Capítulo 17
Alejandro
Nunca había sentido una furia así. No era la irritación controlada que sentía cuando un proyecto no salía como debía, ni la frustración profesional ante un cliente indeciso.
Era algo más primitivo, más visceral, que me quemaba por dentro con una intensidad que me sorprendía y me aterraba a partes iguales.
No era orgullo lo que me movía. No era la herida masculina de saber que otro hombre había estado antes que yo en la vida de Lucía.
Era la impotencia. La absoluta e indignante certeza de que alguien había hecho daño a una persona inocente y había salido impune.
Que había destrozado la vida de una mujer que se ganaba el pan limpiando casas ajenas, que cuidaba de ancianos con una paciencia infinita, que se reía de sus propias desgracias para no llorar y que, a pesar de todo, seguía siendo buena, generosa, intacta en lo esencial.
Eso era lo que no soportaba. Que la maldad hubiera tocado a alguien como ella y que no hubiera pagado por ello.
Llamé a Héctor el martes por la mañana. Intenté mantener un tono profesional, distante, como si estuviera pidiendo un favor de trabajo más entre los cientos que nos debíamos el uno al otro.
—Necesito que investigues a alguien —dije, sin preámbulos, cuando contestó el teléfono.
—¿A quién? —respondió Héctor, con esa curiosidad que siempre tenía cuando olía algo interesante.
—Se llama Víctor Castaño León. Treinta y cuatro años. Necesito saber todo lo que se pueda sobre él. Empresas, antecedentes y movimientos bancarios, si puedes conseguirlos. Todo.
El silencio al otro lado de la línea se prolongó durante varios segundos.
—Alejandro —dijo finalmente, y su voz había cambiado, se había vuelto más aguda, más sospechosa—. ¿Desde cuándo investigas la vida de un tipo que, por lo que deduzco, es el exnovio de una mujer que conoces desde hace dos semanas?
Apreté los dientes. Héctor siempre había sido demasiado perspicaz para mi gusto.
—Desde que hay algo raro —respondí, intentando sonar casual—. Desde que he descubierto que estafó a Lucía y, probablemente, a otras mujeres. Es un asunto serio, Héctor. No es… no es lo que estás pensando.
—Claro —dijo él, y pude oír la sonrisa en su voz—. Por supuesto. Es pura casualidad que estés obsesionado con una chica y que, de repente, necesites investigar a su ex. Puramente profesional.
—¿Qué? —repliqué, a la defensiva—. ¿Qué insinúas?
—Nada —dijo Héctor, y ahora se reía abiertamente—.
Que, curiosamente, solo investigas cuando la mujer te importa.
Cuando Marta te dejó, ¿investigaste a su nuevo novio?
No. Cuando el cliente ese del hotel nos estafó en el proyecto de Barcelona, ¿investigaste su pasado?
Tampoco. Pero ahora, de repente, eres Sherlock Holmes porque una limpiadora guapa y sarcástica tiene un ex de mierda.
—Ella no es solo una limpiadora —espeté, antes de poder contenerme.
—Exacto —dijo Héctor, triunfante—. Eso es exactamente lo que quería oír.
Quise colgar. Quise decirle que se fuera al infierno, que dejara de meterse en lo que no le importaba, que esto era serio, que alguien había destrozado la vida de Lucía y yo necesitaba saber quién era ese monstruo para poder…
¿para poder qué? ¿Protegerla? ¿Vengarla?
Ni siquiera yo sabía qué pretendía hacer con esa información.
Pero Héctor ya estaba tecleando. Oía el sonido del teclado de su ordenador al fondo.
—Vale, vale —dijo, volviendo al tono profesional—. Dame todo lo que tengas. Nombres, fechas, lo que sea. Voy a hacer unas llamadas. Pero Alejandro…
—¿Qué?
—No finjas que esto no es personal. Porque los dos sabemos que lo es. Y no está mal que lo sea, tío. De verdad. Te hace humano.
Ignoré el comentario. Le pasé los datos que tenía, los nombres de las empresas que aparecían en la carpeta de mi abuelo, las fechas de las denuncias antiguas. Héctor prometió llamarme en cuanto tuviera algo.
Colgué y me quedé mirando el teléfono durante largos minutos, preguntándome cuándo me había convertido en este hombre obsesionado, protector, desesperado por arreglar algo que quizás no podía arreglar.
La respuesta de Héctor llegó a media tarde. Y fue peor de lo que esperaba.
—Este tipo es un profesional, Alejandro —dijo, sin saludar—. No es un amateur que ha tenido una mala idea. Es un depredador con método.
Me puse de pie y empecé a pasear por la terraza de mi casa mientras hablaba.
—Cuéntame.
—Víctor Castaño León. Treinta y cuatro años.
Ha estado relacionado con cuatro empresas en los últimos diez años.
Todas cerradas de manera sospechosa. Deudas, despidos masivos, desaparición de fondos.
En dos de ellas, aparece como administrador único.
En las otras dos, como apoderado. Y en todas, el patrón es el mismo: empresas de importación de productos de lujo, vinos, aceites, jamones.
Cosas que suenan bien, atraen a inversores y generan confianza.
Y luego, puff. Desaparecen los fondos, cierran las puertas, y él se va por donde vino.
—Dios —suspiré, pasándome una mano por el pelo—. ¿Y las mujeres?
—Eso es lo peor —dijo Héctor, y su voz se había vuelto grave—.
He encontrado al menos otros seis nombres.
María Dolores, Carmen, Ana, Patricia, Luisa, Beatriz.
Todas tenían entre cuarenta y sesenta años cuando ocurrió.
Todas viudas o divorciadas. Todas con alguna propiedad, alguna pensión, algún ahorro.
Todas estafadas por un hombre joven y encantador que se hacía pasar por nieto, sobrino o ayudante.
El modus operandi es idéntico al de Lucía.
Encanto, confianza, favores, desaparición.
Sentí que se me revolvía el estómago. No era solo Lucía. Era un patrón. Una carrera delictiva que llevaba años perfeccionándose. Y Lucía había sido solo una más en una lista que seguramente era mucho más larga de lo que habíamos encontrado.
—¿Hay alguna denuncia que haya prosperado? —pregunté.
—Ninguna —respondió Héctor—. Siempre desaparece antes de que las víctimas se den cuenta del fraude. Y cuando lo hacen, él ya está en otra ciudad, con otra identidad, o simplemente está escondido tan bien que la policía no puede encontrarlo. Es un fantasma, Alejandro. Un profesional.
Apreté el puño contra la barandilla de la terraza. La magnitud del problema era mayor de lo que imaginaba. No era solo una estafa amorosa. Era una vida dedicada a destruir a mujeres vulnerables, a robarles su seguridad, su dignidad, su futuro.
—Gracias, Héctor —dije, con la voz ronca—. Envíame todo lo que tengas por correo.
—Alejandro…
—¿Qué?
—Ten cuidado. Este tipo no es un imbécil con suerte. Es peligroso. Y si descubre que alguien lo está investigando…
—No voy a parar —dije, firme—. No puedo.
Héctor suspiró al otro lado.
—Lo sé. Por eso te aviso. Cuídate. Y cuida de ella.
Colgué. Me quedé mirando el horizonte, donde el sol empezaba a caer sobre el Mediterráneo, tiñendo todo de un rojo anaranjado que parecía sangre.
Pasé la tarde observando a Lucía. No como un acosador, ni espiándola desde las sombras, sino simplemente estando presente en la casa de mi abuela mientras ella trabajaba.
Y lo que vi me impresionó más que cualquier descubrimiento sobre Víctor.
Ella seguía adelante. Como si nada. Como si no hubiera descubierto esa mañana que su ex era un estafador serial. Como si no hubiera recibido mensajes amenazantes. Como si su vida no estuviera hecha un desastre financiero y emocional.
Limpiaba los cristales canturreando una canción de los ochenta que sonaba en la radio.
Ayudaba a Carmen a ponerse el jersey, con una paciencia infinita, riendo de las historias que mi abuela contaba por enésima vez.
Arreglaba una planta que se había caído del alfeizar, reponiendo la tierra con las manos desnudas sin importarle ensuciarse.
Y sonreía. Esa sonrisa suya que iluminaba habitaciones, que hacía que todo pareciera menos grave, que era su arma secreta contra el mundo.
Eso era lo que más me impresionaba. No su fuerza física, aunque la tenía.
No su capacidad de trabajo, aunque era asombrosa.
Era esa resiliencia, esa negativa a dejar que la oscuridad la consumiera.
Mientras yo estaba allí, hecho un manojo de nervios, furioso, impotente, ella simplemente… seguía. Seguía siendo luz.
—Estás mirando fijamente —dijo, sin volverse, mientras fregaba el fregadero de la cocina.
—Estoy admirando —respondí, sin pensar.
Se giró, con una ceja arqueada y las manos llenas de espuma.
—¿Admirando qué? ¿Mi técnica de fregado? Porque te puedo dar clases, pero cobro por hora.
—Admirando tu capacidad de seguir adelante —dije, sincero—. Después de todo lo que sabes. Después de la carpeta, de los mensajes, de… todo. Sigues aquí. Sigues sonriendo.
La espuma se le escapó de las manos. Su expresión cambió, se suavizó, se volvió vulnerable durante un segundo antes de que reconstruyera la muralla.
—¿Qué otra opción tengo? —dijo, encogiéndose de hombros—.
¿Rendirme? ¿Dejar que gane? —Señaló hacia el jardín, donde mi abuela dormitaba en su mecedora—.
Esa señora me necesita. Y yo necesito ser necesitada.
Así que sonrío, Alejandro. Porque si dejo de sonreír, me derrumbo. Y no puedo permitirme derrumbarme.
La miré durante largos segundos, sintiendo crecer en mi pecho algo que no sabía identificar. No era solo deseo, aunque eso estaba ahí, siempre presente. Era algo más profundo. Era respeto. Era asombro. Era la certeza de que estaba ante alguien mucho más fuerte de lo que ella misma creía.
Fue por la tarde, cuando el sol empezaba a declinar, cuando la encontré en el salón, de pie sobre una silla, intentando arreglar la lámpara de techo con un destornillador que no parecía el adecuado.
—¿Qué haces? —pregunté, entrando en la habitación.
Se sobresaltó, casi cayendo de la silla. La sujeté por la cintura para estabilizarla, sintiendo el calor de su piel a través de la camiseta, oliendo ese perfume suyo, a jabón barato y algo dulce, que era solo ella.