Capítulo 22
E l sudor en la espalda y la frente de Omar se multiplicó intensamente, y estaba seguro de que no era por el esfuerzo de cargar con la pesada mochila bajo el sol de verano.
Los nervios, el estrés, la paranoia... todo aquello le estaba superando.
Se filtraba poco a poco, manipulándole la mente.
¿Podría hacerlo? ¿Podría hacerlo de verdad ?
¿Tenía el valor suficiente para suicidarse, por no hablar de matar a todas esas personas?
No lo sabía. Los demonios de su cabeza ofrecían opiniones contradictorias.
Y solo era cuestión de tiempo que se viera obligado a tomar una decisión; estaba en la cola, esperando para acceder al recinto.
En una mano sostenía su entrada y, en la otra, su mochila.
Había habido un aumento severo de las patrullas armadas en los últimos diez minutos y, cada vez que veía a una pareja de agentes de policía con fusiles de asalto, su mente hiperalerta los imaginaba abalanzándose sobre él y disparándole varias ráfagas al cuerpo. Cada uno.
Pero cada vez que pasaban por su lado, no ocurría nada.
Ni siquiera una mirada de advertencia en su dirección.
Aunque no estaba tan confiado respecto a la próxima vez que se cruzara con ellos: había otra pareja de agentes apostada junto al personal del recinto, vigilando atentamente a la cola de gente que avanzaba poco a poco hacia el interior del pabellón.
Omar se quitó el jersey y les dio la espalda.
Si no podía verlos, ellos no podían verlo a él.
Era imposible saber si la policía lo seguía, si su pequeña visita a Z había pasado desapercibida, si el propio Z había sido arrestado y lo estaban interrogando en ese momento, o si Z lo había delatado de alguna otra forma.
Le parecía poco probable. Habían cubierto casi todos los aspectos del ataque —había llevado meses de preparación— como para que los pillaran por una estupidez.
Omar prestaba poca atención a la multitud que lo rodeaba.
Su felicidad, su energía bruta, su entusiasmo excesivo por la vida.
Lo odiaba todo; le ponía la piel de gallina.
En su lugar, centró su atención en el tiempo, contando los minutos y los segundos que faltaban para poder entrar en el recinto y prepararse adecuadamente para el ataque.
En cuanto cruzara esas puertas, se convertiría en un fantasma, en una entidad, en nada.
Se camuflaría en su entorno y nadie sospecharía de él.
Y nadie sospecharía de la bolsa colocada en el suelo junto a sus piernas.
La miró de reojo y sonrió. Al levantar la cabeza, su cuerpo se congeló. Uno de los agentes armados patrullaba a lo largo de la cola, examinando a todos los presentes como si estuvieran en un control de seguridad de un aeropuerto.
Entonces sus miradas se cruzaron.
Los ojos del hombre eran agudos, centrados, alerta.
Su cuerpo y su constitución eran el doble de grandes que los de Omar, por lo que descartó rápidamente el enfrentamiento físico como opción defensiva.
Un hombre contra una pistola nunca iba a tener un desenlace con éxito. Un machete contra una pistola, tampoco.
Pero explosivos contra una pistola, eso ya era otra cosa...
No era el final que deseaba —Omar había imaginado escenas en las que se encontraba en medio de la multitud, rodeado de miles de personas, siendo cada una de ellas una víctima potencial—, pero si era la diferencia entre el éxito y el fracaso, estaba dispuesto a hacer todo lo posible.
Se metió la mano en el bolsillo, rodeó el móvil con los dedos y asintió lentamente hacia el agente. Una expresión de sospecha cruzó el rostro del hombre, pero continuó avanzando por la cola despacio, provocando miedo y pánico en varios de los presentes con cada paso.
—Es casi como si no quisieran que nos lo pasáramos bien —dijo alguien cerca de él.
—Siento como si ni siquiera pudiera reírme sin preocuparme de que me claven una pistola en la espalda —comentó otro.
Mientras tanto, Omar observaba los movimientos del hombre; se acababa de detener junto a un grupo grande de gente unos metros por detrás de él. La conversación era audible.
—No puede pasar eso dentro —dijo el agente, señalando el vaso de cerveza que uno de los miembros del grupo tenía en la mano.
—¿Qué dice?
—Nada de alcohol al cruzar esas puertas —continuó el agente—. Tendrá que bebérselo antes de entrar.
El hombre soltó un bufido.
—¿Es que están todos paranoicos por si pasa algo?
Los amigos del hombre soltaron una risita, y una sonrisa afloró en el rostro de Omar. « Si supierais », pensó, deleitándose en la ignorancia del hombre.
Sin añadir nada más a la conversación, el agente se puso en marcha y el hombre se volvió hacia sus amigos.
—Es de broma, ¿no?
Todos se rieron y lo animaron a beberse lo que quedaba de la pinta en ocho segundos.
—¡Bebe, Harry, bebe, Harry, Harry es nuestro amigo...! —canturrearon.
Pero uno de ellos se apartó de la situación y decidió no involucrarse; un hombre delgado y escuálido se alejó del grupo, con el teléfono móvil pegado a la oreja. Miró a su alrededor con recelo, casi con miedo. Se detuvo a unos metros de Omar y se tapó el otro oído con un dedo para acallar el ruido.
—¿Jake? —hizo una breve pausa mientras esperaba una respuesta—. ¿Jake? ¿Me oyes? ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando?