Capítulo 12
Alejandro
Mi abuela salió al patio poco después, con su elegancia habitual y unos pendientes de perlas que le sentaban como a una reina.
Nos observó a los dos, a Lucía que reía de alguna tontería que había dicho yo sobre los planos de un edificio que se parecía a una caja de zapatos, y a mí que sonreía como un idiota sin poder evitarlo.
—Hijo —dijo mi abuela, sentándose en su mecedora con una precisión que desmentía sus ochenta y seis años—, tienes la misma cara que tenía tu abuelo cuando se enamoró de mí.
Me atraganté con el café.
Lucía se quedó quieta, con la mitad de un pastel de chocolate en la mano, y una expresión de shock que habría sido cómica si no estuviera tan ocupado intentando respirar.
—Abuela, por favor…
—No me digas por favor —interrumpió ella, con esa autoridad que solo tienen las abuelas que han visto demasiado—. Te conozco desde que naciste, Alejandro. Sé cuándo estás fingiendo y cuándo estás sintiendo. Y ahora mismo… —me señaló con su cuchara de té— …estás sintiendo. Mucho.
—No estoy enamorado —dije, demasiado rápido, demasiado alto.
Mi abuela sonrió. Esa sonrisa suya de gato que acaba de comerse al canario y está planeando el postre.
—Eso mismo dijo él —dijo, dirigiéndose ahora a Lucía, que parecía querer fundirse con la silla de mimbre—.
Mi Enrique. El primer día que me vio, en la feria de Málaga, me dijo que no creía en el amor a primera vista.
Que era una tontería. Que él era un hombre práctico, de hechos, no de sentimientos —mi abuela se rio, una risa cálida que llenó el patio—.
Tres meses después me pidió matrimonio. Y cuando le pregunté qué había cambiado, me dijo: «Nada.
Solo que me he dado cuenta de que no puedo respirar sin ti».
Lucía y yo nos miramos. Yo estaba seguro de que tenía la cara colorada, sintiendo cómo el calor me subía desde el cuello hasta las orejas. Ella parecía atrapada entre el deseo de huir y la curiosidad de quedarse a ver el desenlace del espectáculo.
—Abuela, estás inventando cosas —dije, intentando recuperar la dignidad—. Lucía y yo somos… amigos. Conocemos. Apenas nos toleramos.
—Claro, claro —dijo mi abuela, dando un sorbo a su limonada con una satisfacción exasperante—.
Por eso llevas una semana sin dormir, con ojeras que parecen mapas de carreteras.
Por eso has dejado de revisar planos y pasas horas mirando el móvil como si esperaras un mensaje.
Por eso has traído pasteles de la pastelería Buendía, que está al otro lado de la ciudad, cuando nunca traes nada.
Me quedé sin palabras. Porque tenía razón. En todo.
Lucía me miró con una expresión diferente ahora. No desafiante, no sarcástica. Curiosa. Como si estuviera viendo algo nuevo, algo que no había notado antes.
—Voy a… a por más limonada —dijo ella, levantándose rápidamente, huyendo de la conversación como de un incendio.
Cuando desapareció en la cocina, me volví hacia mi abuela con una mezcla de frustración y admiración.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunté, bajando la voz—. La has avergonzado. Me has avergonzado a mí. Esto no es…
—¿No es qué? —interrumpió Carmen, y ahora su voz era seria, sin rastro de broma—.
¿No es real? Alejandro, cariño, llevas dos años caminando como un fantasma.
Desde que Marta se fue, desde que enterraste tu corazón bajo capas de control y perfección, no te había visto sonreír de verdad hasta ahora. Hasta ella.
—No es tan simple…
—Nunca lo es —dijo ella, tomando mi mano entre las suyas, frágiles pero fuertes—. Pero es real. Y si no lo ves, es porque no quieres verlo. O porque tienes miedo. Y tú, mi niño, nunca has tenido miedo de nada. No dejes que empiece ahora.
Quise responder, decirle que estaba equivocada, que confundía la preocupación por una persona en apuros con algo más profundo. Pero en ese momento sonó el timbre de la puerta y escuchamos voces en el salón.
Héctor había llegado.
Mi socio entró en el patio como un huracán, con su mochila de lona colgada de un hombro, sus gafas de sol en la frente y esa energía suya que hacía que todo el espacio a su alrededor pareciera más pequeño.
—¡Alejandro, tío! —exclamó, abrazándome con fuerza antes de que pudiera levantarme—. ¿Cómo está mi arquitecto favorito? ¿Has echado de menos Madrid? ¿De menos a mí? Porque yo te he echado de menos, y eso que normalmente eres un pesado.
—Héctor —dije, intentando zafarme de su abrazo—. ¿Qué haces aquí? No dijiste que vendrías.
—Sorpresa —dijo él, con una sonrisa de oreja a oreja—. Tenía que entregar unos planos en Marbella, pensé en pasarme a saludar. Y a conocer a esa tal Lucía de la que no paras de hablar en el teléfono…
Me congelé. Lucía acababa de salir de la cocina, con una jarra de limonada recién hecha en las manos, y se encontró con Héctor que la miraba de arriba abajo con interés genuino.
—Tú debes ser Lucía —dijo él, acercándose con la mano extendida—. Soy Héctor, el mejor amigo y socio de este pesado. Me ha contado cosas… bueno, no me ha contado mucho, pero he deducido que eres importante.
Lucía le estrechó la mano, visiblemente sorprendida, pero recuperando rápidamente su aplomo.
—Cosas malas, supongo —dijo, con un toque de humor—. Normalmente solo cuenta lo que le molesta de mí.
—¡Al contrario! —Exclamó Héctor, sentándose en la silla que Lucía había dejado libre—. Ha dicho… bueno, en realidad no ha dicho nada, pero eso es lo que me ha llamado la atención. Alejandro no para de hablar de nadie. Nunca. Y ahora cada dos frases es «Lucía dice», «Lucía hace», «Lucía es…».
—Héctor, cállate —dije, sintiendo que la cara me ardía.
—¿Sí? —Lucía me miró, con una ceja arqueada—. ¿Dices cosas de mí?
—No digo… es decir, no es…
—Dice que eres la persona más frustrante que ha conocido —intervino Héctor, encantado con el espectáculo—.
Que hablas demasiado. Que nunca llegas a la hora que dices.
Que tienes una obsesión con el dinero que no entiende.
Y que… —hizo una pausa dramática— …que tiene ganas de estrangularte la mitad del tiempo, y la otra mitad no sabe si quiere besarte o esconderte en un armario.
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso los grillos dejaron de cantar.
Lucía me miró. Yo la miré a ella. Y en sus ojos vi algo que no supe interpretar: sorpresa, sí, pero también… ¿esperanza? ¿Curiosidad? ¿Miedo?
—Voy a… a por vasos —dijo ella finalmente, y desapareció de nuevo en la cocina, más rápido que antes.
Cuando estuvimos solos, agarré a Héctor del brazo y lo arrastré hasta el rincón más alejado del jardín.
—¿Estás loco? —siseé—. ¿Por qué has dicho eso?
—¿Por qué? —repitió él, incrédulo—. Alejandro, llevas diez años sin interesarte por nadie.
Diez años desde Marta. Y ahora, de repente, sabes cuánto debe una mujer que conociste hace una semana, te desvelas investigando sus problemas, y traes pasteles de la otra punta de la ciudad.
¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no veo lo que está pasando?
—No está pasando nada —mentí.
Héctor me miró con esa expresión de hermano mayor que me conocía demasiado bien.
—Te gusta —dijo, simple y llanamente.
—No.
—Te gusta muchísimo.
—No es así…
—Alejandro —interrumpió, y su voz se suavizó—. Llevas una semana hablando de ella cada vez que llamas. Tu abuela acaba de decirme que no te había visto sonreír así desde que eras niño. Y ahora mismo estás más rojo que un tomate porque te he pillado. Admitámoslo: estás perdido.
No respondí. No podía. Porque al mirar hacia la cocina, donde Lucía reía de algo que Carmen le decía mientras preparaba los vasos, sentí ese nudo en el estómago que Héctor describía. Esa necesidad de estar cerca, de proteger, de saber que estaba bien.
Y por primera vez, no intenté negarlo del todo.
—Quizás —dije finalmente, en voz baja, casi para mí mismo.
Héctor sonrió. Esa sonrisa triunfal suya que significaba que había ganado.
—Eso es todo lo que necesitaba oír —dijo, dándome una palmada en la espalda—. Ahora vamos dentro y deja de hacer el tonto. Porque si no te das prisa, alguien más se va a dar cuenta de lo que sientes. Y ese alguien podría ser ella.
Volvimos al patio. Lucía había vuelto a sentarse, y Carmen nos observaba con una expresión de pura satisfacción. El sol empezaba a caer sobre el jardín, tiñendo todo de un dorado cálido que hacía que el mundo pareciera más suave, más posible.
Me senté frente a Lucía. Ella levantó la vista, y nuestros ojos se encontraron.
—¿De verdad quieres estrangularme? —preguntó, con un deje de diversión en la voz.
—La mitad del tiempo —respondí, y por primera vez en días, sonreí de verdad—. La otra mitad… bueno, eso todavía lo estoy decidiendo.
Y cuando ella sonrió de vuelta, esa sonrisa suya que iluminaba todo a su alrededor, supe que Héctor tenía razón.
Estaba perdido. Completamente y absolutamente perdido.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.