Capítulo 4 #2
Para fastidio de Derek, un nutrido grupo de visitantes irrumpió en la estancia.
Lady Jersey y lady Cowper encabezaban la comitiva de damas, impacientes por examinar de cerca a la misteriosa neoyorquina de la que todo el mundo hablaba, mientras que tras ellas se colaron los inevitables lord Vance y lord Harrington, acompañados de otros dos caballeros deseosos de entablar conversación con la hermosa desconocida.
Sheffield no podía negar la entrada a nadie y la presencia de la principal patrocinadora de Almack’s para interesarse por la joven haría, además, muy feliz a su madre.
Con suerte lo consideraría un éxito de su hijo y le daría una tregua en sus intenciones.
Ella y sus hermanas —y también sus primas— estarían demasiado ocupadas preparando a Amy para las veladas de los miércoles, se felicitó al tiempo que tomaba la mano de la codiciada esposa del primer ministro.
—¡Derek, querido! —exclamó lady Jersey con una sonrisa afilada—. No podíamos dejar pasar la oportunidad de felicitarte por tu acompañante y dar la bienvenida a la señorita Andersen a Londres. Creo que es prima lejana del conde de Maine, ¿no es cierto?
Por descontado, muchos sabían ya quién moraba en Mount Street. Y no esperaban confirmación; se disputaban la atención tratando de demostrar cuán informados estaban. El vizconde los dejó hacer, limitándose a observar cómo se desenvolvía su acompañante.
Durante los siguientes veinte minutos, el palco se convirtió en una combinación de peticiones de baile, preguntas con doble sentido y galanteos premeditados.
Amy respondió a cada una de las damas con una cortesía impecable pero distante, y declinó con suma elegancia las insistentes indirectas de los caballeros que intentaban asegurarse tiempo con ella, ya fuera para los próximos eventos de la Temporada o, con suerte, un paseo en carruaje por Hyde Park alguna mañana.
De pie a su lado, rígido, Derek no podía ocultar una cierta sombra de irritación.
Amy acaparaba la atención de todos los hombres presentes y los manejaba con una desenvoltura casi mecánica, como si estuviera acostumbrada a las galanterías de otros.
A él lo había tratado del mismo modo y le molestaba.
, reconoció. Como si su compañía fuera también impuesta, como la de Vance o Harrington.
Cuando las visitas por fin se retiraron y el público volvió a ocupar sus asientos para el segundo acto, la atmósfera en el palco se había vuelto densa y cargada. Amy lamentaba la oportunidad perdida de hablar con él a solas; él estaba inusitadamente colérico.
Durante la otra mitad de la representación, Derek, incapaz de reconducir sus propios pensamientos, pasó gran parte del tiempo con la mirada fija en Amy.
En la semioscuridad del palco, observaba el perfil de su rostro, el brillo sutil de su piel bajo la luz tenue, la curva elegante de su cuello y la firmeza serena de sus labios.
Por primera vez, comprendió con absoluta claridad qué era con exactitud lo que los demás hombres veían en ella: no era solo una cara bonita o un vestido deslumbrante, sino una fuerza vital, una independencia y un fuego interno que rara vez se encontraban en las damas de Mayfair.
Amy, que hasta ese momento se había mantenido impertérrita, comenzó a sentir el peso constante de la mirada del vizconde. La intensidad de sus ojos verdes clavados en ella resultaba casi física, una presencia tibia que le recorría la nuca y le aceleraba el pulso de forma traicionera.
Intentó concentrarse en la trágica muerte de César, pero sentía la atención de Derek sobre ella.
Un calor repentino le subió por las mejillas.
Sabía perfectamente lo que era aquello: el inicio de una atracción innegable.
Pero Amy se negó a reconocer, ni siquiera para sí misma, lo que su doncella Betsy había callado también: que aquel hombre, aquel caballero británico, era justo su tipo.
Sin embargo, no se dejaría embelesar por la mirada penetrante de un aristócrata inglés. No era tan superficial, o eso esperaba.
Cuando la obra llegó a su término y los aplausos finales concluyeron, esperaron a que el teatro se vaciara para evitar a la multitud. El regreso al carruaje se realizó en un silencio tenso e incómodo.
El trayecto hacia la casa de los padres de Derek en Mount Street estuvo dominado por un ambiente pesado y abrumador. La atmósfera entre ellos se sentía enrarecida, cargada de todo lo que habían descubierto sobre el otro en el palco.
Amy, sintiendo que la presión dentro de su pecho aumentaba a cada tramo del camino y temiendo no tener otra oportunidad de hablar a solas con él, decidió que no podía esperar más.
Sin embargo, la frialdad con la que había ensayado el discurso en su dormitorio se esfumó como por arte de magia, dejándola hecha un manojo de nervios.
—Lord Derek —comenzó, hablando con rapidez y en un tono que sonó inesperadamente atropellado—, debo hacerle una propuesta antes de que lleguemos.
Derek se giró hacia ella en la penumbra del carruaje, alzando una ceja con sorpresa ante el repentino nerviosismo que destilaba su voz.
—La escucho, Amy.
Amy se acomodó los guantes con manos temblorosas, maldiciéndose en su interior por perder la serenidad de la que tanto se enorgullecía.
—Considerando… considerando la insistencia de su familia por verlo casado y la presión que yo comienzo a sentir para hacerme con un pretendiente en esta ciudad, me parece evidente que a ambos nos conviene una solución práctica —espetó sin tomarse un solo segundo para respirar, hablando con una brusquedad casi torpe—.
Le propongo que simulemos un cortejo. Un acuerdo fingido durante lo que resta de la Temporada.
Aparentaremos ante su madre y ante la sociedad que existe un interés mutuo entre nosotros.
De ese modo, las matronas lo dejarán en paz a usted y a mí me permitirán disfrutar de los bailes sin acosos casamenteros.
Cuando llegue agosto, nos separaremos de forma amistosa y yo me marcharé a Nueva York, no necesitaremos dar explicaciones.
Los demás asumirán que, sencillamente, no ha funcionado para nosotros.
—Se impacientó ante su ausencia de respuesta—. ¿Qué le parece?
Las palabras de la americana quedaron flotando en el aire. Derek la miró en absoluto silencio, mudo ante la precipitación y la audacia de su plan. No tuvo tiempo de responder, aunque, como reconocería más tarde, tampoco hubiera sabido qué decirle.
En ese preciso instante, el carruaje aminoró la marcha y se detuvo con brusquedad frente a la mansión de Mount Street.
Antes de que el lacayo pudiera bajar el escalón tras abrir la portezuela, invadida por el bochorno y la incomodidad, consecuencia de lo mal que había expuesto el asunto, Amy se recogió las faldas con prisa, descendió del coche de un salto ante la sorpresa del sirviente y echo a andar hacia la entrada de la casa sin decir nada más, sin mirar atrás y sin esperar una contestación o despedida del vizconde.
Deseaba refugiarse en su habitación y olvidar por completo lo que acababa de ocurrir.