El desastre perfecto Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Demostrar que puedo arreglar cosas —respondió, intentando recuperar la dignidad—. Esta lámpara lleva tres días parpadeando y está volviendo loca a tu abuela.

—La lámpara está desenchufada —dije, señalando el cable que colgaba desconectado de la pared.

Ella miró el cable. Luego miró la lámpara. Luego me miró a mí.

—Bueno —dijo finalmente, con una sonrisa torcida—. Técnicamente he evitado un incendio. Si estuviera enchufada y hubiera tocado los cables con el destornillador, ahora estaríamos chamuscados.

No pude evitarlo. Me eché a reír. Una risa real, profunda, que venía de la barriga y que resonó en el salón vacío. Era la primera vez que me reía así desde… no sabía desde cuándo. Desde antes del divorcio, probablemente. Desde antes de que el trabajo se convirtiera en mi única razón de ser.

Lucía se quedó quieta sobre la silla, mirándome con los ojos abiertos, como si hubiera visto un fantasma.

—Mira —dijo, bajando de la silla—. Sabes reír.

—Claro que sé reír —respondí, todavía sonriendo, secándome una lágrima de la risa.

—Pensaba que era una leyenda urbana —continuó ella, recogiendo el destornillador—. El arquitecto serio que ríe. Como el Yeti. O los calcetines que desaparecen en la lavadora.

—Me río —dije, acercándome a ella—. Contigo me río. Eso debería decirte algo.

Nos miramos durante unos segundos. La tensión volvió, esa electricidad que siempre estaba presente cuando estábamos cerca, pero ahora era diferente. Más suave. Más real.

—Gracias —dijo ella, de repente, seria—. Por investigar. Por intentar ayudar. Aunque sea un error y aunque yo te haya dicho que no lo hagas.

—No es un error —respondí—. Y lo haría igual, aunque me lo pidieras mil veces.

Carmen se despidió de nosotros poco después, diciendo que estaba cansada y que quería echarse la siesta. Cuando salimos al jardín, el aire era fresco, cargado del olor a jazmín que flotaba en la brisa de la tarde.

—Te llevo a casa —dije, no como una pregunta, sino como una afirmación.

Ella me miró, evaluando, como siempre hacía, como si calculara si podía permitirse confiar en mí un poco más.

—Vale —dijo finalmente—. Pero solo si subes a tomar algo. No tengo mucho, pero… pero me apetece no estar sola todavía.

Asentí, sintiendo que el corazón me daba un vuelco extraño en el pecho.

Su piso era exactamente como lo había imaginado.

Pequeño, sí, de unos cincuenta metros cuadrados que parecían más grandes gracias a la luz que entraba por las ventanas.

Pero estaba lleno de detalles que hablaban de ella.

Libros apilados en estantes hechos con cajas de fruta.

Plantas que sobrevivían a pesar de todo.

Una fotografía enmarcada de ella y de Alba riendo en alguna feria.

Cortinas que no hacían juego, pero que parecían elegidas con cariño.

Era un hogar, de verdad. No un escaparate diseñado para impresionar, sino un refuerzo contra el mundo.

—Es… acogedor —dije, buscando la palabra adecuada.

—Es pequeño —corrigió ella, yendo a la nevera—. Pero es mío. Bueno, técnicamente es del banco hasta que pague la hipoteca, que será dentro de… ¿treinta años? ¿Cuarenta? Nunca se sabe.

Sacó dos cervezas de una marca barata, me ofreció una y nos sentamos en el sofá, que crujía ligeramente bajo el peso. La terraza estaba abierta, y se podía ver el mar a lo lejos, una línea azul en el horizonte que parecía una promesa.

—Gracias —dijo, chocando su lata contra la mía—. Por hoy. Por todo.

—No hay de qué —respondí, bebiendo un sorbo. La cerveza estaba caliente, pero no me importó.

Hablamos. De cosas sin importancia, al principio. De Carmen, de sus manías, de lo mucho que nos reíamos con ella. Del trabajo, de las oficinas donde limpiaba, de los personajes que encontraba. De Héctor, de mi estudio en Madrid, de cómo había empezado en la arquitectura.

Y mientras hablaba, la miraba. Realmente la miraba. El modo en que se movían sus manos cuando explicaba algo, el brillo de sus ojos cuando mencionaba a Alba, la forma en que se mordía el labio cuando pensaba en algo que decir.

Era la mujer más hermosa que había visto en años.

No porque fuera perfecta, sino porque era real: tenía ojeras, una pequeña cicatriz en la barbilla que no sabía de dónde venía y el pelo despeinado que se negaba a domar.

Porque cada gesto, cada palabra, cada risa venían de un lugar auténtico, sin filtros ni artificios.

Y en ese momento, sentado en su sofá viejo, bebiendo cerveza caliente mientras ella me contaba cómo había aprendido inglés trabajando de camarera en Londres, supe que estaba perdido.

Que no había vuelta atrás. Que lo que sentía por ella era más profundo que el deseo, más fuerte que la atracción física que nos consumía.

Era algo que todavía no tenía nombre, pero sabía que cambiaría mi vida para siempre.

—¿Qué? —dijo ella, notando que la miraba fijamente—. ¿Tengo algo en la cara?

—No —respondí, sonriendo—. Estaba pensando en lo bonita que eres.

Se quedó quieta, con la lata a medio camino de los labios, las mejillas sonrojándose de forma adorable.

—Eso es… eso es una línea muy rara, Alejandro —dijo, intentando sonar despectiva, pero fallando.

—No es una línea —dije, acercándome un poco más en el sofá—. Es la verdad. Eres la mujer más bonita que he visto en mucho tiempo. Y no solo por fuera. Por dentro. Por cómo eres. Por cómo sigues adelante a pesar de todo.

Ella dejó la lata sobre la mesa. Sus manos temblaban ligeramente.

—Alejandro…

—No digas nada —solicité, poniendo mi lata junto a la suya—. Solo… solo deja que esté aquí contigo un rato más. Sin huir. Sin discutir. Solo estando.

Asintió, despacio, y nos quedamos allí, en el sofá de su piso pequeño, con el sonido de la ciudad filtrándose por la ventana y el olor a jazmín entrando con la brisa. Dos personas rotas, intentando encontrar la forma de encajar sus pedazos.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía que ser perfecto. Que no tenía que controlar todo. Que podía simplemente ser yo mismo, con mis defectos y mis miedos, y que ella seguiría ahí, sonriendo, haciendo que todo pareciera posible.

Era peligroso, lo sabía. Era entrar en territorio desconocido sin mapa ni brújula. Pero mientras la miraba, mientras ella me devolvía la mirada con esos ojos color miel llenos de preguntas sin respuesta, supe que no había vuelta atrás.

Y que no la quería.