Capítulo 33
Lucía
La comida fue un interrogatorio disfrazado de tertulia. Mi madre le preguntó a Alejandro por su trabajo.
—Arquitecto, ¿eh? ¿Y eso de qué le sirve a mi hija? ¿Le va a construir una casa?
Por su familia.
—¿Su abuela es doña Carmen? ¿La que tiene la villa con los jazmines? Esa señora tiene fama de lista.
Y por sus intenciones. Fue en esta última pregunta donde todo se detuvo.
Mi madre dejó el tenedor sobre el plato. El sonido resonó en la sala pequeña como un disparo. Nos miró a los dos, alternativamente, con una seriedad que recordaba a su difunto padre cuando le quitaba el coche prestado.
—Vamos al grano —dijo—. ¿Qué intenciones tiene con mi hija, joven?
Quise desaparecer. Quise convertirme en vapor y evaporarme por la ventana. Quise gritar «Mamá, por favor, estamos en el siglo XXI», pero mi voz se había quedado atascada en algún punto entre el estómago y la garganta.
Alejandro se quedó inmóvil. Vi cómo su cuello se ponía rojo, cómo sus manos buscaban algo que hacer sobre la mesa, cómo su boca se abría y se cerraba sin emitir sonido. Era la primera vez que le veía sin palabras, y en cualquier otra circunstancia habría disfrutado del espectáculo.
—Mamá, eso no se pregunta así…
—Cállate, hija —dijo Mercedes, sin apartar la vista de Alejandro—. Estoy hablando con él.
El silencio se extendió. Afuera, un perro ladró a lo lejos. Dentro, el reloj de pared hacía tic-tac con una crueldad exagerada.
Finalmente, Alejandro respiró hondo. Se enderezó en la silla. Y habló con una sinceridad que me desarmó por completo.
—Buenas —dijo, simple y llanamente.
Mercedes parpadeó. Una, dos veces.
—¿Buenas? —Repitió, como si no hubiera entendido la palabra.
—Buenas intenciones —aclaró Alejandro, con la voz más firme ahora—.
Quiero cuidar de ella. Quiero que sea feliz.
Quiero… —me miró a mí, y en sus ojos vi algo que me hizo querer llorar— …
quiero estar en su vida, señora Márquez.
No para arreglarla, porque su hija no necesita que nadie la arregle.
Solo para acompañarla. Y si eso significa quedarme ciego con su vino, o soportar interrogatorios incómodos, o venir aquí todos los domingos a comer pollo, lo haré. Porque ella lo vale.
La sala quedó en silencio. Mercedes lo observó durante largos segundos, con una expresión inescrutable. Yo tenía la garganta cerrada por una emoción que no sabía nombrar.
—Respuesta correcta —dijo finalmente Mercedes, volviendo a su plato como si nada—. Pase el pan, por favor.
Y así, con esa simple frase, Alejandro pasó la prueba.
El resto de la tarde transcurrió con una naturalidad que me sorprendió. Alejandro ayudó a mi madre a recoger la mesa.
—Un arquitecto fregando platos, nunca pensé que vería esto —comentó ella, y luego los tres tomamos café en la terraza, con vistas al campo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Mi madre le contó historias de mi infancia, las vergonzosas y las tiernas. Alejandro escuchó con atención genuina, riendo de mis travesuras, compadeciéndose de mis caídas. Y yo los observaba a los dos, mi pasado y mi presente, y sentí algo extraño en el pecho.
Era la primera vez que imaginaba a Alejandro dentro de mi mundo real. No en el jardín de su abuela, no en su casa de diseño, no en restaurantes de lujo. Sino aquí, en este pueblo pequeño, con mi madre hablando demasiado alto y el olor a lavanda que venía del huerto vecino.
Y esa idea me dio vértigo.
Porque significaba que esto era real. Que no era una aventura de verano, una distracción peligrosa, un error temporal. Significaba que estaba permitiendo que se instalara en mi vida, en mi familia, en mi futuro.
—Estás pensando demasiado —susurró Alejandro, cuando mi madre entró a buscar las galletas caseras.
—Es mi especialidad —respondí, intentando sonreír.
—¿En qué piensas?
Miré el horizonte, donde el sol empezaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y rosas.
—En que esto es peligroso —confesé—. En que estoy permitiendo que formes parte de cosas que nunca pensé que compartiría con nadie.
Alejandro tomó mi mano. La apretó suavemente.
—Puedo irme si quieres —dijo, y su voz no tenía reproche—. Puedo retroceder, dar un paso atrás, dejar que tengas tu espacio.
Negué con la cabeza. Porque ya era tarde. Porque ya estaba dentro.
—No quiero que te vayas —susurré—. Y eso es lo que me aterra.
Él sonrió. Esa sonrisa suya que iluminaba todo, que hacía que el vértigo pareciera una sensación excitante en lugar de aterradora.
—Entonces nos aterramos juntos —dijo.
Mi madre salió en ese momento con una bandeja de galletas, y nos encontró sonriendo como dos idiotas. Pero no dijo nada. Solo arqueó una ceja y dejó la bandeja sobre la mesa, con una expresión de satisfacción que me hizo sospechar que llevaba meses planeando este momento.
La llamada de Eduardo Valcárcel llegó cuando ya estábamos de vuelta en Málaga, sentados en la terraza de mi piso, con el vino que mi madre nos había obligado a llevarnos y el sonido de las olas a lo lejos.
Alejandro contestó en altavoz, con la seriedad profesional que adoptaba cuando hablaba de trabajo.
—Tengo buenas noticias —dijo Valcárcel, y su voz sonaba diferente, más ligera—.
Hemos encontrado pruebas sólidas. Movimientos bancarios que conectan a Víctor con cuentas en paraísos fiscales.
Firmas falsificadas que un perito calígrafo ha confirmado que no son de Lucía.
Y, lo mejor: hemos localizado a otras víctimas.
Mujeres dispuestas a declarar. Hay un patrón, Alejandro.
Un patrón claro que la fiscalía no podrá ignorar.
Sentí que el aire entraba de golpe en mis pulmones. Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante meses sin darme cuenta.
—¿Significa eso que…? —empecé, con la voz temblorosa.
—Significa que podemos congelar las deudas de forma definitiva —dijo Valcárcel—. Y que Víctor Castaño va a tener que responder ante la justicia. No será rápido, Lucía. Pero es un paso enorme. Estás a salvo. O al menos, más cerca de estarlo.
Cuando colgamos, Alejandro me miró con una expresión triunfante que me hizo querer besarlo y llorar al mismo tiempo.
—¿Lo oíste? —dijo, tomándome las manos—. Estás a salvo. Se acabó.
Asentí, con lágrimas corriendo por mis mejillas que no podía detener. Eran lágrimas de alivio, de rabia contenida, de la sensación de que finalmente, después de tanto tiempo, la justicia iba a llegar.
Alejandro me abrazó. Me estrechó con fuerza, balanceándonos suavemente, mientras yo lloraba contra su pecho como una niña.
—Lo conseguiste —susurró—. Fuiste valiente, y lo conseguiste.
—Lo conseguimos —corregí, aunque la voz salió ahogada.
Estábamos así, abrazados en la terraza, con el futuro finalmente empezando a parecer un lugar habitable, cuando sonó el ping de mi móvil.
Intenté ignorarlo. Intenté seguir en ese momento perfecto, en ese abrazo que parecía protegerme de todo. Pero el sonido volvió a repetirse. Insistente. Agresivo.
Alejandro se separó lo suficiente para mirarme.
—¿No vas a verlo? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Puede esperar —dije, limpiándome las lágrimas con el puño.
Pero algo en su expresión me alertó. Una sombra que cruzó sus ojos, una tensión en su mandíbula.
—Lucía —dijo, con voz grave—. Míralo.
Cogí el teléfono con dedos torpes. Era un correo electrónico. Remitente desconocido. Asunto: «Para que no olvides».
Mi estómago se cerró antes de abrirlo.
El archivo adjunto tardó una eternidad en descargarse. Cuando finalmente se abrió, sentí que la sangre se helaba en mis venas.
Era una fotografía.
Alejandro y yo. En la terraza de mi piso.
Abrazados. Tomada desde lejos, desde algún edificio cercano, con un zoom que hacía que pareciéramos insectos bajo un microscopio.
Se veían perfectamente mi cara, mi expresión de felicidad, mis lágrimas.
Se veía su mano en mi cintura, mi cabeza contra su pecho. Se veía todo.
Y debajo, una frase escrita con letras negras, grandes, imposibles de ignorar:
«Todo lo que quieres desaparece.»
El teléfono se me escapó de las manos. Cayó sobre la mesa de la terraza con un ruido sordo que pareció resonar en todo el edificio.
—¿Qué pasa? —preguntó Alejandro, alarmado.
No pude hablar. Solo señalé la pantalla, con la mano temblando, con el corazón martilleando en mi pecho como si intentara escapar.
Alejandro cogió el teléfono. Vi cómo su expresión cambiaba. Cómo se oscurecía. Cómo la furia volvía a su rostro, pero esta vez fría, calculadora, peligrosa.
—Carlos —dijo, con la voz apenas un susurro—. O Víctor. No importa quién. Saben dónde vives. Saben que estamos juntos.
Miré alrededor, hacia la oscuridad que nos rodeaba. De repente, las sombras de la terraza parecían amenazantes. Cada ventana iluminada en los edificios cercanos podía esconder una lente. Cada ruido en la calle podía ser él.
La felicidad que había sentido minutos antes se evaporó como humo. Porque tenían razón.
Todo lo que quería estaba justo aquí, en esta terraza, en estos brazos. Y ahora sabían exactamente cómo hacerme daño. No atacándome a mí. Atacándonos.