Capítulo 13
Lucía
Decidí evitarlo. Fue una resolución firme, tomada a las seis de la mañana mientras me tomaba el café con leche de desayuno y miraba el amanecer desde mi terraza.
Alejandro Medina era un problema con patas, con traje de lino y con esa mirada gris que me hacía sentir como si me estuvieran desnudando el alma capa por capa.
Había pasado demasiado tiempo en su compañía, había compartido demasiadas risas incómodas, y había permitido que Héctor soltara aquella bomba sobre los besos y los armarios sin negarlo lo suficientemente rápido.
Así que el plan era simple: distancia. Estricta, inquebrantable, militar.
Si Carmen necesitaba algo, iría yo sola.
Si hubiera que llevar plantas, recoger medicinas, o hacer cualquier recado que implicara estar en el mismo espacio físico que él, inventaría una excusa.
La gripe. Una cita urgente. Un ataque de apendicitis repentina. Lo que fuera.
Lo que no había contado era que Carmen Alarcón de Medina tenía un doctorado en manipulación emocional y un radar infalible para detectar cuando alguien intentaba escapar de su destino.
El sábado por la mañana llegué a su casa con mi mejor cara de «Solo estoy aquí para trabajar y nada más».
Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante, vaqueros viejos y una camiseta que decía «No me hables, no he tomado café», un regalo de Alba que nunca me había atrevido a usar, pero que ese día me pareció especialmente apropiado.
Alejandro estaba en el jardín, regando las plantas con una precisión que me irritó solo de verla. Cada gota caía exactamente donde debía, ni una más, ni una menos. Incluso regando, el tío era un perfeccionista.
—Buenos días —dije, intentando pasar de largo hacia la cocina.
—Lucía —respondió él, sin levantar la vista de la buganvilla—. Estás… ¿Llevas puesta una camiseta que me insulta?
—No es un insulto —mentí, deteniéndome a pesar mío—. Es una advertencia sanitaria. Como las de «Cuidado, suelo mojado».
—¿Y el suelo está mojado?
—Depende de si sigues regando mal las plantas. Esa pobre buganvilla está ahogándose.
Alejandro dejó la manguera y se volvió hacia mí.
Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos, y los brazos…
madre de Dios, los brazos. Musculosos, con venas marcadas, con manos que parecían capaces de levantar edificios enteros, pero que, a la vez, tenían una delicadeza extraña al tocar las hojas.
—¿Sabes mucho de jardinería? —preguntó, con un deje de diversión.
—Sé que las plantas necesitan agua, no un baño de inmersión —respondí, cruzando los brazos—. Pero no te preocupes, sigue así. Así tendré excusa para comprarle otra a tu abuela cuando esta muera por asfixia.
Él sonrió. Esa sonrisa que empezaba a odiar porque me hacía sentir cosas en el estómago que no quería sentir.
—¿Vienes a ayudarme o solo a criticar?
—A criticar. Es mi especialidad.
Estuvimos así unos minutos, discutiendo sobre la cantidad de agua adecuada, si el jazmín necesitaba más sol o más sombra, y por qué el olivo tenía las hojas amarillentas.
Discutíamos por discutir, por el placer de contradecirnos, por esa electricidad que se generaba cada vez que nuestras opiniones chocaban.
Fue entonces cuando Carmen salió al patio, con su sombrero de paja y una lista de la compra en la mano que parecía haber aparecido por arte de magia.
—Lucía, cariño —dijo, con una dulzura sospechosa—. Necesito unas cosas del mercado. Huevos frescos, ese queso de cabra que le gusta a Alejandro, y unas plantas nuevas para el porche. Las de anoche se han marchitado.
—Yo puedo ir —dije rápidamente, intentando escabullirme antes de que…
—Perfecto —interrumpió ella—. Alejandro, acompáñala. Necesito que me recojan unas plantas específicas, y tú sabes cuáles son las que me gustan. Lucía no tiene ni idea de esas cosas.
—Doña Carmen, de verdad, no hace falta…
—Y luego —continuó, ignorándome por completo—, Alejandro tiene que arreglar el grifo del baño de invitados. Se ha vuelto a quedar flojo. Lucía, tú sabes dónde está la caja de herramientas, ¿verdad? Así se lo indicas.
Miré a Alejandro. Él me miró a mí. Y en sus ojos vi la misma sospecha que yo tenía: estábamos siendo manipulados. Pero Carmen ya se había dado la vuelta, canturreando una copla mientras se alejaba hacia el porche, dejándonos atrapados en su trampa.
—Parece que nos han secuestrado —dijo Alejandro, secándose las manos en los vaqueros.
—Parece que tu abuela debería trabajar para la CIA —repliqué, suspirando—. Vamos, arquitecto. Pero vamos en silencio. No quiero que pienses que esto es una cita.
—No lo es —dijo él, cogiendo las llaves del coche—. Es un secuestro laboral.
La mañana fue un desastre organizado.
Primero estuvimos en el vivero, discutiendo sobre qué plantas eran mejores para el porche.
Alejandro quería algo estructuralmente interesante, lo que fuera que eso significara.
Yo quería algo que no se muriera en dos días y que no necesitara riego constante porque, entre mis tres trabajos, no tenía tiempo para regar plantas caprichosas.
—Esta —dije, señalando una planta con hojas plateadas que parecía resistente—. Esta sobrevive al apocalipsis nuclear.
—Es una lavanda —dijo él, arqueando una ceja—. Y es para exterior, no para el porche. Necesita sol directo.
—El porche tiene sol por la mañana.
—No suficiente.
—¿Y tú qué eres, un meteorólogo?
—Soy arquitecto. Sé leer la luz.
—Pues léela en voz alta, que yo no entiendo tu idioma técnico.
Discutimos durante veinte minutos hasta que el dueño del vivero, un señor con cara de pocos amigos, nos echó con unas macetas de geranios «Que no se maten ni con una bomba» y nos pidió, educada pero firmemente, que dejáramos de discutir en su establecimiento.
Luego fuimos al mercado. Alejandro quería queso de una tienda específica que estaba «Tres calles más allá, en la esquina, donde está el árbol grande». Yo quería ir al supermercado de la esquina y acabar pronto.
—El queso del supermercado es plástico —dijo, haciendo una mueca.
—El queso del supermercado es económico —corregí—. Algunos tenemos que mirar el precio antes de mirar el sabor.
—Yo invito.
—No.
—Lucía, es solo queso.
—No —repetí, más firme de lo necesario—. No voy a dejar que pagues mi comida. Ni el queso, ni nada. Ya te lo dije: no debo nada a nadie.
Él me miró durante unos segundos, con esa intensidad suya que me hacía querer mirar hacia otro lado. Luego asintió, una vez, y giró hacia el supermercado.
—Vale —dijo—. Pero no me eches la culpa si el queso sabe a goma de borrar.
En el supermercado, la discusión continuó.
Él quería pan artesanal. Yo quería el barato de molde.
Él quería tomates cherry ecológicos. Yo quería los de oferta en lata.
Él quería aceite de oliva virgen extra de primera prensada en frío de alguna aldea remota.
Yo quería el que estaba en el lineal de abajo y costaba tres euros menos.
—Eres imposible —dijo, mientras yo cogía una bolsa de pasta del lineal económico.
—Soy realista —respondí, echando un paquete de macarrones al carro—. Algunos no podemos permitirnos el lujo de pagar el doble por un aceite que sabe exactamente igual que el normal.
—No sabe igual.
—Prueba a ciegas. Apuesto cien euros a que no distinguirías uno de otro.
—Apostarías cien euros que no tienes —dijo, y luego se mordió la lengua, arrepentido—. Mierda. Lo siento. No quería…
—Es verdad —dije, encogiéndome de hombros, intentando que no me afectara—. No los tengo. Pero eso no quita que tenga razón.
Seguimos así, en una especie de tira y afloja constante, de baile absurdo donde cada paso hacia delante era acompañado por un empujón hacia atrás.
Discutíamos, sobre todo: sobre la música que sonaba en el supermercado, él la odiaba, yo ni la notaba, sobre si el cielo estaba demasiado nublado, él decía que era «Luz difusa interesante», yo decía que parecía que iba a llover, sobre la velocidad a la que caminaba, él iba demasiado lento, yo demasiado rápida, o quizás era al revés.
Pero entre una discusión y otra, también nos reímos.
Me reí cuando intentó convencer al carnicero de que le cortara el jamón en lonchas más finas, usando términos técnicos que el pobre hombre no entendió y que terminó en una discusión.
Me reí cuando resbaló con una cáscara de plátano que alguien había tirado en el suelo y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caerse, quedándose a escasos centímetros de mí, con su mano en mi cintura y su aliento en mi cara.
Nos quedamos así un segundo demasiado largo. Un segundo en el que dejé de reír y empecé a notar el calor de su mano a través de mi camiseta, el olor a cedro de su colonia, la forma en que sus ojos grises se oscurecían cuando me miraban de cerca.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz más grave de lo normal.
—Estoy… —tragué saliva—. Estoy bien. Suéltame.
Lo hizo. Demasiado rápido. Y ambos nos apartamos, incómodos, mirando hacia otros lados como si no hubiera pasado nada, como si no hubiéramos estado a punto de…
De qué, exactamente, no quería pensarlo.