El desastre perfecto Capítulo 11
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Capítulo 11

Alejandro

Pasé tres noches seguidas sin pegar ojo.

No porque tuviera un proyecto urgente, la Torre Mirabel estaba entregada y el complejo residencial no empezaba hasta septiembre, sino porque no podía sacarme de la cabeza la imagen de su móvil sobre la mesa.

Ese mensaje. Esas palabras amenazantes. La forma en que Lucía se había encogido sobre sí misma, como si quisiera desaparecer entre los platos de la cena.

No era asunto mío. Lo sabía. Ella había sido clara en su negativa a recibir ayuda.

«No puedo deberle nada a nadie», había dicho.

Y yo, que había pasado los últimos diez años de mi vida evitando precisamente eso, evitando deber favores, evitando que otros decidieran por mí, evitando cualquier atisbo de dependencia emocional, debería haber entendido su postura.

Debería haber respetado sus límites y haber dado un paso atrás.

Pero no podía.

No porque quisiera rescatarla. No porque sintiera esa absurda necesidad masculina de ser el héroe que salva a la damisela en apuros.

Eso me repugnaba. Lucía no necesitaba un salvador.

Necesitaba… bueno, no sabía exactamente qué necesitaba, pero estaba seguro de que no era un arquitecto controlador con complejo de Superman.

Lo que me mantenía despierto era otra cosa.

Era la furia. Una furia sorda, ardiente, que se había instalado en mi pecho desde aquella cena y que no me dejaba respirar con normalidad.

Alguien le había hecho daño. Alguien había destrozado su vida, había convertido su existencia en un campo de minas de deudas y amenazas, y luego había desaparecido dejándola sola para limpiar la mierda.

Esa idea me consumía. Me hervía la sangre de una forma que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera cuando Marta me dejó, ni siquiera cuando descubrí que mi padre se había matado a trabajar.

Alguien había jugado con ella. Y eso me volvía loco.

El jueves por la mañana, mientras Lucía limpiaba las oficinas del bufete Valcárcel, lo sabía porque mi abuela me lo había mencionado casualmente, con esa sutileza que tenía para manipular situaciones, yo estaba sentado frente a mi portátil en la terraza de mi casa, con tres tazas de café frío a mi lado y una conexión a internet que no estaba utilizando para revisar planos.

Estaba buscando. Investigando. Haciendo lo que hacía cualquier persona obsesionada que no sabía mantenerse al margen.

No era ilegal, exactamente. Las deudas públicas, los embargos, las demandas judiciales…

todo eso dejaba rastro en los registros públicos si sabías dónde mirar.

Y yo sabía. Durante años había trabajado con abogados, había visto cómo funcionaban los procesos de ejecución hipotecaria, había aprendido a leer entre líneas de documentos que la mayoría de la gente encontraba incomprensibles.

Lo que encontré me dejó helado.

Lucía no debía veinte mil euros. Eso era solo la punta del iceberg, la deuda más reciente, la que aún no había sido reclamada por los bancos tradicionales.

Había más. Mucho más. Préstamos personales firmados hacía dos años.

Líneas de crédito abiertas en cinco entidades diferentes.

Una tarjeta revolving con un interés del veinticinco por ciento que había explotado hasta convertirse en una montaña imposible de pagar.

El total superaba los sesenta mil euros.

Sesenta mil para una chica que limpiaba casas ajenas, que cuidaba ancianas, que contaba los céntimos para el pan. Sesenta mil euros que habían desaparecido en el aire, porque no había rastro de bienes a su nombre, de inversiones, de nada que justificara esa cantidad astronómica.

Y luego estaban las firmas.

Me fijé en los escaneos de los contratos a los que había conseguido acceder gracias a un contacto en el Registro de la Propiedad que me debía un favor desde el año pasado, y algo no encajaba.

La caligrafía variaba. En algunos documentos, la firma de Lucía era fluida y segura, con ese garabato característico que tenía la gente que firma cientos de veces al día.

En otros, era rígida, forzada, como si alguien hubiera intentado imitarla sin conseguirlo del todo.

Además, había fechas que no cuadraban. Documentos firmados en los días en los que, según el historial de trabajo que había podido reconstruir, Lucía estaba limpiando casas en otra punta de la ciudad.

Imposible que hubiera estado en una sucursal bancaria firmando papeles a las diez de la mañana si a esa hora estaba fregando los cristales de la señora Ruiz.

Alguien había falsificado su firma. Alguien había utilizado su documentación. Alguien la había convertido en avalista de deudas que no eran suyas, en titular de préstamos que nunca había solicitado, en víctima de un fraude que iba mucho más allá de una simple estafa amorosa.

Apagué el portátil y me quedé mirando el mar durante largo rato. El sol de mediodía brillaba sobre el agua, cegador, indiferente. Sentía el estómago revuelto, una mezcla de rabia y de impotencia que me hacía querer golpear algo.

Tenía que decírselo. Tenía que mostrarle lo que había encontrado, explicarle que no estaba sola, que había opciones legales, que podíamos denunciar esto, revertirlo, limpiar su nombre.

Pero luego recordé su cara en la cena. La desesperación en sus ojos cuando había dicho que no podía confiar. La forma en que se había encerrado en sí misma, como una fortaleza inexpugnable.

Si se lo dijera ahora, me odiaría. Me vería como otro hombre que intentaba controlar su vida, que tomaba decisiones por ella y se creía con derecho a invadir su privacidad por su bien.

No podía hacer eso. No podía permitirme ser ese tipo de persona para ella.

Pero tampoco podía quedarme de brazos cruzados.

Cuando llegué a casa de mi abuela esa tarde, todavía estaba dándole vueltas al asunto.

Tenía los ojos rojos de no dormir, la mandíbula tensa de apretar los dientes, y una necesidad irracional de ver a Lucía, de asegurarme de que estaba bien, de que nadie le había hecho daño físico además del económico.

La encontré en el patio, sentada en su silla de mimbre habitual, con una taza de limonada entre las manos y una expresión de cansancio absoluto que se transformó en sonrisa forzada cuando me vio entrar.

—Señor Arquitecto —dijo, con ese tono de broma que usaba como escudo—. ¿Ha venido a revisar más planos o a discutir sobre quién tiene la razón?

—He venido a ver a mi abuela —mentí, sentándome en la silla de enfrente—. Pero ya que estás aquí…

—Ya que estoy aquí, ¿qué?

La miré. Realmente la miré. Y vi las ojeras que intentaba ocultar con maquillaje barato, las manos que temblaban ligeramente alrededor de la taza, la tensión en los hombros que llevaba como una armadura invisible.

—¿Estás bien? —pregunté y la pregunta salió más suave de lo que pretendía.

—Estoy perfecta —respondió automáticamente—. Como siempre.

—Mientes fatal.

Nos miramos durante unos segundos. El silencio entre nosotros era denso, cargado de cosas no dichas. Quise contarle todo lo que sabía, mostrarle los documentos, prometerle que arreglaría aquello. Pero me contuve. Apreté los puños bajo la mesa y me obligué a sonreír.

—He traído pasteles —dije, levantando la caja que había comprado en el camino—. De ese sitio del centro que tanto le gusta a mi abuela.

Lucía arqueó una ceja, sorprendida por el cambio de tema.

—¿Y eso? ¿Es un soborno?

—Es un intento de tregua —admití—. La otra noche… en la cena… fui demasiado duro contigo. Te presioné cuando no debía. Lo siento.

Ella me observó con recelo, como si esperara que apareciera el truco, el gancho, la segunda intención. Pero no había ninguna. Solo el sincero arrepentimiento de haberla empujado a un lugar donde no quería estar.

—Acepto la tregua —dijo finalmente, y su sonrisa se suavizó un poco, se volvió más real—. Y los pasteles. Pero solo porque son de chocolate.