Capítulo 19
Lucía
Alba no me dio opción. Literalmente.
Apareció en mi piso el sábado por la tarde con un vestido negro colgado del brazo, unas sandalias de tacón que parecían armas mortales, y una expresión de determinación que habría asustado a cualquier general de guerra.
—Te vas a vestir —dijo, dejando el vestido sobre mi cama como si fuera un decreto real—. Te vas a maquillar. Y te vas a venir conmigo a tomar algo. Y no aceptaré un no por respuesta.
—Alba, estoy cansada…
—Cansada de qué —interrumpió, poniendo las manos en las caderas—. ¿De trabajar? ¿De vivir? ¿De dejar que la vida pase mientras tú te quedas en este piso de cincuenta metros cuadrados mirando al techo y contando los problemas?
—De todo —admití, sentándome en el borde de la cama—. De todo, Alba. Estoy agotada. Mental, física y emocionalmente. No tengo energía para sonreír, mucho menos para salir de fiesta.
No era mentira. Habían pasado tres días desde que Alejandro se había ido de mi piso, desde que me había dicho esas palabras que aún resonaban en mi cabeza como un eco constante.
Tres días en los que había intentado mantener la rutina, limpiar las casas, cuidar de Carmen, sonreír como si no hubiera pasado nada.
Pero por las noches, cuando apagaba la luz y me quedaba sola con mis pensamientos, sentía que me ahogaba.
El miedo había vuelto. El miedo a Víctor, a los mensajes, a la foto movida en mi salón.
Pero también otro miedo, más profundo, más peligroso.
El miedo a lo que sentía por Alejandro. A la forma en que me había mirado cuando se fue.
A la certeza de que, si me dejaba llevar, acabaría destrozada otra vez.
—Precisamente por eso tienes que salir —dijo Alba, sentándose a mi lado y tomando mis manos entre las suyas—.
Lucía, llevas semanas viviendo como si tuvieras noventa años.
Como si fueras una anciana a la que le queda poco tiempo y tiene que ahorrar energía.
Tienes veintinueve años. Veintinueve. Y estás permitiendo que un imbécil que te robó el dinero te robe también la juventud.
—No es solo Víctor…
—Lo sé —dijo ella, suavizando la voz—. También es el arquitecto.
Es el miedo. Es todo. Pero escúchame bien: no puedes pasarte toda la vida pagando las consecuencias de un hombre horrible.
No puedes dejar que él gane. Entonces, ¿qué propones?
—pregunté, sintiendo que la resignación me ganaba—.
¿Que vayamos a un bar, bebamos hasta emborracharnos y finjamos que la vida es perfecta?
—Exacto —dijo Alba, levantándose y empezando a revolver mi armario en busca de ropa interior decente—.
Eso es exactamente lo que propongo. Que vayamos a un bar.
Que bebamos. Que bailemos. Que hablemos con gente que no sea clienta tuya o anciana.
Que rías de verdad, no esa risa forzada que usas como escudo.
Que te sientas de veintinueve años, no de noventa.
Que seas simplemente tú, Lucía. La Lucía que eras antes de que ese hijo de puta te convirtiera en esto.
Sus palabras me golpearon con una fuerza que no esperaba.
Porque tenía razón. Dios, cómo la tenía.
Había olvidado cuándo era la última vez que había hecho algo por pura diversión, sin sentir que estaba perdiendo el tiempo que debería dedicar a trabajar para pagar deudas.
¿Cuándo había sido la última vez que me había reído sin que detrás de esa risa hubiera una capa de ansiedad?
—Vale —dije finalmente, levantándome—. Vale. Me vestiré. Pero si me pides que me ponga esos tacares, te juro que te los clavo en el ojo.
Alba sonrió, triunfante.
—Esa es mi Lucía —dijo, lanzándome el vestido—. Vamos a divertirnos. Aunque nos mate.
El bar estaba en el centro, en una calle peatonal que no frecuentaba desde antes de conocer a Víctor. Tenía música en vivo, una terraza amplia iluminada con luces de colores, y una atmósfera de gente joven disfrutando del sábado noche que me resultó extrañamente reconfortante.
Alba me había maquillado con los ojos ahumados y los labios rojos de manera que, según ella, estaba para comerme, y me había obligado a ponerme el vestido negro que se adhería a mis curvas de una forma que me hacía sentir expuesta, pero también, admitámoslo, poderosa.
Los tacones me hacían daño en los pies, pero me obligué a no quejarme.
Pedimos dos gin-tonics. El primer trago quemó mi garganta de la manera correcta, ese ardor que anuncia que la noche puede ser diferente si te dejas llevar.
—Por tu libertad —dijo Alba, levantando su copa—. Porque dejes de ser la mujer de las deudas y vuelvas a ser la mujer de las risas.
—Por eso —brindé, chocando mi vaso contra el suyo.
Empezamos a beber. No con prisa, pero con determinación.
La música era buena, una mezcla de pop español de los noventa y cosas más modernas que no conocía.
Alba me arrastró a bailar, y durante tres canciones seguidas me olvidé de todo.
De Alejandro, de Víctor, de los sesenta mil euros, de la foto movida en mi piso.
Solo existía la música, el movimiento de mi cuerpo, la risa de Alba cuando intentaba enseñarme un paso que yo ejecutaba con torpeza.
—¡Mira, sabes mover el culo! —Exclamó Alba, señalándome con la copa—. ¡Pensaba que lo habías olvidado!
—También sé respirar —respondí, jadeando ligeramente—. Aunque con este vestido apretado lo dudo.
Estábamos en la barra, pidiendo la tercera ronda, o quizás era la cuarta, ya había perdido la cuenta, cuando los vi entrar.
Dani y Carlos.
Dani llevaba una camisa azul que hacía juego con los ojos de Alba, y Carlos iba con vaqueros y una camiseta negra que le sentaba de maravilla.
Parecían recién salidos de algún plan que habían tenido por la tarde, relajados, sonrientes, llenos de esa energía de sábado noche que yo había echado de menos sin saberlo.
—¡Mira quién está aquí! —exclamó Dani, acercándose a abrazar a Alba—. Justo la persona con la que quería encontrarme.
Los vi juntos y sentí una punzada de envidia sana.
No porque quisiera a Dani —Dani era adorable, pero no era mi tipo—, sino porque la forma en que la miraba, con esa mezcla de adoración y deseo, me recordaba lo que yo había tenido brevemente con Alejandro y que ahora parecía un sueño lejano.
Estaban acaramelados, con los brazos entrelazados, riendo de chistes privados, y por un momento me sentí la tercera en discordia, la amiga soltera que acompaña a la pareja feliz.
Pero Carlos me salvó. Se sentó a mi lado en la barra, pidió una cerveza, y me miró con esa sonrisa suya de «Estamos en el mismo barco».
—¿Cómo va la vida, reina de las deudas? —preguntó, bromeando, pero con cariño.
—Va —respondí, encogiéndome de hombros—. Va y viene. Como el mar.
—Qué profundo —dijo, arqueando una ceja—. ¿O es el gin-tonic el que habla?
—Un poco de ambos.
Estábamos en una mesa de la terraza, los cuatro, con la música sonando a un volumen que permitía hablar sin gritar.
Alba y Dani estaban en su mundo, inclinados el uno hacia el otro, compartiendo unos nachos y mirándose como si el resto del bar no existiera.
Carlos y yo nos quedamos en nuestra esquina, con nuestras cervezas, dos náufragos que se entendían sin necesidad de explicaciones.
—Cuéntame —dijo Carlos de repente, inclinándose hacia mí—. ¿Qué pasa con el arquitecto?
Me atraganté con la cerveza.
—¿Qué?
—No te hagas la tonta, Lucía —dijo, bajando la voz—. Llevas tres semanas distraída. Y no es solo lo de tu ex, ¿verdad? Es él. Alejandro. El tipo del que me hablaste.
Miré hacia otro lado, hacia la calle, hacia cualquier sitio que no fueran sus ojos demasiado perceptivos.
—Es complicado —dije finalmente.
—Todo es complicado contigo —replicó, pero sin malicia—. Cuéntame. De verdad. Somos amigos, ¿no? Y los amigos escuchan las historias de mierda sin juzgar.
Y entonces, impulsada por el alcohol, por la noche, por la necesidad de desahogarme con alguien que no fuera Alba, se lo conté todo.
Le hablé de la noche en mi piso, de lo que había pasado entre nosotros, del sexo salvaje y apasionado que habíamos tenido contra la pared, sobre la mesa, en el sofá.
Le hablé de cómo me había hecho sentir, de las cosas que me había dicho después, de su confesión sobre su exmujer y su divorcio, de la forma en que me había mirado cuando se fue.
—Me dijo que le importaba —confesé, sintiendo que la voz se me quebraba—. Que no se iba a ir, que no me haría daño. Y yo… yo quise creerle, Carlos. Quería tirarme a sus brazos y decirle que sí, que me quedaba, que intentáramos esto, sea lo que sea. Pero tengo miedo. Dios, tengo tanto miedo.
Carlos me escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando, sin interrumpir. Cuando terminé, cuando solté todo lo que llevaba dentro en un torrente de palabras que apenas podía controlar, me tomó la mano y la apretó.
—¿Miedo de qué? —preguntó, suavemente.
—De volver a sufrir. De que sea como con Víctor, o peor. De que me enamore de verdad y luego descubra que él también tiene un lado oscuro, que también me mentirá, que también me dejará hecha pedazos. No puedo pasar por eso otra vez, Carlos. No sobreviviría.
Carlos suspiró. Se terminó su cerveza de un trago y me miró con una seriedad que no le había visto antes.
—Escúchame bien —dijo—. Si no lo intentas, nunca sabrás si saldrá bien o no.
Y sí, puede que salga mal. Puede que te rompa el corazón.
Pero también puede que sea lo mejor que te ha pasado en la vida.
¿No prefieres saberlo? ¿No prefieres arriesgarte a ser feliz antes que quedarte en este limbo de miedo y de «¿Y si… ?»?
Sus palabras resonaron en mi cabeza. Las había oído antes, en boca de Alba, incluso de mi madre. Pero viniendo de él, de alguien que había sido abandonado a punto de casarse, que había visto cómo la mujer que amaba elegía a otro, tenían un peso diferente.
—Eres demasiado sabio para tu propio bien —dije, intentando sonreír.
—Soy un desastre —corrigió—. Pero soy un desastre que ha aprendido que el miedo no es razón para no vivir.
Me abracé a él. Apreté la cara contra su cuello, oliendo su colonia barata y su champú, sintiendo el calor de su amistad que me envolvía como una manta. Suspiré contra su piel, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo se escaparan un poco, humedeciendo su camiseta.
—No entiendo cómo esa mujer pudo dejarte por otro —dije, con la voz ahogada contra su hombro—. Eres un hombre encantador, Carlos. Cualquiera querría estar contigo.
Él se rio, un sonido vibrante que resonó en su pecho.
—Cualquiera menos tú —dijo, con un deje de broma—. Que me quieres como amigo. Eso no habla muy bien de mi masculinidad, ¿sabes? Tener delante a una mujer como tú y que solo me vea como un confidente.
Me aparté, secándome las lágrimas, y le di un puñetazo suave en el brazo.
—Idiota —dije, sonriendo de verdad por primera vez en la noche—. Te quiero como amigo porque eres el mejor amigo que he tenido en años. Y porque sé que, si algún día me caso y tengo hijos, quiero que seas el padrino de mi boda.
Sus ojos se iluminaron. Sonrió, esa sonrisa suya que transformaba su cara de hombre atractivo pero triste en algo cercano a la felicidad.
—Te tomo la palabra —dijo—. Y si no me equivoco, esa boda igual es con cierto arquitecto…
Puse los ojos en blanco, aunque sentí que el corazón me daba un vuelco.
—No —dije, firme—. El arquitecto ha sido un error. Un error y nada más. Un momento de debilidad.
Carlos me miró durante unos segundos, con esa expresión de «Sé que estás mintiendo, pero te dejaré con ello». Luego se encogió de hombros y dijo:
—A veces, las mejores historias de amor comienzan con el peor error de nuestras vidas. Piénsalo.
Me quedé callada. La frase giraba en mi cabeza como una moneda lanzada al aire. ¿Podía ser verdad? ¿Podía algo bueno nacer de algo que había empezado con tanta torpeza, con tanta desconfianza, con tanto miedo?
Miré a mi alrededor. Alba y Dani se besaban discretamente, perdidos en su burbuja. Carlos me sonreía con ternura. La música seguía sonando, la gente seguía riendo, y yo estaba allí, viva, de veintinueve años, con un vestido negro que me quedaba bien y unos tacones que me mataban los pies.
Por unas horas, había conseguido olvidar. Había conseguido ser simplemente yo. Y ahora, con las palabras de Carlos resonando en mi cabeza, empecé a preguntarme si quizás, solo quizás, merecía la pena arriesgarse otra vez.
El peor error de mi vida podría convertirse en la mejor historia de amor.
O podría convertirse en mi segunda ruina.
Pero como dijo Carlos, si no lo intentaba, nunca lo sabría.