El desastre perfecto Capítulo 20
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Capítulo 20

Alejandro

Héctor insistió en que necesitaba salir.

Dijo que llevaba demasiado tiempo encerrado en mi casa de Málaga, revisando planos que no me concentraba en leer, obsesionándome con la investigación sobre Víctor, esperando llamadas que no llegaban.

Dijo que me estaba convirtiendo en un viejo amargado antes de tiempo y que, si no salía con él esa noche, me arrastraría a la fuerza.

Así que allí estábamos, en un bar del centro que Héctor había elegido por razones que no me explicó y que probablemente tenían que ver con alguna chica que había conocido la semana anterior.

El local estaba lleno, con música demasiado alta y gente demasiado joven bebiendo cócteles de colores imposibles.

Yo me sentía fuera de lugar, incómodo, con mi camisa de lino arrugada y mi vaso de whisky que sostenía como si fuera un ancla.

—Relájate —dijo Héctor, dándome una palmada en la espalda—. Estás más tenso que una cuerda de piano. ¿Qué te pasa, tío?

—Nada —mentí, dando un sorbo al whisky—. Solo estoy cansado.

—Cansado de qué —replicó Héctor, con esa sonrisa suya de «No me engañas». ¿De pensar en ella?

No respondí. No hacía falta. Llevaba días así, desde que había salido de su piso, desde que había dicho esas palabras que ahora me parecían insuficientes, desde que la había dejado sola porque ella lo había pedido y yo no sabía cómo negarme sin romper algo que aún no entendía.

—Vamos, Alejandro —insistió Héctor—. Estamos en un bar lleno de gente guapa. Mira, esa rubia de la barra no para de mirarte. Y esa morena de la esquina… vaya, vaya. Sonríe. Vamos a pasarlo bien. Por una noche, olvida a la chica de las deudas.

Quise decirle que no podía olvidarla. Que había intentado durante tres días y cada intento había sido un fracaso estrepitoso.

Que su imagen se había grabado en mi retina, en mi cerebro, en cada rincón de mi ser hasta el punto de que ver una lámpara me recordaba a ella intentando arreglarla, ver un jazmín me recordaba su olor, ver una puta mesa me recordaba…

Entonces la vi.

Estaba en la terraza, al fondo, bajo una de esas luces de colores que cambiaban de azul a rosa.

Y no era ella. O sí era ella, pero era una versión de ella que no había visto nunca.

No era la Lucía cansada después de trabajar, con el pelo recogido en una coleta despeinada y los ojos llenos de preocupación.

No era la mujer agotada que limpiaba casas ajenas y se reía de sus propias desgracias para no llorar.

Era una mujer transformada. Llevaba un vestido negro que se adhería a sus curvas de una manera que me dejó sin aliento.

El pelo suelto, oscuro, brillante, cayéndole por los hombros en ondas que parecían haber sido peinadas por alguien que sabía lo que hacía.

Llevaba tacones que alargaban sus piernas y la hacían parecer más alta, más segura, más… peligrosa.

Pero lo peor, o lo mejor, dependiendo de cómo se mirara, era su risa. Estaba riendo. Una risa real, profunda, sin filtros, sin sarcasmo defensivo. Una risa que iluminaba su rostro y la hacía parecer la mujer más hermosa del mundo. Y no estaba sola.

A su lado había un hombre. Joven, moreno, con una camiseta negra y una sonrisa fácil.

Estaba sentado demasiado cerca de ella, con la mano sobre la suya en un gesto que podía ser de amistad o de algo más, y Lucía no se apartaba.

Al contrario, se inclinaba hacia él, riendo de algo que le decía, con una complicidad que me revolvió el estómago de una forma que no quería reconocer.

—Alejandro —dijo Héctor, y su voz sonaba lejana, como si viniera de bajo el agua—. ¿Me estás escuchando?

No respondí. No podía apartar la vista. Estaba completamente paralizado, con el vaso de whisky a medio camino de los labios, mirando fijamente hacia la terraza como si fuera la única cosa que existiera en el universo.

Entonces pasó lo peor. Lucía se abrazó a él.

Apretó la cara contra su cuello, con los brazos alrededor de sus hombros, y él la sostuvo.

La sostuvo con una ternura que me hizo ver rojo.

Durante unos segundos que parecieron horas, estuvieron así, abrazados, y yo sentí que el mundo se detenía y se contraía hasta convertirse en un punto de pura rabia irracional.

—Vaya —dijo Héctor, siguiendo mi mirada—. Parece que tu chica está ocupada.

—No es mi chica —espeté, demasiado rápido, demasiado fuerte.

—Claro —dijo Héctor, y pude oír la sonrisa en su voz—. Por eso estás mirando a esa mujer como si quisieras romperle la cara al pobre chico.

Apreté el vaso con tanta fuerza que temí que se rompiera en mi mano. Héctor tenía razón. Quería romperle la cara. Quería atravesar la habitación, agarrar a ese tipo por el cuello de la camisa y sacarlo de allí a rastras. Quería gritarle que se apartara, que no la tocara, que ella no era de él, que…

—No quiero romperle la cara —dije, intentando controlar la voz.

—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó Héctor, inclinándose hacia mí, curioso.

Tardé demasiado en responder. Los segundos se alargaron mientras yo luchaba contra la verdad que intentaba emerger. Quería que dejara de tocarla. Quería que desapareciera. Quería ser yo quien estuviera sentado a su lado, quien la hiciera reír así, quien recibiera sus abrazos.

—Que deje de tocarla —dije finalmente, y la confesión salió como un gruñido bajo, casi animal.

Héctor sonrió. No una sonrisa burlona, sino una de esas sonrisas de comprensión que solo pueden dar los amigos que te conocen demasiado bien.

—Ah —dijo, asintiendo lentamente.

Silencio. La música seguía sonando, la gente seguía riendo, pero entre nosotros hubo un silencio denso, cargado de significado.

—Estás perdido —dijo Héctor finalmente.

No respondí. Porque sabía que era verdad. Estaba perdido, completa y absolutamente perdido, en una mujer que no me quería cerca, que me había pedido que me fuera, que estaba en brazos de otro hombre a escasos metros de distancia.

Pero no podía apartar la vista. No podía dejar de mirarla.

Héctor me obligó a sentarme en un taburete de la barra, lejos de la vista directa de la terraza, aunque yo seguía girándome cada dos minutos para asegurarme de que seguía allí, de que no se había ido con él, de que…

—Para —dijo Héctor, poniéndome una mano en el hombro—. Respira. Cuéntame qué está pasando.

—Nada —mentí de nuevo—. Solo… solo no esperaba verla aquí. Y menos así.

—¿Así cómo?

—Así… —busqué las palabras—. Así de guapa. Así de segura. Así de… feliz.

Héctor me miró durante unos segundos, evaluándome.

—Alejandro, llevas dos semanas hecho un zombi. Desde que saliste de su piso, según me has contado, no has dormido, apenas comes, y ahora resulta que te pones así porque la ves sonreír con otro tío. Esto no es solo atracción, amigo. Esto es algo más.

—No es nada —insistí, aunque la voz me falló.

—Es todo —corrigió Héctor—. Y lo sabes. Por eso te duele tanto verla ahí. Porque has caído. Y has caído fuerte.

Quise negarlo. Quise decirle que estaba equivocado, que solo me preocupaba por ella, que era una cuestión de protección, de caballerosidad, de…

de qué, exactamente. ¿De qué servía negarlo cuando mi cuerpo entero se tensaba cada vez que ese tipo le tocaba el hombro, y mis puños se cerraban solos cada vez que ella se reía de algo que él decía?

—Joder —protesté.

Héctor se rio, una carcajada que atrajo algunas miradas.

—Dios, Alejandro. Estás celoso. Tú, el señor Control, el hombre que nunca se altera, está celoso como un adolescente.

—No estoy celoso —mentí, sabiendo que era inútil.

—Estás verde —insistió Héctor—. Estás que echas humo. ¿Y sabes qué? Me alegro. Porque significa que eres humano. Que sientes. Que no eres solo un robot con traje de Armani.

Pedí otro whisky. Necesitaba algo que me quemara la garganta y me distrajera de la imagen de ellos dos juntos, tan cómodos, tan felices.

—¿Qué hago? —pregunté, y la pregunta salió más vulnerable de lo que pretendía.

Héctor se encogió de hombros.

—¿Qué quieres hacer? ¿Ir ahí y declararle tu amor? ¿Pegarle al pobre chico? ¿Llevártela en tu caballo blanco?

—No tengo caballo —murmuré.

—Metáfora, tío. —Héctor suspiró—. Mira, no sé qué decirte. Si ella te pidió espacio, deberías respetarlo. Pero si la quieres, si de verdad la quieres, no puedes quedarte de brazos cruzados viendo cómo otro se la lleva.

—No es así de simple.

—Nunca lo es —dijo Héctor—. Pero a veces tenemos que arriesgarnos. ¿O prefieres pasarte la vida preguntándote qué habría pasado?

Miré hacia la terraza otra vez. Lucía se había separado de ese hombre, estaba hablando con Alba, gesticulando con las manos como solía hacer cuando se emocionaba.

Parecía feliz. Realmente feliz. Y yo me pregunté si tenía derecho a interrumpir esa felicidad, a complicarle la vida con mis sentimientos cuando ella ya tenía suficiente con sus deudas, con su pasado, con su miedo.

Pero luego el tipo se acercó de nuevo. Le dijo algo al oído que la hizo reír, y ella le puso los ojos en blanco de esa forma que yo conocía, esa forma que me hacía querer estrangularla y besarla al mismo tiempo. Y él le devolvió la sonrisa, y yo sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Vámonos —dije, dejando el vaso sobre la barra—. No puedo estar aquí.

—Alejandro…

—Vámonos —repetí, más firme—. Por favor.

Héctor asintió, resignado. Dejó un billete sobre la barra y me siguió hasta la salida. Pero cuando estábamos a punto de salir, justo en la puerta, ocurrió lo peor que podía ocurrir.

Lucía nos vio.

Estaba de pie, cerca de la barra, esperando a que le sirvieran algo.

Sus ojos se encontraron con los míos y se abrieron como platos.

Por un segundo, el mundo se detuvo. Ni siquiera sonreí ni asentí.

Solo la miré, con todo lo que sentía a flor de piel, con la rabia, los celos, el deseo, el miedo, todo mezclado en una sola mirada que duró una eternidad.

Ella abrió la boca para decir algo, pero yo giré la cabeza y salí del bar. No podía estar ahí. No podía verla, no podía olerla, no podía sentir que estaba tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Caminamos por las calles de Málaga en silencio. El aire de la noche me despejó un poco la cabeza, pero el nudo en el estómago seguía ahí, firme, doloroso.

—Eres un idiota —dijo Héctor finalmente.

—Lo sé —respondí, sin discutir.

—Un idiota cobarde.

—También lo sé.

—¿Y ahora qué? —preguntó, deteniéndose frente a su coche—. ¿Vas a dejar que se vaya con él? ¿Vas a rendirte?

—Ella no quiere que luche —dije, y mi voz sonó amarga—. Ella quiere que me aleje. Que la deje en paz.

—¿Y tú? —Insistió Héctor—. ¿Qué quieres tú?

Miré hacia el cielo, donde las estrellas brillaban débilmente sobre la contaminación lumínica de la ciudad.

Quería demasiadas cosas. Quería volver atrás, al momento en que estábamos en su sofá, y decirle que me quedaba, que no la dejaría sola, que la quería.

Quería volver a entrar en ese bar, apartar a ese tipo de un empujón y besarla delante de todo el mundo.

Quería protegerla de todo, de Víctor, de las deudas, de ella misma.

Pero también quería respetarla. Y eso significaba aceptar que ella decidiera, aunque su decisión me destrozara.

—Quiero que sea feliz —dije finalmente, y era verdad—. Aunque no sea conmigo.

Héctor me miró durante largo rato. Luego suspiró y abrió la puerta de su coche.

—Eres un romántico de mierda, Alejandro —dijo—. Y estás más perdido de lo que pensaba. Pero respeto tu decisión. Aunque creo que es un error.

Subió al coche y se fue, dejándome solo en la acera, con el corazón hecho pedazos y la certeza de que había cometido el mayor error de mi vida.

Porque la había dejado ir. Otra vez.

Y esta vez, quizás, no hubiera una segunda oportunidad.