El desastre perfecto Capítulo 24
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Capítulo 24

Alejandro

No dormí. Pasé la noche en ese estado de vigilia tensa que conocía demasiado bien, ese limbo entre el sueño y la vigilia donde el cerebro sigue procesando información a pesar de que el cuerpo grita por descanso.

Cada vez que cerraba los ojos veía su cara.

No la de placer que habíamos compartido horas antes, sino la otra.

La que apareció cuando abrió la puerta y me encontró allí, en su rellano, con el móvil todavía brillando en su mano como una amenaza.

Esa expresión la había visto antes. En mi padre, los últimos meses antes del infarto, cuando fingía que todo estaba bien mientras su cuerpo se desmoronaba en silencio.

En mi madre, después de la muerte de él, cuando sonreía para protegerme, aunque sus ojos delataban el abismo.

En Marta, al final, cuando ya había decidido irse, pero todavía no encontraba las palabras para decírmelo.

Era la máscara de quien intenta ser fuerte para no derrumbar a los demás. Y Lucía la llevaba puesta con una perfección que me rompía el corazón.

Me levanté antes de que amaneciera. Me duché con agua fría, me vestí con lo primero que encontré, unos vaqueros, una camisa blanca arrugada y las zapatillas, y salí de casa cuando todavía el sol no se había asomado por el horizonte.

Caminé por Málaga en la penumbra azulada de la madrugada, con el único propósito de encontrar una cafetería abierta.

La cola en la cafetería del centro era larga para ser tan temprano.

Gente que iba a trabajar, turistas desorientados, pescadores que volvían de la lonja.

Esperé mi turno con paciencia, observando cómo el dependiente movía los brazos con la eficiencia de quien lleva años haciendo lo mismo.

Cuando llegó mi momento, pedí cuatro cafés con leche en vasos de cartón y un par de croissants recién hechos.

El chico me miró con curiosidad, probablemente preguntándose por qué un tipo con aspecto de ejecutivo hacía cola a las seis de la mañana en lugar de mandar a un asistente.

No le di explicaciones. Pagué, cogí la bandeja, y caminé hacia la casa de mi abuela con el corazón martilleando con una urgencia que no quería analizar.

Lucía estaba en el jardín cuando llegué.

Estaba regando las plantas con una manguera, con el pelo recogido en una coleta despeinada y una camiseta vieja que dejaba ver un hombro.

Parecía cansada, como si ella tampoco hubiera dormido, pero cuando me vio entrar por el portón, su expresión cambió de sorpresa a desconfianza en cuestión de segundos.

—¿Tú haces cola en una cafetería? —preguntó, dejando la manguera en el suelo.

—Sí —respondí, acercándome con la bandeja en las manos.

Paseó la mirada por mi ropa, por mi pelo probablemente despeinado, por los vasos de cartón.

—Pensaba que tenías asistentes para esas cosas.

—Tengo un asistente —confirmé.

—¿Y por qué no le has mandado?

La miré a los ojos. Estaban oscurecidos por la falta de sueño, con ojeras que el maquillaje no lograba disimular, pero seguían siendo los ojos más expresivos que había visto en mi vida.

—Porque el café era para ti —dije, simple y llanamente.

Se quedó quieta. El silencio se extendió entre nosotros, cargado de algo que no sabíamos cómo nombrar. Vi cómo su garganta se movía al tragar, cómo sus manos buscaban algo que hacer, cómo intentaba reconstruir las murallas que yo había derribado con cuatro palabras.

—No quiero que te sientas obligado —dijo finalmente, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No me siento obligado.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

La pregunta flotó en el aire húmedo de la mañana. Era la pregunta que yo mismo me había hecho cientos de veces durante la noche, mientras daba vueltas en la cama, mientras miraba el techo, mientras sentía el peso de su miedo como si fuera mi propia sombra.

La respuesta real era demasiado peligrosa. Demasiado pronto. Demasiado vulnerable.

Porque no puedo dejar de pensar en ti. Porque cuando cerré la puerta de tu casa anoche, sentí que dejaba atrás la única cosa que me importaba. Porque estoy perdido, Lucía. Completa y absolutamente perdido en ti.

Pero no estaba preparado para decirlo. No así. No todavía.

—Porque alguien está intentando asustarte —respondí, y mi voz sonó firme, aunque por dentro temblaba—. Y anoche… anoche vi lo asustada que estabas. Y no puedo… no puedo simplemente irme y fingir que no pasó nada.

Ella bajó la vista. Durante unos segundos pensé que iba a echarme, a decirme que me fuera, a protegerse de la forma que sabía hacer mejor: alejando a la gente.

Pero entonces hizo algo que no esperaba. Se sentó en el banco de piedra del jardín y empezó a hablar.

Me contó todo. No los detalles que ya conocía, ni las cifras que había investigado, sino la verdad emocional.

El miedo que sintió cuando descubrió que Víctor había desaparecido, dejándola sola con deudas que no entendía.

La vergüenza de tener que llamar a su madre para pedirle dinero, escuchando en silencio mientras Mercedes lloraba al otro lado de la línea.

Las noches en las que se quedaba despierta hasta las cuatro de la mañana, sumando números que nunca cuadraban, convenciéndose de que era una estúpida, de que debía haberlo visto venir, de que se lo merecía por haber querido creer en alguien.

Habló de la primera vez que un recaudador llamó a su puerta, de cómo se escondió en el baño hasta que se fue, del sabor metálico del pánico que había llevado en la boca durante meses.

Yo escuché. No interrumpí. No dije «Deberías haber…», no ofrecí soluciones, no intenté arreglar nada. Solo estuve allí, sentado a su lado en el banco, con el café enfriándose entre nosotros, absorbiendo cada palabra como si fueran fragmentos de un mosaico que finalmente empezaba a tener sentido.

Cuando terminó, cuando soltó el último secreto y se quedó mirando sus manos temblorosas, hubo un silencio largo. El canto de los pájaros de la mañana nos envolvió, real, presente, vivo.

—Ahora entiendes —dijo ella, finalmente, con la voz ronca—. Ahora entiendes por qué no quiero que nadie me salve.

Asentí. Porque lo entendía. Entendía que cada vez que alguien intentaba arreglar su vida, le estaba robando la única cosa que le quedaba: la dignidad de haber sobrevivido sola.

—Lo entiendo —dije, y era verdad.

Hice una pausa. Buscaba las palabras exactas, las que no sonaran a condescendencia ni a posesión.

—Pero tampoco tienes por qué pelear sola.

Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos, y vi algo cambiar en su expresión. No era derrota, no era rendición. Era… alivio. La posibilidad de que existiera un término medio entre la soledad total y la dependencia.

—No sé hacer esto —confesó, con un susurro—. No sé cómo dejar que alguien esté cerca sin que me controle.

—Yo tampoco sé cómo estar cerca sin intentar controlar —admití, sonriendo con tristeza—. Pero podemos aprender. Juntos.

La frase se quedó flotando entre nosotros, pesada, prometedora, aterradora. Y por primera vez desde que la conocía, Lucía no tuvo una respuesta sarcástica lista. Solo me miró, con una mezcla de miedo y esperanza que me hizo querer estrecharla entre mis brazos y no soltarla nunca.

—Vosotros dos —la voz de Carmen nos interrumpió desde la puerta de la cocina—. Necesitáis aire fresco. Y yo necesito tomates para la ensalada.

Nos giramos los dos. Mi abuela estaba apoyada en el marco, con su bata de seda y una sonrisa de gato que conocía demasiado bien.

—¿Por qué no vais juntos al mercado? —Sugirió, con una inocencia exagerada—. Alejandro sabe elegir buenos productos. Y Lucía necesita… bueno, necesita salir de aquí un rato.

Lucía y yo nos miramos. En sus ojos vi la sospecha formándose.

—Tu abuela está haciendo de celestina —dijo, volviéndose hacia mí.

—Mi abuela no haría eso —respondí, aunque la duda me asaltó.

Ella arqueó una ceja, con esa expresión suya de «No me vengas con tonterías».

—¿Conoces a tu abuela?

No pude discutirlo. Porque tenía razón. Carmen llevaba décadas moviendo hilos invisibles, organizando vidas ajenas con la excusa de que sabía lo que era mejor para todo el mundo.

Y en ese momento, viéndonos juntos en su jardín, probablemente pensaba que estaba viendo el inicio de algo que ella había estado esperando.

—Vamos —dije, levantándome y ofreciéndole mi mano—. Antes de que decida que también necesitamos ir a comprar jabón o algo así.

Ella dudó un segundo, pero luego aceptó mi mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos, fríos al principio, pero calentándose rápidamente contra mi piel.

El mercado de Málaga era un espectáculo de colores y olores que normalmente me resultaba caótico, pero que esa mañana parecía mágico. Lucía caminaba a mi lado, con una bolsa de tela colgada del hombro, observando cómo yo seleccionaba los tomates con una atención que seguramente parecía exagerada.

—Eres la primera persona que conozco que mira tomates como si estuviera seleccionando diamantes —dijo, finalmente, cuando estaba examinando el tercer ejemplar.

—La calidad importa —respondí, sin levantar la vista del fruto que giraba entre mis dedos.

—Es un tomate.

—Es un buen tomate —corregí, pagando al vendedor y colocando cuidadosamente la bolsa en mi mano libre.

Ella se rio. Era una risa breve, casi involuntaria, pero iluminó su rostro de una forma que me dejó sin aliento. La miré, con el sol de la mañana golpeando su perfil, y sentí algo crecer en mi pecho que no tenía nombre todavía, pero que sabía que era peligroso.

Me gustaba verla feliz. Me gustaba que la preocupación desapareciera de su frente, aunque fuera solo por unos segundos. Me gustaba ser la causa de esa risa, aunque fuera involuntariamente.

—¿Qué? —preguntó ella, notando que la observaba.

—Nada —mentí, girando hacia el puesto de quesos—. Solo pensaba en la salsa que voy a hacer.

—¿Tú haces salsa?

—Soy arquitecto, no inútil.

Ella volvió a reír, más fuerte esta vez, y yo me di cuenta de que estaba dispuesto a hacer el ridículo mil veces con tal de escuchar ese sonido de nuevo.

De vuelta en casa de Carmen, la cocina se convirtió en un campo de batalla doméstico. Intentaba preparar una salsa de tomate simple, pero Lucía insistía en ayudar, lo que en su vocabulario significaba criticar mi técnica mientras cortaba la cebolla de forma incorrecta.

—Eso va a quedar amargo —dijo, señalando el ajo que acababa de echar a la sartén.

—El ajo no se quema si sabes controlar el fuego.

—Tú controlas todo, ¿verdad?

—Intento.

Ella se acercó por detrás para mirar por encima de mi hombro. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento en mi cuello, el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío. Mis manos temblaron ligeramente al remover la salsa, y ella lo notó.

—¿Te pongo nervioso? —preguntó, con voz burlona pero suave.

—Me distraes —corregí, sin girarme.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que precede a las tormentas. Sentí que ella se acercaba un poco más, que su mano rozaba accidentalmente mi espalda al alcanzar el salero.

—Prueba esto —dije, cogiendo una cuchara y ofreciéndosela por encima del hombro.

Ella se inclinó y probó la salsa. El tiempo se detuvo mientras esperaba su reacción.

—Está buena —dijo, y sonaba genuinamente sorprendida.

—¿Esperabas que no?

—Esperaba que un hombre como tú sobreviviera alimentándose de comida de restaurante.

Me giré. Estábamos a escasos centímetros, con la cuchara suspendida entre nosotros.

—¿Un hombre como yo?

Ella se dio cuenta de lo que había dicho. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente, esa reacción auténtica que no podía controlar y que me encantaba.

—Ya sabes —dijo, intentando sonar casual—. Rico, serio, demasiado guapo.

El silencio se hizo denso. La miré fijamente, dejando que la sonrisa se extendiera lentamente por mi rostro.

—¿Me acabas de llamar guapo?

—No —respondió rápidamente, dando un paso atrás.

—Lo has hecho.

—He dicho demasiado guapo. Es una crítica.

—Claro —dije, acortando la distancia que ella había puesto entre nosotros—. Una crítica.

Estábamos a punto de… no sé qué. De besarnos, probablemente. De cruzar esa línea invisible que manteníamos entre nosotros. La tensión era casi tangible, una fuerza gravitacional que nos empujaba el uno hacia el otro.

—Qué pena —dijo la voz de Carmen desde la puerta.

Nos separamos como si nos hubieran electrocutado. Lucía casi dejó caer el salero, y yo me quemé ligeramente la mano con el borde de la sartén.

—¿Qué pena? —pregunté, intentando recuperar la compostura.

Mi abuela sonrió, con esa expresión de sabiduría ancestral que tanto me irritaba y tanto me reconfortaba.

—Nada —dijo, dándose la vuelta para salir de la cocina—. Me gustan las películas que tienen buen final.

Lucía y yo nos miramos. En sus ojos vi la misma mezcla de frustración y diversión que sentía yo. Carmen había vuelto a hacer de las suyas, interrumpiendo el momento justo cuando estábamos a punto de…

—Tu abuela es peligrosa —susurró Lucía, cuando los pasos de Carmen se alejaron.

—Lo sé —respondí, volviendo a la salsa, aunque mi concentración había volado por la ventana—. Pero tiene buen corazón.

—Eso es lo peor —dijo ella, cogiendo el cuchillo para seguir cortando cebolla—. Que lo hace con buena intención.

Seguimos cocinando en silencio, pero era un silencio diferente. Cómodo. Íntimo. Como si ya hubiéramos cruzado esa línea invisible y ahora solo estuviéramos esperando el momento de admitirlo en voz alta.

Y mientras removía la salsa, sentía su presencia a mi lado como un imán, como una promesa, como algo que finalmente empezaba a parecerse a la felicidad.