Capítulo 6 #2
—¡Vaya, vaya! —exclamó, entornando los ojos con deleite—.
Escuchar a mi primo hablar de «compromisos» y «deliberaciones pausadas» resulta una novedad digna de recordar cuando Jake y Nate estén presentes.
Derek, querido, solías huir de las damas como si portaran la peste bubónica y ahora te descubro alabando la paciencia en el galanteo.
¿Debemos entender que la señorita Andersen ha logrado el milagro de hacerte permanecer en este té sin mirar la hora y proferir una excusa burda para desaparecer?
—Esther, por favor, no atormentes a tu primo —intervino lady Faith, aunque en sus labios se dibujaba una sonrisa complacida—. Derek solo está siendo un anfitrión atento con la sobrina de lady Augusta.
—Un anfitrión de una atención sospechosa, diría yo —apuntó Helena, guiñando un ojo a Els—. Ayer en el teatro no solo no se apartó de su lado, sino que, según me aseguró Robert, tu hermano miraba con cara de pocos amigos a todo caballero que osara acercarse al palco.
Amy se sonrojó hasta la raíz del cabello al escuchar aquello. ¿Sería cierto? Lo miró en busca de una respuesta; el gesto del vizconde, sin embargo, se mantenía con una sonrisa impertérrita en el rostro desde que hubiera alcanzado la mesa.
—Dicen que lord Harrington parecía dispuesto a ofrecerle su corazón y sus fincas antes del segundo acto —añadió Rachel con tono travieso—. Si no llega a ser porque avisaron de que comenzaba la función de nuevo, habría solicitado la tarjeta de baile de Amy para toda la Temporada.
Se volvieron a mirarla, esperando que corroborara. ¿Qué podía decir, después de todo? Y ¿sería cierto que Derek se había mostrado más solícito o posesivo o lo que fuera con ella? Se obligó a defender al vizconde, diciéndose que lo hacía porque lo quería como aliado y solo por esa razón.
—Agradezco la preocupación de lord Cavendish, Helena, pero te aseguro que los caballeros británicos no me resultan intimidantes.
En Manhattan los hombres de negocios abordan asuntos mucho más complejos que la solicitud de un baile.
Aun así, lord Harrington quizá fue algo excesivo en sus halagos y, en efecto, vuestro primo se comportó como un galante guardián.
—Un eufemismo muy elegante para decir que Harrington es insoportable y que mi hermano puede resultar intimidante sin proponérselo —rio Elizabeth con soltura—.
No te culpes, Amy, por tanta atención. Harrington es un pavo real que adora batir las plumas y Vance no se queda atrás.
Lo que me resulta fascinante es la calma con la que Derek contemplaba, al parecer, semejante despliegue.
Dime —le preguntó a él directamente—, ¿no sentiste ni siquiera un atisbo de celos al ver cómo revoloteaban alrededor de tu invitada?
Cruzó el caballero las piernas con parsimonia, apoyando el codo en el brazo de la silla, hablando con calma, como si el asunto le fuera ajeno.
—Siento el celo propio de quien vela por el buen nombre de nuestra familia —replicó con voz grave y calmada—.
La señorita Amy es nueva en Londres, desconoce las artimañas de nuestros libertinos locales.
Un caballero tiene el deber de advertir a una dama de cuándo está a punto de ser seducida por uno de ellos.
—¿Seducida por un libertino, dice usted?
—saltó Amy, alzando la barbilla con leve desafío—.
¿Acaso insinúa, lord Derek, que me falta perspicacia para distinguir a un hombre de honor de un adulador de salón?
Le recuerdo que en mi familia se ha tratado con comerciantes de alta mar y negociantes del puerto.
Sé reconocer las intenciones de un hombre antes de que pronuncie la primera palabra.
—El comercio de puerto se rige por leyes claras, señorita Amy —repuso él, sosteniéndole la mirada con intensidad—.
La sociedad de Mayfair, en cambio, se mueve por corrientes subterráneas.
Quien navega por estas aguas sin conocer los escollos corre el riesgo de naufragar…
o de lanzarse al agua antes de tiempo por mero pánico.
El dardo sobre su huida del carruaje voló certero. Els y Esther se miraron entre sí, captando al instante el intercambio de pullas invisibles entre ambos, aunque sin descifrar el verdadero motivo.
—¡Suficiente! —exclamó Elizabeth, soltando una carcajada—. Parecéis dos abogados discutiendo un pleito de tierras en lugar de dos jóvenes disfrutando de una mañana de té. Derek, das la impresión de estar examinando un contrato mercantil.
—Quizá sea porque la señorita Amy entiende el lenguaje de las transacciones mucho mejor que el de las flores, hermana —dijo Derek sin querer dejar atrás la cuestión de la noche anterior. Extrañamente, estaba disfrutando de aquella compañía improvisada.
—Y quizá sea porque el vizconde de Sheffield prefiere el rigor de los contratos a la sinceridad en las palabras —devolvió Amy con soltura—. Hay hombres que necesitan reglas por escrito para no perder el rumbo en una conversación.
Rachel, que hasta ese momento había observado en silencio la escena con su serenidad habitual, decidió intervenir, buscando apaciguar los ánimos. Temía que uno de los dos dijera algo que pudiera delatar la naturaleza de la tensión que mostraban.