Capítulo 1
La señorita Amy Andersen miraba por el ojo de buey de su camarote cómo iba desapareciendo la costa de su amada Nueva York.
Hubiera querido subir a cubierta a despedirse de la ciudad, a gritarle que pronto regresaría, pero el gélido enero la había desalentado.
El buque navegaría hasta Londres, puerto donde desembarcaría.
Una vez allí, todo sería nuevo, distinto… y difícilmente mejor.
Suspiró. Betsy, su amiga desde la infancia y, además, su doncella, la miró y buscó palabras de consuelo para ambas; también ella añoraría Manhattan, donde vivía desde que su madre, una costurera de Queens, falleciera.
Su tía la envió a vivir con los Andersen como criada.
La buena suerte estuvo de su lado y, teniendo la misma edad que la señorita Amy, la hija del patrón que había enviudado hacía poco tiempo, se convirtió más bien en una compañera de juegos y estudios.
Los Andersen, una conocidísima familia neoyorquina, nadaban en dinero.
La madre de Amy fue la única hija de un magnate de los negocios, y el padre de Amy, el señor Andersen, quien para pasmo de muchos adoptó el apellido de su esposa, asegurándolo para la siguiente generación, era el nieto de un conde inglés.
Su ascendencia noble despertaba tanta admiración como envidia; pero era su agudeza para el comercio la que le había otorgado un puesto de honor entre las grandes familias de Manhattan.
Su hijo Jonathan parecía haber heredado su instinto mercantil.
—Tomémonos esto como una aventura, Amy —le pidió Betsy a la señorita, queriendo disipar su desánimo.
El suspiró anterior fue seguido de un gruñido.
—Como a ti no te obligan a casarte…
Rio sin poder evitarlo la doncella.
—No seas dramática. El señor Jonathan te ha dicho que te tomes el matrimonio con un inglés como una posibilidad, solo eso.
—Mi hermano solo quiere quitarme de en medio. Si me instalo al este del Atlántico, podrá hacer y deshacer a su antojo sin un cuñado que lo vigile.
Betsy negó con la cabeza.
—Tu hermano es un magnífico empresario. Desde que tu padre… —Hizo una pausa, buscando la palabra menos dura para expresar la repentina muerte del señor Andersen—. Desde que tu padre se fuera, se ha manejado en la empresa con rectitud y eficiencia.
Era cierto, Amy no tenía una mala relación con Jonathan, aunque tampoco eran cercanos a pesar de llevarse solo tres años. Su rencor partía del hecho de que él, como varón, tomaría todas las decisiones de la familia y de ella se esperaba, como segunda hija y mujer, que las acatara sin rechistar.
El padre había dejado en buenos términos económicos a Amy: Jonathan le tendría que pasar anualmente un porcentaje de las ganancias empresariales. Era una especie de socia sin acciones ni más derechos que el de cobrar.
Era excepcional y una suerte que le permitiría gozar de mucha independencia, lo sabía, pero ¡le parecía tan injusto!
—Con las mismas enseñanzas que ha recibido mi hermano por parte de mi padre, yo también habría podido hacerme cargo de todos nuestros negocios.
—Amy —le advirtió Betsy, tal era la confianza que tenían.
—Lo sé, no debo lamentarme por lo imposible, sino agradecer la oportunidad de despejarme en la lejana, vetusta Londres y, quién sabe, quizá encontrar el amor.
Recitaba de memoria las palabras que su tía abuela, una dama inglesa que se trasladó a Nueva York al enviudar siendo joven, acompañando a su sobrino menor en la aventura americana, le había repetido sin cesar desde que recibieran «la terrible carta» unos meses antes.
La criada chasqueó la lengua con diversión.
—Tu tía Augusta ha hecho un trabajo magnífico con tu cerebro.
—La tía Augusta sabe que no estoy de acuerdo con este viaje. Y que, de no estar delicada de salud, la habría obligado a acompañarme. Después de todo es a su país al que viajo…
—Ella hubiera querido acompañarte, lo sabes. Igual que sabes que no espera que te cases. Es más, creo que regresaría a Inglaterra si te instalaras aquí, tanto te echaría de menos.
—Gracias a Dios.
No sabía qué agradecía más, si que no esperara que se convirtiera en la esposa de un noble inglés o la certeza de que la seguiría si no volvía a Nueva York.
—Pues tómatelo…
—Como una aventura, ya lo sé —espetó con irritación, disculpándose al punto por su mal tono—. Betsy, lo siento. ¿Podemos olvidar durante las semanas de la travesía todo lo que tenga que ver con «la terrible carta»? Imaginemos que navegamos el Hudson, inaugurando el Canal de Erie.
—Aún faltan algunos años para poder llegar a los Grandes Lagos desde Manhattan en barco.
—Y aún faltan algunos años para que me plantee siquiera casarme; cumpliré veintitrés en abril.
Fue Betsy quien bufó entonces.
—Muchas de tus amigas están casadas, Amy.
—Y muchas de las tuyas están igual de casadas y tienen, además, varios hijos, Betsy. Si yo me caso, tú también lo harás —advirtió, como si fuera un juez sentenciando una pena de muerte colectiva.
—¿Compartiremos marido? —preguntó la doncella con sorna.
—Compartiremos destino: des-ti-no —le respondió sin poder disimular su hilaridad Amy.
Asintió Betsy. No se casaría por darle el gusto a su mejor amiga, pero sí se quedaría con ella allá donde estuviera.
Porque se querían como hermanas y porque, no se engañaba, su posición era buena porque Amy así se lo permitía.
En otra casa no gozaría de tanta libertad; ni sería tratada casi como una más de la familia.
—Olvidemos «la terrible carta» por unas semanas, pues.
Amy confirmó el trato con un apretón de manos, como solían hacer cuando querían revestir de solemnidad un acuerdo entre ellas.
No obstante, sabía que no hablar de ello no significaba que pudiera olvidarlo.
No cuando había sido tan repentino y había tenido tantas sorpresas —ninguna agradable— para ella.
A las pocas semanas de fallecer su padre habían recibido una misiva desde Inglaterra.
Solo con el tipo de papel, ya se supo que provenía de una familia elegante.
La carta, escrita con letra barroca y con amplios márgenes, venía envuelta en otro papel en forma rectangular y con solapa, en la que solo se leía la dirección de los Andersen en la Calle Real y un apellido por parte del remitente: Beaufort.
En cuanto la tía Augusta había visto el refinado sello y el apellido, pulcramente rubricado, había lanzado una exclamación.
—Es de los vecinos de Yorkshire.
Los vecinos de Yorkshire, como los llamaba ella y de quienes hablaba en cuanto tenía ocasión, eran la familia más ilustre del Reino Unido.
Al parecer, la entonces soltera lady Augusta había tonteado con un primo del patriarca y el padre de Amy fue un buen amigo de una de las hijas, tanto que las familias creyeron durante algunos meses que se casarían.
Pero el padre de la dama, el duque de Beaufort, fue muy tajante en su negativa: sus cinco hijas se casarían con caballeros de títulos prominentes y riquezas sin igual, y únicamente con caballeros de esa índole.
Y así fue, hasta donde lady Augusta supo.
Al padre de Amy, en cambio, nunca le importó.
Al parecer era una amistad genuina y platónica.
Aquella joven vecina se casó con un buen hombre, un marqués del que se enamoró después, y él viajó a las Américas e inició una vida nueva, tal y como había soñado, lejos de las exigencias que se esperaban de un tercer hijo, esto era, una parroquia en el campo y una esposa de la nobleza rural.
A pesar de la distancia y los años, cuando lady Faith Cavendish, que así se llamaba la amiga de juventud de su padre, había visto la esquela en el Times de su viejo, querido amigo, había conseguido la nueva dirección de sus herederos en Nueva York.
Averiguó entonces que se había casado, que dejó de ser lord Campbell para convertirse en lord Andersen, que enviudó joven y que había dejado a su muerte un imperio y un hijo mayor y una hija menor, el señor Jonathan y la señorita Amy, ambos solteros.
Escribió a lady Augusta una hermosa carta con más recuerdos bellos que condolencias e invitó a la joven hija a visitar Londres.
Quizá el duelo fuera más llevadero desde la distancia.
Poco más pudo hacer o decir Amy al respecto.
La tía había hablado ya con Jonathan y ambos habían escrito a lady Faith, marquesa de Aberdeen, agradeciéndole su hermosa carta y aceptando su oferta.
Se dirigía, pues, a Londres y sin tener, por el momento, una fecha de vuelta.
—Me han obligado a viajar —refunfuñó entre dientes—, pero no me casaré —se juró a sí misma—. No me casaré nunca.
***
Londres
Desde la casa de lord Derek Cavendish, vizconde de Sheffield, en Hill Street hasta Mount Street, donde vivían sus padres, los marqueses de Aberdeen, apenas había diez minutos de paseo.
Derek sentía que los pies le resultaban más pesados conforme se acercaba a su destino, como si ese destino no fuera una mansión en el mismísimo centro de Mayfair, sino el resto de su vida.
Su madre había organizado una reunión familiar: solo los Cavendish.
Estarían, pues, sus padres, su hermana Elizabeth y su esposo Andrew, conde de Harlech, y él.
El año anterior había sido el tío William quien había convocado una reunión con las Cinco Virtudes, que era como la alta sociedad conocía a la madre de Derek, lady Faith, y sus tías, lady Grace, lady Charity, lady Felicity y lady Hope.
En el comedor de la mansión familiar que el ducado de Beaufort poseía en el veintitrés de Regent Street, todas ellas habían aleccionado a los tres sobrinos solteros —Jake, Nate y él mismo— sobre la necesidad de casarse cuanto antes.
Solo en el caso del mayor, lord Jacob, era cierta dicha necesidad, dadas sus obligaciones con el ducado de Avonshire y sus pupilas.
Pero ni Nathaniel ni Derek necesitaban una esposa ni parecían proclives al matrimonio.
Y, sin embargo, la Temporada de 1816 había acabado con dos bodas Beau, esto era, con sus primos casados, dejando la soltería de Derek a merced de la opinión de toda la familia.
Al parecer aquella noche comenzaba el asedio a su libertad: una reunión familiar tranquila, de entrada. Quizá su madre pensaba que podía convencerlo ella sola, quizá pretendía que no se sintiera demasiado presionado, no lo sabía.
Pero el matrimonio parecía el tema principal de aquella cena.
Negó con la cabeza. Había llegado a la entrada de la casa de sus padres y el mayordomo, presto, lo esperaba para darle la bienvenida y conducirlo a la salita.
—Milord —lo saludó el viejo sirviente—, en breve se servirá la cena.
—Gracias, Jonas —respondió de vuelta.
Entró en la estancia, cabeceó hacia su padre y hacia su cuñado, sonrió a las damas y se quedó en pie, a la espera.
Su madre y su hermana parloteaban, felices, y parecían ignorarlo por el momento. Imaginaba que querían evitar una cena tensa y que esperarían hasta los postres para lanzarse sobre él.
Fue lord Andrew Beckett, su cuñado, quien le dio las buenas nuevas. Se acercó a él con una copa de oporto y lo apartó hasta los ventanales que daban al jardín de la mansión.
—Al parecer —le susurró—, este otoño falleció en Nueva York un viejo amigo de tu madre, un vecino de la finca o algo así…
Asintió, extrañado por lo que le decía. ¿Qué tenía que ver eso con él? Habló en el mismo tono bajito.
—Sí —corroboró, recordándolo como por capricho, tantas veces había hablado su madre de su amigo de la infancia en Yorkshire—, era el tercer hijo del conde de Maine. Lord… no recuerdo, cambió de apellido al casarse en los Estados Unidos.
—Lord Andersen —especificó sin necesidad Andrew—.
Tu madre se enteró de su muerte por la prensa, envió una carta a Nueva York con sus condolencias e invitó a la hija, la señorita Amy, a venir a Londres.
Al parecer, su barco arribará en una o dos semanas.
Y quiere que tu hermana y tú acompañéis a la dama…
Siguió hablando, pero Derek perdió interés en lo que le decían. Le importaba más hallar la forma de que aquella tal Amy se convirtiera en el foco de atención de su familia y que, por ende, a él le dieran un respiro.
Optimista como pocos, se acercó al sofá donde se encontraba su madre con una sonrisa. Como siempre, la suerte estaba de su parte.