Capítulo 3
E l ambiente en su habitación estaba cargado.
Los radiadores funcionaban a toda potencia y las ventanas estaban cerradas.
Estaba sentado en la cama en calzoncillos, con la mirada fija en la pantalla del televisor y el mando de la Xbox en la mano.
Llevaba puestos los auriculares que le habían regalado por Navidad, con el micrófono colgando a pocos centímetros de la boca.
—Vienen por el lado. Cuidado. No. Espera. Te tengo. El sonido de ráfagas de disparos resonó por todo el cuarto. ¡Ah, joder! Me han dado.
El televisor se tiñó de rojo mientras la sangre generada por ordenador caía en cascada por la pantalla. Furioso, lanzó el mando sobre la cama; este rebotó y aterrizó junto a sus pies.
—¿Cuánto falta para que reaparezcas? —preguntó un extraño en su oído. Solo conocía al estadounidense desde hacía unos días, pero sentía que lo conocía como si fuera uno de sus mejores amigos.
Echó un vistazo a la esquina inferior izquierda de la pantalla. —Treinta segundos.
—Mierda.
No respondió. Estaba demasiado enfadado para contestar.
Tenía un mal día. Nada le salía bien y había muerto el primero en todas las partidas de «Buscar y destruir» que había jugado.
Pero no se rendiría. No lo dejaría todavía.
No, había una puntuación máxima que alcanzar y un nuevo rango al que ascender.
Y llegaría allí antes de que acabara el día.
Sin duda alguna.
Veinte segundos.
Entonces le vibró el trasero y el cabecero en el que se apoyaba hizo un ruido fuerte.
Se apartó de la almohada, metió la mano debajo y sacó un teléfono móvil.
Un Nokia 1. Un smartphone. Pequeño y sencillo.
Registrado a nombre de su padre. Con un sistema operativo lo bastante sofisticado como para gestionar aplicaciones de mensajería privada.
Desbloqueó el dispositivo y se desplazó por la pantalla de inicio hasta encontrar Telegram, una plataforma de mensajería cifrada que permitía a los usuarios conversar con cualquier persona en cualquier parte del mundo.
Similar a WhatsApp, con la salvedad de que incluía la función adicional de permitir a los usuarios autodestruir los mensajes con un temporizador si era necesario, para que no pudieran guardarse en el teléfono de nadie como prueba.
Abrió el mensaje: Hermano Z, necesito ayuda.
—Oye, tío —comenzó el estadounidense. Tenía un acento marcado que le recordaba al protagonista de Better Call Saul —. ¿Estás ahí?
—Oye, sí. Sí, aquí estoy. Lo siento. Tengo que pirarme. Ha surgido algo. Me conectaré luego.
Z salió del juego sin esperar respuesta y apagó la consola antes de bajar las piernas por el borde de la cama y cruzar la habitación para cerrar la tapa de su portátil.
La experiencia le había enseñado a ser un paranoico permanente.
No podías saber si alguien, en algún lugar del mundo, había hackeado tu dispositivo y estaba escuchando tus conversaciones, vigilándote, grabándote.
Cuando volvió a la cama, escribió una respuesta.
¿k necesitas Hermano Sharif? Z
A los pocos segundos, recibió una contestación.
Confirmación, hermano. ¿Sigue en pie lo de las celebraciones de la fiesta de mañana?
Siempre que hayas hecho la tarta con los ingredientes k te dije. No me falles.
La respuesta de Sharif le complació. No te fallaré, emir, pero me preocupa Omar.
Su pulso se aceleró. ¿Por qué?
Hubo un retraso en la respuesta. Mientras esperaba, se quedó sordo a todos los sonidos que lo rodeaban: el zumbido del ventilador de su ordenador; el sonido de las sirenas tras la ventana de su dormitorio; los pasos que subían las escaleras.
Finalmente, Sharif respondió.
Creo que se lo está pensando mejor.
El mensaje apareció justo cuando la puerta del dormitorio de Zain se abrió de golpe.
Reaccionando lo más rápido posible, lanzó el teléfono sobre la cama y lo cubrió con la pierna.
Algo poco discreto. Una mujer, vestida con tocado y pantalones, se presentó en el umbral.
La luz a su espalda proyectaba una silueta que oscurecía sus rasgos. Pero Zain sabía quién era.
—¿Qué quieres tú ? —le siseó.
—Creo que te dije que no jugaras tanto a esa cosa.
Te atontará el cerebro. Igual que el resto de esta mierda que tienes aquí —la mujer entró en su habitación, con el brazo extendido, tratando de alcanzar el teléfono que acababa de colocar junto a su pierna—.
Tienes suerte de que te hayamos dejado tener uno, para empezar.
Zain se sobresaltó, agarró el teléfono y se lo apretó contra el pecho. Los dos forcejearon por él, tirando y pegando tirones, hasta que finalmente la mujer se impuso y se guardó el dispositivo en el bolsillo con un bufido de triunfo.
—¡Devuélvemelo! —gritó Zain, con la voz convertida en un chillido agudo.
—No. La cena está lista, así que baja ahora mismo.
Empezó a salir de la habitación y luego se detuvo junto a la cómoda alta que había al lado de la puerta. Cogió un cuaderno. —¿Has hecho los deberes?
Zain permaneció en silencio.
—¿Zain? —dijo ella con severidad, frunciendo el ceño.
Zain negó con la cabeza.
—¡Por el amor de Dios! —dio un golpe con el cuaderno sobre la cómoda—.
No tendría que decirte que hagas los deberes.
Si sigues así, te quitaremos la Xbox. Y en cuanto a esto —agitó el teléfono en el aire—, lo recuperarás más tarde, cuando termines el álgebra que tienes que hacer.
Ya tienes catorce años, Zain. Catorce. Empieza a comportarte como tal.
Que te jodan, zorra, pensó él. Estoy haciendo más que otras personas de mi edad. Más de lo que podrías imaginar.