Capítulo 18
Lucía
El aire en la habitación pesaba. No era solo el calor del verano que se colaba por la ventana entreabierta, ni el bochorno de la tormenta que anunciaba su llegada con rachas de viento húmedo.
Era la tensión que habíamos estado acumulando durante semanas, meses quizás, desde aquel primer encuentro con café derramado y discusiones absurdas.
La tensión que había explotado la noche anterior en el patio y que ahora, con la cercanía de su cuerpo, con la intensidad de su mirada gris, amenazaba con consumirnos por completo.
Alejandro estaba a escasos centímetros de mí.
Podía sentir el calor que irradiaba su piel, podía oler ese aroma suyo a cedro y a algo más oscuro, más primitivo.
Su camisa estaba desabrochada, revelando un pecho musculoso que subía y bajaba con respiraciones agitadas.
Sus ojos no me dejaban escapar. Me tenían atrapada más efectivamente que cualquier cadena.
—Lucía —susurró, y su voz era un grueso ronquido que vibró directamente entre mis piernas—. Dime que quieres esto. No te voy a hacer daño.
Quise responder con sarcasmo, con alguna broma defensiva, pero no salió nada. Solo un gemido bajo, traicionero, que escapó de mi garganta cuando dio un paso más y su cuerpo rozó el mío.
—Quiero —conseguí decir, con la voz temblorosa—. Dios, cómo quiero.
No esperó más. No hubo suavidad, no hubo delicadeza.
Me agarró por la cintura con una fuerza que me dejó sin aliento y me empujó contra la pared de mi salón.
El yeso frío contra mi espalda contrastaba violentamente con el fuego de su cuerpo presionando contra el mío.
Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando ligeramente, inclinando mi cabeza hacia atrás para que no pudiera apartar la mirada.
—Te he deseado desde el primer día —gruñó contra mi cuello, mordiendo la piel con una voracidad que me hizo arquear la espalda—. Desde que me tiraste ese café encima y te reíste de mí. Desde que me dijiste que preferías que te atropellara antes de seguir pagando préstamos.
—Alejandro…
—Dime —insistió, subiendo las manos por debajo de mi camiseta, tocando mi piel desnuda con dedos hambrientos—. Dime que me deseas también.
—Te deseo —confesé, y las palabras salieron como un lamento—. Te deseo tanto que me asusta. Que me aterra.
Eso pareció desatar algo en él. Un gruñido bajo escapó de su garganta mientras aplastaba su boca contra la mía.
El beso fue devastador. No fue un beso de exploración, de tanteo.
Fue una conquista. Su lengua entró en mi boca con una urgencia que me robó el aire, chupando, mordiendo, reclamando cada rincón como si fuera suyo por derecho divino.
Sus manos subieron por mi torso, encontrando mis pechos, amasándolos con una fuerza que rozaba el límite entre el placer y el dolor, y yo gemí en su boca, arqueándome contra él, buscando más fricción, más contacto, más de todo.
—Joder, Lucía —suspiró contra mis labios, separándose apenas para respirar—. Eres… eres perfecta.
Me cogió por los muslos y me levantó. Instintivamente envolví las piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección dura y palpitante contra mi entrepierna, separados apenas por la tela de nuestros vaqueros.
Me empujó contra la pared con fuerza, con una necesidad salvaje que me dejó sin aliento.
Comenzó a moverse contra mí, frotándose, creando una fricción deliciosa que me hacía ver estrellas.
—Así —gemí, agarrándome a sus hombros, clavando las uñas en su piel—. Dios, así, Alejandro. No pares.
—No voy a parar —prometió, mordiendo mi mandíbula, mi cuello, bajando hasta el escote de mi camiseta—. No puedo parar. Te he deseado durante demasiado tiempo.
Me follo contra la pared. No hubo otra palabra para describirlo.
Movimientos duros, profundos, salvajes, mientras sus manos se apretaban en mis caderas, guiándome, marcando el ritmo.
Sentía cada embestida vibrar a través de todo mi cuerpo, golpeando contra el clítoris con una precisión que me volvía loca.
Gemía sin control, sin vergüenza, dejando que los sonidos escaparan porque ya no me importaba quién pudiera oír, porque en ese momento solo existíamos nosotros y este fuego que nos consumía.
—Más fuerte —solicité, y mi voz sonó extraña, ronca, desconocida—. Fóllame más fuerte, Alejandro. Quiero sentirlo mañana. Quiero sentirte dentro de mí durante días.
Aumentó el ritmo. Sus embestidas se volvieron más duras, más profundas, más desesperadas.
La pared crujía detrás de mí con cada golpe de su cuerpo contra el mío.
Estaba empapada, no solo de sudor sino de esa humedad que emanaba de mí, de esa necesidad primitiva que él había despertado.
Sentía que me iba a partir en dos, y deseaba que lo hiciera.
De repente me bajó. Mis pies tocaron el suelo, pero las piernas me fallaban. Me sostuvo, mirándome con ojos oscurecidos por el deseo, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando violentamente.
—La mesa —dijo, y era una orden más que una sugerencia—. Quiero probarte. Quiero sentir cómo te corres en mi boca.
No tuve tiempo de procesar sus palabras antes de que me girara y me empujara hacia la mesa del salón.
Con un movimiento rápido, barrió todo lo que había encima, libros, papeles y una taza de café olvidada que cayeron al suelo con estruendo.
Me sentó en el borde, agarrándome por las rodillas para abrirme las piernas.
—Alejandro, espera…
—No —dijo, y se arrodilló entre mis muslos—. No espero más. Te he esperado demasiado tiempo.
Me quitó los vaqueros y las bragas de una tirada, dejándome expuesta, vulnerable, completamente a su merced. Por un segundo me miró, realmente me miró, con una reverencia que me hizo sentir como la mujer más deseada del mundo. Luego se inclinó y me lamió.
El contacto fue eléctrico. Un grito escapó de mi garganta cuando su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con firmeza, con experiencia, con una dedicación que me dejó sin habla.
No fue suave ni tentativo. Fue hambriento.
Devorador. Me comió con una voracidad que me hizo agarrarme al borde de la mesa, arqueando la espalda, ofreciéndome más, siempre más.
—Dios, qué sabor —murmuró contra mi sexo, y el vibrar de sus labios contra mí envió ondas de placer por todo mi cuerpo—. Eres perfecta. Absolutamente perfecta.
Introdujo dos dedos dentro de mí mientras seguía lamiendo, chupando, creando una combinación de sensaciones que me elevó rápidamente hacia el precipicio. Sentía la presión aumentando, ese nudo en el vientre que se apretaba cada vez más, amenazando con explotar.
—Alejandro… voy a… no puedo…
—Sí —insistió, aumentando el ritmo de sus dedos, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca—. Córrete para mí, Lucía. Quiero sentirlo. Quiero saborearlo.
Y exploté. El orgasmo me golpeó como un tsunami, arrastrándome, destrozándome.
Grité su nombre, una y otra vez, mientras mi cuerpo se convulsionaba, mientras él seguía lamiendo, prolongando el placer hasta que fue casi doloroso, hasta que tuve que empujar su cabeza suavemente porque no podía soportar más.
Me miró desde abajo, con los labios húmedos, los ojos brillantes, una sonrisa de satisfacción masculina que debería haberme irritado, pero que en cambio me excitó aún más.
—Eres increíble —dijo, levantándose.
—Ven aquí —solicité, todavía jadeando, todavía temblando—. Necesito sentirte dentro. Ahora.
No hizo falta decírselo dos veces. Se quitó la camisa de un tirón, revelando ese torso esculpido que había estado imaginando durante semanas.
Luego se bajó los pantalones y el bóxer, liberando una erección impresionante, gruesa y larga, que palpitaba contra su vientre.
Por un momento dudé, preguntándome si podría con ella, si cabría, pero él notó mi mirada y sonrió.
—No te preocupes —dijo, acariciando mi mejilla—. Haremos que encaje. Haremos que sea perfecto.
Me agarró por las caderas y me atrajo hacia el borde de la mesa. Colocó una de mis piernas sobre su hombro, abriéndome completamente, exponiéndome. La posición era vulnerable, intensa, profunda. Sentí la punta de su sexo rozando mi entrada, húmeda y preparada, y gemí anticipando lo que vendría.
—Mírame —ordenó, agarrando mi barbilla para que no apartara la vista—. Mírame mientras te follo.
Entró de una estocada. Un empuje profundo, salvaje, que me llenó por completo. Grité, una mezcla de sorpresa y placer, porque era intenso, era demasiado, era exactamente lo que necesitaba.
—Joder, estás apretada —gruñó, con los ojos cerrados, la mandíbula tensa—. Estás perfecta. Tan caliente. Tan…
Comenzó a moverse. Embestidas duras, profundas, sin piedad.
Cada golpe resonaba en la habitación, el sonido de nuestras carnes chocando, de nuestra respiración entrecortada, de nuestras voces gimiendo sin control.
Con una mano me masajeaba el pecho, encontrando el pezón a través de la tela de mi camiseta, pellizcándolo, tirando de él con fuerza, enviando chispas de placer directamente a mi centro.
—Más —supliqué, sintiendo que me acercaba a otro orgasmo—. Más fuerte, Alejandro. No te contengas.
—Dios —dijo, jadeando, aumentando el ritmo hasta que la mesa se movía contra la pared—. Te deseo. Te adoro. Eres todo lo que he querido y no he podido tener.
Las palabras, dichas con esa urgencia, con esa sinceridad desnuda, me empujaron al borde. Sentí que el placer se acumulaba de nuevo, más intenso esta vez, más profundo.
De repente me cogió en brazos. Sin salir de mí, sin interrumpir el ritmo, me levantó, sosteniéndome por los muslos, y me besó con una pasión que me dejó sin aliento.
Nos movimos así, él dentro de mí, besándonos con voracidad, mientras caminaba hacia el sofá.
Sentí cada paso, cada movimiento, la fricción interna que aumentaba con cada zancada.