Capítulo 26
Alejandro
Siempre había sido un hombre seguro. No en el sentido arrogante de quien cree que lo sabe todo, sino en la certeza tranquila de quien ha construido su vida sobre pilares sólidos, calculados, inamovibles.
Sabía quién era: un arquitecto exitoso, un profesional respetado, alguien que había transformado el caos en orden mediante líneas rectas y ángulos precisos.
El miedo era una emoción que observaba desde fuera, como quien mira una tormenta a través de un cristal a prueba de balas.
Pero Lucía había roto el cristal.
No de una forma dramática, no con un estruendo.
Lo había hecho lentamente, con cada risa compartida, con cada mirada furtiva, con cada momento en el que me permitía ver más allá de su armadura de sarcasmo.
Y ahora, de repente, me encontraba con una sensación extraña en el pecho que no sabía identificar, una especie de vértigo constante, la certeza de que tenía algo que perder y de que lo perdería si no era cuidadoso.
Héctor lo notó el jueves por la mañana. Apareció en mi casa de Málaga sin avisar, con su habitual desparpajo y una bolsa de croissants que dejó sobre la mesa de la cocina como si fuera su casa.
—Estás enamorándote —dijo, sin preámbulos, mientras me observaba preparar café con movimientos mecánicos que no requerían mi atención.
—No —respondí, automáticamente, sin girarme.
—Entonces explícame por qué llevas tres días con la misma cara —insistió, sentándose en el taburete de la isla—. Esa cara de «He visto algo que me asusta, pero no quiero admitirlo».
Apreté el filtro de la cafetera con más fuerza de la necesaria.
No respondí. Porque sabía que tenía razón.
Llevaba tres días, desde que la dejé dormida en su sofá, envuelta en mis brazos, desde que me fui antes del amanecer para que pudiera fingir ante sí misma que no había ocurrido nada, con la misma expresión petrificada.
No era solo el sexo. No era solo la ternura del postcoito, ni sus palabras de agradecimiento, ni la forma en que se había quedado dormida contra mi pecho como si finalmente hubiera encontrado un lugar seguro.
Era el terror que me había despertado a las cinco de la mañana, mirando el techo agrietado de su salón, pensando en lo fácil que sería perderla.
En lo frágil que era todo esto que estábamos construyendo sobre cimientos de deudas y mentiras y amenazas no resueltas.
—Algo ha cambiado —dije finalmente, sirviendo café en dos tazas, evitando su mirada.
—No me digas —respondió Héctor, con ironía—. ¿Y cuándo vas a dejar de negarlo?
Nunca, quise decir. Porque admitirlo en voz alta sería reconocer que ya no tenía control. Que ella tenía el poder de destrozarme. Que había pasado de ser un espectador preocupado a ser un protagonista atrapado en una historia que no sabía cómo terminaría.
La investigación avanzaba en paralelo a mis crisis emocionales.
Héctor había puesto en marcha contactos que prefería no conocer en detalle, periodistas de investigación, antiguos compañeros de universidad que ahora trabajaban en fuerzas de seguridad, informáticos con habilidades cuestionables, y los resultados empezaban a llegar.
No era un trabajo de una sola persona. Esa fue la primera conclusión que nos heló la sangre.
Víctor Castaño León no había operado solo durante todos estos años.
Había una red, pequeña pero eficiente, de cómplices que facilitaban las estafas.
Alguien que falsificaba documentos. Alguien que abría cuentas bancarias a nombre de terceros. Alguien que limpiaba el rastro digital.
Y lo peor: había alguien cercano a él. No una víctima, sino un aliado. Una mujer llamada María que aparecía en los registros de varias empresas fantasma. La pareja perfecta para un depredador.
—Esto es más grande de lo que pensábamos —dijo Héctor, mostrándome un informe en la pantalla de su portátil—. No es un loco solitario. Es una operación. Y Lucía no fue un accidente. Fue seleccionada.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, sintiendo que el estómago se me cerraba.
—Quiero decir que la estudiaron antes de acercarse. Que sabían dónde trabajaba, cuánto ganaba, quiénes eran sus amigos. Que la eligieron porque encajaba en un perfil: sola, con familia lejana, con historial crediticio limpio, con ganas de creer en alguien.
La rabia me cegó por un segundo. Ceguera literal, física, que hizo que la habitación diera vueltas.
Pensar en que Víctor la había seleccionado como quien selecciona un coche en un concesionario, analizando sus especificaciones antes de acercarse, la convertía de víctima de la casualidad a objetivo de una cacería. Y eso cambiaba todo.
—Necesito que encuentres dónde está —dije, con una voz que no reconocí como mía, baja, peligrosa—. Ahora.
Héctor me miró con seriedad. Había dejado de ser el amigo bromista para convertirse en el socio profesional.
—Hay algo más —dijo, y su tono me alertó de que iba a ser malo—. Víctor ha vuelto a Málaga. Confirmado. Llegó hace tres días. Está en algún lugar de la provincia, moviéndose con precaución, pero aquí.
El mundo se encogió hasta convertirse en un punto negro. Tres días. Había estado tres días en la misma ciudad que Lucía, respirando el mismo aire, caminando por las mismas calles. Y nosotros no lo sabíamos.
Llegué a casa de Lucía justo cuando el sol empezaba a declinar. Había intentado llamarla durante todo el día, pero el teléfono sonaba sin respuesta. Eso no era propio de ella. Incluso cuando estaba trabajando, siempre contestaba. Siempre.
Subí las escaleras de su edificio dos peldaños a la vez, con el corazón martilleando a una velocidad que mi médico habría considerado preocupante. Cuando llegué a su puerta, estaba entreabierta. No cerrada con cerrojo, no segura. Entreabierta.
Empujé con cuidado, con el nombre de ella en los labios, listo para gritar, para pelear, para lo que fuera necesario.
La encontré en el salón, de pie, con el móvil en la mano, con una expresión que nunca había visto en su rostro. No era miedo. Era terror puro, atávico, el tipo de horror que paraliza. No se movió cuando entré. Ni siquiera parpadeó.
—Lucía —dije, acercándome con cuidado, como quien se acerca a un animal herido—. ¿Qué pasa?
Ella levantó la vista lentamente. Sus ojos se encontraron con los míos, y vi que estaban húmedos, brillantes, pero secos. Demasiado asustada para llorar.
Me tendió el teléfono. En la pantalla había una fotografía.
Ella, saliendo del bufete Valcárcel donde limpiaba los martes, con su bolso colgado del hombro, con la coleta deshecha, con la expresión cansada que tenía siempre después de trabajar.
La imagen estaba tomada desde lejos, desde una ventana o un coche, con zoom, con una claridad que evidenciaba el equipo profesional.
Y debajo, un mensaje: «Te veo».
—Alguien me ha estado siguiendo —dijo, y su voz sonó hueca, distante, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Sabe dónde trabajo. Sabe cuándo salgo. Alejandro, me ha estado observando.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. No la contención, no el control. Algo más profundo. El último resquicio de distancia profesional, de «Esto es un problema que ella debe resolver». Desapareció. Se evaporó. Y en su lugar quedó una furia fría, calculada, peligrosa.
Por primera vez en mi vida, no intenté ocultar mi enfado. No suavicé la expresión, no bajé la voz, no disimulé.
—Voy a encontrarlo —dije, con una calma que era más aterradora que cualquier grito—. Y voy a hacer que pague por esto.
Lucía negó con la cabeza. El movimiento fue brusco, desesperado, y por fin las lágrimas empezaron a caer.
—No —dijo, agarrándome del brazo con fuerza—. No quiero que te metas en esto. Es mi problema. Mi pasado. Mi mierda. Tú no tienes nada que ver.
La miré. Realmente la miré, con la intensidad de quien está a punto de perder lo único que importa.
—Lucía —dije, y mi voz se quebró ligeramente, mostrando la grieta en mi armadura—. Ya estoy dentro.
Ella parpadeó, confundida, todavía aferrada a mi brazo como si fuera el único punto fijo en un mundo que se desmoronaba.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que desde hace tiempo esto dejó de ser solamente tu problema —expliqué, acariciando su mejilla con la mano libre, secando sus lágrimas con el pulgar—.
Desde que te vi reírte a pesar de todo, desde que te escuché contar tus miedos sin pedir lástima, desde que te tuve en mis brazos y supe que no podía dejarte ir.
Estás en mi vida, Lucía. Y eso significa que tus problemas son mis problemas.
Tus enemigos son mis enemigos. Y ese hijo de puta que te está acechando…
—apreté los dientes, conteniendo la rabia— …
va a tener que pasar sobre mi cadáver para volver a tocarte.
Ella me miró durante largos segundos, procesando. Vi cómo la comprensión iba asentándose en su rostro, cómo el miedo se mezclaba con algo más suave, más cálido. Cómo sus dedos se relajaban en mi brazo, cómo su cuerpo se inclinaba hacia mí buscando refugio.
—Esto es peligroso —susurró, finalmente—. Si se entera de que estás conmigo, te hará daño. A ti, a tu familia, a tu abuela…
—Lo sé —interrumpí, atrayéndola contra mí, envolviéndola en mis brazos, protegiéndola con mi cuerpo como si pudiera crear un escudo físico contra el mundo—.
Pero no me voy a apartar. No voy a dejar que te enfrentes a esto sola.
No después de… —me detuve, tragando saliva— … no después de haberte encontrado.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón. Sentí que temblaba, pequeños estremecimientos que recorrían su cuerpo de forma intermitente.
—No quiero que te pase nada —dijo, con la voz ahogada contra mi camisa—. No por mí. No merezco que…
—Calla —susurré, besando su pelo—. No digas eso. No digas que no mereces nada. Mereces todo, Lucía. Y voy a estar aquí para asegurarme de que lo consigas. Aunque tenga que enfrentarme a ese cabrón yo solo. Aunque tenga que mover cielo y tierra. Estoy dentro. ¿Entiendes? Ya no hay vuelta atrás.
Ella asintió contra mi pecho, con las manos agarrando la tela de mi camisa como si fuera un salvavidas.
Permanecimos así durante largos minutos, en medio de su salón, con la puerta todavía entreabierta y el peligro acechando fuera, pero por primera vez sintiendo que éramos un equipo.
Que éramos nosotros contra el mundo, y no ella sola contra sus demonios.
Cuando finalmente se separó, sus ojos estaban rojos, pero su expresión había cambiado. Había determinación mezclada con el miedo. Había aceptación de que no estaba sola.
—¿Qué hacemos? —Preguntó, y era la primera vez que me incluía en la pregunta. No «¿Qué hago?», sino «¿Qué hacemos?».
—Primero —dije, tomando su mano entre las mías, sintiendo su frialdad y transmitiéndole calor—, vas a venirte conmigo. No vas a dormir aquí sola. Ni una noche más. Puedes quedarte en mi casa, o en la de mi abuela, donde prefieras, pero no aquí.
—No puedo imponerme…
—No es imponerse —interrumpí, firme—. Es proteger lo que es mío.
La frase salió con una naturalidad que me sorprendió. Lo que es mío. Como si ya la hubiera reclamado públicamente, como si el mundo entero tuviera que saber que Lucía estaba bajo mi protección.
Ella me miró, y vi que sus mejillas se sonrojaban ligeramente, incluso en medio del terror.
—¿Lo que es tuyo? —Repitió, con un deje de diversión forzada.
—Lo que es mío —confirmé, sin avergonzarme—. Y eso incluye a una limpiadora sarcástica que debe sesenta mil euros y que me vuelve loco.
Sonrió. Fue una sonrisa breve, frágil, pero real.
Y en ese momento, con el peligro acechando fuera y el miedo todavía palpitando entre nosotros, supe que habíamos cruzado una línea.
No solo la de la intimidad física, que ya habíamos cruzado hacía tiempo.
Era la línea que separa el yo del nosotros.
La que transforma dos individuos en una unidad, en un equipo, en algo que ningún monstruo del pasado podía destruir sin destruirse a sí mismo.
—Voy a necesitar que me ayudes a ser valiente —dijo ella, finalmente.
—Y yo voy a necesitar que me ayudes a no perder los papeles —respondí, besando su frente—. Porque cuando encuentre a ese tipo, voy a querer matarlo. Y tú vas a tener que recordarme que soy arquitecto, no asesino.
Ella se rio, un sonido breve que iluminó la habitación.
—Trato hecho —dijo.
Y mientras cerraba la puerta de su piso, mientras empacaba una bolsa con lo esencial y salía conmigo hacia lo desconocido, supe que habíamos sellado un pacto. No solo de protección, sino de complicidad. De amor, aunque todavía no hubiéramos dicho la palabra en voz alta.
Víctor había cometido un error. No solo al elegir a Lucía como víctima. Sino al permitir que yo entrara en escena. Porque ahora estaba dentro. Y no había fuerza en el mundo capaz de sacarme.