El desastre perfecto Capítulo 22
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Capítulo 22

Alejandro

La sentí temblar entre mis brazos. No era el temblor suave de la excitación ni el estremecimiento del frío.

Era un vibrar profundo, animal, que venía de lo más hondo de su ser.

El miedo había transformado su cuerpo en una cuerda tensa, a punto de romperse, y yo la sostenía con fuerza, con una urgencia que no sabía si era protectora o desesperada por sentirla viva contra mí.

—No está aquí —susurré contra su pelo, inhalando el olor a jazmín y a pánico que emanaba de su piel—. No te va a tocar. No mientras yo respire.

Lucía levantó la vista. Sus ojos color miel estaban oscurecidos no solo por el terror, sino por algo más primitivo que emergía entre nosotros.

Esa electricidad que llevábamos semanas conteniendo había encontrado una vía de escape a través del miedo, transformándose en una necesidad voraz de cercanía, de piel contra piel, de prueba tangible de que estábamos vivos.

—No quiero pensar —dijo, y su voz sonó ronca—. No quiero pensar en él. En nada. Solo… solo quiero sentir.

Entendí perfectamente lo que pedía. Necesitaba borrar el miedo con sensaciones, anular la amenaza con placer, sustituir la violencia de Víctor por la ternura que yo podía darle.

Y yo necesitaba lo mismo. Necesitaba reclamarla, marcarla, hacerla mía de una forma que ningún monstruo del pasado pudiera borrar.

La besé. No fue un beso suave. Fue una invasión. Mis labios se estrellaron contra los suyos con una fuerza que nos hizo retroceder hasta que su espalda chocó contra el tronco de un olivo. Ella jadeó en mi boca, no de dolor, sino de alivio, de reconocimiento, de «Por fin».

—Dentro —ordené, separándome apenas para respirar, agarrándola por la cintura con una posesividad que me avergonzaba, pero que no podía controlar—. Ahora.

La casa de mi abuela estaba en silencio.

Carmen dormía la siesta en su habitación del piso de arriba, ajena al vendaval que acabábamos de desatar en el jardín.

Cerré la puerta del salón con cuidado, aunque mis manos temblaban de urgencia, y cuando me giré, Lucía estaba allí, inmóvil en medio de la estancia, con la respiración agitada y los ojos fijos en mí como si fuera la única realidad que existiera.

—Ven aquí —dije, y mi voz salió como un gruñido bajo.

Dio dos pasos y saltó a mis brazos. La cogí en volandas, sintiendo sus piernas envolver mi cintura con fuerza, y la apreté contra la pared más cercana.

El cuadro de un paisaje malagueño cayó al suelo con un ruido sordo, pero ninguno de los dos lo notó.

Estábamos demasiado ocupados en devorarnos el uno al otro.

La besé con una voracidad que me dejaba sin aliento.

Mi lengua entraba en su boca, explorando, reclamando cada rincón, mientras mis manos se enredaban en su pelo, tirando suavemente para inclinar su cabeza hacia atrás y exponer su cuello.

Ella gemía contra mis labios, sonidos bajos y entrecortados que vibraban directamente en mi pecho.

—Joder, cómo te deseo —susurré contra su mandíbula, mordiendo su piel con fuerza suficiente para dejar una marca, para que mañana, cuando despertara, tuviera prueba de que había sido mía.

—Muéstrame —pidió ella, arqueándose contra mí—. Muéstrame cuánto.

La bajé lentamente, dejando que su cuerpo se deslizara contra el mío hasta que sus pies tocaron el suelo.

La miré a los ojos mientras le desabrochaba los vaqueros con dedos torpes, impacientes.

Ella hizo lo mismo con mi camisa, desgarrando un botón en su prisa, y luego bajó las manos por mi torso, dejando un rastro de fuego dondequiera que tocaba.

Cuando estuvimos desnudos, o lo suficientemente desnudos como para que no importara lo demás, la tomé de la mano y la guie hasta el sofá. Pero no nos sentamos. La hice arrodillarse sobre los cojines, mirando hacia atrás, hacia mí, con una mezcla de desafío y súplica en su mirada que me volvió loco.

—Eres perfecta —dije, acariciando la curva de su espalda, bajando por la línea de su columna hasta llegar a sus caderas—. Absolutamente perfecta.

Me arrodillé detrás de ella. Ella jadeó cuando sintió mi aliento en su piel, anticipándose. Pero no entré en ella todavía. Primero, necesitaba saborearla. Necesitaba devorarla hasta que olvidara su nombre, hasta que el miedo fuera solo un recuerdo lejano.

La tomé por las caderas y la giré suave pero firmemente para que quedara sentada en el borde del sofá, con las piernas abiertas para mí.

Sus ojos se oscurecieron cuando entendió lo que iba a hacer.

No dijo nada, solo asintió, con la respiración entrecortada y las manos agarrando los cojines a sus lados.

Me incliné entre sus muslos. Su aroma me envolvió, esa mezcla íntima de jabón y algo más oscuro, más primitivo, que era solo ella. La miré una última vez a los ojos, viendo el deseo, la vulnerabilidad, la entrega absoluta, y luego me sumergí en ella.

El sabor fue eléctrico. Dulce y salado a la vez, intenso, adictivo. Separé sus pliegues con la lengua, encontrando ese punto sensible que la hizo estremecerse violentamente, y lo acaricié con firmeza, con ritmo, con una dedicación que venía de la adoración más profunda.

—Alejandro… —gimió, y su voz sonó rota, desesperada—. Dios, qué… no pares, por favor, no pares.

No tenía intención de parar. La tomé con la boca, chupando suavemente, mientras introducía dos dedos en su interior, sintiendo cómo se cerraban a mi alrededor, calientes, húmedas, perfectas.

Ella se movía contra mi boca, buscando más fricción, más contacto, y yo se la daba, alternando entre lamidas profundas y movimientos circulares con los dedos que la hacían jadear sin control.

Su cuerpo se tensó. Sentí cómo sus músculos internos empezaban a contraerse, cómo sus manos se enredaban en mi pelo, tirando, guiando. Estaba cerca, muy cerca, y yo quería sentirlo, quería saborear su liberación.

—Córrete, Lucía —murmuré contra ella, aumentando el ritmo—. Quiero sentir cómo te corres.

El orgasmo la atravesó como un relámpago, haciéndola arquear la espalda, echando la cabeza hacia atrás con un grito ahogado que intentó contener, pero que escapó como un lamento animal.

La sostuve, prolongando el placer con movimientos suaves de mi lengua, sintiendo cada espasmo, cada contracción, hasta que ella se derrumbó hacia delante, jadeando, temblando, con la piel cubierta de sudor brillante.

La miré desde abajo, con los labios húmedos, el corazón desbocado. Estaba hermosa así: deshecha, vulnerable, satisfecha. Pero yo aún no había terminado. Quería más. Quería todo.

—Tu turno —dijo ella, con una voz que sonó borrosa, etérea, y una sonrisa perezosa que prometía tormento.

Me levanté. Ella se arrodilló frente a mí, en el suelo, mirándome desde abajo con esos ojos que ahora brillaban de una forma diferente. No hubo palabras. Solo acción. Me tomó en su boca con una lentitud deliberada, tortuosa, que me hizo gemir entre dientes.

El calor fue sobrecogedor. La humedad, la suavidad de su lengua, la forma en que me acogía completamente, creando un vacío perfecto que luego rompía con movimientos de cabeza precisos. Mis manos se enredaron en su pelo, no para guiarla, sino para aferrarme a algo, porque las rodillas me fallaban.

Me miraba. Eso era lo que me volvía loco. Me tenía en su boca y no apartaba los ojos de los míos, creando una conexión tan íntima que resultaba casi dolorosa. Veía el deseo en su mirada, el placer que le daba darme placer, y sentía que el control se me escapaba entre los dedos.

—Lucía… —avisé, con la voz ronca—. Voy a… si sigues así…

Ella sonrió alrededor de mí, y el vibrar de sus labios me envió directo al abismo. Me aparté justo a tiempo, agarrándola por los hombros y levantándola con una urgencia que no admitía discusión.

—No, así no —dije, jadeando—. Dentro de ti. Ahora.

La tomé en brazos. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, y caminé con ella hacia la pared más cercana, necesitando sentir su espalda contra algo firme mientras la penetraba. La apreté contra la pared, sosteniéndola por los muslos, y me posicioné en su entrada.

—Mírame —ordené, esperando a que abriera los ojos, a que me viera realmente—. Quiero verte cuando entre.

Asintió, con las pupilas dilatadas, los labios hinchados, la respiración entrecortada. Y empujé.

La sensación fue devastadora. Calor, estrechez, una humedad perfecta que me envolvió por completo.

Ella gritó, no de dolor, sino de plenitud, de alivio, de «Por fin».

Nos quedamos quietos un segundo, conectados de la forma más íntima posible, mirándonos a los ojos, y en ese momento supe que nunca había estado tan cerca de nadie.

—Más —susurró ella, moviendo las caderas contra mí—. Muévete, Alejandro. Por favor.

Comencé a moverme. Embestidas profundas, duras, que la hacían golpear contra la pared con cada empuje. Ella agarraba mis hombros, clavando las uñas en mi piel, y gemía sin control, sin vergüenza, dejando que los sonidos escaparan libremente.

—Así —animó, con la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto—. Más fuerte. Quiero sentirte mañana. Quiero saber que estuviste aquí.

Aumenté el ritmo. La fricción era deliciosa, el sonido de nuestras carnes chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y gemidos. La tenía completamente abierta para mí, vulnerable, a mi merced, y aun así sentía que era yo quien estaba siendo conquistado.

—Toca tu clítoris —ordené, con la voz gruesa—. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.

Ella obedeció, bajando una mano entre sus cuerpos, y vi cómo su expresión cambiaba, cómo se tensaba, cómo se mordía el labio inferior con fuerza. El placer se acumulaba en su rostro como una tormenta, visible, palpable.

—Estoy cerca —avisó, con la voz temblorosa—. Alejandro, voy a…

—Ahora —gruñí, sintiendo mi propio orgasmo acercarse, imparable—. Córrete conmigo. Ahora.

Nos corrimos juntos. Fue un estallido simultáneo, una ola de placer que nos arrastró a los dos al mismo tiempo.

Sentí cómo ella se contraía violentamente a mi alrededor, cómo su cuerpo se arqueaba, cómo gritaba mi nombre con una mezcla de éxtasis y alivio.

Y yo me vacié en ella, con embestidas profundas y descontroladas, perdiendo todo el control que tanto me costaba mantener, entregándome por completo.

Nos desplomamos en el suelo. La sostuve en mi regazo, todavía conectados, temblando los dos, con el corazón martilleando en unísono. Enterré la cara en su cuello, inhalando su olor, sintiendo su pulso contra mis labios.

—Estás bien —susurré, más para convencerme a mí mismo que para ella—. Estás aquí. Estás viva. Y eres mía.

Ella asintió contra mi pecho, con las manos enredadas en mi pelo, todavía sin aliento.

—Tuya —repitió, y la palabra sonó como una promesa—. Solo tuya.

Permanecimos así durante largos minutos, dejando que la respiración se calmara, que el sudor se enfriara sobre nuestras pieles, que la realidad volviera suavemente.

Pero el miedo había desaparecido, al menos por ahora.

Había sido sustituido por algo más fuerte: la certeza de que, juntos, podíamos enfrentarnos a cualquier cosa.

Incluso a los fantasmas del pasado.