Capítulo 25
Alejandro
Intenté mantener la distancia durante días.
Lo hice con la disciplina de un monje, con la precisión de quien sabe que un error puede destruirlo todo.
No quería que pensara que me aprovechaba de su vulnerabilidad, que mi cercanía era piedad disfrazada de deseo, que la veía como un proyecto que arreglar en lugar de una mujer que desear.
Pero cada vez que la veía, cada maldita vez que entraba en una habitación y ella estaba allí, con su pelo despeinado y su risa defensiva, sentía que esos muros de contención se resquebrajaban un poco más.
Ese miércoles, mi abuela me tendió la trampa con la elegancia de quien lleva décadas perfeccionando el arte. Dos táperes de cristal, uno con ensaladilla rusa que olía a mayonesa casera y otro con croquetas doradas que aún conservaban el calor.
—Llévaselos a Lucía —dijo, como si fuera la tarea más natural del mundo—. Está resfriada y no puede venir hoy. Y trae el táper vacío, que son de la buena vajilla.
Sabía que era una excusa. Lo sabía por la forma en que Carmen no me miraba mientras hablaba, concentrada en fregar un plato que ya estaba limpio. Lo sabía porque llevaba días observándonos, a ella y a mí, con esa sonrisa de gato que prometía travesuras.
Pero fui. Porque quería ir. Porque cualquier excusa era buena para verla.
Su piso olía a limón y a algo más oscuro, más íntimo, que era solo el olor de ella. Estaba en el salón, con una manta sobre los hombros a pesar del calor, con los ojos rojos que intentaba disimular maquillándose en exceso.
—Mi abuela dice que estás enferma —dije, dejando los táperes sobre la mesa de la cocina.
—Estoy perfecta —respondió, automáticamente, con la voz ronca que desmentía sus palabras.
—Mientes fatal.
Se encogió de hombros y se sentó en el sofá, abrazando una almohada contra el pecho como si fuera un escudo. Me quedé de pie, incómodo, midiendo la distancia entre nosotros como si fuera una estructura que pudiera calcular.
—No tienes que quedarte —dijo, sin mirarme—. Ya has cumplido con tu misión de mensajero.
—No me voy —respondí, y la firmeza de mi voz me sorprendió incluso a mí.
Ella levantó la vista. En sus ojos vi desafío, pero también algo más profundo. Miedo. No el miedo a Víctor, no el miedo a las deudas. El miedo a mí. A nosotros. A lo que estábamos a punto de convertirnos.
—Entonces siéntate —dijo, finalmente—. Pero no me hables de lo que debo hacer. No me digas que debo denunciar a Víctor, ni que debo pedir ayuda, ni que debo dejar de ser tan orgullosa.
Me senté en el sillón de enfrente, manteniendo la distancia prudente que ella parecía necesitar.
—No iba a decir nada de eso —mentí, porque en el fondo eso era exactamente lo que quería decirle.
—Mientes —replicó ella, con una astucia que me desarmó—. Lo veo en tu cara. En esa mandíbula tensa que tienes cuando estás conteniendo un sermón.
La discusión estalló sin que ninguno de los dos la buscara.
Hablamos de Víctor, de nuevo, aunque ya habíamos hablado de él cien veces.
Ella se negaba a denunciarlo, aunque ahora sabíamos que estaba cerca, que la había marcado, que la amenazaba.
Se negaba a pedir ayuda, a aceptar que no podía sola, a bajar la guardia.
—Tú no sabes lo que es —espetó, levantándose de golpe, dejando caer la manta—.
Tú no sabes lo que es levantarte todos los días pensando si vas a poder llegar a final de mes.
Si vas a poder pagar la luz, o si te van a cortar el agua.
Tú vives en tu torre de cristal, con tu dinero, tu control, tu vida perfecta. ¡No tienes ni idea!
Su voz se había roto en el último grito. Estaba de pie frente a mí, con el pecho agitado, con las manos temblando, con lágrimas que no quería derramar brillando en sus ojos.
Y yo sentí algo romperse dentro de mí. No la rabia, no la frustración. La comprensión. La certeza de que llevaba semanas intentando arreglar su vida cuando lo que ella necesitaba era que alguien entendiera la suya.
—No —dije, con voz baja, calmada—. No sé lo que es eso.
Hice una pausa. Me levanté, dando un paso hacia ella. Ella retrocedió, pero no mucho.
—Pero sí sé lo que es tener miedo de perder a alguien —continué—.
Sé lo que es despertarse a las tres de la mañana convencido de que si cierras los ojos, cuando los abras, todo habrá desaparecido.
Sé lo que es mirar a una persona y saber que sin ella no hay futuro posible, y aun así sentir que la estás empujando hacia el precipicio con tus propias manos.
Lucía se quedó quieta. El aire entre nosotros cambió, se cargó de electricidad y de algo más peligroso.
Vulnerabilidad. Las dos máscaras que llevábamos puestas, la de ella, la del sarcasmo; la mía, la del control, se habían resquebrajado, y debajo estábamos los dos, desnudos, asustados, desesperados por conectar.
—¿Quieres que me vaya? —pregunté, con la voz apenas un susurro.
Debería haber dicho que sí. Debería haber protegido lo poco que le quedaba de cordura, de espacio, de independencia. Pero no lo hizo.
—No —dijo, y esa palabra sonó como un suspiro, como una rendición, como un comienzo.
No fue un beso suave. No pudo serlo. Era el beso de semanas contenidas, de miradas furtivas, de roces accidentales que quemaban más que el fuego.
Era rabia, la que sentía por no poder protegerla de todo.
Era deseo, el que me consumía desde el primer día.
Era frustración, la de saber que ella estaba ahí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
La tomé por la cintura y la atraje contra mí con una fuerza que la hizo jadear.
Mis labios se estrellaron contra los suyos, sin delicadeza, sin tiento, con la urgencia de quien ha estado conteniendo un tsunami durante demasiado tiempo.
Ella respondió con la misma ferocidad, mordiendo mi labio inferior, clavando las uñas en mi espalda, arqueándose contra mí como si quisiera fundirse con mi cuerpo.
—Dios, Lucía —gruñí contra su boca, mientras mis manos bajaban por su espalda, encontrando la curva de sus caderas, apretando con una posesividad que me avergonzaba, pero que no podía controlar.
—No pares —susurró ella, con la voz ronca, desesperada—. Por favor, Alejandro, no pares. Ayúdame a no pensar. En nada. Solo en esto. Solo en ti.
La tomé en brazos. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, y caminé con ella hacia el sofá, tropezando con la mesa de centro, sin importarnos nada que no fuera el contacto de nuestras pieles buscándose bajo la ropa.
La dejé caer sobre los cojines y me arrodillé sobre ella, devorándola a besos, recorriendo su cuello con la lengua, mordiendo la piel de su clavícula con fuerza suficiente para dejar marcas.
—Eres mía —dije, más para mí mismo que para ella, mientras le quitaba la camiseta de un tirón, revelando su piel blanca, su estómago plano, el sujetador negro que contrastaba con su palidez—. Dios, cómo eres mía.
—Muéstrame —pidió ella, arqueándose contra mí, ofreciéndose—. Muéstrame cómo.
La desvestí con una urgencia que rozaba la brutalidad.
Ella hizo lo mismo conmigo, rasgando botones, tirando de telas, hasta que estuvimos desnudos sobre el sofá viejo, con el sudor pegándonos, con la respiración entrecortada, con el mundo reducido a este espacio de dos cuerpos que finalmente encontraban su ritmo.
La penetré de una estocada profunda, salvaje, que nos hizo gritar a los dos.
Estaba tan húmeda, tan caliente, tan perfecta alrededor de mí que por un segundo temí perder el control demasiado pronto.
Pero ella movió las caderas contra mí, reclamando más, siempre más, y yo obedecí, embistiendo con fuerza, con furia, con todo el amor que no sabía cómo nombrar todavía.
—Más fuerte —gemía ella, con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados, con las manos agarrando los cojines a los lados—. Fóllame como si fuera lo único que importa.
Y lo hice. La tomé con una intensidad que nos hizo resbalar del sofá hasta el suelo, sin separarnos, sin perder el ritmo.
La puse a cuatro patas, agarrándola por las caderas, y entré en ella desde atrás, profundo, hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo sus músculos internos se contraían a mi alrededor en espasmos que anunciaban su cercanía.
—Voy a… —Avisó ella, con la voz rota—. Alejandro, voy a correrme…
—Córrete —ordené, acariciando su espalda con una mano mientras con la otra buscaba su clítoris, frotándolo con el ritmo preciso que la volvía loca—. Córrete para mí. Ahora.
Y explotó. Su orgasmo fue un terremoto que la atravesó, haciéndola gritar mi nombre con una desesperación que me empujó al límite.
La seguí inmediatamente después, vaciándome en ella con embestidas descontroladas, con la vista borrosa, con la certeza de que nunca había sentido nada remotamente parecido a esto.
Mientras nos desplomábamos sobre el suelo, todavía conectados, todavía temblando, me hice una promesa. Aunque solo pudiera tenerla así, en estos momentos robados, en estos espacios entre el miedo y la realidad, nunca dejaría de estar para ella. Nunca.
Nos movimos al sofá después, cuando la respiración se calmó y el sudor se enfrió sobre nuestras pieles. La senté en mi regazo, envuelta en una manta que había rescatado del suelo, y la abracé con una ternura que contrastaba violentamente con la brutalidad de momentos antes.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro, con los ojos cerrados, con una expresión de paz que no le había visto nunca. Acaricié su mejilla con el pulgar, sintiendo la suavidad de su piel, memorizando cada curva, cada detalle.
—Esto es una mala idea —dijo ella, finalmente, aunque no hizo ningún ademán de separarse.
—Probablemente —respondí, besando su frente.
—Muy mala.
—Sí.
Silencio. El sonido de la ciudad filtrándose por la ventana, el tic-tac de un reloj invisible, nuestras respiraciones sincronizadas.
—Entonces, ¿por qué siento que no quiero parar? —preguntó ella, abriendo los ojos para mirarme.
No respondí. No hacía falta. Ambos sabíamos la respuesta. Porque era inevitable. Porque era real. Porque después de tanto tiempo de estar rotos, habíamos encontrado en el otro las piezas que nos faltaban.
La besé de nuevo, suave esta vez, con una dulzura que hablaba de todo lo que no podíamos decir todavía. Ella se relajó contra mí, entregándose a la calma, a la intimidad, a la certeza de que estábamos juntos en esto.
—Sigo pensando que no podemos llegar a nada serio —dijo, después de un rato, con la voz somnolienta—. Que soy un desastre, que tú eres… tú, que el mundo diría que esto es absurdo.
Acaricié su mejilla, obligándola a mirarme a los ojos. En ellos vi el miedo, pero también la esperanza. La misma que sentía yo.
—El futuro es algo incierto, cariño —dije, despacio, eligiendo cada palabra—. Pero tengo claro que no me voy a alejar de ti. Y que por mucho que digas que un nosotros no puede ser, yo sé que sí. Y ese nosotros empieza aquí y ahora.
Ella me miró durante largos segundos, procesando. Luego, lentamente, una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—¿Me vas a pedir que sea tu novia? —preguntó, arqueando una ceja con picardía—. ¿Como si tuviéramos quince años?
Me eché a reír. Una risa real, profunda, que vino de la barriga y que resonó en el salón silencioso.
—No —dije, cuando pude hablar, y la besé de nuevo, largamente, tiernamente—. No te voy a pedir nada. Porque ya lo eres. Mi novia. Mi persona. Mi… todo.
Se quedó quieta, con los ojos brillando de una forma que no supe interpretar. Luego me abrazó con más fuerza, enterrando la cara en mi cuello, y sentí que su cuerpo se relajaba por completo, como si finalmente hubiera encontrado un puerto seguro después de años de tormenta.
—Gracias —susurró, contra mi piel.
—¿Por qué? —pregunté, acariciando su pelo.
—Por no ser como los demás —dijo, con la voz ahogada—. Por no decirme que fui una idiota. Por no juzgarme.
Besé su sien, cerrando los ojos, sintiendo el peso de su confianza como el regalo más precioso que nadie me había dado.
—No puedo juzgarte —dije, sincero—. Porque sé que cuando uno está enamorado puede cometer los peores errores de su vida.
Ella se incorporó para mirarme, con una expresión de sorpresa en su rostro. No habíamos dicho la palabra todavía. No habíamos llegado ahí. Pero estaba en el aire, flotando entre nosotros, tan real como el sudor que todavía perlaba nuestra piel.
—¿Enamorado? —preguntó, con voz temblorosa.
—Déjalo estar —susurré, volviendo a besarla—. Por ahora, déjalo estar. Solo quédate aquí. Conmigo.
Y ella lo hizo. Se quedó en mis brazos, en el sofá de su piso pequeño, mientras el sol se ponía sobre Málaga y pintaba el cielo de colores que parecían promesas.
Más tarde, cuando ella se durmió contra mi pecho, con la respiración profunda y regular de quien finalmente descansa, me quedé mirando el techo agrietado de su salón.
Pensé en mi vida anterior, en la de antes de ella, en la perfección ordenada y vacía que había construido en Madrid.
Pensé en mi padre, que murió solo en su despacho porque nunca aprendió a dejar que nadie le acompañara en la oscuridad.
Pensé en Marta, que se fue porque yo no supe verla, porque intentaba arreglarla en lugar de amarla.
Y pensé en Lucía. En su fuerza quebrada, en su risa defensiva, en su capacidad de seguir adelante a pesar de todo.
Pensé en que la había encontrado cuando ambos estábamos rotos, y que quizás eso era lo que necesitábamos: no alguien que nos arreglara, sino alguien que nos ayudara a ver que estar rotos no significaba estar solos.
Cerré los ojos y apreté un poco más mi abrazo, sintiendo su calor contra mi cuerpo.
Y supe, con una certeza que trascendía la lógica y los planos, que esto, esto que habíamos encontrado en medio del caos, era lo más real que había construido en toda mi vida.
Y que, aunque el futuro fuera incierto, aunque las deudas y los fantasmas del pasado siguieran acechando, mientras la tuviera así, mientras ella me permitiera estar a su lado, tendría la fuerza para enfrentar cualquier cosa.
Porque el amor, me di cuenta entonces, no es encontrar a alguien perfecto. Es encontrar a alguien cuyas roturas encajen con las tuyas, y juntos construir algo nuevo, algo fuerte, algo que ningún viento pueda derribar.
Y eso, exactamente eso, era lo que yo había encontrado en ella.