El desastre perfecto Capítulo 16
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Capítulo 16

Lucía

Llegué a casa de Carmen con el corazón todavía desbocado y la mente en un lugar que no reconocía.

La noche anterior había sido como atravesar un espejo y descubrir que el reflejo no era el que siempre había visto.

Había besado a Alejandro. No, eso quedaba corto.

Nos habíamos devorado el uno al otro con una urgencia que me había dejado sin aliento, sin defensas, sin esa coraza de sarcasmo que solía llevar puesta como uniforme de batalla.

Pero no era solo el beso. Era lo que había venido antes.

La forma en que me había mirado cuando le conté lo de Víctor.

La frase que había dicho: «Confiar en alguien no te hace idiota».

Nadie, en todo el año de pesadilla que llevaba arrastrando, me había dicho eso.

Todo el mundo, mi madre, Alba, incluso las recepcionistas de las oficinas donde limpiaba, me habían dicho de una u otra forma que debía haber sido más lista, más desconfiada, menos ingenua.

Que debía haber visto las señales. Que el dinero no aparecía de la nada.

Que un hombre que pide firmar papeles sin explicar qué son es sospechoso.

Y yo lo sabía. Dios, ¿cómo no iba a saberlo? Me lo repetía cada noche antes de dormir, cada mañana al despertar, cada vez que abría el buzón y encontraba otra carta de otro banco reclamando dinero que no había pedido.

Pero Alejandro no me había juzgado. No había visto en mí a la tonta que se había enamorado del lobo disfrazado de oveja. Había visto a alguien que había confiado, que había amado, que había sido valiente. Y eso me desarmó por completo.

Eso, y su boca sobre la mía. Y sus manos subiendo por mi espalda. Y el gemido que había escapado de su garganta cuando…

—Estás pensando en él, ¿verdad?

La voz de Carmen me sacó de mi ensoñación. Estaba sentada en el porche, con la carpeta de cuero sobre el regazo, mirándome con esa expresión de sabiduría ancestral que tenían las abuelas que habían visto demasiado en la vida.

—En quién —dije, intentando sonar casual, aunque mi voz salió ronca todavía por los besos de la noche anterior.

—En mi nieto —dijo ella, sonriendo con picardía—. En Alejandro. En lo que pasó anoche en este patio. Porque yo no soy ciega, cariño, aunque tenga ochenta y seis años. Y tú llegas aquí con la cara de quien ha descubierto algo peligroso.

Me senté junto a ella, derrotada. No tenía energía para fingir.

—Es peligroso —admití—. Confiar en alguien. Dejar que te vean de verdad. Es lo más peligroso que existe.

—Lo sé —dijo Carmen, y su mano se posó sobre la mía, frágil pero cálida—. Por eso, mi Enrique y yo duramos cincuenta y dos años. Porque nos vimos de verdad, con todos nuestros defectos, y decidimos que valía la pena de todas formas.

Me quedé en silencio, mirando la carpeta. Esa carpeta que había aparecido de la nada, que contenía fantasmas que creía enterrados, que amenazaba con destrozar la precaria paz que había construido.

—Es sobre Víctor —dijo Carmen, y su voz cambió, se volvió más grave—. Lo que encontré anoche. No es solo lo que te dije. Es… es más. Mucho más.

Sentí que el estómago se me cerraba. Que una mano invisible me apretaba las entrañas y no me dejaba respirar.

Durante meses, desde que descubrí las deudas y él desapareció, había intentado no pensar en él.

No recordar su voz, su olor, la forma en que me había mirado cuando me decía que era la mujer más especial del mundo.

Había construido un muro alrededor de esos recuerdos, los había etiquetado como zona de guerra y había intentado no acercarme.

Pero ahora, con esa carpeta entre nosotras, el muro se resquebrajaba.

—No quiero saberlo —dije, con la voz temblorosa—. No quiero saber más. Ya sé que me engañó. Ya sé que me robó. ¿Para qué quiero saber más?

—Porque no eres la única —dijo Carmen, abriendo la carpeta—. Y porque quizás, si lo entiendes todo, podrás dejar de culparte.

El flashback llegó sin pedir permiso. Como siempre hacían los recuerdos que uno intenta enterrar.

Víctor. Víctor Castaño León. Lo conocí en una librería del centro, hacía dos años.

Yo estaba buscando un regalo para el cumpleaños de Alba, él estaba fingiendo buscar algo en la sección de poesía.

Me dijo que tenía buen gusto cuando cogí un libro de Benedetti.

Me dijo que sonreía como si el mundo fuera un lugar mejor de lo que realmente era.

Era encantador. Eso era lo peor. No era un tipo raro, sospechoso, con cara de estafador.

Era guapo, de esa forma clásica que tienen los hombres que saben que lo son, pero fingen no saberlo.

Iba bien vestido, no ostentosamente, sino con elegancia discreta.

Olía bien. Hablaba bien. Tenía un trabajo estable, o eso decía, en una empresa de importación de vinos.

Me cortejó durante semanas. Café por las mañanas cuando yo llegaba a limpiar una oficina cerca de su supuesto trabajo.

Notas en el parabrisas de mi coche. Flores que aparecían en mi puerta sin remitente.

Me hacía sentir… especial. Esa es la palabra.

Como si hasta entonces hubiera sido invisible para todo el mundo y de repente alguien me viera en Technicolor.

Cuando empezó a pedirme favores, todo parecía lógico.

«Cariño, necesito que firmes este papel para el banco.

Es solo un trámite para la empresa. Tú tienes mejor historial crediticio que yo».

«Mi amor, ¿me prestas tu tarjeta por un día?

Es que tengo un problema con la mía y tengo que pagar a un proveedor con urgencia».

«Lucía, confía en mí: esto es solo temporal.

En un mes lo devolvemos todo. Te lo prometo».

Siempre tenía una explicación perfecta. Siempre sonreía de esa forma que me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo. Siempre me abrazaba después, me decía que era su salvadora, su ángel, la única persona en la que podía confiar.

Hasta que un día, hacía exactamente catorce meses, desapareció.

Llamé a su móvil: apagado. Fui a su oficina: no existía.

Fui a su piso: estaba vacío, alquilado a otra persona que nunca había oído hablar de él.

Y entonces empezaron las cartas. Los bancos.

Las deudas. Los préstamos que había firmado para ayudarle y que resultaban ser solo para mí, a mi nombre, con mi firma, sin su rastro por ninguna parte.

Cincuenta y tres mil euros en ese momento. Ahora sesenta. Sesenta mil euros de amor, de confianza, de estupidez.

—Lucía —la voz de Carmen me devolvió al presente—. Mira esto.

Abrió la carpeta. Dentro había copias de documentos que no entendía del todo.

Informes policiales antiguos, de hacía más de quince años.

Denuncias de mujeres mayores. Recortes de periódicos amarillentos.

Y nombres. Muchos nombres. María Dolores García.

Carmen Ruiz. Ana María López. Todas con la misma historia.

Todas estafadas por un hombre joven, encantador, que se hacía pasar por nieto, por sobrino, por ayudante.

Todas con la misma firma al final de los documentos: Víctor Castaño León.

—No solo fuiste tú —dijo Carmen, suavemente—. Mi Enrique lo descubrió hace años. Intentó denunciarlo, pero Víctor desapareció. Cambió de ciudad. De nombre, quizás. Y ahora… y ahora ha vuelto. Y te encontró a ti.

Las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

No eran lágrimas de tristeza. Eran de rabia.

De vergüenza. De esa sensación horrible de descubrir que no había sido especial, que no había sido única, que solo había sido una más en una lista de víctimas que Víctor iba tachando como quien va de caza.

—Todas estas mujeres —dije, señalando los nombres con el dedo tembloroso—. Todas vieron lo mismo que yo. Todas creyeron lo mismo. Y nadie… nadie me avisó. Nadie me dijo que existía este monstruo.

—Porque no sabían que volvería —dijo Carmen—. Porque Enrique pensó que había huido al extranjero. Que había terminado. Y ahora…

—Ahora está conmigo —terminé por ella—. O, mejor dicho, se ha llevado mi dinero y ha desaparecido otra vez. ¿Para qué quiere volver? ¿Para qué arriesgarse?

Carmen no respondió. Pero en sus ojos vi algo que me heló la sangre. Miedo. Miedo real, profundo, de abuela que sabe que su nieta, porque eso era lo que yo era para ella ya, está en peligro.

Alejandro llegó una hora después. Me encontró en el porche, con la carpeta sobre las rodillas, mirando al vacío, con los ojos secos pero el corazón hecho pedazos.

—Lucía —dijo, sentándose a mi lado, demasiado cerca, rozándome el hombro con el suyo—. Lo siento. No sabía que la carpeta contenía todo esto. Pensé que era solo…

—¿Qué? —Dije, y mi voz sonó áspera, agresiva—. ¿Pensaste que era solo qué? ¿Una anécdota? ¿Un pequeño error del pasado?

—No —dijo él, firme—. Pensé que era algo que deberías saber. Para protegerte.

Me levanté de golpe. La carpeta cayó al suelo, esparciendo papeles por el patio.

No me importó. Estaba furiosa. Furiosa con Víctor, furiosa conmigo misma, furiosa con el mundo entero.

Pero, sobre todo, furiosa con Alejandro por estar ahí, por ser bueno, por intentar salvarme cuando yo no quería ser salvada.

—No necesito que me protejas —espeté, con las manos temblando—. No necesito que me salves. No necesito otro hombre que piense que sabe lo que es mejor para mí, que decide por mí, que entra en mi vida y…

—Lucía —interrumpió, levantándose también, acercándose a mí—. No estoy intentando salvarte.

—Entonces, ¿qué haces? —Grité, y las lágrimas volvieron, traicioneras, calientes—. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me besaste anoche? ¿Por qué me miras como si… como si…

Me detuve. Porque no sabía cómo terminar la frase. Como si quisiera algo de mí. Como si me viera de verdad. Como si fuera digna de ser vista.

Alejandro tardó unos segundos en responder. Se quedó quieto, mirándome, con esa intensidad suya que me hacía querer tanto huir como acercarme.

—Intento entender —dijo finalmente, y su voz era baja, sincera, sin artificios—.

Eso es todo. No quiero salvarte. No quiero arreglar tu vida.

Solo quiero entender qué te pasó. ¿Quién eres?

¿Por qué te ríes cuando quieres llorar? ¿Por qué trabajas hasta el agotamiento en lugar de pedir ayuda?

¿Por qué me miras a veces como si te diera miedo lo que sientes?

La respuesta me desarmó. Literalmente. Sentí como si me hubieran quitado todas las armas, todas las defensas, todo el sarcasmo que usaba como escudo. Me quedé quieta, mirándolo, con la boca abierta, pero sin palabras.

—No sé cómo hacer esto —continuó, dando un paso más cerca—.

No sé cómo acercarme a alguien sin intentar controlar todo.

No sé cómo confiar en que las cosas saldrán bien si no las planifico.

Pero contigo… contigo quiero intentarlo.

Quiero entender. Aunque me cueste. Aunque me rechaces.

Aunque me digas que te vaya al infierno.

Quise decirle que sí, que me iría al infierno. Que me dejara sola con mi desastre. Pero no pude. Porque en sus ojos vi algo que nunca había visto. No lástima. No superioridad. Solo… solo un hombre que también estaba perdido. Que también tenía miedo. Que también estaba intentando sobrevivir.

Así que no dije nada. Solo asentí, una vez, y me agaché para recoger los papeles del suelo. Él me ayudó. Nuestras manos se rozaron al coger el mismo informe policial. Ninguno de los dos retiró la suya inmediatamente.

—Gracias —dije, finalmente, con la voz apenas un susurro—. Por intentar entender. En lugar de juzgar.

Él sonrió. Esa sonrisa suya que iluminaba todo.

—De nada —dijo—. Aunque todavía no entiendo nada. Pero estoy en ello.

Esa noche, cuando volví a mi piso, estaba agotada. Emocionalmente, físicamente, psicológicamente. Había pasado demasiadas horas reviviendo el pasado, descubriendo que mi tragedia personal no era más que un capítulo de una historia mucho más larga y oscura.

Abrir la puerta de mi casa fue un acto mecánico. Metí la llave, giré, empujé. Entré. Dejé el bolso en el suelo. Me quité los zapatos. Fui a la cocina a por un vaso de agua.

Y entonces lo vi.

Mi piso estaba exactamente igual que cuando lo había dejado por la mañana. El sofá en su sitio, la cocina ordenada, las cortinas corridas. Pero algo… algo no encajaba.

Fui al salón. Miré alrededor. Todo parecía normal. La televisión, el estante de libros, la mesa de centro.

Y entonces vi la foto.

Esa fotografía enmarcada que tenía sobre la mesa, la de Alba y yo en la feria de Málaga del año pasado, riendo con unas copas de manzanilla en las manos. Siempre la tenía inclinada hacia la izquierda, porque el sol de la tarde entraba por la ventana y, si no, se reflejaba en el cristal.

Ahora estaba inclinada hacia la derecha.

Me quedé quieta, con el corazón empezando a martillear en mi pecho. Miré a mi alrededor, despacio, analizando cada detalle. El sofá estaba igual. La cocina, intacta. Mi habitación, al fondo, con la puerta abierta, parecía normal.

Fui al dormitorio. Revisé el armario. Todo estaba allí. La ropa, los zapatos, la caja donde guardaba los documentos importantes. Nada faltaba.

Volví al salón. Miré la foto otra vez.

Alguien había entrado. Estaba segura. Alguien había estado en mi casa, había tocado mis cosas, había movido esa fotografía. No habían robado nada. No habían destrozado nada. Pero habían querido que lo supiera. Habían querido dejarme un mensaje.

«Estoy aquí. Sé dónde vives. Sé cómo entro.»

El teléfono vibró en mi bolsillo. Casi grité del susto. Lo saqué con manos temblorosas y vi un mensaje.

Número desconocido: Bienvenida a casa, Lucía. Espero que hayas disfrutado de la lectura de hoy. Tenemos que hablar. Pronto.

Las piernas me fallaron. Me senté en el suelo, con la espalda contra la puerta, mirando la foto inclinada hacia el lado equivocado.

Víctor. O alguien que trabajaba para él. O alguien peor.

No estaba sola en mi desastre. Nunca lo había estado. Pero ahora, por primera vez, el monstruo había salido de debajo de la cama. Y estaba en mi salón.