El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

A my se propuso entretenerse durante toda la mañana con un libro, tratando de acallar sus inquietudes.

Tras una noche de sueño esquivo y llena de pensamientos encontrados, acudió al comedor dispuesta a afrontar la mirada escrutadora de lady Faith, quien, sin duda, querría saber qué tal había ido en el teatro.

No obstante, la marquesa de Aberdeen la recibió con la amabilidad habitual.

—Tengo un plan excelente para esta tarde, querida —le anunció mientras disponía con elegancia la confitura de naranjas sobre una tostada—.

En el veintitrés de Regent Street se encuentra la propiedad del duque de Beaufort.

No reside nadie de forma permanente allí, pues mi padre está impedido y vive en Yorkshire, y es una especie de cuartel general para cuando la familia se reúne en Londres desde Pascua hasta la veda del urogallo.

Me gustaría que la visitáramos juntas y, sobre todo, que te sintieras libre de acudir allí cuando requieras de soledad.

Aunque podría ocurrir que encontráramos a un puñado de Beaufort allí, a mis sobrinas les gusta quedar en el comedor que da al jardín y planificar fiestas.

Cuando acabemos de desayunar podemos acercarnos, si te parece.

Son apenas veinte minutos de paseo y esta mañana el sol parece querer honrarnos con su presencia.

Amy asintió con sonrisa dócil, satisfecha por mantenerse ocupada y alejar la cabeza del recuerdo de lord Derek.

Sin embargo, cuando lady Faith y Amy descendieron la escalinata de la mansión, hallaron en la entrada al mismísimo vizconde de Sheffield.

Amy sintió la turbación propia del recuerdo de la víspera. Temió que él le recriminara de algún modo su huida desordenada del carruaje, mas irguió la postura para mostrar una expresión distante.

—¡Derek, querido! —exclamó lady Faith con sorpresa al ver a su hijo—. ¿Qué te trae por aquí a estas horas?

—Buenos días, madre. Señorita Amy —saludó Derek, inclinando la cabeza con gentil cortesía. Había en su rostro una sobria serenidad. Regresó la mirada a la marquesa—. No te hagas la sorprendida, paso muchas mañanas en la biblioteca con padre.

—Lo sé —respondió divertida lady Faith—, pero, justo hoy, tu padre ha salido temprano hacia el club. Veo por tu expresión que no lo sabías. Nosotras nos dirigimos al número veintitrés de Regent Street, ¿por qué no nos acompañas?

No era una invitación, era una orden y así se lo hizo saber con la mirada a pesar del tono interrogante.

—¿Has quedado allí con mis primas? ¿No? —Lo último que quería era enfrentarlas siendo el único caballero en la mansión y, además, un caballero soltero—. Entonces os acompaño —aceptó no sin cierta vacilación, haciéndose a un lado para ofrecer el brazo a la marquesa y escoltarla.

Pero esta lo rechazó, mirando en cambio a la joven americana, invitándolo a que la escoltara a ella.

Aquello tampoco era una sugerencia. Se volvió, pues, hacia Amy y, seguro de que su madre no podía verlo, puso los ojos en blanco en un gesto teatral.

Era una petición poco sutil para que pasearan juntos.

Tenía que darle la razón a aquella neoyorquina: la presión sobre ambos iba a ser importante y constante.

Extendió el antebrazo con parsimonia. Ella dudó un instante antes de apoyar sus dedos enguantados sobre él.

El firme sostén de su mano evocó la misma calidez de la velada anterior.

—Confío en que pasara buena noche tras la función en el teatro, señorita Amy —dijo Derek en voz baja mientras la guiaba hacia el interior de la acera—. Parecía tener cierta premura por retirarse a sus aposentos.

Amy le sostuvo la mirada, tratando sin conseguirlo de retirar la mano de su amarre.

—Descansé de forma apacible, milord, y le agradezco su preocupación —replicó en tono fingidamente dulce—. Acostumbro a dar por concluidos los asuntos del día sin demoras innecesarias.

Una ligera inclinación de labios por parte del vizconde precedió al cierre de la charla. Era obvio que la marquesa estaba atenta a cada palabra que pudieran cruzar, así que decidieron mantenerse en silencio el resto del paseo.

El número veintitrés de Regent Street era una residencia noble, decorada con la elegancia sobria de una familia ilustre.

El salón principal de la casa daba al enorme jardín y recibía la luz clara de la mañana a través de tres amplios ventanales de guillotina.

Alrededor de la mesa de caoba se hallaban reunidas algunas de las damas de la familia Beaufort.

Cuando las vio, Derek miró a su madre con suspicacia…

¿Le había mentido, acaso? Negó con la cabeza, su madre no podía saber que iba a acudir esa mañana a la casa, y se preparó para lo peor.

Lady Elizabeth, condesa de Harlech y hermana de Derek —a quien en la intimidad llamaban Els—, alzó la vista al verlos entrar. A su lado se encontraban sus primas: lady Rachel, su hermana lady Esther, vizcondesa de Canden, conocida por su ingenio vivaz y atrevido, y lady Helena, la condesa de Hill.

—¡Buenos días! Nos habéis sorprendido en flagrante delito —las recibió Esther con alegría, dejando su taza sobre el plato de porcelana con un repique seco—.

Me temo que tenemos que confesar que estábamos dispuestas a organizar la agenda de la señorita Andersen sin su permiso.

Confío, Amy, en que nos disculpes… ¡y nos des tu permiso, también!

A su pesar, la americana sonrió. Le habían gustado aquellas damas la noche en que las conoció.

Con un asentimiento de cabeza que bien podía ser un saludo o bien el permiso que le pedían, aceptó la taza que le ofrecía la princesa Romanova y se sentó al lado de lady Helena, que le parecía la más discreta de todas las presentes.

Recordó que le habían pedido que las tuteara y se afanó en recordar sus nombres.

—Derek nos ha acompañado —explicó lady Faith a sus sobrinas aun sin necesidad, con la sonrisa satisfecha del gato que se ha comido al ratón, al tiempo que se acomodaba en otra silla mientras una doncella disponía frente a ella la tetera de plata.

No había planificado aquel encuentro, pues ni sabía con certeza que estarían allí sus sobrinas ni esperaba encontrarse con su hijo, pero era, sin duda, una feliz casualidad.

—Es poco frecuente verte entre tantas damas sin buscar una excusa para retirarte al club, hermano —comentó Els con ironía, observando a Derek con curiosidad.

—Tu padre me ha dejado plantado y tu madre no ha perdido la oportunidad de arrastrarme hasta aquí —confesó Derek con fastidio, tomando asiento en un sillón de cuero negro desde el que dominaba la estancia y, de forma particular, la posición de Amy, pero lejos de todas sus primas.

Cogió de la mesilla auxiliar el Times y simuló leerlo, más interesado en realidad en la conversación de las damas.

—Nos complace tu presencia, Amy —dijo Rachel con voz tranquila y dulce, ignorando la falta de educación del vizconde—.

Y para él también es un placer pasar la mañana contigo, a pesar de venir obligado —dijo, reprendiéndolo desde la distancia—.

En realidad, estábamos revisando los bailes de las próximas dos semanas y nos preguntábamos cuáles disfrutarías más.

Al ser nuestra invitada, nos corresponde velar por que tu estancia en Londres resulte grata.

Derek no disimuló su carcajada. No dijo lo obvio: estaban organizándole el tiempo, aunque lo disfrazaran de cortesía.

—Y para asegurar que los caballeros de la ciudad mantengan el debido respeto —añadió Helena, ajustándose el encaje del puño—.

Ayer en Drury Lane causaste una impresión notable, Amy.

Mis felicitaciones. Según Robert, en los salones, horas más tarde, no se hablaba de otra cosa que no fuera la llegada de una dama de Nueva York.

—¡Y del brazo del primo Derek, ni más ni menos! —se burló Esther.

El aludido mantuvo la vista en el periódico.

—La representación fue maravillosa —se apresuró a responder Amy—. Y, durante el descanso, lord Derek me presentó a algunos nobles atraídos, imagino, por la presencia de una extranjera.

—No carece de mérito captar la atención de lord Vance y de lord Harrington en una sola noche —observó Elizabeth con una leve sonrisa de diversión—. Derek, dinos: ¿tuviste que interponer tu autoridad para apartarla de los caballeros en el vestíbulo?

Él mantuvo el diario en alto, observando a su hermana con tranquilidad antes de dirigir la vista hacia la neoyorquina.

—La señorita Amy posee determinación suficiente para manejarse ante cualquier caballero —declaró—. Muestra una marcada inclinación por exponer sus términos y retirarse antes de recibir réplica.

Amy mantuvo la firmeza en el rostro, sosteniendo la mirada del caballero. Era obvio que se refería al abrupto final de su conversación la noche anterior.

—Hay situaciones que exigen resolución, lord Derek —respondió Amy—. Los discursos dilatados no suelen favorecer los acuerdos.

—¿Acuerdos? —repitió Esther, alzando las cejas con expresiva curiosidad—. No sabía que el teatro fuera un lugar adecuado para transacciones.

—La señorita Amy aplica la severidad del comercio a cualquier asunto.

Es americana, después de todo —intervino Derek, dejando la taza sobre la mesa—.

Aunque en Londres los compromisos requieren una deliberación más pausada antes de dar conformidad.

Quizá la impaciencia sea característica en Nueva York.

El sentido de sus palabras quedó claro para la joven, quien sostuvo la taza con firmeza, consciente de la discreta provocación.

***

Una hora después, Derek estaba sentado a la mesa con sus primas y Amy disfrutaba de la conversación de los Beau, que fluía con agilidad y llena de burlas.

Lady Esther dejó en ese momento escapar una risita baja, paseando la mirada de su primo Derek a la joven americana.