Capítulo 2
T res semanas más tarde, Derek no estaba tan seguro de que la suerte fuera a sonreírle. La señorita Amy Andersen había llegado a la ciudad unos días antes y se había instalado en casa de los marqueses de Aberdeen para delicia de su madre.
Había acudido a cenar la noche siguiente y, tal y como le adelantara su hermana Els, se había encontrado con una mujer que había pasado ya la edad de debutar, sensata, amable, educada… y muy muy hermosa. O, como le dijera su hermana, exactamente su tipo.
Cómo sabía la entrometida de Elizabeth qué mujeres le gustaban prefería no averiguarlo, dudaba de que Harlech le hubiera insinuado nada. Las damas de su familia parecían gozar de información privilegiada, como estaba comprobando una vez más.
Tras dar una semana de descanso a la recién llegada, la prima Rachel había organizado una cena en su mansión para los primos que se hubieran desplazado a Londres a la que la americana también había sido invitada, así podrían conocerse todos dado que era una buena amiga de la familia.
Miró Derek a su alrededor, los criados habían retirado ya los platos y colocado una selección de postres y licores en una mesa adyacente.
Tras una cena más contenida, algunos primos se habían dirigido hacia los sillones, más cómodos, agrupándose para parlotear sobre lo que más les interesaba, plato con trozo de pastel en mano.
Derek, en pie y con el suyo ya vacío, miraba a Rachel y a Elizabeth, quienes, atentas a la señorita Amy, charlaban con ella, sonrientes todas.
Contempló a su hermana con cariño. Había dejado de ser la pequeña Els para convertirse en la condesa de Harlech, tenía un hijo y su propia casa.
Todos sus primos, en realidad, habían fundado ya una familia y un hogar, solo él seguía soltero; las pequeñas Warrior todavía no tenían edad de debutar y, por tanto, no contaban.
No tenía prisa por encontrar el amor y, no obstante, no le importaría tener la felicidad que todos ellos parecían gozar.
También Rachel estaba exultante. Le encantaba recibir a sus seres queridos en casa.
Su marido era un príncipe ruso y, además, el diplomático de su país en Inglaterra.
Acogían visitas también de mandatarios de otros lugares del continente.
Los Romanov residían, pues, en la capital todo el año y su prima Rachel estaba considerada como la anfitriona por excelencia del Reino Unido.
La princesa sonreía, feliz, mientras escuchaba con interés lo que Amy Andersen le decía.
Echó un vistazo después a la americana. No podía negar que era hermosa y educada y, a pesar de que parecía tímida y de que solo hacía una semana que había llegado a Londres, se la veía bastante relajada.
Debía de estar hablando de algo que le gustaba, pues una dulce sonrisa amagaba en sus labios llenos y sus ojos, grandes, verdes y expresivos, se veían también joviales.
Suspiró para sí. Era preciosa, sin duda.
Y tenía toda la atención de las tías Beaufort, por lo que debería de estar agradecido.
Entretenidas las Cinco Virtudes en ella, lo habían dejado tranquilo a él; o, al menos, de momento.
Aunque Amy Andersen todavía no había debutado de manera forma, ni estaba claro que lo hiciera teniendo ya veintitrés años, la ciudad hablaba de ella.
Un par de paseos vespertinos por Hyde Park, una visita a Gunter y mañanas de compras en Old Bond Street…
Había sido vista en distintas ocasiones.
Admirada por muchos y envidiada por unos pocos, la americana no había dejado indiferente a la alta sociedad londinense, aburrida de ver año tras año las mismas caras, las mismas familias, con pocas novedades y nadie discordante.
—Deberías invitarla a Vauxhall en cuanto las tías la presenten formalmente en sociedad.
Se sobresaltó Derek al escuchar a su primo Nate. No lo había oído acercarse, tan ensimismado estaba.
—¿Por qué habría de invitarla precisamente yo? —espetó más brusco de lo que debiera, no sabía decir si por el susto o por la insinuación.
¿A Vauxhall?, se dijo Derek. Aquel parque era conocido por sus fiestas nocturnas y sus jardines frondosos, propicios para caer en el pecado. No, no se le había perdido nada allí, menos todavía con una señorita tan tentadora.
—Porque te ha librado de la vigilancia en exclusiva de las tías —le respondió su primo, mirándolo sin comprender por qué no había caído Derek en algo tan básico—. No la dejarán ir a Vauxhall sin un acompañante de garantías.
Miró al barón de Oslow como si fuera él el ingenuo. ¿Acaso creía que él era por completo inofensivo?, ¿en serio? Entendía que el barón de Oslow se hubiera enamorado, pero eso no lo convertía en ciego.
—Puedo llevarla a la ópera o de compras, si me apuras —admitió con tono hastiado—, pero no a Vauxhall. Es una dama soltera y hermosa, la gente…
Rio Nate, llamando la atención de Robert, su primo mayor, quien se acercó a ver qué era tan divertido.
—Así que has notado que es hermosa —le preguntó en tono jocoso Oslow.
Puso los ojos en blanco el vizconde. Después de todo, Nate no había perdido el sentido de la belleza, a pesar de haberse casado.
—Tendría que estar ciego para no darme cuenta de que es una mujer muy hermosa —le respondió, encogiéndose de hombros, tratando de restar importancia a lo que acababa de decir.
Hubiera querido morderse la lengua; no debió decir «muy» hermosa.
—¿Quién ha llamado tu atención? —inquirió Robert en voz baja y tono monocorde, bendito fuera, evitando que se acercara alguna de sus primas, atraída por las voces masculinas.
—Nadie —respondió Derek al punto, no queriendo que se hablara de sus intereses en el salón de la prima Rachel.
—La señorita Amy —le corrigió de inmediato Nate, ganándose una mirada de reproche—. Sheffield opina que es una mujer muy hermosa —hizo hincapié en el «muy» a modo de burla.
—No me sorprende —dijo Rob con gesto pensativo—. Es, en verdad, una mujer muy bella y, por lo que me ha contado Helena, parece generosa y divertida.
Se esforzó Derek en ocultar su sonrisa. Su hermana Elizabeth le había dicho lo mismo. Pensó después si era peligroso que su primo Robert, conde de Hill, hablara con tanta seriedad al respecto. Contemplaba a Derek como si tratara de adivinar qué estaba pensando.
—¿Vas a cortejarla? —lo animó Rob al fin.
Lo miró de vuelta como si se hubiera vuelto loco de remate.
—¡Claro que no!
—La llevará a Vauxhall —afirmó Nate con mirada ladina.
—Vauxhall es una declaración de intenciones, Sheffield —le advirtió Robert, creyendo antes a Nate que a él.
—Eso intento hacerle entender a él —se quejó, señalando al barón.
Se refería al primo Nate, que no quería atender a razones. El mayor, en cambio, prefirió hacerse el despistado.
—Debe ser la señorita Amy quien entienda tu declaración de intenciones, creo.
Quiso gritar de frustración Derek.
—Solo para que conste: Nate cree que debería invitarla a Vauxhall en cuanto sea presentada formalmente para agradecerle que haya desviado la atención de las tías hacia ella, pero yo no tengo ninguna intención de hacer algo así.
Y, sí, es cierto que es una mujer bella, pero no tengo ningún interés en ella.
—Los otros lo miraban como si estuviera diciendo algo grave, pero necesitaba dejar clara su postura, no quería a sus primos empujándolo hacia el altar, tenía suficiente con su madre y hermana, tías y primas.
Las mujeres Beau podían ser muy pertinaces—.
Así que, a lo sumo, la llevaré al teatro y solo si mi madre insiste.
Tenían gesto de apuro, se dijo. ¿De veras los había avergonzado? Los observó con más atención: Rob miraba un punto más allá de su hombro; el rostro de Nate se veía cubierto de rubor, algo extraño en semejante caradura.
—Sea el teatro, entonces —decidió una voz femenina, tras él.
Supo que la mujer en cuestión no era de ninguna de sus primas; la hubiera reconocido y conocía bien aquel tono grave, casi sensual, que no pertenecía a ninguna Beaufort, sino a la recién llegada de Nueva York con la que solo había hablado la noche en que fue a cenar con sus padres y le fue presentada. Aquel tono le había parecido memorable.
Se volvió a ella sintiendo que incluso las orejas le ardían de vergüenza.
¿Cuánto habría escuchado? Daba por sentado que no le había oído decir que era hermosa…
muy hermosa. Esperaba que sus primos le hubieran avisado antes o tendría que asesinarlos.
Lo que sin duda había escuchado Amy Andersen era su afirmación tajante de que no estaba interesado en ella.
No es que le supiera mal, pero había perdido cualquier oportunidad con ella antes incluso de conocerla. De todas formas, cualquier dama haría como que no había escuchado nada sobre ella, se consoló.
—Señorita Amy —la saludó, haciéndose a un lado para incluirla en el círculo, con total naturalidad a pesar de su zozobra.
Se hizo un silencio incómodo. Incómodo en realidad para los caballeros, a ella se la veía bastante relajada.
Atraída por la evidente contrariedad de sus primos, se acercó también Elizabeth al grupo. Como el silencio se prolongaba y nadie parecía saber qué decir, preguntó la condesa de Harlech.
—¿Todo bien?
Era una pregunta abierta y sincera. Fue Amy quien respondió con tono tranquilo… demasiado tranquilo.
—Tu hermano va a llevarme al teatro, al parecer.
Nate tosió, Rob apartó la mirada y Derek se sonrojó. Rachel se acercó también, curiosa. Era extraño ver a sus primos azorados.
—¿Vas a llevarla al teatro? —El tono de Elizabeth navegaba entre la incredulidad y la ilusión.
A Derek solo le faltaba Els azuzándolo también.
—Eso he dicho, sí —murmuró a nadie en concreto él, deseando poder meter la cabeza del barón de Oslow en una tina de agua helada durante, al menos, un minuto. Quizá así aprendiera a ser más discreto.
—Oh, deberíais ir a Drury Lane. —Se unió animada Rachel a la conversación—. ¿Te gusta Shakespeare, Amy? Están interpretando el Julio César .
—Qué idea más excelente —corroboró Els—. Los padres de Andrew tienen un palco allí y este año no han venido a la ciudad. Mi esposo y yo ya la hemos visto en dos ocasiones. —Se volvió a su hermano—. ¿Por qué no vais mañana, Derek?
¿Qué podía decir?
—Será un honor. Señorita Amy —la miró—, ¿le gustaría ir al teatro mañana conmigo?
—Maddie y yo también podríamos… —Quiso Nate apuntarse, sintiéndose culpable de la situación, pero recibió un codazo de Rachel—. Podríamos prestaros nuestro carruaje, si queréis.
—Ya tengo un maldito carruaje, Nate —le increpó Derek—. Tengo dos, de hecho.
Amy, a su pesar, sonrió. Todo aquello era absurdo, sí, y quizá debiera sentirse ofendida porque un caballero soltero la hubiera rechazado antes siquiera de conocerla. Uno muy guapo, además. Pero se estaba divirtiendo, a qué negarlo.
—Será un placer ir con usted al teatro, lord Sheffield.
—¡Llámale Derek! —le recordó la condesa—. Después de todo, te hospedas en nuestra casa y mi madre nos pidió que nos tratáramos con familiaridad.
Forzó la sonrisa y se volvió a él.
—Será un placer, lord Derek.
Vio cómo, una vez más, el caballero se sonrojaba y, a pesar de la situación que él mismo había provocado, sintió cierta simpatía hacia él.
—¡Fantástico! Necesitarás un vestido elegante pero sencillo. ¿No dijo mi madre que habías encargado…?
Los tres caballeros huyeron hacia el príncipe Andréi, que charlaba animado con lord Andrew Beckett, quienes los recibieron con diversión. Estaba claro que ninguno de ellos necesitaba una disertación sobre moda femenina.
Una vez alejados de oídos indiscretos, Nate se vio en la obligación de disculparse… hasta cierto punto.
—No estoy seguro de que mi broma haya sido divertida, Derek.
—No lo ha sido, Nate; te lo confirmo, si es que tienes dudas.
Rob, en cambio, no se sentía responsable; o no demasiado.
—La parte en que la americana te ha escuchado rechazarla no lo ha sido, pero verte forzado a extender una invitación al teatro…
El conde de Harlech se volvió a su cuñado. Incluso Andréi, siempre discreto, lo miró directamente.
—¿Has rechazado a Amy?
¿Por qué la tuteaba?, quiso saber Derek.
Que la americana viviera con sus padres no le parecía razón para tanta confianza…
Aunque reconoció que le gustó escuchar su propio nombre de pila en los labios de ella, aunque hubiera apuesto el «lord» delante, negándose la confianza que Els le había otorgado sin permiso.
O lo hubiera disfrutado de no ser por su mirada reprobadora dirigida hacia él y a nadie más que él.
—¿La dama se ha declarado? —La voz baja e incrédula del príncipe, dirigida a nadie en concreto, lo acabó de enfadar.
—¡Claro que no!
Y se marchó, so pretexto de querer fumar, hacia el balcón. Nadie le creyó: el vizconde de Sheffield detestaba el olor del tabaco.
—¿Qué diablos ha ocurrido? —insistió Andrei.
—Que Nate es un bocazas —reclamó Rob, haciendo que el barón se sonrojara, resumiendo después lo ocurrido.
—En favor de la dama, diré que no parece ofendida en absoluto —se defendió el barón de Oslow.
—Parece una mujer muy segura de sí misma, lo que la hace más atractiva ¿O será que no está interesada en Sheffield en absoluto? —quiso saber Harlech.
Chasqueó la lengua Robert.
—Sería una lástima. A Helena le gusta mucho la joven americana.
—También a Rachel.
—Le tiene que gustar a Derek —lo defendió Nate, sintiéndose obligado.
—Si eso es lo que piensas, tendrás que ser más discreto. Lo has lanzado a sus brazos.
—Solo bromeaba —se justificó.
Callaron unos segundos. Finalmente, Robert preguntó al resto.
—¿Irá alguien con ellos al teatro mañana para rebajar la tensión?
—Desde luego que no.
La negativa de todos ellos, dicha con indignación y diversión a partes iguales, hizo reír al conde de Hill.
—De momento, estoy del lado de Derek —hizo saber Nathaniel al resto.
—Todos lo estamos —convino Harlech—. De momento —apuntó jocoso.
—Pero eso no significa que no vayamos a divertirnos a su costa —rio Rob.
—¿A costa de quién? —quiso saber lady Helena, su esposa, que se acercó justo entonces.
Hill no quiso mentir a su mujer, pero, como había dicho, de momento estaba del lado de Derek.
—A costa de Cupido, querida.
Ella lo miró con diversión y solo murmuró:
—Espero que Cupido sepa ser más discreto que vosotros…