Capítulo 3
F rente al tocador, Amy dejó que la joven criada le terminara de sujetar el último bucle sobre la nuca. El vestido color aguamarina le sentaba de maravilla, pero su mente estaba muy lejos de los encajes y del reflejo del espejo.
—Si me permites decirlo, Amy, estás deslumbrante —comentó la doncella con una leve inclinación de cabeza a modo de aprobación, dando un paso atrás para admirar su trabajo—. El vizconde no podrá apartar los ojos de ti.
Amy soltó una pequeña risa carente de ilusión y agitó la mano apenas.
—Créeme, Betsy, lord Sheffield preferiría estar en el peor antro de juegos de la ciudad antes que llevarme esta noche a Drury Lane. Anoche fui lo bastante avispada como para escucharlo con mis propios oídos: no tiene el más mínimo interés en mí. Y, siendo franca, yo tampoco en él.
La muchacha rio, divertida por la flagrante mentira de Amy; quizá no quisiera casarse con el vizconde, seguramente eso era cierto.
Pero el tal Sheffield, al que había visto en la casa un par de veces cuando se reunía con el marqués, era, en definitiva, el tipo de hombre que gustaba a su amiga: alto, de hombros anchos, cabello rubio y ojos verdes.
Lord Derek, de ser americano, habría tenido a la señorita Amy Andersen muy, muy interesada.
—¿Y aun así aceptas ir al teatro con milord? —le preguntó, en cambio.
—Por supuesto. De hecho, me parece una oportunidad perfecta —dijo Amy, levantándose del sillón y ajustándose los guantes de cabritilla blanca con determinación—.
Verás, si algo he aprendido en los pocos días que llevo bajo este techo, es que la familia Beaufort puede ser implacable cuando decide algo.
Su madre, sus tías y sus primos nos van a acosar sin tregua: a él para que siente la cabeza y a mí para que encuentre un prometido inglés antes de que termine la Temporada.
—¿Y saben que tú eres igual de implacable? Porque imagino que no te dejarás manejar a su antojo… —bromeó la criada, adivinando que la señorita tramaba algo.
Amy esbozó una sonrisa astuta ante el espejo.
—Voy a atacar primero. Haré una propuesta al vizconde de Sheffield que le beneficiará tanto como a mí: un cortejo fingido.
Algo muy discreto —se apresuró a especificar ante la súbita mirada ladina de Betsy, que parecía decirle cono los ojos que sabía que, para Amy, aquel vizconde era un caballero muy atractivo—.
Fingiremos ante su familia que nos estamos conociendo, que hay un interés creciente entre nosotros, lo justo para que todos sosieguen sus ansias casamenteras y nos den un respiro.
Para cuando llegue el final de la Temporada, nos despediremos en buenos términos y yo regresaré a Nueva York tan soltera como me fui.
¡Y Jonathan tendrá que aceptar mi soltería y mi presencia en los negocios!
—terminó jactándose, celebrando su propia sagacidad.
La doncella ahogó un pequeño gemido de asombro, llevándose las manos al pecho. A pesar de lo acostumbrada que estaba a las maquinaciones, aquella en concreto le sorprendió por su descaro.
—¡Un cortejo falso! Pero ¿y si la familia se entera? ¡El escándalo sería enorme!
—¿Y por qué tendría que enterarse nadie?
Además, puedo permitirme un escándalo aquí, dado que viviré el resto de mi vida al oeste del Atlántico.
—Se giró hacia ella con una chispa cómplice en sus ojos, tratando de sumarla a su plan—.
Vamos, Betsy, que nos conocemos desde que gateábamos por la alfombra de Manhattan, sabes que mis planes rara vez fallan.
Betsy soltó una risita y se acomodó las manos en las caderas.
—Te recuerdo que este hombre es un vizconde británico de la alta alcurnia, no un muchacho de Nueva York al que puedas engatusar para saltarte una lección.
—Justo por ser un vizconde acorralado por sus tías nos va a servir —replicó Amy, dándole un golpecito cariñoso en el brazo con el abanico de marfil—.
Piénsalo bien: lord Sheffield quiere su libertad y yo mi espacio.
Él solo necesita una excusa convincente para que su familia lo deje en paz un par de meses y yo que no me traten como a una mercancía matrimonial, con la diferencia de que conmigo solo tienen unos meses y a él pueden acosarlo hasta derribarlo y arrastrarlo al altar del brazo de una señorita más adecuada que yo.
Le estoy haciendo un favor, en realidad.
Betsy estaba convencida de que nadie sería más apta para aquel vizconde que la señorita Amy, pero se abstuvo de decirlo. Prefirió centrarse en lo obvio: que ellas no entendían la mentalidad británica.
—¿Y de verdad crees que un lord tan estirado va a aceptar actuar como tu enamorado sin más? Te he visto meterte en líos, pero ponerte a actuar frente a toda la nobleza de Londres y arrastrar, además, a un miembro ilustre contigo…
—Los hombres son absurdamente sencillos cuando les das una vía de escape para no terminar en el altar —aseguró Amy con voz confiada—. Solo necesito cinco minutos a solas con él en el palco del teatro para vendérselo. Ya verás como en cuanto entienda lo que gana, se suma al juego sin dudarlo.
Betsy suspiró, negando con la cabeza, pero incapaz de ocultar la diversión que le causaba la audacia de su amiga. Le acomodó el chal con cuidado sobre los hombros.
—Está bien, discípula de Maquiavelo. Pero como esto termine en un duelo a muerte o con medio Londres persiguiéndote, te juro que regreso a Nueva York y le cuento a tu hermano que aquel fin de semana de invierno, y ya sabes a cuál me refiero, no estabas enferma, sino que te negaste…
—Hecho —la interrumpió Amy, guiñándole un ojo antes de dirigirse hacia la puerta, ignorando que en diciembre engañó a Jonathan para no acudir a la fiesta navideña de los Astor—. Deséame suerte, Betsy. Voy a enseñarle a este vizconde cómo negociamos en los Estados Unidos.
***
—Derek, cariño, debiste venir a cenar —le dijo su madre cuando llegó a la casa de sus padres, en Mount Street.
Sheffield le besó la mejilla al tiempo que respondía:
—Tenía una cita.
No era mentira; lo que no dijo fue que había pedido a un buen amigo que cenara con él en el club para no tener que dar explicaciones sobre por qué prefería la compañía de lord Westbrook a tener que soportar el escrutinio de su familia.
Lady Faith suspiró con suavidad mientras dejaba sobre la mesa auxiliar la taza de té que sostenía. Su mirada, experta más de un lustro lidiando con los hombres de la familia Beaufort, escudriñó el rostro de su hijo con una mezcla de indulgencia y fingida reprobación.
—Una cita en White’s, supongo. Tus primos me han contado que anoche abandonaste la velada temprano… y también que te has ofrecido amablemente a llevar a la señorita Andersen al teatro esta noche. Debiste decírmelo tú —se quejó con un mohín.
Derek se detuvo justo a mitad de camino hacia el decantador de brandi, pues iba a necesitarlo en una noche que se le antojaba una condena.
Maldijo en silencio a Nate y a Rob, aquellos dos no perdían el tiempo cuando se trataba de meterlo en aprietos, ya fuera organizándole una cita con una americana o contándoselo a su madre.
—No me ofrecí —corrigió Derek con voz neutra, sirviéndose un poco del licor ambarino—. Surgió la conversación sobre la representación del Julio César y me pareció un gesto cortés ofrecerle mi compañía a la invitada de la familia. Nada más.
—Por supuesto —sonrió su madre con una parsimonia destinada a exasperarle—. Una absoluta cortesía. Es reconfortante saber que recuerdas tus modales de caballero, querido. En especial con una joven que ha cruzado el Atlántico tras la triste pérdida de su padre y que apenas conoce a nadie en Londres.
—Madre, no empieces —advirtió él, dando un primer sorbo a su brandi.
—¿Empezar qué, querido? Solo digo que la señorita Andersen es una muchacha encantadora, extremadamente educada y con unos pensamientos muy…
digamos que independientes. Me recuerda a mí cuando tenía su edad.
Y la nieta de un conde, por cierto —dejó caer, convirtiéndola en apta a los ojos de la ton —.
Además, el teatro es una excelente manera de introducirse en sociedad.
Creo que Amy va a tener muchos pretendientes, siendo tan hermosa y contando con una dote tan interesante, así que asegúrate de protegerla bien de quien…
—Va a ser una velada formal —zanjó él, queriendo cortar de raíz cualquier fantasía casamentera que su madre o las Cinco Virtudes estuvieran tejiendo en sus mentes—. Cumpliré con el deber de acompañarla, soportaré las miradas de los curiosos en Drury Lane y la devolveré a salvo antes de medianoche.
—Asegúrate de sonreír un poco más. La pobre muchacha podría pensar que la estás llevando al patíbulo en lugar de a ver una obra de Shakespeare. Y deja el vaso y sal al vestíbulo —continuó abroncándolo con diversión—…, diría que Amy está saliendo de su dormitorio y debería encontrarte esperándola.
Cómo lograba su madre escuchar los ruidos de la segunda planta pero no lo que él le decía era un misterio desde que Derek vistiera pantalones largos, uno para el que tampoco su padre, lord Cavendish, tenía respuesta.
Salió al vestíbulo y, como predijera la dueña de la casa, la señorita Amy Andersen apareció en el último tramo de la escalera imperial.
Llevaba el vestido de noche en un tono aguamarina que resaltaba su tez clara y el verde de sus ojos, y un sencillo recogido que dejaba al descubierto su cuello y del que salían delicados bucles, acariciándole la nuca.
***
Nada en los ademanes de la joven presagiaba los nervios que sentía, en realidad.
Después de todo, Amy sabía que esa noche sería vista en un acontecimiento social por primera vez y sería juzgada por todos tras una primera impresión; tenía, además, una misión que cumplir: convencer al hombre que la esperaba de que su idea era la salvación de ambos.
Sí, se dijo Amy, iba a ser una noche importante, de la que dependerían las siguientes semanas.