Capítulo 23
Lucía
Intenté reconstruir los muros mientras me vestía.
Lo hice metódicamente, como quien coloca ladrillo tras ladrillo después de una inundación, con la certeza de que, si dejaba algún hueco, todo se derrumbaría de nuevo.
Me puse los vaqueros con movimientos bruscos, me abroché la camiseta evitando mirarme en el espejo, y me recogí el pelo en una coleta tirante que tiraba demasiado de las sienes.
El dolor físico me ayudaba a concentrarme.
Me recordaba que era real, que existía fuera de ese espacio de entrega absoluta en el que me había sumergido con Alejandro.
Él estaba sentado en el borde del sofá, con los antebrazos apoyados en las rodillas, observándome en silencio. Llevaba la camisa abierta, el torso aún desnudo brillando con el sudor de nuestra anterior contienda, y esa mirada suya que parecía capaz de ver a través del hormigón armado.
—Estás bien —dijo. No era una pregunta.
—Estoy perfecta —respondí, automáticamente, ajustándome el cinturón con un tirón innecesariamente fuerte.
—Mientes.
Me detuve. Giré la cabeza hacia él y lo encontré con los ojos fijos en mí, con esa intensidad gris que me hacía sentir expuesta, desnuda, aunque ya llevara la ropa puesta.
—No me mires así —protesté, con más aspereza de la que pretendía.
—¿Así cómo? —preguntó, inclinando la cabeza ligeramente.
—Como si fueras a arreglarlo todo.
La frase salió de mi interior como un resorte, cargada de años de frustración.
Siempre había sido así. Mi padre, antes de morir, intentando arreglar mis problemas de matemáticas con cuadernos que no pedí.
Mi ex, intentando arreglar mi vida emocional con regalos que no podíamos pagar.
Y ahora Alejandro, con sus ojos de salvador y sus manos de arquitecto, midiendo mis grietas para rellenarlas con cemento.
Alejandro se levantó. Se acercó a mí con pasos lentos, deliberados, y se detuvo a escasos centímetros. Podía olerlo de nuevo, ese aroma a cedro y a nosotros, y sentí que las rodillas me fallaban ligeramente.
—No puedo arreglarlo todo —dijo, y su voz era baja, sincera, sin rastro de la arrogancia que temía encontrar.
Me quedé quieta. Esperaba la excusa, la explicación, la promesa vacía de que entre los dos lo solucionaríamos todo. Siempre había sido así. Siempre soluciones, siempre planes, siempre gente dispuesta a salvarme como si fuera una damisela incapaz de manejar su propio desastre.
—Pero puedo estar contigo mientras lo solucionas.
La frase flotó en el aire entre nosotros, ligera como una pluma, pero con el peso de una losa.
La procesé lentamente, dándole vueltas, buscando el engaño, el gancho, la segunda intención.
No la encontré. Solo había verdad. Solo había un hombre ofreciendo su presencia sin exigir nada a cambio, sin intentar tomar el control de mi naufragio.
Nadie me había ofrecido eso antes.
Siempre había sido «Déjame ayudarte», «Yo lo haré por ti», «Confía en mí, que yo sé lo que necesitas». Nunca un simple «Estaré aquí mientras tú lo haces». Nunca una compañía sin condiciones, sin agenda oculta, sin la necesidad de convertirse en mi héroe.
—Eso es… —empecé, y tuve que detenerme porque la voz se me quebró. Eso es peligroso, quise decir. Eso es adictivo. Eso es exactamente lo que no puedo permitirme sentir.
—¿Sí? —Insistió, sin tocarme, aunque sentía el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío.
—Eso es suficiente —dije finalmente, y era la verdad más aterradora que había pronunciado en años.
Caminamos juntos hacia mi piso. El sol se había puesto hacía rato, y Málaga respiraba con ese ritmo nocturno de las ciudades que no duermen en verano.
Las calles estaban llenas de gente que salía a cenar, de turistas que se perdían entre las calles del centro, de vida que seguía su curso ajena a mi miedo creciente.
Alejandro caminaba a mi lado, manteniendo una distancia prudente pero constante.
Nuestros hombros se rozaban de vez en cuando, y cada contacto accidental enviaba chispas por mi columna vertebral.
Intenté concentrarme en los sonidos de la ciudad, en el olor a azahar que flotaba desde algún jardín invisible, en cualquier cosa que no fuera la presencia imponente del hombre que tenía a mi derecha.
—¿Por qué limpias casas? —Preguntó de repente, rompiendo el silencio cómodo.
—¿Por qué lo preguntas? —Respondí, a la defensiva.
—Porque eres lista —dijo, sin mirarme, manteniendo la vista al frente—. Hablas tres idiomas. Tienes una capacidad de organización que envidiaría cualquier directivo. Podrías estar haciendo otra cosa.
Sonreí, pero sin alegría. Era una pregunta que me había hecho yo misma cientos de veces, a las tres de la mañana, cuando el agotamiento me permitía ser honesta conmigo misma.
—Porque cuando Víctor se fue, me dejó sin referencias —dije, y la honestidad me sabía amarga en la boca—.
Había dejado mi trabajo anterior para ayudarle con su negocio.
Cuando descubrí que ese negocio no existía, que solo era una excusa para estafarme, ya llevaba seis meses sin cotizar.
Sin red. Sin nada. Las agencias no quieren a alguien con treinta años y un currículum que huele a estafa.
Así que limpio. Y cuido de gente. Y hago lo que puedo.
Alejandro asintió lentamente. No dijo «Lo siento», lo cual agradecí. No dijo «Deberías haber sido más lista», lo cual esperaba. Solo asintió, como quien asimila información importante para entender el mapa de un terreno minado.
Llegamos a mi calle. Mi edificio apareció ante nosotros, ese bloque de los años setenta con la pintura desconchada y las ventanas de aluminio que se habían quedado obsoletas hacía décadas.
Normalmente me reconfortaba. Era mío, o al menos lo era hasta que el banco decidiera lo contrario.
Pero esa noche, bajo la luz amarillenta del farol de la esquina, parecía diferente. Más oscuro. Más amenazante.
Nos detuvimos frente al portal. La tensión entre nosotros se hizo palpable, casi sólida, una pared invisible que nos separaba y nos unía a la vez.
No había beso. Todavía no. Pero había algo más peligroso: la promesa implícita de que el beso podría existir, que estaba pendiente, esperando el momento correcto.
—Sube —dijo Alejandro, con la voz ronca—. Te espero aquí hasta que entres.
—No hace falta…
—Sube —repitió, firme—. Quiero ver la luz de tu ventana.
Asentí. Me giré hacia la puerta del portal y busqué las llaves en el bolso. Mis dedos tropezaron con el llavero, con el móvil, con los recibos amontonados que nunca tiraba por si acaso. Cuando finalmente encontré la llave y la introduje en la cerradura, noté algo extraño.
Una raya. Fina, reciente, hecha con algo afilado. Posiblemente con una llave. Cruzaba la madera de la puerta del portal, a la altura de mis ojos, como una señal. Como una marca de ganado.
El estómago se me cerró. El sudor frío recorrió mi espalda. Intenté convencerme de que era una pintada antigua, de que siempre había estado ahí y yo simplemente no la había notado. Pero era mentira. La conocía. Era nueva. Y significaba algo.
—¿Lucía? —La voz de Alejandro sonó lejana, aunque estaba a dos metros—. ¿Pasa algo?
—No —mentí, forzando la voz a sonar normal—. Todo bien.
Empujé la puerta y entré. Giré para mirarlo una última vez antes de que se cerrara, y lo vi allí de pie, con las manos en los bolsillos, con la postura erguida de quien está dispuesto a esperar lo que haga falta. Me sonrió, una sonrisa pequeña, íntima, que decía «Estoy aquí».
La puerta se cerró entre nosotros.
Subí las escaleras como si caminara sobre cristal. Cada peldaño crujía bajo mis pies, amplificado por el silencio del edificio. El ascensor estaba estropeado, como siempre, así que tuve que subir los cuatro pisos a pie, con la respiración agitada que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
Cuando llegué a mi puerta, revisé el cerrojo. Estaba cerrado. No había señales de violencia, de forzamiento. Todo parecía normal. Pero la normalidad había dejado de ser un estado tranquilizador hacía mucho tiempo.
Metí la llave y entré. La oscuridad me recibió, densa, familiar. Encendí la luz del salón y todo estaba en su sitio. El sofá, la mesa, la estantería con mis libros baratos. Nada movido. Nada fuera de lugar.
Dejé las llaves sobre la consola y me acerqué a la ventana.
Asomé la mirada y allí estaba él. Alejandro.
Todavía en la acera, con la cabeza levantada, esperando ver mi luz.
Levanté la mano para saludarle, aunque sabía que no podía verme desde abajo, y luego encendí la lámpara de la habitación para darle la señal.
Justo cuando me disponía a alejarme de la ventana, el móvil vibró en mi mano.
Un número desconocido. Otra vez.
El miedo que había estado conteniendo desde que vi la raya en la puerta del portal se convirtió en algo sólido, tangible, que me atenazó la garganta. Sabía que no debía abrirlo. Sabía que era una trampa, una provocación, otra forma de jugar conmigo.
Pero mis dedos traicioneros deslizaron la pantalla antes de que pudiera detenerlos.
Un mensaje. Corto. Preciso. Letras negras sobre fondo blanco que parecían escritas con sangre.
«Deberías haberme olvidado.»
Me quedé inmóvil. Literalmente paralizada, con el teléfono en la mano, con la respiración suspendida, con el corazón golpeándome las costillas con una fuerza que me hacía sentir que me iba a romper por dentro.
Por primera vez desde que Víctor desapareció… tenía miedo de verdad.
No el miedo abstracto a las deudas, a las cartas del banco, a la ruina económica.
Eso era terror cotidiano, una compañera incómoda pero familiar.
Este era diferente. Este era visceral. Este era el miedo a que alguien que conocía mi dirección, que sabía dónde dormía, que había estado lo suficientemente cerca como para marcar mi puerta, pudiera hacerme daño físico.
El teléfono vibró de nuevo. Casi lo dejé caer.
Otro mensaje. Mismo número.
«Mañana hablamos. Solos. Sin tu arquitecto.»
Mis ojos se llenaron de lágrimas que no caían. Estaba demasiado asustada para llorar. Demasiado congelada para moverme. Miré alrededor de mi piso, mi refugio de cincuenta metros cuadrados, y de repente pareció un lugar expuesto, vulnerable, un escaparate para cualquier loco que quisiera entrar.
Y entonces sonó el timbre.
El sonido me atravesó como un cuchillo eléctrico. Di un respingo, golpeando la mesa con la cadera, conteniendo un grito. Miré hacia la puerta. El timbre volvió a sonar. Insistente. Urgente.
No era posible. Había visto a Alejandro abajo. Estaba esperando. No podía ser…
A través de la mirilla vi una silueta oscura. Alta. Ancha. Familiar.
Abrir la puerta fue un acto mecánico, de piloto automático, como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi cerebro.
Allí estaba Alejandro. Con el pelo revuelto, con la camisa todavía desabrochada, con los ojos oscuros de preocupación.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, y mi voz sonó extraña, etérea, como si viniera de muy lejos.
Él me miró. Realmente me miró, y vi que sus ojos se oscurecían aún más al ver mi expresión, al notar el terror que seguramente irradiaba de cada poro de mi piel.
—No lo sé —dijo, y su voz era sincera, vulnerable, humana—. Pero sabía que no podía irme.
Quise decirle que se fuera. Quise decirle que era peligroso, que Víctor estaba cerca, que no quería arrastrarlo a mi pesadilla. Quise cerrar la puerta y encerrarme sola con mi miedo, como había hecho siempre.
Pero mis piernas cedieron.
Él me cogió antes de que cayera. Me atrapó con sus brazos fuertes, me apretó contra su pecho, y yo me derrumbé. Finalmente, después de meses de contención, de risas forzadas, de «Estoy perfecta», me derrumbé contra él.
—Está aquí —sollocé, con la cara hundida en su camisa, oliendo su olor aún mezclado con el nuestro de horas antes—. Me ha escrito. Ha marcado la puerta. Alejandro, está aquí.
Él me sostuvo más fuerte. Sentí su mano en mi pelo, acariciando, protegiendo, y su otra mano en mi espalda, sosteniéndome para que no me desintegrara.
—No te va a tocar —dijo, y su voz vibraba con una furia contenida que me reconfortó más que cualquier promesa—. Te lo juro por mi vida, Lucía. No te va a tocar.
Quise creerle. En ese momento, con mi cuerpo temblando contra el suyo, con su corazón latiendo fuerte bajo mi oreja, quise creerle con todas mis fuerzas.
Pero cuando miré por encima de su hombro, hacia la oscuridad del rellano, creí ver una sombra moverse.
Y supe que la guerra acababa de empezar.