El desastre perfecto Capítulo 28
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Capítulo 28

Alejandro

La furia me consumía por dentro, pero no dejaba que se tradujera en gritos ni en gestos bruscos.

Esa era una lección que había aprendido de mi padre: el verdadero peligro no está en quien pierde los nervios, sino en quien los mantiene congelados mientras calcula su siguiente movimiento.

Y en ese momento, mientras sostenía a Lucía temblando entre mis brazos en mitad de la acera, sentía que cada fibra de mi ser se enfriaba hasta convertirse en algo duro, afilado, peligroso.

Era una versión mía que ella no había visto todavía. La fría. La que analizaba cada detalle, que memorizaba la matrícula del coche negro, que registraba cada gesto de Víctor, cada palabra, cada inflexión de su voz. La que planeaba, que anticipaba, que no descansaría hasta neutralizar la amenaza.

Lucía se separó de mí cuando pasó un grupo de turistas demasiado cerca.

Intentó recomponerse, enderezar los hombros, secarse las lágrimas que habían escapado sin permiso.

Vi cómo respiraba hondo, cómo forzaba una sonrisa que no llegaba a sus ojos, cómo se convertía de nuevo en la mujer fuerte que el mundo esperaba que fuera.

—Estoy bien —dijo, y su voz sonó sorprendentemente firme.

La miré. Realmente la miré, con la intensidad que sabía que la incomodaba, desglosando cada microexpresión de su rostro.

—No —respondí, simple y llanamente.

Ella suspiró, y en ese suspiro escuché el cansancio de meses, de años, de toda una vida sosteniendo un peso que no le correspondía.

—Odio que sepas cuándo miento —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho, creando una barrera que yo no tenía intención de respetar.

—No lo sé todo —dije, acortando la distancia entre nosotros, bajando la voz para que solo ella pudiera oírme—. Solo veo cuando estás fingiendo estar bien.

La frase le llegó. Lo vi en la forma en que sus hombros cedieron ligeramente, en cómo su mandíbula dejó de estar tensa, en cómo sus ojos se llenaron de una tristeza profunda que no tenía nada que ver con Víctor y todo que ver con el agotamiento.

—Todo el mundo siempre me dice que soy fuerte —dijo, y su voz se quebró apenas—. Que soy una luchadora. Que me levanto siempre. Pero nadie… nadie parece darse cuenta de que estoy cansada de serlo. De que a veces no quiero ser fuerte. A veces quiero… quiero…

—¿Qué? —pregunté, acariciando su mejilla con el dorso de la mano, sintiendo el frío de su piel.

—Quiero que alguien me diga que puedo caer —susurró—. Que no pasa nada si me derrumbo. Que no tengo que aguantar todo sola.

La tomé de la mano. Era un gesto pequeño, íntimo, que contrastaba con la furia que todavía ardía en mi interior.

—Puedes caer —dije—. Puedes derrumbarte. Puedes llorar hasta quedarte sin lágrimas. Y yo estaré aquí para recogerte. Eso es lo que puedo hacer, Lucía. Eso es lo que soy para ti. Tu red. Tu suelo cuando el mundo se tambalea.

Ella me miró durante largos segundos, procesando. Luego asintió, una vez, y dejó que la guiara hacia un banco cercano, lejos de la acera donde Víctor había intentado reclamarla como si fuera un objeto que le perteneciera.

Sentados en el banco, con el sol de la tarde cayendo oblicuo sobre nosotros, le propuse lo que llevaba días queriendo sugerir.

—Necesitas poner una denuncia formal —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. No solo por ti. Por todas las demás. Porque Víctor no va a parar, Lucía. Y cuanto antes actuemos, más difícil será para él escapar.

Ella se quedó quieta. Vi cómo sus manos se entrelazaban en su regazo, cómo sus nudillos se volvían blancos por la presión.

—Tengo miedo —confesó, finalmente—. Miedo a que no me crean. De que me miren como si fuera una tonta que se enamoró del tipo equivocado. De que digan que firmé los papeles, que soy responsable, que…

—Lucía —interrumpí, suavemente—. Escúchame.

No voy a intentar convencerte. No voy a decirte que no tengas miedo, porque el miedo es real y es válido.

Pero quiero que sepas algo: la decisión es tuya.

Tuya sola. Yo estaré a tu lado si decides hacerlo, y también si decides no hacerlo. No voy a decidir por ti. Nunca.

Ella me miró con sorpresa. Era evidente que esperaba la presión, el «Debes hacerlo por tu bien», la lógica aplastante que tantos habían usado antes para invalidar sus miedos.

—¿De verdad? —preguntó, incrédula.

—De verdad —confirmé—. Es tu vida. Tu trauma. Tu ritmo. Yo solo puedo ofrecerte compañía, no dirección.

Algo cambió en su expresión. Fue sutil, casi imperceptible, pero profundo. Como si una última barrera se hubiera resquebrajado, como si finalmente hubiera encontrado algo que había estado buscando sin saberlo: el respeto a su autonomía, incluso en medio del caos.

—Gracias —dijo, y su voz sonó más ligera, casi asombrada—. Por… por no ser como los demás.

—Solo soy como soy —respondí, encogiéndome de hombros—. Y eso incluye quererte lo suficiente como para dejarte elegir tu propio camino, aunque me muera de ganas de cargarte en brazos y llevarte lejos de todo esto.

Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, frágil, pero real. Y en ese momento, con el peligro de Víctor todavía acechando y el futuro incierto, supe que habíamos dado un paso importante. No hacia la solución, sino hacia la confianza.

Esa noche, después de acompañar a Lucía a casa de mi abuela, donde ella la recibió con el pretexto de «Necesito ayuda para doblar la ropa», que ambas sabían que era una excusa para mantenerla cerca, recibí la llamada de Héctor.

—Tengo algo —dijo, sin saludar, con la voz tensa de quien ha encontrado noticias que no quería encontrar.

—Dime —respondí, alejándome de la puerta del salón donde Lucía y Carmen reían de algo que no lograba escuchar.

—La empresa fantasma, la que utilizaba Víctor para mover el dinero. No está solo. Hay alguien más al mando. Alguien con acceso a información bancaria, a datos personales, a…

—¿Quién? —interrumpí, sintiendo que el estómago se me cerraba.

—Un ex empleado del banco donde trabaja su amiga —dijo Héctor—. El banco donde Lucía tiene sus cuentas. Donde firmó los préstamos. Alguien que tenía acceso a su historial completo, a sus datos, a su firma digitalizada.

El mundo se encogió hasta convertirse en ese nombre que Héctor pronunció a continuación. Un nombre que no esperaba, que no tenía sentido, que cambiaba todo lo que creíamos saber sobre la red de Víctor.

—Y eso no es todo —continuó Héctor, con la voz grave—. Esta persona… trabaja con Víctor desde el principio. Desde antes de que conociera a Lucía. La eligieron juntos. La marcaron como objetivo desde el día uno.

Apreté el teléfono con tanta fuerza que temí romperlo. Miré hacia el salón, donde Lucía estaba sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos, riendo de algo que Carmen decía, con una expresión de paz que no merecía ser destrozada.

—¿Quién es? —pregunté, con la voz apenas un susurro, temiendo la respuesta.

Héctor me lo dijo. Y en ese instante, con el nombre resonando en mi cabeza como una sentencia de muerte, supe que la batalla que creíamos que acababa de empezar, en realidad, llevaba años gestándose.

Y que Lucía estaba en el centro de una trama mucho más oscura y peligrosa de lo que jamás habíamos imaginado.