Capítulo 5
E l trayecto desde Mount Street hasta Hill Street transcurrió para Derek en un estado de ensimismamiento, acompañado solo por el martilleo constante de los cascos sobre los adoquines húmedos.
Todavía podía escuchar el ruido sordo con el que la portezuela del carruaje se había cerrado de golpe y la visión de Amy Andersen huyendo escaleras arriba hacia la casa de sus padres como si la estuviera persiguiendo el mismísimo diablo.
El gesto de Jonas, el viejo mayordomo, al verla entrar con las faldas arremangadas y a toda prisa, no tenía precio.
Ya en su residencia, entregó el sombrero el abrigo y los guantes a su valet con un ademán ajeno y desprovisto de su acostumbrada cortesía.
No se dirigió a sus aposentos principales; en su lugar, encaminó sus pasos hacia la biblioteca.
Necesitaba el refugio que le brindaba el olor familiar a cuero, encuadernaciones antiguas y cera de abeja para procesar la tormenta de pensamientos que lo asediaban.
Se acomodó en el amplio sillón de orejas frente a la chimenea, apagada porque no había avisado a nadie de que caldearan la estancia.
Su mente repetía con una precisión exasperante cada palabra, cada matiz y cada titubeo de la indómita americana mientras le proponía su descabellado plan.
Un cortejo simulado.
La mera idea era una extravagancia escandalosa, un insulto a la etiqueta de la que tanto se enorgullecía como caballero y un crimen contra el decoro de la alta sociedad.
En circunstancias normales, habría descartado semejante desfachatez con una risotada incrédula antes de olvidar el asunto.
Sin embargo, conforme la calma y el silencio le templaban el ánimo, Derek comenzó a desmenuzar la propuesta con el frío pragmatismo con el que manejaba sus fincas y sus inversiones.
Por un lado, la idea entrañaba ventajas indiscutibles que ningún hombre sensato en su posición podía ignorar.
Si aceptaba el acuerdo, pasaría los siguientes meses haciendo lo que su madre y sus tías le exigían a gritos: dejarse ver en público con una actitud proclive al matrimonio, visitando palcos y salones al lado de una dama casadera y dando la imagen de un caballero dispuesto a abandonar la soltería.
La familia Beaufort y las matronas de la alta sociedad darían por satisfecha su voracidad casamentera y le concederían una tregua que sería más que bienvenida, desviando su atención hacia algún otro caballero más desgraciado.
Además, la perspectiva de compartir veladas, paseos y bailes con la señorita Andersen distaba mucho de ser un martirio, como ella lo había descrito.
Amy parecía una joven culta e inteligente y poseía de una belleza audaz que le provocaba una especie de tormento estimulante.
Sin embargo, era esa atracción latente la que alimentaba sus mayores reticencias.
La señorita Andersen no era una joven provinciana e insípida a la que pudiera manipular con cumplidos vacíos.
Pasar semanas a su lado, fingiendo miradas de devoción, rozando sus dedos en los bailes y compartiendo confidencias en la intimidad de los balcones entrañaba un peligro para su tranquilidad.
Derek no era ningún santo. Aunque ella no tuviera la menor intención de atrapar a un marido inglés y él no albergara el menor deseo de pasar por el altar sin estar enamorado y seguro, la cercanía continuada con Amy podía arrastrarlos a sobrepasar ciertos límites.
Y un hombre de honor no jugaba con la reputación de una dama bajo la tutela de su propia familia.
No sin asumir unas consecuencias inasumibles para él.
Por si fuera poco, su conciencia se rebelaba contra las argucias.
Un caballero adulto, un hombre hecho y derecho, no mentía.
La noción de escenificar una farsa ante su propia madre —quien observaría sus pasos con ilusión— y ante el resto de su familia le provocaba un amargo sabor de boca, todo ello suponiendo que fuera capaz de engañar a los primos Beau, que tan bien lo conocían.
Además, ¿en qué clase de hombre se estaba convirtiendo si necesitaba esconderse tras el abanico de una neoyorquina para eludir la presión de su propia estirpe?
En aquella maniobra de evasión había algo infantil e impropio de un vizconde de veintinueve años.
Derek apuró el vaso de un trago, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, soltando un largo e irritado suspiro.
Fue entonces cuando un detalle cobró protagonismo en su memoria.
Volvió a evocar el rostro de Amy en la penumbra del carruaje: los guantes estrujados por unos dedos temblorosos, la torpeza en su voz, la rigidez con la que intentó disfrazar su incomodidad y esa fuga hacia la entrada de la casa sin aguardar una respuesta.
Aquella no había sido la conducta de una mujer fría y calculadora, acostumbrada a manejarse con los hombres que la galanteaban, la dama que había actuado durante el intermedio frente a la nobleza, con lady Jersey a la cabeza, como una joven con experiencia social.
No, sus acciones parecían la reacción desesperada de una muchacha acorralada.
Sintió una punzada en el pecho. Quizá había valorado la situación desde un prisma equivocado.
Amy Andersen acababa de desembarcar en un país extraño, sola, separada de su entorno y empujada de lleno al engranaje implacable de la aristocracia británica y las maquinaciones de sus tías.
Se encontraba bajo el techo de unas Beaufort exigentes e iba a rodearse por una corte de cazafortunas y caballeros insistentes que no le daría tregua.
¿Y si no sabía cómo comportarse en semejante nido de víboras ni cómo proteger la independencia que tanto parecía valorar?
Aquella propuesta disparatada no era el fruto de una mente maestra; había sido una petición de ayuda desesperada, un grito de auxilio disfrazado tras el orgullo y la terquedad típica de los americanos.
Y él, como caballero, como anfitrión y como hombre de honor, tenía el deber ineludible de tenderle la mano y rescatarla, aunque solo fuera para enseñarle a navegar por las turbulentas aguas de Londres.
Sí, se dijo sintiéndose heroico, tendría que aceptar su propuesta y encontrar el modo de engañar a sus primos.
Cómo lograrlo y cómo mantener las distancias con la audaz Amy Andersen lo mantuvieron despierto hasta altas horas de la madrugada.
***
No muy lejos de allí, en la segunda planta de la mansión de Mount Street, el ambiente en el dormitorio de Amy era mucho más caótico.
Deambulaba con pasos nerviosos de un extremo a otro de la hermosa Aubusson, con las faldas del vestido crujiendo a cada giro brusco y un rubor abrasador en las mejillas.
Betsy, que la aguardaba con paciencia con la ropa de noche sobre los brazos, seguía la trayectoria frenética de su amiga con una mirada divertida.
—Si continúas marcando el paso de esa manera, los marqueses van a pensar que has metido un caballo desbocado en tu habitación —bromeó al fin la criada, dejando resignada las prendas sobre la banqueta del tocador.
Amy se detuvo en seco, soltando un gemido de pura mortificación mientras se cubría el rostro con ambas manos.
—Ha sido un desastre, Betsy. Un desastre colosal, espantoso y de una ordinariez absoluta.
—¿Tan horribles eran los actores? —inquirió la criada con total naturalidad, buscando que la otra se relajara al tiempo que se acercaba para ayudarla a soltar los botones de la espalda—. Tenía entendido que la obra de ese tal señor Shakespeare era lo más distinguido de la ciudad.
—¡La representación ha sido soberbia! —se volvió Amy, indignada porque se estaba burlando de ella, girándose después para facilitarle la tarea—.
El desastre no ha estado sobre el escenario, Betsy, ¡el desastre he sido yo!
Le he expuesto la propuesta en el carruaje de regreso…
y no te imaginas lo ridícula que he estado.
Betsy detuvo las manos un segundo, incapaz de ocultar su curiosidad.
—Pensé que tenías un discurso ensayado desde esta mañana. No eres de las que deja las cosas importantes a la improvisación.
—¡Y lo tenía! Lo había repasado frente al espejo hasta aprendérmelo de memoria —le explicó, gesticulando con vehemencia mientras la doncella le retiraba con cuidado la prenda por los hombros y la deslizaba por la cadera—.
Sabía que tenía que sonar razonable, pero en cuanto el coche se puso en marcha y me vi a solas con él, toda mi probidad se evaporó.
Hablé demasiado rápido —recordó, avergonzada—, soné atropellada, al borde del desquicio.
Parecía una marchante de grano en Wall Street intentando estafar a un comprador antes de que cierre la bolsa.
—Eso sí que es una novedad. —Betsy estaba asombrada como pocas veces—. ¿Estás segura de que no estás exagerando un poco?
—¡No!, y eso no es lo peor —prosiguió Amy mientras la doncella le ajustaba las cintas del camisón—.
Cuando el carruaje se detuvo en la puerta, entré en pánico.
Me quedé tan horrorizada por mi actuación que ni siquiera le dejé responder.
Ni una sola palabra, Betsy, ¡ni una sola!
No esperé a que abriera la boca, no le di tiempo a decir si le parecía una buena idea o una auténtica locura.
Me recogí las faldas, salté del carruaje antes de que el lacayo pusiera el escalón y eché a correr hacia la entrada como si hubiera cometido un crimen, dejándolo allí plantado, a oscuras y con la palabra en la boca.
La cara del mayordomo fue un poema. ¡Dios, no volveré a salir de esta habitación!
¿Crees que podríamos inventar alguna excusa convincente y regresar ya a América?
La doncella parpadeó un par de veces, procesando la imagen de la siempre contenida señorita Andersen huyendo a brincos de un caballero.
De pronto, una risita sofocada se le escapó entre los labios, seguida de una carcajada franca que tuvo que taparse con rapidez usando la manga, no queriendo ofender a la otra.
—¿Te estás riendo de mí? —la reprendió Amy, frunciendo el ceño con indignada incredulidad—. ¡Betsy, te estoy contando mi mayor tragedia!
—¡Te pido perdón, de verdad! —logró articular, intentando recobrar la compostura sin demasiado éxito mientras tomaba el cepillo de marfil—.
¿La gran estratega de Manhattan, la mujer que iba a dar una lección de negociación a un vizconde de Inglaterra, ha salido huyendo como una chiquilla que ha roto un cristal con una pelota?
—No pudo evitarlo, volvió a proferir en carcajadas, para desesperación de su señora.
—¡Fue un acto de pura supervivencia! —se defendió Amy, dejándose caer sobre la banqueta del tocador con los brazos cruzados sobre el pecho.
Su amiga comenzó a soltarle el recogido y a cepillar el cabello de color trigo—.
No podía sostenerle la mirada. Si me hubiera dicho que no con esa frialdad diplomática que tiene…
Peor aún, si se hubiera burlado de mí, habría terminado tirándole el abanico a la cabeza.
Ahora estará convencido de que soy una demente.
Mañana ni siquiera podrá mirarme sin esa mezcla de compasión y burla que tanto desprecio.
—O tal vez piense que las damas americanas tenemos una forma muy particular de manejarnos —sugirió Betsy con ironía, trazando pasadas suaves y rítmicas sobre su larga melena—. Vamos, Amy, cálmate. Si el vizconde de Sheffield rechaza el trato, al menos no te habrás quedado con la duda.
Amy suspiró a fondo, viendo cómo el cepillo deshacía los bucles para convertirlos en una cascada ondulada.
—Supongo que tienes razón —murmuró, contemplando la luz vacilante de las velas reflejada en el espejo—.
Da igual. Si dice que no, podré soportar las veladas, declinar los bailes y esquivar a los pretendientes por mi cuenta.
Tampoco es que la sociedad de este país requiera de un talento extraordinario.
La doncella ladeó la cabeza.
—Hablando de pretendientes… —empezó con tono despreocupado—, ¿no has conocido a nadie interesante en el teatro? Supongo que el palco de una desconocida hermosa como tú se habrá llenado de caballeros distinguidos durante el descanso.
Amy hizo un ademán despectivo con la mano, restándole cualquier importancia al asunto.
—Aparecieron unos cuantos: lord Vance, lord Harrington y un par de condes y barones más cuyos títulos ni me molesté en memorizar.
Ingleses con una falsa sonrisa, cumplidos vacíos y esa forma insoportable de mirar a una señorita, como si fuera una pieza evaluable.
Esta noche he confirmado que no estoy hecha para ser la esposa de un inglés.
—Si tú lo dices… —concluyó Betsy, recogiendo el pelo de Amy en una trenza floja para la noche—. Aunque algo me dice que sí hay un inglés, uno al menos, hecho a la medida de tus gustos.
—Buenas noches, Betsy. Descansa… —La ignoró, sabiendo bien a quién se refería y no queriendo mencionar al vizconde frente al que había hecho el mayor ridículo de su existencia.
Una vez sola en la habitación, Amy se deslizó bajo las sábanas de lino fino y se cubrió hasta la barbilla.
Intentó forzarse a pensar en los pasajes de Julio César que tanto le habían gustado durante la primera parte de la obra de teatro.
Sin embargo, su mente parecía esa noche una criatura indomable.
Cada vez que cerraba los ojos, el escenario de Drury Lane desaparecía por completo para ser sustituido por la presencia traviesa de su acompañante.
Volvió a verse en la penumbra del palco, sintiendo el calor inconfundible de la mirada de Derek clavada en su perfil durante todo el segundo acto.
Recordó la forma en que la luz de las arañas de cristal destacaba la línea firme de su mandíbula, el corte impecable de sus hombros bajo la chaqueta de gala y esa aura de autoridad serena que parecía envolverlo sin el menor esfuerzo.
Recordó también, con un vuelco inoportuno en el estómago, el escalofrío sutil que le había recorrido la piel cuando la mano de él —firme, grande y cálida— había rodeado sus dedos para ayudarla a descender del carruaje.
Amy se giró en la cama con exasperación, abrazando la almohada con enfado.
No quería admitirlo, ni ante la mirada aguda de Betsy ni ante sí misma en la intimidad de sus pensamientos, pero aquel vizconde distante había dejado una huella en su memoria, una que ninguno de los elegantes y aduladores lores de Mayfair lograría borrar.
Con el ardor de esos ojos verdes flotando en su memoria, Amy terminó por rendirse al sueño.