Capítulo 1
El duque de Avonshire estaba completamente fuera de sí.
Su esposa, lady Claire Seymour, trataba de calmarlo sin éxito.
Frente a ellos, sentadas en un sillón y cabizbajas, se hallaban las cuatro hermanas Warrior, las pupilas que el duque heredara junto con el título y a las que le unía un profundo afecto.
El doctor Harvey, el sustituto del viejo doctor Addison, acababa de marcharse, tras descubrir su engaño.
—¡Cinco años, cinco malditos años ya y aquí siguen! —vociferó el duque, todavía incrédulo.
—Jake, por favor, no grites ni maldigas delante de las niñas…
—¿Niñas? Mis primas ya no son unas niñas, Claire. ¿Niñas? —repitió, indignado—. Daisy va a cumplir ya veintitrés años y Lilith, la menor, acaba de celebrar su veinte y, ¡por los clavos de Cristo!, ninguna de ellas ha debutado todavía
—Jake…
—Tío Jake, nosotras…
Era Violet, la más sensata de las cuatro, quien quería intervenir. Calló ante la mirada de su prima Claire, que le advertía que era mejor no decir nada. El duque continuó su perorata sin dirigirse a nadie en concreto, tratando de despojarse de toda su rabia, de su frustración, a gritos.
—En 1818 Daisy me pidió esperar un año más, diciendo que todavía no cumpliría los dieciocho hasta julio y que era demasiado joven para acudir a Londres en busca de un esposo, ¡como si yo le hubiera exigido que regresara casada!
En 1819, cuando también debía unírsele Jasmine, se rompió la pierna y tuvieron que posponerlo otro año, de nuevo.
—Se detuvo un instante antes de dirigirse a la mayor de las Warrior con mirada acusatoria—.
Empiezo a dudar de la verdad de aquella fractura de tibia, Daisy. ¿Fue cierto o fue otra excusa?
Claire, no queriendo saber la verdad ni que la joven se viera forzada a mentir… a mentir una vez más, volvió al tema.
—En 1820…
—¡En 1820 quisieron hacer luto por el rey Jorge! —ardió de nuevo la ira de Jake—. ¡Ja! Demostrarían así su lealtad a la Corona, me dijeron. ¡Ja! —repitió—. Y en 1821, cuando todas ellas debían de debutar ya, ¿qué ocurrió?
—Murió el abuelo, Jake —dijo en voz baja Violet.
Aquella razón les pareció inapelable cuando la esgrimieron frente a su tío y tutor.
—¡Como si hubiéramos lamentado lo más mínimo la muerte de ese desgraciado!
—¡Jake! —lo amonestó Claire, escandalizada—. Tus primas…
—Mis primas saben bien qué clase de hombre fue su abuelo, tal vez por eso les he concedido tiempo antes de enviarlas a Londres en busca de un marido…
—No las enviamos, las acompañamos —le recordó la duquesa mirando a las jóvenes, no queriendo asustarlas antes siquiera de pisar la capital—. Y van a debutar en sociedad, no a…
—Como sea, he sido demasiado blando con ellas.
—La realidad era que las chicas no se asustaron; su primo podía estar muy enfadado, pero jamás les haría daño.
Él no era como el abuelo—. El año pasado fue una extraña afección respiratoria, o eso dijo el doctor Addison, a quien pienso visitar mañana mismo.
Nosotros nos fuimos a Londres y las dejamos aquí.
Permitidme dudar, señoritas, de que pasarais el verano en cama.
Y este año, ¡este año!, me habéis hecho creer que teníais el maldito sarampión. ¡El maldito sarampión, Claire!
—Lo sé, Jake, estaba presente hace media hora, cuando el doctor Harvey nos ha dicho que las manchas se borraban de una manera sospechosa cuando pasaba alcohol sobre ellas.
—¡Exacto! Si el doctor Addison no se hubiera jubilado, hubieran pasado aquí otra temporada más. Ese viejo médico os ha consentido demasiado. Pero se acabó, ¡nos vamos a Londres!
Claire levantó las cejas ante la repentina idea de su esposo. No iba a contradecirlo frente a las chicas, pero no era buena idea.
—Daisy, Jasmine, Violet, Lilith, subid a la salita de arriba, en breve iremos nosotros.
Jake, que supuso que su duquesa quería una conversación en privado, se abstuvo de quejarse. No obstante, seguiría con su perorata en la salita cuando Claire dijera lo que tuviera que decir. Él había soportado cinco años de excusas; que sus primas aguantaran ahora su enfado.
Las muchachas se fueron en silencio. En cuanto la última cerró la puerta, Claire se volvió a Jake con la mirada cargada de amor.
—Tienes toda la razón…
—¡Desde luego que la tengo!
Evitó la duquesa poner los ojos en blanco. Los Beaufort estaban convencidos de tener siempre la razón.
—Y las chicas se han excedido, pero llevarlas a Londres ahora no es viable. Nuestra residencia no está preparada…
—Iremos al veintitrés de Regent Street. —Se refería a la mansión familiar, donde nadie residía y todo el mundo acudía a placer.
—Tampoco tienen un vestuario adecuado. —Para eso no tuvo el duque réplica—. Esperemos al próximo año, Jake. Deben de estar aterradas ante la idea de buscar esposo para habernos mentido así…
—¡Están mimadas, eso es lo que están! Y en otoño los nobles regresan a Londres hasta Navidad para las sesiones del Parlamento, no hace falta esperar a 1824.
—Tal vez, pero…
La conversación continuó un tiempo más, hasta que Claire logró que Jake volviera a sus cabales. Las chicas no saldrían indemnes de aquello, pero trazarían un plan para su debut con calma.
Mientras tanto, en la salita del piso de arriba, las cuatro hermanas Warrior hablaban en susurros, preocupadas por lo que su primo Jake dijera cuando fuera a buscarlas.
—Tenemos que evitar que nos envíe a Londres —dijo decidida Daisy.
—Creo que ya hemos inventado excusas suficientes, no quiero perder la confianza del primo —pidió Jasmine.
—Tal vez deberíamos rendirnos y aceptar que tendremos que arriesgarnos a elegir un marido —se resignó Violet.
—¡Jamás! —espetó con mirada retadora Lilith.
Daisy, la mayor y artífice de todas las charadas que habían inventado para evitar la temporada, decidió lanzar un último órdago.
—Digámosle a Jake que ya hemos encontrado a los esposos que deseamos, que si no se lo hemos dicho es porque, tal vez, él no vaya a aprobarlos. O porque no nos corresponden. O lo que sea…
—¿De qué hablas, Daisy?
—Hablo de utilizar la misma estrategia que el primo Derek. El día de su boda, cuando creía que nadie podía oírle, bromeó con Amy sobre cómo habían hecho creer a todos los Beau al principio que su romance era real cuando, en realidad, pactaron fingirlo. ¿No lo recordáis? Os lo conté esa misma noche.
—¿Quieres que finjamos tener unos enamorados?
—El tío nos exigirá saber quiénes son… En este momento es difícil que crea una excusa tan vaga.
—Le pediremos una semana de tiempo para confesar, apelaremos a la prima Claire, al pudor, al miedo a exponerlos sin hablar antes con ellos… y nos daremos siete días para idear un buen plan.
Asintieron, esperanzadas de nuevo.
—De acuerdo, pero si en siete días no estamos convencidas, claudicaremos y nos prepararemos para debutar juntas el próximo año.
—Eso si no nos obligan a marcharnos esta misma tarde…
Pero la suerte —la bondad del duque, en realidad— se puso de parte de las cuatro hermanas.
Poco convencidos de la verdad sobre sus enamorados, consintieron los duques de Avonshire en esperar una semana para que pusieran en orden sus sentimientos y decidieran si iba el primo Jake a hablar con los caballeros en cuestión o si aceptaban ir a Londres en otoño para la pequeña temporada.
Cada hermana buscó un nombre que dar y, una semana después, sus primos escucharon su charada.
Lilith inventó un romance con el vecino de la finca de al lado, un joven lord que había viajado a la India tres años atrás y con el que mantenía una apasionada correspondencia. Fue divertido para ella redactar un montón de cartas de su supuesto amado.
Violet convenció a su amigo de la infancia de que simulara un romance sereno entre ambos, que nunca habían confesado dada la diferencia social, pues él era un baronet rural y ella la hija de un duque.
Jasmine afirmó que estaba enamorada de un hombre casado, que nunca había traspasado los límites con él pero que lo amaba; se negó a dar su nombre, pero lloró de manera muy convincente mientras lamentaba un amor imposible.
Daisy, por su parte, decidió vengarse del galeno que había echado abajo la coartada a su sarampión.
Aquel doctor joven, tan atractivo y engreído, llevaba meses pasando consulta con el doctor Addison, esperando a sustituirlo.
Aquel caballero, hijo de un lord, les debía eso y mucho más a ella y a sus hermanas.
Se moría por ver su cara cuando el tío Jake fuera a preguntarle por sus intenciones.
No había nada menos creíble que un hombre negando un romance, ¿o no era cierto?