Capítulo 32
Lucía
Estaba feliz. Y eso me aterrorizaba.
No era el tipo de felicidad ruidosa, de esas que se celebran con confeti y selfies en Instagram.
Era una felicidad silenciosa, casi sospechosa, que se había instalado en mi pecho como un inquilino que no había pedido permiso para quedarse.
Me despertaba con el sabor de su nombre en los labios, no literalmente, aunque algunas mañanas, cuando se había quedado a dormir, sí literalmente, y me dormía con la certeza de que al día siguiente volvería a verlo.
Y eso, esa simple certeza de que alguien quería estar en mi vida de forma permanente, me resultaba más aterrador que todo lo que había vivido con Víctor.
Porque yo había aprendido una lección muy clara durante mis veintinueve años: cuando la vida te sonríe, es porque está a punto de darte una paliza.
—Estás esperando que te pase algo —dijo Alba, sin levantar la vista de la manicura que se estaba haciendo en mi salón.
Estábamos sentadas en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeadas de revistas viejas y botellas de esmalte que ella había traído en una bolsa de tela.
Era martes por la tarde, mi día libre, y en lugar de descansar como debería, estaba consumiéndome por dentro mientras mi mejor amiga me pintaba las uñas de un rojo pasión que yo no me había pedido.
—No sé de qué hablas —mentí, mirando el techo agrietado como si fuera la cosa más interesante del mundo.
Alba dejó el pincel sobre el bote y me miró con esos ojos verdes que me conocían demasiado bien.
—Lucía. Llevas una semana sonriendo como una idiota. Alejandro te ha llevado a cenar tres veces. Te ha comprado un libro que mencionaste de pasada en una conversación sobre el tiempo. Ayer te vi mirando su perfil de Instagram con una cara de… —hizo una pausa dramática— …de enamorada.
—No estaba mirando su perfil —protesté, sintiendo que la cara me ardía—. Estaba… comprobando que no había subido fotos comprometedoras.
—Claro. Y yo me hago la manicura para practicar cirugía plástica.
Suspiré. No tenía sentido mentirle. Alba tenía un radar emocional que funcionaba mejor que el GPS de cualquier móvil.
—Vale —admití, encogiéndome de hombros—. Estoy feliz. Es un problema.
Alba arqueó una ceja, esperando.
—Es que… —busqué las palabras, moviendo la mano que ella no estaba pintando— …
cuando algo va demasiado bien, es porque viene el golpe.
Es la ley de Murphy, o la ley de Lucía, o no sé cómo se llama, pero siempre pasa.
Mi padre murió cuando todo parecía ir bien.
Víctor apareció cuando pensaba que merecía algo bueno.
Y ahora… —miré hacia la ventana, hacia el mar que brillaba a lo lejos— …
y ahora tengo a Alejandro, que es perfecto, y eso significa que en cualquier momento va a pasar algo horrible.
Alba dejó el esmalte sobre la mesa. Se sentó frente a mí, con una seriedad que no le sentaba bien.
—Estás esperando que Alejandro te haga daño —dijo. No era una pregunta.
—No —respondí, automáticamente.
—Sí.
—No.
—Lucía.
El silencio se extendió entre nosotras. El sonido de la calle subía por la ventana abierta: niños jugando, el vendedor de fruta gritando sus ofertas, la vida normal que seguía su curso ajena a mis neurosis.
—Vale —suspiré, derrotada—. Un poco. Estoy esperando a que me demuestre que es como los demás. Que tiene un lado oscuro, o que se aburre, o que… no sé, que descubra que soy un desastre y se vaya corriendo.
Alba me tomó las manos, ignorando la pintura fresca en mis uñas.
—Alejandro no es Víctor —dijo, con una firmeza que me dolió en el pecho—. Víctor era un depredador. Alejandro es… bueno, es un pesado controlador, pero es bueno. Y te quiere. Y tú le quieres. Y eso no es sinónimo de desastre.
—El miedo no funciona con lógica, Alba —susurré, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas que no quería derramar—.
Yo sé que es diferente. Lo sé aquí —golpeé mi sien con el dedo índice—.
Pero aquí —me puse la mano sobre el estómago— siento que en cualquier momento todo se va a ir a la mierda.
Alba me abrazó. Olía a su perfume habitual, a café y a algo dulce que siempre llevaba en el pelo.
—Entonces disfruta del momento —dijo contra mi hombro—. Porque si todo se va a la mierda igual, al menos habrás tenido esto. Habrás tenido al arquitecto pesado que te mira como si fueras la octava maravilla del mundo.
No respondí. Porque tenía razón. Y porque tenía miedo.
Alejandro llegó a las siete, puntual como un reloj suizo, con una botella de vino blanco y una expresión nerviosa que nunca le había visto.
Llevaba una camisa azul clara y vaqueros oscuros.
Parecía un anuncio de colonia cara, y yo parecía una limpiadora que acababa de terminar su turno, porque eso era exactamente lo que era.
—¿Estás segura de esto? —preguntó, por tercera vez desde que entró por la puerta.
—No —respondí, ajustándome el vestido que Alba me había obligado a ponerme—. Pero mi madre me ha amenazado con venir ella misma a Málaga si no te presento formalmente, así que aquí estamos.
Alejandro tragó saliva. Era divertido verlo así, al hombre que controlaba edificios enteros, que dominaba salas de juntas y que hablaba con inversores como si fueran niños pequeños, sudar ante la perspectiva de conocer a Mercedes Márquez, una viuda de cincuenta y seis años que vivía en un pueblo de cien habitantes y que coleccionaba recetas de cocina como si fueran armas.
—Tranquilo —dije, cogiéndole de la mano, sintiendo su palma húmeda contra la mía—. Solo es mi madre. No es un dragón.
—Tu madre es una leyenda —murmuró Alejandro, mientras bajábamos las escaleras—. Me has contado historias. Sobre la escoba. Sobre el vecino que intentó ligar contigo y ella le echó el agua de fregar.
—Exageré un poco —mentí.
—No exageraste nada.
El coche de Alejandro era cómodo, demasiado cómodo, con asientos de cuero que olían a nuevo y a algo que no podía identificar, pero que seguramente costaba más que mi alquiler.
Durante el trayecto de cuarenta minutos hasta el pueblo de mi madre, Alejandro condujo en silencio, con la mandíbula tensa.
—Oye —dije, poniendo la mano sobre su muslo—. Si te comportas así, vas a darle miedo. Relájate. Es solo una comida.
—Es el primer paso —dijo él, sin apartar la vista de la carretera.
—¿El primer paso hacia qué?
Alejandro me miró entonces. Un vistazo rápido, pero intenso, antes de volver a concentrarse en la carretera.
—Hacia todo —respondió, simple y llanamente.
Mi corazón dio un vuelco que intenté ignorar.
Mi madre nos recibió en la puerta de su casa, con su delantal de flores y el pelo recién teñido de un cobrizo sospechoso. Nos observó desde el umbral durante cinco segundos que parecieron cinco horas, con los ojos brillantes de curiosidad y algo más que no supe identificar.
—Madre, te presento a Alejandro —dije, sintiendo que la voz me salía más aguda de lo normal—. Alejandro, mi madre, Mercedes.
Alejandro extendió la mano, con esa educación suya que parecía de otra época.
—Encantado, señora Márquez.
Mercedes no le dio la mano. En su lugar, se cruzó de brazos y lo examinó de arriba abajo con la eficiencia de quien compra melones en el mercado.
—Alto —dijo, como si estuviera tomando nota mental—. Bien vestido. Buena postura. Ojos honestos. Pero eso se puede fingir.
—Mamá —siseé, sintiendo que la cara me ardía.
Ella me ignoró. Siguió analizando a Alejandro, que se había quedado rígido, con la mano todavía extendida en el aire, en una posición ridícula que me hizo querer morirme y reírme al mismo tiempo.
—Entra —dijo finalmente Mercedes, dándose la vuelta—. Pero que quede claro que estoy observando.
La casa olía a guiso de pollo y a algo especiado que mi madre solo cocinaba cuando quería impresionar o interrogar. Alejandro se sentó en el sofá de la sala, con la espalda perfectamente recta, como si estuviera en una entrevista de trabajo para la NASA.
—¿Quiere algo de beber? —preguntó mi madre, desde la cocina.
—Agua está bien, gracias —respondió Alejandro.
—No tiene gracia —dijo Mercedes, asomando la cabeza por la puerta—. Digo, si va a ser el novio de mi hija, tiene que aguantar mi vino casero. Aunque le deje ciego.
—Mamá, por favor…
—Acepto el vino —dijo Alejandro, con una sonrisa nerviosa—. Y no me importaría quedar ciego, si es por una buena causa.
Mercedes lo observó durante un segundo. Luego, para mi sorpresa, esbozó una sonrisa.
—Tiene sentido del humor —dijo, volviendo a la cocina—. Eso es bueno. La otra vez que vino un novio de Lucía, no dijo ni dos palabras en toda la tarde. Luego resultó que era un estafador. Así que prefiero que hablen mucho y sean sospechosos antes que callados y honestos.
Alejandro me miró con los ojos muy abiertos. Yo me encogí de hombros, impotente.