Capítulo 15
Alejandro
Siempre supe cómo quería que fuera mi vida.
Desde que tenía uso de razón, desde que era un niño pequeño organizando los coches de juguete por colores y tamaños, tuve claro que el orden era lo único que me mantendría cuerdo en un mundo que parecía empeñado en el caos.
Mi padre murió de un infarto a los cuarenta y dos años porque no supo parar, porque dejó que el trabajo se lo comiera vivo, porque perdió el control de su salud, de su tiempo, de su vida.
Yo juré que no le pasaría lo mismo. Que yo sería diferente.
Construí mi existencia con la precisión de un arquitecto diseñando su obra maestra.
Trabajo sí, pero controlado. Estructurado.
Sin sorpresas. Sin imprevistos. Mi agenda estaba programada hasta el último minuto, mis relaciones eran predecibles y seguras, mi apartamento en Madrid era un santuario de líneas rectas y silencio absoluto.
No había espacio para el desorden emocional, para las pasiones desbocadas, para esas historias de amor que consumían y destruían.
Y entonces llegó ella.
Lucía Romero Márquez. El huracán con nombre de santa y temperamento de diablo.
La mujer que llegaba tarde, que discutía por discutir, que se reía de mis camisas de lino y mi necesidad de controlar todo.
La que debía sesenta mil euros por culpa de un sinvergüenza, que limpiaba casas ajenas para sobrevivir, que tenía ojeras permanentes y una sonrisa que iluminaba habitaciones enteras.
Ella rompía todas mis reglas. Y lo peor de todo era que yo no quería que parara.
Esa noche, el cielo de Málaga se volvió negro de golpe. Una tormenta de verano, de esas que aparecen sin avisar, cargada de electricidad y agua que cae a cántaros. Estaba en mi casa, intentando revisar unos planos que no me concentraba en leer, cuando sonó el teléfono.
Era mi abuela.
—Alejandro, cariño —dijo, y su voz sonaba extraña, tensa—. Se ha ido la luz. Y no encuentro las velas. Y… y no me gusta la oscuridad, sabes que no me gusta.
Mi abuela, que había sobrevivido a una guerra, a la muerte de su marido, a la crianza de tres hijos sola, tenía miedo a la oscuridad. Nunca lo había sabido. O quizás sí lo sabía, pero había olvidado lo vulnerable que podía ser.
—Voy para allá —dije, ya cogiendo las llaves—. No te muevas. Busca el móvil y usa la linterna.
—Lucía también viene —dijo ella, rápido—. La he llamado. Estaba cerca. Debería llegar antes que tú.
Me quedé quieto en el umbral de mi casa, con la llave en la mano y el corazón acelerándose de una forma que no tenía nada que ver con la tormenta. Lucía. Estaríamos solos. En la oscuridad. Sin las distracciones habituales, sin mi abuela de chaperona, sin las excusas de siempre.
—Alejandro, ¿sigues ahí?
—Sí —respondí—. Sí, voy para allá.
Cuando llegué, la casa estaba sumida en una oscuridad total.
El temporal había derribado algún cable, y todo el barrio parecía haberse quedado sin electricidad.
Pero no estaba solo a oscuras. En el patio, iluminada por la luz parpadeante de varias velas que alguien había colocado sobre la mesa de centro, estaba ella.
Lucía llevaba una camiseta blanca mojada por la lluvia; debía de haber corrido bajo el agua para llegar, y el pelo suelto, oscuro, le caía por los hombros en ondas desordenadas.
Estaba de pie junto a la fuente, mirando el agua caer en la oscuridad, con una expresión de paz que no le había visto nunca.
—¿Y mi abuela? —pregunté, bajando la voz para no romper el hechizo.
—Dentro —respondió ella, sin volverse—. Ha encontrado las velas en el cajón del salón. Está bien, solo asustada. Le he preparado un té y se ha quedado dormida en el sofá.
Me acerqué. Los pasos sobre el suelo del patio resonaban sordos, amortiguados por la lluvia que caía en el jardín, creando una cortina de agua que nos aislaba del mundo. Las velas proyectaban sombras danzantes en las paredes blancas, y el olor a cera caliente se mezclaba con el del jazmín mojado.
—¿Estás bien? —pregunté, deteniéndome a su lado.
—Estoy perfecta —dijo, y por primera vez no sonó como una defensa. Sonó como verdad.
Nos quedamos en silencio. El sonido de la tormenta nos envolvía, un ruido blanco que borraba todo lo demás.
No había discusiones. No había bromas sarcásticas.
No había esa tensión de guerra que solíamos mantener como escudo.
Solo estábamos nosotros dos, en la penumbra, respirando el mismo aire húmedo.
—Gracias por venir —dije, porque necesitaba romper el silencio antes de que me ahogara en él.
—No podía dejarla sola —respondió—. Carmen es… es importante para mí.
—Lo sé.
Se volvió hacia mí. Sus ojos, color miel, brillaban con la luz de las velas, reflejando pequeñas llamas que parecían vivas dentro de ella.
—¿Sabes? —dijo, bajando la voz—. Odio la oscuridad. Siempre la he odiado. Desde pequeña. Mi padre decía que era una niña valiente, pero yo lloraba cada noche con la luz encendida hasta que mi madre se daba cuenta y me dejaba una lámpara de noche.
La confesión me sorprendió. No porque fuera íntima, aunque lo era, sino porque ella nunca se permitía mostrar vulnerabilidad. Siempre estaba la armadura, el sarcasmo, la risa que lo cubría todo.
—Yo también —admití, sentándome en el borde de la mesa—. No la oscuridad física. Pero la otra. La de no saber qué va a pasar. La de perder el control.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, triste.
—Por eso eres así —dijo—. Por eso necesitas que todo esté ordenado. Planificado. Porque tienes miedo de que, si sueltas las riendas, todo se vaya al carajo.
—¿Y tú no?
—Yo ya lo he soltado todo —dijo, encogiéndose de hombros—. Y sí, se ha ido al carajo. Pero sigo aquí. Así que quizás no es tan terrible.
Se sentó en el sofá de mimbre y yo hice lo mismo en el otro extremo, manteniendo una distancia prudente que de repente me pareció absurda e insoportable.
—Lucía —dije, y mi voz sonó ronca—. Quiero que me cuentes lo de Víctor.
Se quedó quieta. El agua seguía cayendo en el jardín, creando un ritmo constante, hipnótico.
—No hace falta…
—Sí hace falta —la interrumpí, suave pero firme—. No porque quiera saberlo todo. No porque quiera arreglarlo. Solo porque… porque quiero entenderte. Y porque creo que necesitas contárselo a alguien.
Ella me miró durante mucho rato. Luego, lentamente, como si cada palabra le costara un esfuerzo inmenso, empezó a hablar.
No me contó todo. No los detalles financieros, no las cifras exactas, no la cronología de traiciones. Me contó las pequeñas cosas. Las que duelen de verdad.
Me contó cómo se habían conocido en una librería, que él le había recomendado un libro que a ella le había cambiado la vida. Cómo había sido atento al principio, cómo le traía café por las mañanas, cómo le escribía notas que encontraba en el bolso cuando menos lo esperaba.
—Parecía perfecto —dijo, mirando sus manos—. Demasiado perfecto. Pero yo quería creer que existía alguien así. Que merecía que alguien me cuidara.
Me contó cómo empezó a pedirle favores. Primero pequeños. Que firmara un papel para un amigo suyo del banco. Que le prestara su tarjeta solo un día. Que hiciera una transferencia porque él no tenía su móvil a mano.
—Fui idiota —dijo, y su voz se rompió—. Fui una idiota de cuidado. Cada vez que pedía algo más, yo decía que sí. Porque quería que me quisiera. Porque tenía miedo de que, si decía que no, se fuera.
—Confiar en alguien no te hace idiota —dije, y me acerqué a ella, sentándome en el borde de su asiento, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
Ella levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, brillantes.
—¿Cómo dices?
—Que confiar en alguien no te hace idiota —repetí, despacio, mirándola a los ojos—. Te hace humana. Te hace valiente. El idiota es él, Lucía. El idiota es el que se aprovechó de esa confianza. No tú.
Nadie se lo había dicho así. Lo vi en su cara. En la forma en que sus labios temblaron, en cómo sus ojos se abrieron como si estuviera viendo algo nuevo, algo que no sabía que existía.
—Alejandro…
—Tú no hiciste nada malo —continué, y ahora mi mano se movía sola, acariciando su mejilla, secando una lágrima que había escapado sin permiso—. Fuiste valiente. Lo sigues siendo. Cada día te levantas y sigues adelante a pesar de todo. Eso no es ser idiota. Eso es ser fuerte.
La guerra entre nosotros desapareció. Se evaporó como el agua de la lluvia sobre el suelo caliente. Ya no había sarcasmo, no había defensas, no había miedo. Solo estábamos nosotros dos, en la oscuridad iluminada por velas, con la verdad suspendida en el aire entre nuestros cuerpos.
Y entonces sucedió.
No fue un beso suave. No fue un beso de película romántica, lento y delicado. Fue un estallido. Una explosión de todo lo que llevábamos semanas conteniendo.
Ella se inclinó hacia mí al mismo tiempo que yo me inclinaba hacia ella. Nuestros labios se encontraron con una fuerza que me dejó sin aliento, y de repente estaba besándola como si mi vida dependiera de ello. Sabía a lágrimas y a lluvia, a deseo contenido y a liberación.
La cogí en brazos. Ella era ligera, sorprendentemente ligera para alguien que cargaba con tanto peso. La senté en mi regazo, en el sofá de mimbre que crujió bajo nuestro peso, y ella gimió. Un sonido bajo, profundo, que resonó en mi pecho y me volvió loco.
—Lucía —susurré contra su boca.
—No hables —dijo ella, mordiéndome el labio inferior—. No digas nada. Solo… solo esto.
La abracé más fuerte, atrayéndola contra mí, sintiendo su cuerpo moldearse al mío. Subí las manos por su espalda, sintiendo la tela húmeda de su camiseta, la curva de su columna, la piel de gallina que se formaba bajo mis dedos.
Las bajé. Lentamente, dándole tiempo de apartarse si quería, pero ella no se apartó. Al contrario, se acercó más. Metí las manos por debajo de su camiseta, tocando su piel desnuda, cálida, suave. Ella se estremeció y gimió de nuevo, arqueándose contra mí.