Capítulo 34
Alejandro
La fotografía me quemaba en la retina como una marca de hierro caliente.
La veía cada vez que cerraba los ojos: Lucía en mis brazos, vulnerable, feliz, expuesta a la mirada de cualquier loco que se escondiera en las sombras con un teleobjetivo.
Y debajo, esa frase. Esa promesa velada de destrucción.
No dormí en toda la noche. Mientras Lucía se aferraba a mí en la cama, con el sueño agitado de quien ha recibido una amenaza directa, yo permanecí despierto, mirando el techo, midiendo cada sombra, calculando distancias y ángulos de ataque.
Mi mente funcionaba como siempre lo había hecho ante un problema: buscando soluciones, estructuras, controles.
A las seis de la mañana, cuando el sol empezaba a filtrarse por las persianas, ya había tomado decisiones.
Llamé a Héctor. Desperté a un tipo de seguridad privada que conocía de Madrid.
Busqué en internet empresas de instalación de cámaras y sistemas de alarma.
Para cuando Lucía se despertó, yo tenía un plan completo, detallado, impecable.
—Tengo una solución —anuncié, sentado en el borde de la cama, con el portátil abierto sobre las rodillas.
Ella se incorporó lentamente, frotándose los ojos, con el pelo cayendo en desorden sobre su cara. Parecía tan frágil en ese momento que sentí un nudo en la garganta que me impedía respirar con normalidad.
—¿Qué hora es? —murmuró, aún adormilada.
—Las siete. Escucha, he contactado con una empresa de seguridad. Van a venir esta mañana a instalar cámaras en todas las entradas del edificio. También he hablado con un guardaespaldas que puede empezar mañana mismo. Y Héctor está buscando un apartamento seguro, en una urbanización cerrada, donde…
—Espera —interrumpió Lucía, y su voz cambió, se volvió aguda, alerta—. ¿Qué?
Repetí la información, más lentamente esta vez, pensando que quizás no había captado los detalles por el sueño.
—Cámaras de seguridad. Un guardaespaldas las veinticuatro horas. Y un nuevo piso, con control de acceso, donde nadie pueda llegar hasta ti sin pasar por tres puertas blindadas.
Lucía se quedó quieta. Demasiado quieta. Vi cómo su expresión pasaba de la confusión a la incredulidad, y de la incredulidad a algo que me resultó familiar: rabia.
—No —dijo, simple y llanamente.
—Lucía, es por tu seguridad…
—He dicho que no —repitió, y esta vez su voz temblaba, pero no de miedo. De furia contenida.
Se levantó de la cama, buscando su ropa por el suelo, moviéndose con una agresividad que no le había visto nunca.
—No puedes convertir mi vida en una prisión —espetó, tirando la camiseta por encima de la cabeza—. No puedes llegar aquí y decidir que voy a vivir como una reclusa porque tú tienes miedo.
—No es miedo —respondí, levantándome también, intentando mantener la calma—. Es precaución. Es lógica. Víctor o Carlos o quien sea está observándote, fotografiándote, amenazándote. Necesitas protección.
—¿Y quién decide qué protección necesito? —Se giró hacia mí, con los ojos brillando de una forma peligrosa—. ¿Tú?
—Estoy intentando protegerte —dije, y mi voz salió más fuerte de lo que pretendía, con un deje de frustración que no logré disimular.
—¡Lo sé! —gritó ella, y el sonido resonó en la habitación pequeña—. ¡Sé que intentas protegerme! ¡Pero no quiero volver a sentir que alguien decide por mí!
La frase cayó entre nosotros como una losa de mármol. Lucía se quedó inmóvil, con la respiración agitada, con las manos temblando a los lados. Y yo… yo sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Porque en ese instante, con la claridad que solo proporcionan los errores monumentales, comprendí exactamente qué estaba haciendo.
Estaba repitiendo el patrón. El mismo patrón que Víctor había utilizado para destruirla.
No con la intención de dañarla, eso era cierto.
Mi objetivo era exactamente el opuesto: salvarla, cuidarla, mantenerla a salvo.
Pero el mecanismo era idéntico. Decidir por ella.
Determinar qué era mejor para su vida sin consultarla.
Quitarle la agencia, la autonomía, la capacidad de elegir.
Me senté en el borde de la cama, con las piernas fallándome. El portátil se cerró con un golpe sordo que ni siquiera noté.
Lucía seguía de pie frente a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, creando esa barrera defensiva que ya empezaba a conocer demasiado bien.
—Víctor también decía que sabía lo que era mejor para mí —dijo ella, y su voz había bajado, había perdido la furia inicial, había sido reemplazada por algo más doloroso—.
Firmaba papeles por mi bien. Tomaba decisiones por mi bien.
Me aislaba de mis amigos por mi bien. Y yo…
yo le dejaba. Porque pensaba que, si alguien me cuidaba, debía confiar en él ciegamente.
Cerré los ojos. La verdad de sus palabras me atravesaba como cuchillos afilados.
—Tienes razón —dije, y las palabras me supieron amargas, raras, incompletas.
El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Cuando abrí los ojos, Lucía me miraba con una expresión de pura sorpresa.
—¿Acabas de admitir que tengo razón? —preguntó, incrédula.
—No te acostumbres —murmuré, intentando recuperar algo de dignidad, pero sin fuerzas para mantener la fachada de control.
Y entonces ocurrió algo inesperado. Lucía se rio. No una risa burlona, ni una risa nerviosa. Una risa breve, auténtica, que iluminó su rostro por un segundo y rompió la tensión que nos mantenía congelados.
—Dios, Alejandro —dijo, pasándose una mano por el pelo—. Eres un caso.
—Lo sé —respondí, y por primera vez en horas, sentí que podía respirar—.
Lo sé y lo siento. No debería haber… no debería haber organizado todo eso sin hablar contigo.
Es solo que… —busqué las palabras, sintiendo la verdad emerger a través del orgullo herido— …
es solo que cuando vi esa foto, cuando leí esa amenaza, sentí que el mundo se me caía encima.
Y mi reacción natural es controlar. Es estúpido, es insuficiente, es…
es lo único que sé hacer para no volverme loco.
Lucía se acercó. Se sentó a mi lado en la cama, dejando un espacio prudente entre nosotros, pero cerca. Lo suficientemente cerca como para que pudiera oler su champú, su piel, ese olor a ella que se había convertido en mi ancla.
—No quiero que te vuelvas loco —dijo, suavemente—. Pero tampoco quiero que me conviertas en un proyecto. En algo que necesita ser arreglado o protegido o guardado bajo llave.
Asentí, mirando mis manos, esas manos que habían diseñado edificios enteros pero que ahora parecían torpes e inútiles.
—¿Qué necesitas? —pregunté finalmente, y la pregunta salió genuina, vulnerable, sin filtros.
Ella me miró. Realmente me miró, con esa intensidad suya que siempre me hacía sentir expuesto.
—Necesito que me preguntes —dijo—. Antes de decidir cosas por mí.
Necesito que confíes en que puedo protegerme, aunque a veces necesite ayuda.
Y necesito… —hizo una pausa, tragando saliva— …
necesito saber que, si algún día digo que no a algo, lo respetarás.
Aunque creas que es peligroso. Aunque creas que sabes mejor que yo.
—Lo haré —prometí, y era la promesa más importante que había hecho en mi vida.
La tensión se disolvió lentamente durante el resto de la mañana.
No desapareció por completo, pero se transformó en algo más manejable, una corriente subterránea en lugar de un tsunami.
Preparamos café juntos en silencio, con una complicidad nueva, como si el argumento nos hubiera despojado de capas innecesarias y ahora pudiéramos vernos más claramente.
Fue esa noche, cuando ya estábamos en el sofá con una botella de vino que no terminamos, cuando la conversación derivó hacia lugares que normalmente evitábamos.
—Hablaste de tu ex —dijo Lucía de repente, girando el vaso entre sus dedos—. La otra noche, con mi madre. Dijiste que tu antigua pareja quería la vida perfecta que podías ofrecerle.
Me quedé quieto. No era un tema que soliera compartir. Mi relación con Marta había sido un fracaso privado, una herida que había dejado cicatrizar en silencio.
—¿Quieres que te cuente? —pregunté, más para ganar tiempo que por genuina duda.
—Solo si quieres —respondió ella, y su voz tenía esa cualidad especial que había aprendido a reconocer: la de quien está dispuesta a escuchar sin juzgar.
Me serví otro trago de vino. No porque lo necesitara, sino porque necesitaba algo que hacer con las manos.
—Estuve comprometido —empecé, y las palabras sonaron extrañas, antiguas, pertenecientes a otra vida—.
Hace cinco años. Con Marta. Era… era todo lo que se suponía que debía querer.
Inteligente, ambiciosa, elegante. Quería casarse en la Catedral de Madrid, quería una casa en el barrio de Salamanca, quería…
—hice una pausa, buscando la forma de expresarlo— …
quería la vida que yo podía construirle.
Lucía asintió, sin interrumpir.
—Pero no me quería a mí —continué, y la verdad me supo amarga, aunque ya no doliera como antes—.
Quería al arquitecto famoso. Al hombre que aparecía en las revistas.
Al que podía ofrecerle cenas con políticos y viajes a París.
Cuando intentaba mostrarle quién era realmente…
cuando intentaba ser vulnerable, o débil, o simplemente humano…
ella se impacientaba. Me decía que no era el momento.
Que debía mantener la imagen. Que el éxito requería sacrificios.
—¿Y tú sacrificaste quién eras? —preguntó Lucía, suavemente.
—Todo —respondí, mirando el fondo de mi vaso—. Hasta que un día me di cuenta de que había construido una vida perfecta para una persona que no existía. Y que la persona real, la que estaba debajo de todo ese éxito, se estaba muriendo de soledad.
El silencio se extendió entre nosotros. Afuera, el sonido de la ciudad nocturna nos envolvía, lejano, indiferente.
—Nos utilizaron —dijo Lucía finalmente, y su voz tenía un tono de revelación—. A los dos. A mí por dinero. A ti por tu posición.
Levanté la vista. Ella me miraba con una comprensión que no había esperado encontrar en los ojos de nadie.
—Quizá por eso nos entendemos —continuó ella—. Porque ambos sabemos lo que es ser el medio para un fin. Lo que es que alguien te quiera por lo que puedes darle, no por quién eres.
—Tú me ves —dije, y la frase salió como un susurro, como una confesión—. Aunque no tenga nada que ofrecerte. Aunque mi vida sea un desastre y mi necesidad de control te vuelva loca. Me ves.
Lucía sonrió. Era una sonrisa triste, pero real.
—Y tú me ves a mí —respondió—. Con mis deudas, mi orgullo estúpido, mi miedo constante a que todo se vaya al carajo. Me ves, Alejandro. Eso es… eso es raro.
—Es todo —corregí.
Nos miramos durante largos segundos. El vino olvidado sobre la mesa, la noche avanzando fuera de la ventana, el mundo reducido a este espacio de dos personas que finalmente se entendían.
Estábamos a punto de irnos a la cama, cuando sonó mi teléfono. La pantalla iluminó la habitación con un resplandor blanco que me hizo fruncir el ceño. Eran casi las doce. Nadie llamaba a esa hora con buenas noticias.
Miré el nombre. Carmen.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Mi abuela nunca llamaba tan tarde. Ni siquiera cuando quería recordarme algo trivial. Tenía una obsesión con el descanso adecuado que incluía prohibir llamadas después de las diez.
—¿Abuela? —contesté, con la voz tensa.
—Alejandro —respondió ella, y su voz sonó diferente. Débil. Lejana—. No te alarmes, cariño.
—¿Qué pasa? —Me puse de pie de un salto, con el corazón martilleando en el pecho.
—Estoy en el hospital —dijo, y jadeé, pero ella continuó rápidamente—: No es grave. Solo un mareo. Me encontraron en el jardín, me trajeron aquí para revisarme. Ya estoy bien. Solo quería que lo supieras.
Lucía se había levantado también, observándome con los ojos muy abiertos, con las manos presionadas contra el pecho en un gesto de contención.
—Voy para allá —dije, ya buscando las llaves con la mano libre.
—No, no hace falta —dijo Carmen—. Es tarde. Mañana vienes. Estoy bien, te lo prometo.
—Abuela…
—Alejandro —su voz cambió, adquiriendo una seriedad que cortó mi protesta—. Escúchame. Antes de que vengas mañana… hay algo que debes saber.
Me quedé quieto. La habitación pareció enfriarse varios grados.
—¿Qué? —pregunté, con la voz apenas un susurro.
Hubo una pausa. El sonido de la respiración de mi abuela, entrecortada, cansada. Y luego, las palabras que hicieron que el suelo se tambaleara bajo mis pies.
—Creo que sé quién está detrás de todo —dijo Carmen—. Creo que sé quién ayuda a ese hombre. Y es alguien que conocemos. Alguien cercano.
—¿Quién? —Exigí, con la urgencia apretándome la garganta.
Pero Carmen no respondió. En su lugar, escuché una voz de fondo, la de una enfermera, probablemente, diciendo que debía descansar.
—Mañana —dijo mi abuela, y su voz se debilitó—. Mañana te lo cuento todo. Pero ven temprano, Alejandro. Y ten cuidado. Ten mucho cuidado.
La llamada se cortó.
Me quedé inmóvil en medio del salón, con el teléfono pegado a la oreja, con la mente dando vueltas en círculos violentos. Lucía se acercó, me tocó el brazo, pero apenas lo noté.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, alarmada.
—Mi abuela —respondí, con la voz ronca—. Está en el hospital. Dice que no es grave. Pero… —miré a Lucía, y vi mi propio terror reflejado en sus ojos— …pero dice que sabe quién está detrás de todo esto. Que es alguien cercano.
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el ruido de la ciudad pareció detenerse.
Y en ese silencio, mientras mirábamos el uno al otro con la certeza de que el peligro estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, supe que la noche había sido demasiado corta. Que el momento de paz que habíamos compartido era solo eso: un momento. Una tregua antes de la tormenta.
—Mañana —dijo Lucía, como si leyera mis pensamientos.
—Mañana —confirmé.
Pero mientras apagaba las luces y preparaba las llaves para salir corriendo hacia el hospital, no pude evitar pensar en la advertencia de mi abuela.
Alguien cercano.
Y en la oscuridad de la habitación, mientras Lucía se aferraba a mi mano buscando consuelo, me pregunté si alguna vez habíamos estado realmente a salvo.
O si el enemigo siempre había estado sentado a nuestra mesa.