa de recibir, pero no tuvieron duda de quién la enviaba ni disimularon, tampoco, sus sonrisas esperanzadas.