El desastre perfecto Capítulo 21
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Capítulo 21

Alejandro

Pasé la noche convenciéndome de que había sido ridículo.

De que mi reacción en el bar había sido propia de un adolescente inmaduro, no de un hombre adulto de treinta y siete años.

Lucía no era mía. No teníamos nada. No habíamos hecho ninguna promesa, no habíamos establecido ningún tipo de exclusividad, no tenía derecho a sentirme posesivo ni enfadado porque ella pasara una noche divertida con sus amigos.

Pero mientras me repetía esas verdades lógicas, una y otra vez, como si fueran un mantra que pudiera exorcizar mis demonios, sabía que mentía.

Porque estaba molesto. Molesto de una forma que me resultaba infantil e irracional, pero completamente real.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de ella abrazada a Carlos, riéndose de algo que él le decía, y sentía que el estómago se me revolvía con una mezcla de rabia y frustración que no sabía cómo canalizar.

Los celos. Esa emoción que siempre había considerado absurda, propia de personas inseguras y controladoras.

Yo nunca había sido celoso. Ni con Marta, ni con las novias anteriores, ni con nadie.

Siempre había mantenido esa distancia emocional que me permitía observar las relaciones con objetividad, sin dejarme llevar por impulsos irracionales.

Pero Lucía rompía todas mis reglas. Y ahora, sentado frente a mi portátil con un café frío a mi lado, tenía que admitir que estaba celoso. Celoso como un loco. Celoso de un hombre que probablemente solo era su amigo, celoso de su risa, celoso de su tiempo, celoso de cualquier cosa que no fuera yo.

Era patético. Lo sabía. Pero no podía evitarlo.

Cuando llegué a casa de Carmen al día siguiente, la vi antes de que ella me viera.

Estaba en el jardín, regando las plantas con una manguera, canturreando algo que no lograba identificar.

Llevaba vaqueros viejos y una camiseta blanca que se le había mojado ligeramente, lo que dejaba ver la silueta de su sujetador.

El pelo recogido en una coleta despeinada, sin maquillaje, con el rostro iluminado por una sonrisa que no había visto en días.

Estaba de buen humor. Radiante, casi. Como si la noche anterior le hubiera sentado bien, como si Carlos o el alcohol o simplemente la diversión la hubiera transformado en esta versión suya que brillaba con luz propia.

Y eso, irracional e injustamente, me irritó aún más.

—Parece que ayer lo pasaste bien —dije, saliendo al patio, incapaz de contener el comentario venenoso.

Ella se giró, sorprendida. La manguera se le escapó de las manos durante un segundo, salpicando agua sobre sus zapatillas.

—Alejandro —dijo, recuperando el control de la manguera—. No te había oído llegar.

—Evidentemente —murmuré, sentándome en el banco de piedra—. Estabas en tu mundo.

Lucía me miró con esa expresión suya de «Estás siendo raro y no sé por qué». Apagó la manguera y se acercó, secándose las manos en los vaqueros.

—¿Me estás preguntando o me estás interrogando? —dijo, con voz neutra, pero con los ojos brillando de esa forma que significaba peligro.

—Ninguna de las dos —respondí, mirando hacia otro lado, hacia los limoneros, hacia cualquier sitio que no fueran sus ojos, esos que eran capaces de ver demasiado.

—Pues pareces un policía enfadado —dijo ella, y había un deje de diversión en su voz que me irritó—. ¿Te han dado una multa? ¿Ha fallado el despertador? ¿O es que simplemente te has levantado con el pie izquierdo?

No respondí. No quería decir lo que estaba pensando. No quería admitir que había pasado la noche dando vueltas en la cama, imaginándola con Carlos, torturándome con escenarios que probablemente no habían ocurrido, pero que mi mente se empeñaba en crear con todo lujo de detalles.

Ella se quedó quieta frente a mí, observándome. El silencio se extendió entre nosotros, cargado de electricidad. Y entonces, como si hubiera encendido una luz en una habitación oscura, sonrió. No una sonrisa amable. Una sonrisa de descubrimiento, de triunfo, de «Te he pillado».

—¿Estás celoso? —preguntó, directa, sin rodeos.

—No —respondí, demasiado rápido, demasiado fuerte.

—Alejandro.

—No —repetí, pero mi voz falló en la segunda sílaba.

—Tienes una cara de que vas a discutir con alguien, increíble —dijo ella, y ahora se estaba riendo, disfrutando del momento, disfrutando de mi incomodidad—. En serio. Parece que vas a pedirme que me pelee contigo en el aparcamiento.

Intenté negarlo. Abrí la boca para decir que no tenía idea de qué hablaba, que estaba siendo absurda, que yo no era de esos hombres posesivos y ridículos.

Pero las palabras no salieron. Porque estaba mintiendo.

Y ella lo sabía. Y yo lo sabía. Y la farsa se desmoronaba ante nosotros como un castillo de naipes.

—No es… —empecé y me detuve.

—¿Sí? —Insistió ella, acercándose un paso más.

—No es lo que crees —dije finalmente, débilmente.

—¿Y qué es?

—Es que… —busqué las palabras, desesperado—.

Es que te vi con él. Con ese tío. Y te reías.

Y él te tocaba. Y yo… yo no podía soportarlo.

Y sé que no tengo derecho. Sé que no somos nada.

Sé que puedes reírte con quien quieras y que puede que ese tío sea solo un amigo y que estoy siendo un idiota, pero…

pero sí. Sí, estoy celoso. Terriblemente celoso.

De un modo que me avergüenza y que no puedo controlar.

Las palabras salieron en un torrente, desordenadas, sinceras, vulnerables. Una confesión arrancada de lo más profundo de mi ser, arrastrando con ella todo mi orgullo, toda mi compostura, todo mi control.

Lucía se quedó quieta. La sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por una expresión de sorpresa que no supe interpretar. ¿Shock? ¿Desagrado? ¿Piedad?

Y entonces, cuando ya me estaba preparando para que se riera de mí, para que me dijera que estaba siendo ridículo y que, por favor, me fuera a mi casa, hizo algo que no esperaba.

Se echó a reír.

No una risa burlona. Una risa cálida y profunda que iluminó su rostro y transformó sus ojos en dos medias lunas de diversión genuina.

Se rio de esa forma descontrolada suya, poniendo una mano sobre el estómago, inclinándose hacia adelante, como si mi confesión fuera lo más divertido que había escuchado en semanas.

—Dios mío —dijo entre jadeos—. Eres… eres increíble.

—Gracias —murmuré, sintiendo que la cara me ardía—. Me alegra ser el bufón de la velada.

—No —dijo ella, secándose las lágrimas de la risa, acercándose y sentándose a mi lado en el banco—. No eres un bufón. Eres… eres real. Y eso me desarma.

Me miró. Realmente me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes. No era solo atracción. No era solo deseo. Era… comprensión. Como si mi estupidez celosa la hubiera tocado de alguna manera, como si verme vulnerable, deshecho, ridículo, la hubiera acercado más a mí en lugar de alejarla.

—Carlos es solo un amigo —dijo, suavemente—. Un amigo que está atravesando una separación horrible y necesita a alguien que le escuche. Nada más.

—Joder —respondí, mirando mis manos—. Odio que me importe tanto. Odio sentirme así. Pero no puedo evitarlo.

Ella puso una mano sobre la mía. Un gesto pequeño, casi insignificante, pero que me atravesó como una corriente eléctrica.

—A mí también me molestaría verte con otra —confesó, tan bajo que apenas la oí—. Aunque no tenga derecho. Aunque hayamos dicho que esto es complicado. Me molestaría. Mucho.

Levanté la vista. Nuestros ojos se encontraron.

Y en ese momento, con el sol de la mañana filtrándose entre las hojas de los limoneros y el olor a jazmín flotando en el aire, sentí que algo cambiaba.

Que la barrera que ella mantenía entre nosotros se agrietaba.

Que quizás, solo quizás, había esperanza.

—Lucía, yo…

Mi teléfono vibró. Una interrupción brutal, fuera de lugar, que rompió el momento como un cristal que se estrella contra el suelo. Maldije en voz baja, sacando el móvil del bolsillo, preparado para ignorarlo.

Pero vi el nombre de Héctor en la pantalla y el mensaje que me enviaba.

Héctor: Es urgente. Llámame ya.

—Tengo que… —dije, levantándome, con el corazón empezando a acelerarse por razones que nada tenían que ver con Lucía.

—Contesta —dijo ella, con una expresión de preocupación que apareció rápidamente—. Si Héctor dice que es urgente, es urgente.

Marqué su número con los dedos torpes. Sonó una vez. Dos.

—Alejandro —dijo Héctor al contestar y su voz era diferente. Tenso. Profesional. Sin rastro de broma—. He encontrado algo. Algo importante.

—¿Qué?

—Una cuenta bancaria. A nombre de una empresa fantasma vinculada a Víctor. Y hay movimientos recientes. De hace tres días, Alejandro. Alguien ha retirado dinero. Una cantidad considerable.

Sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies. Tres días. Movimientos recientes. Eso significaba…

—¿Dónde? —pregunté, con la voz ronca.

—Aquí. En Málaga. O al menos, en una sucursal de la provincia.

El mundo se encogió hasta convertirse en un punto negro. Giré hacia Lucía. Ella me miraba, ya pálida, como si intuyera que la noticia era mala antes de que yo dijera una palabra.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, con voz temblorosa.

—Han encontrado una cuenta —dije, bajando el teléfono, pero manteniendo la llamada abierta—. Vinculada a Víctor. Con movimientos recientes. Alguien está usando el dinero de las estafas. Aquí, Lucía. Aquí en Málaga.

Ella se quedó inmóvil. El color desapareció de su rostro en cuestión de segundos, dejándola pálida como una estatua de mármol. Sus ojos, esos ojos color miel que minutos antes brillaban de risa, se oscurecieron de miedo.

—Eso significa… —empezó, y su voz se quebró.

—Significa que podría estar cerca —terminé por ella—. Que no se fue lejos. Que sigue aquí, operando, quizás planeando…

No terminé la frase. No hacía falta. El miedo que vimos en los ojos del otro fue suficiente para completar el pensamiento.

Víctor no había desaparecido para siempre. Estaba cerca. Muy cerca. Y ahora que sabíamos que había movimiento, que había dinero fluyendo, que había actividad reciente, la amenaza dejó de ser un fantasma del pasado para convertirse en un peligro real, tangible, inminente.

Lucía se tambaleó. La sujeté por los hombros, sintiendo su cuerpo frío y rígido bajo mis manos. Estaba aterrorizada. Y yo también.

Pero mientras la sostenía, mientras sentía su miedo vibrar contra mi pecho, supe una cosa con absoluta certeza: no la dejaría sola. No importaba lo que ella dijera, no importaba lo complicado que fuera nuestro vínculo, no importaban los celos absurdos ni el miedo a involucrarme.

Víctor había vuelto. O nunca se había ido. Y esta vez, no se saldría con la suya.

Esta vez, estaría allí para protegerla. Aunque ella me odiara por ello.