El desastre perfecto Capítulo 29
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Capítulo 29

Lucía

Necesitaba desconectar. Desconectar de la amenaza de Víctor, de la revelación de que había sido elegida como objetivo desde el principio, de la certeza de que alguien en el banco donde Alba trabajaba había conspirado para destruirme.

Necesitaba unas horas en las que mi cerebro dejara de dar vueltas alrededor del peligro, de las deudas, de la sensación constante de estar siendo observada.

Carmen lo sabía. Lo sabía por la forma en que me miraba por las mañanas, con esos ojos azules que parecían ver a través de todas mis mentiras de «Estoy bien».

Lo sabía porque me encontraba revolviendo el cajón de la cocina a las tres de la mañana, buscando té para calmarme. Lo sabía, y había decidido actuar.

—Mañana vendrás a comer —anunció el viernes por la tarde, mientras doblábamos sábanas en el jardín—. Una tarde normal. Sin móviles, sin noticias, sin hombres amenazantes. Solo nosotras, la brisa y quizás unos vecinos.

Debería haber sospechado. Debería haber escuchado la alarma que sonó débilmente en mi cabeza cuando dijo «Quizás unos vecinos».

Pero estaba demasiado cansada, demasiado agradecida por la promesa de normalidad, como para analizar las palabras de una mujer que llevaba ochenta y seis años perfeccionando el arte de la manipulación emocional.

La tarde normal de Carmen consistió en lo siguiente:

A las cuatro de la tarde, el jardín de su casa estaba lleno de gente.

No dos o tres vecinas, como yo había imaginado.

Media urbanización. La señora del tercero, que había sido Miss Málaga en su juventud.

El matrimonio de la esquina que coleccionaba antigüedades y no paraba de hablar de un jarrón Ming que nadie había visto nunca.

Los gemelos de la casa de enfrente, que tenían treinta años y seguían viviendo con su madre.

Y, para completar el cuadro, el cura del barrio, que pasaba por allí casualmente porque Carmen le había dicho que había tarta de queso casera.

Alejandro llegó a las cinco, cuando yo ya estaba horrorizada, sentada en un banco de mimbre con una copa de limonada que la señora del tercero me había obligado a aceptar, escuchando cómo contaba su historia de Miss Málaga por cuarta vez.

Me miró con una mezcla de compasión y diversión que me hizo querer estrangularlo.

—Tu abuela está intentando casarnos —susurré cuando se sentó a mi lado, robándome la copa de limonada y bebiendo un sorbo.

—Empiezo a sospecharlo —respondió, observando el caos organizado que se desarrollaba a nuestro alrededor.

—¿Y no vas a hacer nada? —Protesté, sintiendo que el pánico social se mezclaba con el estrés de los últimos días.

—¿Qué quieres que haga? Es mi abuela —dijo, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me irritó profundamente.

—No sé. Recuérdale que estamos en el siglo XXI. Que las personas no se emparejan como ganado en un mercado. Que yo no necesito ser presentada a media docena de vecinos como si fuera tu prometida.

Alejandro se rio. Esa risa profunda que vibraba en su pecho y que, a pesar de mi indignación, logró relajar mis hombros unos centímetros.

—Lo sabe perfectamente —dijo, devolviéndome la copa—. Precisamente por eso es peligrosa. Conoce todas las reglas modernas, y las usa en nuestra contra. Si intentamos escapar, organizará algo peor mañana. Es mejor dejarse llevar y fingir que no nos damos cuenta.

Miré alrededor. Carmen estaba en el centro de todo, con su vestido de seda y sus perlas, dirigiendo la conversación como una directora de orquesta.

Cada vez que alguien preguntaba cómo nos habíamos conocido, ella sonreía con misterio.

Cada vez que alguien comentaba qué pareja más guapa hacíamos, ella no desmentía.

Estaba construyendo una narrativa, una historia de amor perfecta que no existía, o que existía de una forma mucho más complicada, y nosotros éramos sus títeres.

—Es una psicópata —murmuré, pero sin convicción, porque en el fondo sabía que lo hacía con cariño.

—Es una estratega —corrigió Alejandro—. Y en este momento, está ganando.

Durante la tarde, mientras los vecinos iban y venían y la tarta de queso disminuía peligrosamente, Carmen sacó las fotografías. Esa era su arma secreta, su movimiento final en la partida de ajedrez que estaba jugando contra nuestra resistencia emocional.

—Alejandro, cariño, trae el álbum de la estantería —ordenó, con esa voz dulce que no admitía desobediencia.

Él obedeció, y pronto estábamos sentados los tres en el porche, con un álbum de fotos antiguas sobre las rodillas, mientras los vecinos se dispersaban por el jardín dando sorbos a sus copas.

Vi a un niño serio, de unos cinco años, organizando bloques de colores por tamaño y forma con una concentración que resultaba cómica en alguien tan pequeño.

Vi a un adolescente de trece, con el pelo largo y una chaqueta de cuero que gritaba rebeldía, mirando a cámara con desafío.

Vi a un joven de veinte, en una ceremonia de graduación, con la mandíbula tensa y los ojos tristes, como si ya entonces sintiera el peso de las expectativas familiares.

—Quería ser pintor —dijo Carmen, señalando una foto de Alejandro con un caballete en el jardín, a los dieciséis años—. Pero su padre quería que fuera arquitecto. Su abuelo había sido arquitecto. Era una tradición.

Miré a Alejandro. Él estaba callado, con una expresión nostálgica que no le había visto nunca.

—Nunca lo habías dicho —murmuré.

—No suele salir en conversación —respondió, encogiéndose de hombros—. Fue hace mucho tiempo. Ahora soy arquitecto. Y soy bueno en ello.

—Pero… —empecé, y me detuve, porque no quería remover algo que él había enterrado.

—Pero nada —dijo Carmen, interrumpiendo con la autoridad de quien ha visto demasiado—. Mi nieto es brillante. Pero olvidó durante años que la brillantez no tiene por qué venir acompañada de soledad. Hasta que te encontró.

Me quedé callada, sintiendo que el cumplido era también una trampa, una forma de hacerme responsable de su felicidad.

Pero luego Carmen cambió de registro. Empezó a hablar de mí.

De cómo llegaba puntual cada jueves, incluso cuando llovía.

De cómo nunca cancelaba una cita, ni siquiera cuando estaba resfriada.

De cómo se había quedado una vez hasta medianoche cuando Carmen tuvo una crisis de ansiedad, aunque al día siguiente tenía que levantarse a las cinco.

—Nunca abandona a nadie —dijo Carmen, mirando a Alejandro con significado—. Nunca piensa en ella. Siempre en los demás. Es su don y su maldición.

Alejandro me miró. Realmente me miró, con una intensidad nueva, como si estuviera encajando las piezas de un rompecabezas que hasta entonces no había entendido.

—Ya lo había notado —dijo, suavemente.

Cuando los vecinos se fueron, cuando el sol se puso sobre el jardín dejando todo en tonos dorados y violetas, Carmen nos dejó solos con la excusa de que necesitaba descansar. Pero antes de irse, me tomó la mano y me la apretó con fuerza.

—Cuídate, niña —dijo, con una seriedad que no había mostrado en toda la tarde—. Y déjate cuidar. Eso es más difícil de lo que parece.

Cuando desapareció en la casa, nos quedamos Alejandro y yo en el porche, con el silencio de la noche veraniega envolviéndonos. Estábamos sentados cerca, pero sin tocarnos, con el álbum de fotos cerrado sobre la mesa entre nosotros.

—Tu abuela es… —empecé, buscando la palabra.

—¿Imposible? —Sugirió él.

—Efectiva —corregí—. Consiguió exactamente lo que quería. Que me olvidara de todo durante unas horas. Que viera a ese niño serio que fuiste. Que entendiera de dónde viene tu necesidad de control.

Alejandro asintió, mirando el jardín oscuro.

—Y yo he visto otra cosa —dijo, girándose hacia mí—. He visto a una mujer que nunca falta, que nunca abandona, que está siempre ahí para los demás. Pero que no sabe pedir ayuda. Que no sabe decir que no. Que no sabe descansar.

—Sé descansar —mentí, débilmente.

—No —dijo, y su voz era suave pero firme—. No sabes. Y tu problema, Lucía, es que crees que vales lo que puedes hacer por los demás. Que tu utilidad define tu valor. Que, si dejas de ser útil, dejas de merecer amor.

La frase me golpeó como un puñetazo en el estómago. Quise reír, quise hacer un chiste sarcástico, quise decirle que no sabía de qué hablaba. Pero no pude. Porque tenía razón. Y eso dolía más que cualquier otra cosa.

Me quedé callada, con los ojos fijos en mis manos, sintiendo que se me cerraba la garganta. Él no me presionó. No dijo «¿Verdad que tengo razón?», no intentó consolarme, no me abrazó. Solo esperó, dándome el espacio para procesar, para admitir, para llorar si necesitaba hacerlo.

—Es más fácil —dije finalmente, con la voz ronca—. Es más fácil ser útil que ser vulnerable. Si estoy ocupada cuidando de los demás, no tengo tiempo de pensar en lo vacía que estoy por dentro. En lo sola que me siento cuando no hay nadie que necesite nada de mí.

Alejandro asintió. Se acercó un poco más, pero todavía no me tocó. Respetando mis límites incluso cuando yo misma no sabía dónde estaban.

—Puedes ser vulnerable conmigo —dijo, simple y llanamente—. Puedes no ser útil. Puedes estar de pie sin hacer nada por nadie. Y seguirás mereciendo que esté aquí. Eso es lo que intento decirte. Que tu valor no está en lo que das. Está en lo que eres.

Las lágrimas que había estado conteniendo desde que recibí la fotografía de Víctor, desde que descubrí que había sido elegida como objetivo, desde que entendí que nunca había sido un accidente, empezaron a caer.

No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio.

De la certeza de que alguien finalmente veía el mecanismo defectuoso que llevaba dentro y no intentaba arreglarlo, solo lo aceptaba.

—Esto es peligroso —susurré, secándome las mejillas con el dorso de la mano—. Esto de dejarte ver. De confiar en que no me abandonarás cuando deje de ser útil.

—Es lo más peligroso que existe —confirmó Alejandro, y por primera vez sonrió, una sonrisa triste pero real—. Pero estoy dispuesto a arriesgarme. Si tú también lo estás.

Miré el jardín oscuro, donde los jazmines empezaban a liberar su perfume nocturno. Pensé en Víctor, en la amenaza que acechaba fuera, en el futuro incierto. Y pensé en este hombre, sentado a mi lado, que me veía con tal claridad que resultaba aterrador.

—Estoy dispuesta —dije, y era la verdad más aterradora que había pronunciado en mi vida.

Alejandro extendió la mano sobre la mesa. La dejé ahí, quieta, ofrecida. Y yo la tomé, entrelazando mis dedos con los suyos, sintiendo su calor contra el frío de mi miedo.

En el silencio del jardín, con el perfume de los jazmines y la risa lejana de algún vecino que todavía paseaba, supe que Carmen había conseguido exactamente lo que pretendía. No casarnos, no emparejarnos como ganado. Solo hacernos ver lo que éramos el uno para el otro.

Y eso, en su extraña lógica de ochenta y seis años, era el mejor regalo que podía darnos.