El desastre perfecto Capítulo 27
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Capítulo 27

Lucía

Intenté convencerme durante días de que podía seguir adelante.

De que la vida no se había detenido porque un fantasma del pasado hubiera decidido salir de su tumba para atormentarme.

Me levantaba a las cinco y cuarenta y cinco, como siempre.

Preparaba mi café con leche en la cafetera vieja, como siempre.

Me ponía los vaqueros con las rodillas gastadas y la camiseta blanca que ya había visto mejores días, como siempre.

Trabajaba. Limpiaba las oficinas del bufete Valcárcel los martes, las de Nova Ingeniería los jueves.

Fregaba cristales mientras canturreaba canciones de los ochenta que sonaban en la radio.

Sonreía a Nuria cuando me guardaba el café, sonreía a la señora Ruiz cuando me contaba por enésima vez la historia de su marido, sonreía a Carmen cuando me pedía que le leyera el periódico porque sus ojos ya no daban para tanto.

Cuidaba de Carmen. Le preparaba la limonada, la escuchaba hablar de cuando Alejandro era pequeño y organizaba los juguetes por colores, reía de sus comentarios mordaces sobre el vecino de enfrente.

Actuaba como si mi mundo no se estuviera desmoronando por los bordes, como si no sintiera cada segundo del día que estaba viviendo a cuenta atrás, esperando el siguiente golpe, la siguiente amenaza, la siguiente prueba de que mi vida seguía siendo un desastre.

Bromeaba con Alba. O al menos intentaba.

Ella me miraba con esos ojos verdes que me conocían demasiado bien, con esa expresión de «Estás fingiendo y lo sé», pero me dejaba hacerlo.

Me dejaba contarle historias absurdas sobre los clientes del banco, sobre el chico del supermercado que seguía poniéndome el jamón de oferta, sobre cualquier cosa que no fuera el terror constante que llevaba instalado en el estómago como un huésped permanente.

Pero la realidad era otra. La realidad era que cada vez que cruzaba una esquina, miraba por encima del hombro.

Que cada vez que sonaba el timbre del portal, sentía que el corazón me daba un vuelco.

Que cada noche, antes de dormirme, revisaba tres veces que la puerta estuviera cerrada con llave, que la ventana del baño no tuviera la persiana levantada, que no hubiera sombras extrañas en el rellano.

Alejandro lo notaba. Por supuesto que lo notaba.

Era imposible no notar que me quedaba quieta de repente en medio de una conversación, distraída, escuchando sonidos que solo yo podía oír.

Que miraba el móvil con ansiedad cada vez que vibraba.

Que me negaba a caminar sola por la noche, inventando excusas absurdas sobre el cansancio o el trabajo pendiente.

Pero no me presionaba. No me decía «Deberías relajarte», no me preguntaba constantemente si estaba bien, no intentaba arreglar mi ansiedad con soluciones lógicas.

Simplemente estaba. En mi piso, en su casa, en el jardín de Carmen.

Sentado a mi lado en silencio mientras yo miraba la televisión sin verla.

Acariciándome el pelo cuando me despertaba sobresaltada a las tres de la mañana.

Cogiéndome la mano cuando cruzábamos la calle, como si pudiera protegerme de los coches, de las balas, de los fantasmas.

Y eso, más que cualquier otra cosa, empezó a tranquilizarme.

No del todo, el miedo seguía ahí, latente, como una cicatriz que pica cuando cambia el tiempo, pero lo suficiente como para dormir cuatro horas seguidas.

Lo suficiente como para reír de verdad alguna vez, sin que detrás de la risa hubiera pánico.

Hasta que ocurrió.

Era jueves. Había terminado de limpiar las oficinas de Nova Ingeniería, donde Irene me había contado los últimos chismes sobre el jefe y su nueva secretaria, y salía por la puerta principal con el bolso colgado del hombro y la espalda dolorida de tanto fregar.

El sol de la tarde golpeaba con fuerza en la acera, creando sombras largas y definidas que se movían con la brisa.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado contra un coche negro aparcado en la esquina, con gafas de sol que ocultaban sus ojos, con un traje azul marino que probablemente costaba más que mi alquiler de tres meses.

Llevaba la barba más cuidada que recordaba, el pelo peinado hacia atrás con ese gel que olía a algo caro y artificial, y esa sonrisa.

Esa sonrisa perfecta, blanca, encantadora, la misma que había visto cientos de veces cuando me traía café por las mañanas, cuando me decía que era especial, cuando me convencía de firmar papeles que no entendía.

Víctor.

Por un segundo pensé que estaba imaginándolo. Que mi mente, agotada por el estrés, había decidido materializar mi peor pesadilla en plena luz del día. Porque durante meses había deseado exactamente eso: que desapareciera, que se evaporara, que resultara ser un mal sueño del que despertar.

Pero no. Estaba ahí. Real. Sólido. Más elegante que nunca, más seguro, con esa postura de quien sabe que tiene el control de la situación.

—Hola, Lucía —dijo, quitándose las gafas de sol para revelar esos ojos marrones que había mirado tanto tiempo creyendo que contenían amor.

Me quedé inmóvil. Literalmente paralizada, con la mano todavía en el pomo de la puerta del edificio, con el bolso a punto de resbalarme del hombro. El mundo se contrajo hasta convertirse en ese punto de la acera, en esa voz que había oído en mis pesadillas durante meses.

Víctor actuaba como si no hubiera pasado nada. Como si entre nosotros no existiera un abismo de sesenta mil euros, de traiciones, de noches llorando hasta quedarme dormida. Como si fuera normal encontrarnos después de más de un año, como si el tiempo hubiera borrado el daño que había hecho.

—Tenemos que hablar —dijo, dando un paso hacia mí.

La voz me volvió de golpe, arrancada de la garganta por una mezcla de rabia y miedo que me quemaba por dentro.

—No tenemos nada que hablar —contesté, y mi tono sonó firme, extrañamente firme, a pesar de que las piernas me temblaban.

Víctor parpadeó. Era una expresión mínima, casi imperceptible, pero la conocía.

Era su cara de sorpresa, de «Esto no está saliendo como había planeado».

Durante nuestro tiempo juntos, siempre había controlado cada situación, siempre había sabido exactamente qué decir para obtener lo que quería.

Y ahora, al verme rechazarlo de forma tan rotunda, parecía desconcertado.

Intentó acercarse de nuevo. Dio otro paso, extendiendo una mano como si fuera a tocarme el hombro, como solía hacer cuando quería convencerme de algo.

—Lucía, cariño, sé que estás enfadada, pero déjame explicarte…

Retrocedí. Un paso, dos, hasta que mi espalda chocó contra la pared del edificio. No tenía a dónde ir, pero tampoco iba a permitir que me tocara. No iba a dejar que esa mano que había firmado mi ruina económica volviera a posarse sobre mí como si tuviera derecho.

—No te acerques —dije, y esta vez mi voz no tembló—. No me llames cariño. No tienes derecho a nada, Víctor. Ni a explicaciones, ni a perdón, ni a cinco minutos de mi tiempo.

Él se detuvo. Realmente se detuvo, y por primera vez vi algo diferente en su rostro. No era la seguridad habitual, no era la sonrisa de confianza. Era… ¿sorpresa? ¿Reconocimiento? Como si finalmente estuviera viendo a la persona que tenía delante, y no fuera la que esperaba encontrar.

Esperaba a la misma Lucía. A la chica ingenua que se derretía con una sonrisa, que creía en los cuentos de hadas, que pensaba que el amor lo solucionaba todo. A la mujer que había dejado atrás, vulnerable, sola, dispuesta a escuchar cualquier excusa con tal de no enfrentar la realidad.

Pero esa mujer ya no existía.

En su lugar estaba yo. La que se había levantado a las cinco de la mañana durante un año para pagar deudas que no había contraído.

La que había aprendido a sonreír mientras limpiaba baños ajenos.

La que había sobrevivido a su abandono, a la vergüenza, a las llamadas de acreedores.

La que ahora tenía alguien que la esperaba, que la protegía, que la veía de verdad.

Y Víctor lo notó. Lo vi en la forma en que sus ojos se entrecerraron, evaluando, recalculando. Ya no era la presa fácil. Ya no era la víctima indefensa que podía manipular con palabras bonitas.

—Has cambiado —dijo, y no sonó como un cumplido.

—He madurado —corregí—. Algo que tú nunca harás.

Estábamos en ese punto muerto, en ese silencio tenso que precede a la tormenta, cuando lo sentí. No lo oí, porque no hizo ruido. Lo sentí, como una presencia física que alteraba la presión del aire a mi alrededor.

Alejandro.

Llegó caminando por la acera con pasos rápidos pero controlados, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros de una furia que apenas contenía.

No necesitó preguntar nada. Vio mi expresión, el miedo que intentaba disimular con rabia, vio a Víctor con su traje caro y su sonrisa de depredador, y lo entendió todo.

Se colocó entre nosotros. No de forma brusca, no empujando, simplemente se interpuso, usando su cuerpo como escudo entre el peligro y yo. Sentí su espalda contra mi pecho, sentí el calor que irradiaba a pesar de la tensión, y por primera vez desde que había visto a Víctor, pude respirar.

Víctor arqueó una ceja. Recuperó la compostura rápidamente, reconstruyendo su máscara de encanto, pero vi que sus ojos se habían enfriado. Evaluaba la situación, midiendo a Alejandro, calculando si era una amenaza o solo un obstáculo temporal.

—¿Y tú eres? —preguntó, con ese tono condescendiente que utilizaba con quienes consideraba inferiores.

Alejandro no se inmutó. No se encogió, no retrocedió, no adoptó una postura defensiva. Se quedó exactamente donde estaba, imponiendo su presencia física, su altura, su fuerza contenida.

—Alguien que te recomienda mantenerte lejos de ella —dijo, y su voz sonó baja, peligrosa, absolutamente segura.

Debería haberme molestado. Esa era mi primera reacción instintiva, la que llevaba grabada en los huesos desde que Víctor me había demostrado que confiar en un hombre era el primer paso hacia la ruina.

Debería haber dicho que no necesitaba que nadie hablara por mí, que podía defenderme sola, que no era una damisela en apuros.

Pero no lo hice.

Porque una parte de mí, esa parte que había estado escondida durante meses, protegida bajo capas de sarcasmo y autosuficiencia, se sintió segura. Protegida. Cuidada. Y eso me aterrorizó más que la presencia de Víctor.

Porque empezaba a confiar en alguien otra vez.

Sentí que las manos me temblaban, pero esta vez no era de miedo.

Era de la certeza de que estaba cruzando una línea invisible, de que estaba permitiendo que Alejandro ocupara un espacio en mi vida que había jurado mantener vacío.

Y aunque mi cerebro gritaba peligro, mi cuerpo traidor, honesto y desesperado por calor, se relajó contra su espalda.

Víctor nos observó. Nos observó a los dos, midiendo la distancia entre nuestras sombras que se fundían en la acera, la forma en que Alejandro se había colocado para protegerme sin siquiera tocarme, la expresión en mi rostro que seguramente delataba más de lo que quería admitir.

—Veo que has encontrado a alguien que te… cuide —dijo Víctor, y la palabra sonó sucia en su boca, cargada de insinuaciones—. Qué bonito. Qué… predecible.

—Lárgate —dije, y mi voz salió firme, apoyada por la presencia sólida de Alejandro frente a mí—. O llamo a la policía. Y esta vez tengo pruebas. Y abogados. Y gente que sabe quién eres realmente.

Víctor sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Era la sonrisa de quien ha perdido una partida, pero pretende que todo va según lo planeado.

—Esto no ha terminado, Lucía —dijo, dándose la vuelta hacia su coche—. Solo ha cambiado de forma. Nos veremos pronto.

Se subió al coche negro y arrancó sin prisa, sin mirar atrás, desapareciendo por la esquina como si fuera un fantasma. Pero yo sabía que no lo era. Que estaba real, cerca, más peligroso que nunca porque ahora sabía que yo no estaba sola.

Alejandro se giró cuando el coche desapareció. Me miró con esos ojos grises que ahora parecían tormentosos, con la mandíbula todavía tensa, con las manos cerradas en puños que se abrían y cerraban buscando algo que golpear.

—¿Estás bien? —preguntó, y la pregunta sonó ridícula, inadecuada para lo que acababa de pasar, pero era todo lo que tenía.

—No —respondí, honestamente—. Pero lo estaré.

Y entonces, porque el miedo y la adrenalina y la gratitud se mezclaron en un cóctel embriagador, porque necesitaba sentir que estaba viva, que había sobrevivido, que no era la misma mujer que él había dejado atrás, me lancé a sus brazos.

Alejandro me atrapó. Me estrechó con fuerza, enterrando la cara en mi pelo, y sentí que temblaba. Él, que siempre estaba tan controlado, tan seguro, temblaba.

—Te he visto hablar con él —murmuró contra mi sien—. Y he querido matarlo. He querido atravesar la calle y romperle la cara. Pero no quería… no quería que pensaras que te estaba controlando. Que tomaba decisiones por ti.

—Gracias —susurré, con la voz ahogada contra su pecho—. Por no hacerlo. Por dejarme hablar. Pero también… gracias por estar aquí. Por venir.

Me separé lo suficiente para mirarle a los ojos. Estaban húmedos, brillantes, llenos de una emoción que no sabía interpretar.

—Siempre estaré aquí —dijo, y era una promesa, un juramento, una línea en la arena—. Aunque solo sea para mantenerte de pie cuando él intente derribarte.

Y mientras nos abrazábamos en la acera, mientras la gente pasaba a nuestro alrededor sin saber que acababa de ocurrir una batalla silenciosa, supe que algo había cambiado para siempre. Víctor había vuelto, sí. Pero ya no estaba sola para enfrentarlo.

Y eso, a pesar de todo el miedo, a pesar de la certeza de que esto era peligroso, me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que quizás, solo quizás, merecía ser salvada.