Capítulo 15 #2
El beso se volvió peligroso. Nuestras lenguas se encontraban con urgencia, con desesperación, con una necesidad que no sabía que existía en mí. Nos movíamos el uno contra el otro, buscando fricción, contacto, alivio para esa tensión que llevábamos acumulando desde el primer día.
Noté su sexo contra el mío, separados solo por la tela de nuestros vaqueros, y la fricción fue casi insoportable. Ella se movió encima de mí, buscando, y yo gemí, apoyando la frente en su hombro, intentando contenerme antes de que todo se fuera de las manos.
—Dios, Lucía —dije, con la voz completamente rota—. Te deseo. No sabes cuánto.
—Yo también —susurró ella, besando mi cuello, mi mandíbula, volviendo a mi boca—. No pares. Por favor, no pares.
Comencé a quitarle la camiseta. Mis manos temblaban mientras la levantaban por encima de su cabeza, revelando su piel blanca, sus hombros desnudos, el borde de un sujetador negro que contrastaba con su palidez.
Ella levantó los brazos para ayudarme, y en ese momento, con la camiseta a medio quitar, con su pelo despeinado cayendo sobre su cara, con sus ojos oscurecidos por el deseo mirándome, pensé que nunca había visto nada más hermoso.
Quería hacerle el amor allí, en ese patio, bajo la tormenta.
Quería borrar todo el dolor que le habían causado, sustituirlo por placer, por cuidado, por todo lo que ella merecía y nunca había tenido.
Mis manos estaban en su cintura, subiendo, tocando, explorando cada centímetro de piel que podía alcanzar.
Y entonces sonó el móvil.
No el mío. El de ella. Una llamada. Insistente. Rompiendo el hechizo como un cristal que se estrella contra el suelo.
Lucía se quedó quieta. Parpadeó, como si despertara de un sueño. El móvil siguió sonando, estridente, fuera de lugar.
—No contestes —dije, besando su cuello, intentando recuperar el momento—. Por favor, no contestes.
Pero ella ya se estaba apartando. Ya estaba volviendo a la realidad, poniendo distancia entre nosotros, buscando su camiseta en el suelo.
—Podría ser importante —dijo, con la voz todavía ronca, todavía deseosa, pero ya con esa capa de defensa que conocía tan bien—. Podría ser…
Cogió el móvil, miró la pantalla y su expresión cambió. Se transformó. Dejó de ser la mujer que había estado en mis brazos, gimiendo, deseando, y volvió a ser la Lucía asustada, la perseguida, la que debía miles de euros y tenía miedo de su propia sombra.
—Es Carmen —dijo, y su voz tembló—. Llama desde el fijo de dentro.
Descolgó, le dijo que estábamos los dos allí, y escuché que la voz de mi abuela sonaba agitada, nerviosa, diferente a como la había oído nunca.
—Alejandro, ven. Ven ahora. He encontrado algo. En el despacho de tu abuelo. Una carpeta. Alejandro, hay documentos. Hay… hay cosas sobre Víctor. Y una nota. Dios mío, la nota…
—Abuela, cálmate —dije, ya en pie, ayudando a Lucía a ponerse la camiseta, intentando procesar lo que estaba pasando—. Ya voy. Estoy en el patio.
—No —dijo, y su voz sonó firme a pesar del pánico—. Los dos. Venid los dos. Esto os concierne a los dos.
Entramos en la casa con el corazón en la garganta.
Las velas iluminaban el salón con una luz trémula, proyectando sombras monstruosas en las paredes.
Mi abuela estaba de pie junto al escritorio antiguo de mi abuelo, con una carpeta de cuero vieja y polvorienta en las manos, que parecía sacada de otra época.
—¿Qué es eso, abuela? —pregunté, acercándome.
Ella nos miró a los dos. A mí, todavía con el pelo revuelto, los labios hinchados, la camisa desabrochada. A Lucía, con la cara colorada, los ojos brillantes, la ropa arrugada. Carmen lo vio todo, lo entendió todo, pero no dijo nada. Había algo más urgente.
—Estaba buscando las escrituras de la casa —dijo, con la voz temblorosa—. Por si… por si algo me pasaba. Y encontré esto. Escondida. En el fondo del cajón, detrás de papeles viejos.
Abrió la carpeta. Dentro había fotografías. Documentos. Papeles mecanografiados que parecían informes. Y una nota, escrita con la letra temblorosa de mi abuelo, fechada hacía más de diez años.
«Si alguna vez vuelve, no le creáis.»
Lucía se acercó. Cogió la nota con dedos temblorosos. La leyó. Y luego miró los documentos. Fotocopias de denuncias. Recortes de periódicos. Un nombre que aparecía una y otra vez: Víctor Castaño León.
—Esto… —dijo ella, con la voz apenas un susurro—. Esto es imposible. Tu abuelo… ¿conocía a Víctor?
Carmen asintió. Tenía lágrimas en los ojos.
—Mi Enrique era notario —dijo—. Hace años, muchos años, antes de que tú nacieras, Lucía, hubo un caso.
Un fraude. Un joven que estafaba a mujeres mayores.
Que se hacía pasar por nieto, por sobrino, por ayudante.
Que las convencía para que firmaran papeles, para que le dieran dinero.
Tu abuelo lo descubrió. Lo denunció. Pero el chico desapareció.
Y Enrique siempre dijo que volvería. Que era un depredador. Que no pararía.
Miré a Lucía. Ella me miró a mí.
Y en ese instante, con la tormenta rugiendo fuera, con la luz de las velas iluminando nuestros rostros pálidos, entendimos algo terrible.
El pasado de Víctor no había terminado. No había sido un error, una equivocación, un amor que salió mal.
Era un patrón. Una historia que se repetía. Y Lucía nunca había estado realmente libre de él.
—Hay más —dijo mi abuela, señalando la carpeta—. Direcciones. Nombres. Otras víctimas. Alejandro, creo… creo que tu abuelo llevaba años investigándolo. Y creo que Víctor no es solo el exnovio de Lucía.
Ella dejó la frase en el aire, incompleta, terrible.
Es el hombre que había estado buscando durante décadas. El fantasma que había perseguido a mi familia desde antes de que yo naciera. Y ahora, de alguna manera, había vuelto. Y nos había encontrado.
Lucía se tambaleó. La cogí por los hombros, sosteniéndola, sintiendo su cuerpo frío y rígido bajo mis manos.
—Esto no ha terminado —dijo ella, mirándome con los ojos llenos de terror—. Alejandro, esto no ha terminado. Esto acaba de empezar.