El Desenlace (DC Jake Tanner 15) Capítulo 6
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Capítulo 6

Z estaba cansado. Había estado despierto toda la noche haciendo deberes, intentando recuperar el uso de su móvil.

Odiaba que sus padres le intimidaran y le dieran órdenes.

Estaban empeñados en fastidiarle, decididos a hacerle sufrir y volverle desgraciado, igual que ellos.

Le estaban impidiendo organizar más atentados terroristas desde la comodidad y seguridad de su propio dormitorio, y tenían que dejarle en paz.

Era un adolescente y podía hacer lo que quisiera.

No necesitaba colegio, ni deberes, ni profesores, ni buenas notas: tenía al grupo.

El que le guiaría en la vida, le concedería mejores oportunidades, le inspiraría para lograr más.

Z estaba casi al final de la jerarquía, en los peldaños más bajos de la escalera, pero estaba dispuesto a esforzarse para ascender, y a hacer lo que fuera para conseguirlo.

Sus controladores en Afganistán veían potencial en él y no pensaba defraudarles. De eso se trataba el día de hoy: de una oportunidad para demostrarse a sí mismo —y si tenía éxito, se ganaría un lugar en los libros de historia.

Terrorista a los catorce años. Uno de los más jóvenes en ostentar ese particular honor.

Alguien en quien el público británico —y los servicios de emergencia británicos— jamás sospecharía.

Z estaba en su dormitorio. Las cortinas estaban corridas y permanecía suspendido en una oscuridad lúgubre, salvo por la luz azulada que proyectaba la pantalla de su móvil. Era mediodía y, a esas alturas, Sharif ya estaría donde tenía que estar.

Z encendió el ordenador, cargó una página ilegal para ver fútbol en streaming y empezó a mirar con impaciencia, tamborileando los dedos sobre el edredón. De vez en cuando, la retransmisión se cortaba y tenía que actualizar la página.

Unos minutos después, las imágenes pasaron a una vista aérea del nuevo Estadio Olímpico del West Ham, mostrando un mar de gente que avanzaba tranquilamente hacia la entrada. El pulso de Z se disparó. Sus ojos buscaron entre los miles de aficionados a Sharif, aunque sabía que era muy difícil.

Pocos instantes después, sonó su móvil.

Descolgó.

—¿Hermano?—Era la primera vez que se permitía hablar por teléfono; no había querido que su voz de adolescente delatara su verdadera identidad.

—Hermano, estoy en el estadio.

—¿Alguien sospecha de ti?

—No.

—¿Están asegurados los pasteles?

—Sí. Tengo tres.

—¿Por qué tres? Pensé que habíamos decidido que con dos era suficiente.

Sharif soltó una risita al otro lado de la línea. Eso le desconcertó.—¿Qué puedo decir, hermano? Soy un hombre hambriento.

—No hagas ninguna estupidez. Tenemos un plan. Síguelo.

—No te preocupes, hermano. Alá me alabará. Cuantos más bastardos me lleve por delante, mejor.

—Vale. Llámame cuando hayas pasado al otro lado. Quiero saber que estás en tu asiento.

—Adiós, hermano.