Capítulo 4
E l vestíbulo del teatro Drury Lane era un hervidero de seda, terciopelo y joyas deslumbrantes bajo las colosales arañas de cristal.
La crema y nata de la sociedad londinense se congregaba entre risas sofocadas, saludos a través de los abanicos de marfil y miradas inquisitivas que pasaban de un grupo a otro tratando de adivinar quiénes regalarían los cotilleos más jugosos en los siguientes meses.
Al cruzar el umbral con el brazo unido al de lord Derek, Amy sintió el impacto inmediato de la atención general.
No fue un griterío estridente, sino un leve murmullo que recorrió el recinto con la rapidez del viento: el codiciado vizconde de Sheffield, el soltero más esquivo y cotizado de Mayfair, no solo había acudido al teatro, sino que lo hacía acompañando a una dama, una joven que no vestía según la estricta y predecible sobriedad pastel británica, sino con un color audaz poco acostumbrado en las jóvenes solteras.
Siendo neoyorquina, lo consideraron una estridencia americana, se dijo Amy, nerviosa ante la atención no deseada.
—Trate de no parecer fascinada por los murmullos, señorita Amy —murmuró Derek a su lado, con la mirada fija al frente y la mandíbula apretada por una tensión apenas contenida—. Nos están observando la mitad de los pares del reino y la totalidad de sus madres con intenciones casamenteras.
—Le aseguro que no estoy fascinada en lo más mínimo, milord —respondió ella, también en un susurro, esbozando una sonrisa de complacencia formal para la multitud que abarrotaba los pasillos—.
De hecho, me resulta bastante entretenido.
En Manhattan la gente suele tener asuntos mucho más productivos y rentables que atender antes que dedicar la noche a especular sobre con quién camina un caballero.
—Londres no es Manhattan, como pronto comprobará —sentenció él mientras subían con elegancia por la gran escalinata de mármol hacia la zona reservada de los palcos privados.
—Como sea, algo me dice que le miran más a usted que a mí, milord. Y que las madres que mencionaba me evalúan como rival de su atención.
Aquellas palabras, pronunciadas mientras avanzaban entre el gentío, aumentaron la incomodidad de Derek.
Al principio, su molestia provenía del hecho evidente y fastidioso de convertirse en el centro indiscutible de los chismes de la ciudad.
Pero cuando se detuvieron con disimulo para esquivar a un grupo de matronas, tres caballeros de impecable indumentaria y corte aristocrático se aproximaron hacia ellos con una prisa apenas disimulada.
—¡Sheffield! —exclamó lord Archibald Vance, uno de los solteros más acaudalados de Mayfair, inclinándose con una elegancia estudiada—. Qué grata e inesperada sorpresa encontrarlo aquí. No es habitual verle en el teatro a estas alturas de la semana y mucho menos tan bien acompañado.
A su lado, lord Harrington, un caballero de sonrisa fácil y conocida reputación de seductor, no apartaba los ojos del rostro de Amy.
—Ciertamente, Sheffield —añadió Harrington, dando un paso al frente con calculada osadía—. ¿No vas a presentarnos a tu cautivadora acompañante? Me temo que la belleza de la señorita ha dejado en la más absoluta penumbra al resto del vestíbulo.
Derek sintió una extraña incomodidad en el pecho. La forma en que Harrington repasaba la silueta de Amy enfundada en su vestido aguamarina y la desenvoltura descarada con la que Vance le sonreía le resultaron irritantes.
—Caballeros —saludó Derek con una frialdad capaz de congelar las aguas del Támesis—, les presento a la señorita Amy Andersen, de Nueva York. Se halla pasando una temporada en la ciudad como invitada de mi madre, la marquesa de Aberdeen. Señorita Andersen: lord Vance y lord Harrington.
Amy realizó una inclinación perfecta, acompañada de una sonrisa distante.
—Es un honor, señorita Andersen —dijo Vance, tomando la mano enguantada de Amy y rozándola con los labios un segundo más de lo necesario—.
Una neoyorquina… Eso explica el aire tan fresco y deslumbrante que ha traído a esta ciudad tan gris.
Confío en que lord Sheffield no pretenda monopolizar su atención durante esta temporada.
Derek hubiera querido apartarlo de un empellón.
—Aún no he comenzado a organizar mi agenda, lord Vance —respondió Amy, consciente de la rigidez creciente en el brazo de su acompañante—. Pero le agradezco sus amables palabras.
Harrington sonrió, abiertamente fascinado por la joven.
—Espero que me conceda un hueco en esa agenda, señorita. Y también en sus carnés de baile. Sería una verdadera lástima que Londres no tuviera la oportunidad de admirar a una dama tan excepcional.
Derek dio un paso sutil hacia adelante, acortando el espacio y bloqueando de forma tajante la trayectoria de Harrington hacia Amy.
—Si nos disculpan, señores —interrumpió con un tono firme que no admitía réplica—, la función está a punto de comenzar y no me gustaría que la señorita Andersen se perdiera el inicio del primer acto.
—Por supuesto, Sheffield. No los entretenemos más —dijo Harrington, aunque sus ojos siguieron la figura de Amy mientras Derek la guiaba con firmeza hacia el pasillo de los palcos—. Nos veremos en el entreacto, señorita Andersen.
Al entrar en el antepalco privado de la familia Montague los recibió la penumbra del recinto, envuelto en el rojo carmesí de las cortinas de terciopelo, creando una atmósfera de repentina intimidad.
Derek caminó hasta situarse detrás de la silla de Amy mientras ella se acomodaba en el borde de la barandilla.
Desde su posición elevada, el vizconde vio con creciente turbación cómo, desde el patio de butacas y los palcos vecinos, muchos de los asistentes los observaban sin disimulo.
Amy era, sin duda, el centro de atención de la noche.
Una americana deslumbrante que había logrado acaparar las miradas de los caballeros más codiciados de Londres mientras mantenía al inalcanzable vizconde de Sheffield a su lado.
A Derek, para su propio desconcierto, le resultaba profundamente incómodo que todo el mundo la contemplara con tanto descaro… y también difícil no mirarla él mismo, reconoció asombrado.
Sin embargo, lo que terminó por desarmar a Derek no fue la atención desmedida de los hombres presentes, sino la actitud de Amy.
Esperaba ver en ella un atisbo de vanidad, esa leve coquetería satisfecha que cualquier otra dama habría desplegado tras haber dejado sin aliento a dos caballeros.
Pero ella ni siquiera miraba hacia la multitud, estaba absorta mirando el escenario, esperando cual niña la víspera de Navidad que comenzara el espectáculo.
En cuanto los músicos de la orquesta terminaron de afinar y el telón comenzó a alzarse, Amy pareció olvidarse por completo de la alta sociedad, de los cuchicheos y de las miradas que apuntaban hacia ella. Su atención se volcó por entero en el escenario.
Se representaba una obra que Amy no conocía y seguía cada verso de Shakespeare con una concentración casi reverente.
Sus ojos claros brillaban con intensidad ante los parlamentos de Bruto y Casio, reaccionando a la tensión dramática de la obra con una devoción auténtica y fascinada.
No era que careciera de vanidad femenina, lo que ocurría era que la sociedad británica le resultaba un escenario ajeno e irrelevante.
No tenía el menor interés en agradar a los caballeros de Mayfair ni en escalar posiciones en el escalafón social de una ciudad a la que no pertenecía y en la que jamás pensaba casarse.
Para ella, estar en Drury Lane era una oportunidad magnífica para disfrutar del gran teatro, no para exhibirse como un trofeo.
Y para convencer a lord Derek de que aceptara su propuesta, desde luego, pero eso no ocurriría hasta el intermedio; podía dejarse llevar por las aventuras y desventuras de la República a de Roma antes de eso.
Derek la observaba desde la penumbra de la silla, impresionado a su pesar. Aquel desapego absoluto por el juicio de Londres la hacía, por desgracia para su tranquilidad, diez veces más atractiva que cualquier otra joven presente.
Cuando el telón cayó para marcar la mitad de la función y las lámparas del teatro se encendieron, el aplauso estruendoso del público rompió el trance. Amy suspiró con genuino entusiasmo y se giró hacia él con las mejillas salpicadas de rubor, encendidas por la emoción del espectáculo.
—Es sencillamente magnífico, lord Derek, gracias por acompañarme —le dijo—. La conspiración de los senadores es brillante.
—Me alegra que la obra sea de su agrado, Amy —respondió él, tuteándola de manera espontánea aun sin permiso ni haberlo planeado—. Aunque me temo que ha sido usted la única persona en este recinto concentrada en lo que ocurría sobre el escenario.
Amy ladeó la cabeza, confundida por sus palabras.
—¿A qué se refiere?
—A que lord Vance, lord Harrington y al menos una docena más de caballeros apenas han mirado a los actores. Han pasado la última hora contemplando su perfil.
La americana parpadeó, miró hacia la multitud con una pincelada de indiferencia y luego volvió a fijar la vista en el vizconde, dejando escapar una risita baja y despreocupada.
—Pues qué mala inversión han hecho de su tiempo, Derek —replicó ella, queriendo tutearle para crear una complicidad adecuada para sus intenciones—. Shakespeare estaba en el escenario, no en este balcón.
Hizo una pausa, mirando hacia la puerta del antepalco antes de dar un paso más hacia él.
—Y ya que el entreacto nos brinda unos minutos de privacidad —dudó antes de seguir—… creo que es el momento adecuado para explicarle la idea que se me ha ocurrido y que podría…
Sin embargo, antes de que Amy pudiera articular la primera frase de su meticuloso plan, la puerta del palco se abrió de par en par.