El desastre perfecto Capítulo 18 #2
51%

Capítulo 18 #2

Llegamos al sofá y se sentó, quedando yo a horcajadas sobre él, todavía conectados, todavía hambrientos. Ahora era yo quien controlaba el ritmo, y me moví sobre él con desesperación, buscando mi propio placer, usándolo para llegar donde necesitaba estar.

—Así —animó, agarrando mis caderas, guiándome—. Así, Lucía. Toma lo que necesitas.

Me quité la camiseta de un tirón, quedando completamente desnuda ante él.

Sus ojos se oscurecieron al ver mis pechos, y se inclinó hacia delante, tomando uno en su boca, chupando fuerte, mordiendo el pezón con la suficiente presión para hacerme gritar.

Con la otra mano jugaba con el otro pecho, amasando, pellizcando, creando una sinfonía de sensaciones que me volvían loca.

—Voy a correrme —avisé, sintiendo el placer acumularse en mi vientre, en mis piernas, en cada terminación nerviosa—. Alejandro, voy a…

—Córrete conmigo —pidió, agarrando mi culo con fuerza, empujando hacia arriba, encontrando un ángulo que me hizo ver estrellas—. Ahora, Lucía. Ahora.

Y nos corrimos juntos. El orgasmo me golpeó con una fuerza que me dejó ciega, sorda, completamente deshecha. Sentí cómo él pulsaba dentro de mí, cómo su cuerpo se tensaba, cómo gemía mi nombre contra mi pecho, una y otra vez, como una oración.

Colapsé sobre él, jadeando, temblando, con el corazón martilleando contra mi caja torácica. Él me abrazó fuerte, enterrando la cara en mi cuello, respirando entrecortadamente contra mi piel húmeda de sudor.

Permanecimos así durante largos minutos.

El silencio de la habitación solo se rompía por nuestra respiración agitada, por el sonido distante de la tormenta que finalmente estallaba fuera.

Me sentía flotando, desconectada de la realidad, viviendo en un espacio donde solo existían sus brazos alrededor de mí, su piel contra la mía, su corazón latiendo al unísono con el mío.

Pero la realidad siempre regresa.

Empecé a notar los detalles. El sofá viejo y desgastado bajo nosotros.

Las manchas de humedad en la pared. La vista desde la ventana, que no era el mar azul de su casa de diseño, sino el patio interior de un edificio de vecinos.

Mi piso pequeño, de cincuenta metros cuadrados, con los muebles de segunda mano y las facturas sin pagar escondidas en el cajón de la cocina.

Y de repente me sentí expuesta. No físicamente, aunque estaba completamente desnuda, sino emocionalmente. Había dejado que me viera. Había dejado que entrara, que me tocara, que me hiciera sentir cosas que no quería sentir. Y ahora, en la quietud después de la tormenta, el miedo regresó con fuerza.

Me incorporé lentamente. Él intentó retenerme, pero me aparté suavemente. Busqué mi camiseta en el suelo, me la puse por encima de la cabeza, cubriéndome, creando una barrera entre nosotros.

—Lucía…

—Deberías irte —dije, sin mirarlo, con la voz fría de repente—. Es tarde. Y mañana trabajo.

El silencio que siguió fue denso, pesado.

—¿En serio? —preguntó, y su voz tenía un deje de incredulidad—. ¿Acabas de pedirme que me vaya?

—Sí —respondí, finalmente volviéndome hacia él. Estaba sentado en el sofá, todavía desnudo, todavía glorioso, con una expresión de confusión y herida que me partió el corazón—. Esto… esto ha sido un error, Alejandro. Un momento de debilidad. No debería haber pasado.

—No ha sido un error —dijo, levantándose, buscando su ropa—. Ha sido… ha sido increíble. Ha sido lo más real que he sentido en años.

—Para ti quizás —mentí, cruzando los brazos sobre el pecho—.

Para mí ha sido un error. Tú y yo… somos de mundos diferentes.

Tú eres un arquitecto famoso, rico, con una vida perfecta.

Yo soy una limpiadora que debe sesenta mil euros y que no sabe si podrá pagar el alquiler el mes que viene.

Esto no tiene futuro. Esto no tiene sentido.

Él se quedó quieto, con los vaqueros a medio subir, mirándome con una intensidad que me hizo querer retroceder.

—No voy a irme —dijo, simple y llanamente.

—Alejandro, por favor…

—No —repitió, acercándose a mí—. No soy ese tipo de hombre, Lucía. No soy el tipo que echa un polvo y se va como si nada. No voy a desaparecer por mucho que tú quieras decir que esto ha sido un error, porque no lo ha sido. Los dos lo hemos deseado. Los dos lo hemos sentido. Y eso no se puede negar.

Intenté girarme, pero me cogió por la cintura, girándome suave pero firmemente para que le mirara a los ojos. Estaban húmedos, brillantes, llenos de una emoción que no sabía interpretar.

—Escúchame —dijo, con voz baja pero firme—.

Si crees que hago esto a menudo, estás equivocada.

Tan solo amé una vez en mi vida y lo hice con todo mi corazón.

Pero me destrozó cuando nos divorciamos.

Fue culpa mía, lo sé y lo admito, porque, como mi padre, me centré en el trabajo y no en lo que realmente era importante.

Dejé que Marta se fuera porque no supe verla, porque estaba obsesionado con mis planos, con mi control, con mi perfección.

Su voz se quebró un poco, y sentí cómo sus manos temblaban sobre mi cintura.

—Pero sé que esta vez es distinto —continuó—.

No digo que me haya enamorado de ti, porque sería mentir y no quiero mentirte.

Pero me importas, Lucía. Me importas de una forma que no entiendo, pero que siento con cada fibra de mi ser.

Y a mi abuela le importas. Ella te quiere como si fueras de la familia, y para mí eso es suficiente. Es más que suficiente.

Una lágrima escapó de mis ojos, traicionera, caliente. Él la secó con el pulgar, con una ternura que me destrozó las defensas.

—Nunca, jamás, te haría daño —prometió, acercando su frente a la mía—. Porque sé que eso destrozaría a mi abuela más que si le dijera que me voy a meter a cura. Y porque… porque, aunque no entienda qué es esto entre nosotros, sé que no quiero ser la causa de más dolor en tu vida.

Sonreí, a pesar de las lágrimas. La imagen de Alejandro de cura era tan absurda que rompió la tensión por un segundo.

Él me besó. No con la pasión salvaje de antes, sino con una dulzura que me dolió más que cualquier beso anterior. Un beso que decía «Estoy aquí, no me voy, cuenta conmigo».

—Me voy porque entiendo que quieres estar sola —dijo, separándose, acariciando mi mejilla—.

Pero no me voy a apartar, Lucía. No me voy a alejar de ti.

Y si me necesitas, llámame. Que no acudiré a rescatarte como a una princesa en apuros en mi caballo blanco…

—sonrió, ironizando sobre sus propias palabras—.

Pero estaré aquí para ti. Porque me importas. No lo olvides.

Me besó de nuevo, breve pero intenso, luego se apartó. Se puso el pantalón, recogió su camisa del suelo, sus zapatos. Se vistió en silencio mientras yo lo observaba, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo cómo el frío de la realidad se filtraba en la habitación.

Antes de salir, se giró. Me miró desde la puerta, y en sus ojos vi algo que me aterrorizó más que cualquier deuda, más que cualquier amenaza de Víctor. Vi esperanza. Vi posibilidad. Vi un futuro que no me atrevía a imaginar.

—Descansa —dijo, y su voz era suave—. Y recuerda: no estás sola. Aunque quieras estarlo.

La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé quieta en medio de mi salón, con la camiseta pegada al cuerpo, el pelo revuelto, el corazón roto y reconstruido al mismo tiempo. Y entonces, cuando el silencio se volvió insoportable, me deslicé hasta el suelo, apoyé la espalda contra la puerta, y lloré.

No lloré por el sexo. No lloré por la vergüenza o el arrepentimiento. Lloré porque por primera vez en mucho tiempo, alguien había visto más allá de la fachada. Y no había huido. Había elegido quedarse.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterraba profundamente.