El deseo de conquistar a lord Derek (Los incasables Beau 3) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Había pasado la mañana recordando la conversación que había escuchado la noche anterior a espaldas del vizconde. Las palabras de lord Derek resonaban en su cabeza con absoluta claridad: «no tengo ningún interés en ella».

Perfecto. El sentimiento era completamente mutuo.

Ella no había viajado desde Nueva York para conseguir un marido inglés aristócrata y estirado, guapo o no.

Si el vizconde de Sheffield creía que ella iba a deshacerse en halagos o a intentar encandilarlo durante la obra, se llevaría una sorpresa considerable.

Cuando llegó al vestíbulo encontró a lord Derek esperándola junto a la puerta principal.

Vestía una chaqueta de corte impecable, camisa almidonada y la corbata anudada a la perfección.

Los pantalones, hasta la rodilla, y las botas altas completaban un conjunto que le sentaba como un guante, destacando su perfecta estructura.

Debía admitir, muy a su pesar, que el hombre era demasiado atractivo para el bien de cualquier dama.

Sin embargo, la rigidez de su postura y la expresión reservada de su rostro delataban que habría preferido estar en cualquier otro lugar antes que allí.

Al escuchar los pasos de Amy, Derek alzó al fin la vista. Durante un breve segundo, sus ojos verdes se detuvieron en ella, recorriendo el vestido aguamarina y la compostura serena de la joven americana, antes de recobrar la máscara de perfecta corrección social.

—Señorita Amy —saludó él, inclinando apenas la cabeza, usando su nombre de pila frente a un título de cortesía, como hiciera ella la noche anterior—. Se ve usted muy elegante.

—Lord Derek —respondió Amy, emulándolo, con una sonrisa tan educada como fría, inclinando la cabeza en un gesto idéntico al de él—. Le agradezco el cumplido. Y también la molestia de acompañarme esta noche. Estoy segura de que tenía compromisos mucho más apasionantes en su agenda.

Derek arqueó una ceja, detectando de inmediato la ironía que se ocultaba tras la dulzura de su voz.

—Ningún compromiso es más importante que atender a las amigas de mi madre, señorita Amy —replicó él, ofreciéndole el brazo con gesto formal y despidiéndose con la cabeza del mayordomo mientras salían de la casa.

Cuando nadie podía escucharlos ya, continuó—: El carruaje nos aguarda y diría que nos espera una larga noche de guerra.

Se refería a la obra de teatro, claro, pues el Julio César del Bardo recreaba las batallas del emperador en La Galia, pero no quiso especificar más.

—Oh, no lo dude, milord —murmuró Amy rozando apenas su manga al tomar su brazo para salir a la fría noche de Londres—. Tengo la sensación de que la guerra empezó desde el momento en que aceptó llevarme.

Derek quiso replicar, pero un palafrenero los aguardaba con la portezuela del coche ya abierta. No sería indiscreto ni, reflexionó, quería convertir la noche en una batalla campal. Así que entró en el coche dispuesto a mantenerse en silencio.

El interior del carruaje era amplio y de un tapizado impecable, pero a Amy le pareció repentinamente sofocante. Frente a ella, lord Derek se mantenía erguido, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada fija en el paisaje nocturno de Londres que se deslizaba al otro lado del cristal.

Durante los primeros minutos, el único sonido fue el traqueteo de las ruedas sobre el pavimento de adoquines y el rítmico galope de los caballos.

—Debo admitir —comenzó Amy, rompiendo el hielo con calma— que no esperaba que la aristocracia británica fuera tan entusiasta con respecto a los entretenimientos de última hora.

Derek desvió la mirada de la ventana para fijarla en ella. La luz tenue de los faroles de la calle iluminaba los rasgos de su rostro por intervalos.

—A la alta sociedad de Londres le apasiona cualquier cosa que la saque de su rutina, señorita Amy —respondió él con voz pausada—. Aunque a veces esa pasión sea impulsada por la insistencia de la familia.

—Entiendo. Así que la insistencia familiar es un mal universal, no solo americano —dijo ella, sintiéndose incómoda ante su postura relajada, queriendo azuzarlo, culpándolo de su propia perturbación—.

Le aseguro, milord, que no es necesario que mantenga esta posición de mártir resignado durante toda la velada.

Si tanto le incomoda ser mi acompañante, podría habérselo explicado a su madre o a sus primos.

Yo sabré defenderme sola a la perfección en un palco, con chaperona o sin ella.

Derek entornó apenas los ojos. Había algo en el tono directo de la joven neoyorquina que le resultaba insultantemente refrescante. Ninguna dama en Londres hablaba a un caballero con semejante descaro.

—Créame cuando le digo que no soy ningún mártir ni pretendo serlo tampoco —replicó Derek, inclinándose apenas un centímetro hacia delante—.

Y si algo me han enseñado en mi familia es a cumplir con la palabra dada.

Prometí llevarla al teatro y eso es justo lo que estoy haciendo.

Además, no recuerdo haber dicho que su compañía me resultara incómoda.

—No ha necesitado decírmelo —contestó ella al instante, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. La noche anterior sus palabras en el salón de la princesa Romanova fueron bastante elocuentes. Bastó un «no tengo ningún interés en ella» para que su postura quedara meridianamente clara.

El silencio volvió a instalarse en el carruaje, pero esta vez cargado de una atmósfera distinta, cortante. Quizá debía disculparse, pero ¿por qué lo haría? No estar interesado en una dama o, en concreto, en casarse con ella, no era ningún pecado.

—Así que admite que lo escuchó —constató él, sin perder la compostura, aunque sintió un fogonazo de reproches hacia sí mismo.

—Hasta la última palabra —admitió Amy con poca elegancia, pues una señorita habría obviado su comentario con modestia—.

Y no tiene de qué preocuparse, lord Sheffield.

No vine a Inglaterra buscando pescar a un vizconde ni a robarle su preciada libertad.

Así que puede relajarse: no corre ningún peligro a mi lado.

En ese preciso instante el carruaje aminoró la marcha hasta detenerse por completo, ahorrándole una respuesta. La iluminación exterior y el murmullo de la multitud anunciaban que habían llegado a las puertas de Drury Lane.

El lacayo abrió la portezuela y bajó el escalón. Derek descendió primero y se volvió para ofrecerle la mano a Amy.

Cuando ella apoyó la suya —ligera y enguantada— sobre la de él para descender, Derek sintió un sutil cosquilleo que lo obligó a mirarla directamente a los ojos. Amy lo observaba con una mezcla de desafío y diversión.

—Bienvenida al teatro de Drury Lane, señorita Andersen —murmuró el vizconde al fin, apretando apenas sus dedos sobre los de ella antes de colocar su mano sobre su brazo—. Veamos qué tal se nos da interpretar nuestros papeles esta noche.