Capítulo 14
Lucía
Cuando volvimos a casa de Carmen, eran casi las dos del mediodía. El sol apretaba con fuerza y yo estaba agotada. No por el paseo, no por las discusiones, sino por la tensión constante de estar cerca de él, de tener que controlar cada gesto, cada mirada, cada respiración.
Carmen estaba dormida en el sofá, con un libro caído sobre el regazo. La dejamos ahí, bajamos la voz y nos movimos por la cocina intentando no hacer ruido.
—Prepararé algo rápido —dije, abriendo la nevera—. Tu abuela debe de tener hambre cuando se despierte.
—Yo lo hago —dijo Alejandro, colocándose a mi lado y quitándome la bolsa de verduras de las manos—. Tú estás cansada. Siéntate.
—No estoy cansada…
—Lucía —dijo, y su voz tenía una firmeza que no admitía discusión—. Siéntate. Por favor.
Algo en su tono, en la forma en que dijo «por favor», me hizo obedecer.
Me senté en uno de los taburetes de la isla central y lo observé, incrédula, mientras se ponía un delantal de flores que colgaba de un gancho, ridículo en él, con su camisa de diseño y su pantalón de pinzas, y empezaba a cortar verduras con una eficiencia que me dejó boquiabierta.
Cortó cebolla, pimiento, calabacín. Encendió el fuego, echó aceite en una sartén y empezó a sofreír con movimientos seguros, casi elegantes. No era la cocina de un aficionado. Era la cocina de alguien que sabía lo que hacía, que había practicado, que disfrutaba del proceso.
—¿Desde cuándo cocinas? —pregunté, incapaz de contener la curiosidad.
—Desde siempre —respondió, sin dejar de remover—. Mi madre trabajaba mucho cuando era niño. Tuve que aprender si no quería morir de hambre o de intoxicación por comida precocinada.
—Pensaba que los arquitectos famosos no sabían usar una sartén —dije, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.
Él se volvió, sonriendo con picardía.
—Pensaba que las limpiadoras profesionales no criticaban la cocina de otros.
—Yo critico con cariño.
—Eso no existe.
—Claro que existe —respondí, sintiendo una sonrisa tirar de mis labios—. Mi madre lleva haciéndolo veintinueve años. «Hija, ese jersey te queda fatal, pero con cariño». «Hija, ese novio es un inútil, pero con cariño».
Alejandro se rio, una risa auténtica que resonó en la cocina.
—Vale, acepto la crítica constructiva —dijo, añadiendo un puñado de sal a la sartén—. Pero solo si pruebas esto y me dices si está tan mal como parece.
Preparó una especie de pisto, pero mejor.
Con huevos revueltos por encima, un toque de especias que no supe identificar, y pan tostado que untó con ajo y tomate.
Cuando terminó, lo sirvió en tres platos, despertó a Carmen con suavidad y los tres comimos en la terraza, con el sonido de la fuente de fondo y el olor a jazmín flotando en el aire.
Estaba bueno. Muy bueno. Tan bueno que me obligué a criticarlo solo por principios.
—Le falta sal —mentí.
—Le sobra sal —replicó él—. Estás acostumbrada a comer sin sal porque es más barato.
—No es verdad.
—Es totalmente verdad.
Carmen nos observaba, alternando la mirada entre los dos, con una sonrisa de gato que yo ya empezaba a reconocer.
—Discutid, discutid —dijo ella, dando un sorbo a su agua—. A mí me da igual mientras sigáis haciéndolo aquí, juntos, y no me dejéis sola.
Terminamos de comer. Carmen se fue a echar la siesta, «Solo veinte minutos», dijo, aunque sabíamos que serían dos horas, y yo me quedé recogiendo la mesa, intentando encontrar una excusa para marcharme antes de que la tensión me asfixiara.
Alejandro se levantó para ayudarme. Nuestros brazos se rozaron al coger los mismos platos. Nos disculpamos al unísono. Nos miramos. Y nos quedamos quietos, demasiado cerca, con el sol entrando por los cristales y pintando rayas doradas en el suelo de la cocina.
—Lucía —dijo, y su voz era diferente. Más baja. Más peligrosa.
—No —respondí, sin saber exactamente qué estaba prohibiendo.
—No, ¿qué?
—No digas lo que vas a decir.
—¿Y si no iba a decir nada?
—Ibas a decir algo. Lo sé. Lo noto.
Él dio un paso más cerca. Yo di un paso atrás, pero mi espalda chocó contra la encimera. Me había atrapado, aunque no sé si de forma intencionada o simplemente porque el espacio era pequeño.
—¿Qué notas? —preguntó, y ahora estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos grises, la textura de su piel, el pequeño lunar que tenía cerca de la sien.
Notaba que me costaba respirar. Que el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza que me parecía audible. Que quería, con una intensidad que me aterraba, que me besara. Que me besara y que me hiciera olvidar las deudas, el miedo, la desconfianza, todo.
Pero también notaba el pánico. El recuerdo de Víctor, de cómo había empezado todo tan bonito y había terminado en desastre. La certeza de que los hombres que parecían demasiado buenos para ser verdad normalmente lo eran.
—Noto que debería irme —dije, y mi voz salió ronca, apenas un susurro.
—Lucía…
—No, Alejandro. Por favor.
Usé su nombre. Por primera vez. Y eso pareció romper el hechizo.
Él retrocedió, lentamente, dejándome espacio para escapar.
Yo lo aproveché. Cogí mi bolso, murmuré algo sobre tener que limpiar una casa por la tarde, una mentira, no tenía trabajo hasta el lunes, y salí de allí como si me persiguiera el demonio.
Esa noche, Alba vino a mi piso con dos botellas de vino y una expresión de «Sé que algo ha pasado y no me lo vas a ocultar».
Estábamos en mi terraza, con las luces apagadas, mirando el mar a lo lejos mientras bebíamos directamente de las botellas como adolescentes.
—Tengo un problema —dije, cuando el silencio se hizo insoportable.
Alba dejó de beber y me miró.
—¿Qué pasa? —preguntó, y su voz tenía esa seriedad que usaba cuando realmente se preocupaba.
—El hombre insoportable —dije, mirando el fondo de mi vaso—. El arquitecto. El señor Perfume Carísimo.
—¿Qué pasa con él?
—Está bueno.
Alba se quedó callada. El silencio se extendió durante diez segundos, veinte, treinta. Luego soltó una carcajada. Una risa alta y descontrolada que resonó en la noche y probablemente molestó a los vecinos.
—Lucía —dijo, cuando pudo hablar—. Lucía, Lucía, Lucía.
—¿Qué? —Respondí a la defensiva.
—Ese es el problema más pequeño de tu vida —dijo, secándose las lágrimas de la risa—. Tienes sesenta mil euros de deuda, un ex que ha desaparecido, acreedores llamando a tu puerta, ¿y tu problema es que el tío que te gusta está bueno?
—No me gusta —mentí.
—Claro. Por eso has dicho «Está bueno» con la voz de quien ha visto el arca de la alianza.
Estoy intentando no reírme —continuó Alba, cogiendo mi mano—.
De verdad. Pero es que… Lucía, es obvio que os gustáis.
A ti te gusta él. A él le gustas tú. Héctor lo sabe.
Carmen lo sabe. Hasta el perro de la señora Ruiz probablemente lo sabe. La única que no quiere verlo eres tú.
—Es complicado —dije, apoyando la cabeza en su hombro.
—Todo es complicado contigo —dijo ella, suavizando la voz—. Pero a veces, las cosas buenas también son simples. Y ese hombre, con sus brazos de arquitecto y su forma de mirarte como si fueras la única persona en la habitación… es bueno. Es simple. Y tú te lo mereces.
—Tengo miedo —confesé, y la verdad me supo amarga en la boca.
—Lo sé —dijo Alba—. Pero el miedo no es razón para no vivir, Lucía. El miedo es solo miedo.
Miré las estrellas, brillando indiferentes sobre nuestros problemas terrenales. Pensé en la cocina, en la forma en que había cocinado para su abuela, en la discusión sobre el queso, en el momento en que estuvimos a punto de…
—Estoy jodida —dije.
—Estamos todos jodidos —respondió Alba, chocando su botella contra la mía—. Pero al menos estamos jodidos juntos.
Bebimos en silencio. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no pensé en las deudas antes de dormirme.
Pensé en unos ojos grises. En unos brazos fuertes. En la forma en que había dicho mi nombre.
Y en lo mucho que me asustaba querer volver a escucharlo.