Capítulo 10
Lucía
Cuando Carmen me dijo que quería organizar una cena íntima para agradecerme todo lo que hacía por ella, debería haber sospechado. Debería haber olido la trampa desde la puerta, como un ratón que detecta el queso envenenado.
Pero estaba cansada. Estaba distraída. Y, admitámoslo, estaba emocionada ante la perspectiva de comer algo que no fuera pasta con tomate o el menú del día de algún bar de carretera.
Así que cuando llegué a su casa el sábado por la tarde, con un vestido limpio y una botella de vino barato que había comprado con monedas de la hucha, me encontré con una mesa puesta para cuatro.
Cuatro.
Conté de nuevo. Una, dos, tres, cuatro.
Carmen, Alejandro, yo… y Alba.
—Tu abuela está intentando algo —le dije a Alejandro en cuanto pude arrastrarlo a la cocina bajo la excusa de ayudarle a llevar las ensaladas.
Él me miró con esa expresión de sorpresa controlada que tenía cuando no sabía si yo estaba loca o simplemente siendo yo.
—¿Intentando algo? —Repitió, como si el concepto le resultara extraño.
—Sí. Algo. —Hice aspavientos con las manos—. Algo de abuela. No sé qué, pero lo huele. Lo presiento. Las abuelas son peligrosas, Alejandro. No subestimes a tu abuela.
Alba llegó diez minutos después, con su melena perfecta y un vestido que seguramente costaba más que mi alquiler. Me abrazó, me susurró «Estás guapísima» al oído y luego miró la mesa para cuatro con una ceja arqueada.
—¿Algo como qué? —me preguntó, siguiendo mi mirada hacia Carmen, que sonreía con inocencia de ángel mientras movía un jarrón tres centímetros hacia la izquierda.
—Algo de abuela —suspiré.
—Eso no responde nada.
—Exacto. Porque las abuelas son peligrosas. No dan respuestas. Dan problemas disfrazados de cordero asado.
Alba se rio. Alejandro, que estaba cerca, se rio también. Y yo me quedé quieta, mirándolos a los dos, sintiendo algo extraño en el estómago que no quise identificar.
La cena empezó bien. Demasiado bien.
Carmen había preparado un gazpacho casero que sabía a gloria, seguido de un pescado al horno que se deshacía en la boca. El vino fluía, demasiado, quizás, y la conversación era fluida, natural, sin los silencios incómodos que yo temía.
Hasta que Alba y Alejandro empezaron a hablar.
Ella le preguntó por su trabajo. Él le explicó el proyecto de la Torre Mirabel con una pasión que no había mostrado antes. Alba le preguntó sobre Madrid, sobre arquitectura, sobre si prefería Le Corbusier o Mies van der Rohe .
Y Alejandro se iluminó.
No de la forma fría y controlada que yo conocía. Se iluminó de verdad. Con gestos amplios, con risas, con anécdotas sobre Héctor y sus desastres en obras. Contó una historia sobre cómo su socio había confundido una medida y habían tenido que demoler tres paredes enteras, y Alba se echó a reír.
Esa risa. Esa risa suya que sonaba como campanas de iglesia.
Y Alejandro se rio con ella.
Se miraron. Se entendieron. Conectaron.
Y yo sentí que me ahogaba con el agua del grifo.
No era posible. No era justo. Alba era mi amiga. Mi mejor amiga. Alejandro era… bueno, Alejandro era el arquitecto irritante que me sacaba de quicio. No tenía derecho a sentir… a sentir lo que fuera que estuviera sintiendo.
Pero lo sentía.
Cada vez que Alba le tocaba el brazo para enfatizar una frase. Cada vez que él inclinaba la cabeza hacia ella para escuchar mejor. Cada vez que se reían juntos de algo que yo no entendía del todo.
Me molestaba. Mucho.
Y no quería admitir por qué.
—Lucía, cariño —dijo Carmen, y su voz sonaba demasiado dulce—. ¿Estás bien? Pareces tensa.
—Estoy perfecta —mentí, forzando una sonrisa—. Solo estoy… pensando en los platos. Hay que fregar.
—Los platos pueden esperar —dijo Alejandro, y su mirada se posó en mí con una intensidad que me hizo sentir expuesta—. ¿O es que no te gusta ver a tu amiga divirtiéndose?
Su tono era provocador. Desafiador. Como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza y se estuviera divirtiendo con ello.
—Me encanta ver a Alba divirtiéndose —dije, y mi voz salió más aguda de lo normal—. Alba se divierte con cualquiera. Es muy… adaptable.
—¿Adaptable? —Repitió Alba, frunciendo el ceño—. ¿Qué significa eso?
—Que te cae bien todo el mundo —dije, encogiéndome de hombros—. Que eres simpática. Que… —busqué una palabra que no sonara como un insulto—. Que conectas fácilmente.
Alejandro no me quitaba los ojos de encima. Y entonces, con la precisión de un cirujano que sabe exactamente dónde cortar, soltó:
—¿Estás celosa?
Me atraganté con el agua.
Tosi. Me golpeé el pecho. Alba me dio golpecitos en la espalda, y Carmen me observaba con una expresión que era pura satisfacción.
—¿Yo? —Logré decir, con la voz ronca—. ¿Celosa? ¿De qué?
—Eso parece —dijo Alejandro, y su sonrisa era de gato que ha atrapado al canario—. Tienes toda la cara de…
—Mira, arquitecto —lo corté, enderezándome en la silla y sintiendo el calor subirme a las mejillas—.
Yo tengo muchas preocupaciones. Mis deudas, mi futuro, si la lavadora sobrevivirá otro año, si el banco me dejará entrar algún día sin ponerme cara de pena…
Tú no estás en la lista. Ni siquiera cerca de la lista.
Estás en el anexo de la lista, en la sección de «Problemas que no tengo tiempo de tener».
Alejandro sonrió. Esa sonrisa suya que transformaba su cara de hombre serio en algo cercano a la belleza.
—Claro —dijo, y no sonó convencido—. Por supuesto. Error mío.
Quise seguir discutiendo. Quise demostrarle que no me importaba. Quise hacer una broma, soltar mi frase habitual, recuperar el control.
Pero en ese momento, mi móvil vibró sobre la mesa.
Una notificación. Número desconocido, pero con ese prefijo que ya había aprendido a odiar. El de las financieras. El de los acreedores. El de la pesadilla que era mi vida.
Intenté ocultarlo. Fue un reflejo. Mi mano se movió demasiado rápido, intentando poner el móvil boca abajo, pero en mi prisa lo empujé hacia el centro de la mesa, donde aterrizó con la pantalla visible para todo el mundo.
«RECUERDE: Tiene 48 horas para regularizar su situación antes de iniciar procedimientos judiciales. Contacte con Recuperaciones Martínez, S.L.»
El silencio cayó sobre la mesa como un manto de plomo.
Alba me miró con preocupación. Carmen dejó el tenedor sobre el plato con un sonido sordo. Y Alejandro… Alejandro dejó de sonreír.
Su expresión cambió. Se oscureció. Y vi en sus ojos algo que no esperaba: comprensión. No lástima ni curiosidad morbosa. Comprensión real, profunda, de alguien que de repente veía el iceberg completo bajo la superficie del agua.
—Lucía… —empezó a decir.
—Es una tontería —corté, recogiendo el móvil con manos temblorosas—. Un error. Un… problema administrativo. Nada importante.
Pero mi voz sonó falsa. Demasiado aguda. Demasiado rápida.
Alba me cogió la mano bajo la mesa. La apretó. Y yo sentí que el mundo se me venía encima, que mi fachada de humor y sarcasmo se resquebrajaba en tiempo real, delante de las personas que menos quería que la vieran.
Después de la cena, Alba se marchó temprano. Tenía turno de mañana en el banco, dijo. Pero antes de irse, me abrazó con fuerza y me susurró: «Llámame cuando quieras. Estoy aquí».
Carmen se excusó diciendo que estaba cansada y se retiró a su habitación, dejándonos a Alejandro y a mí solos en el patio, con los restos de la cena y un silencio que pesaba toneladas.
Yo recogía los platos con movimientos mecánicos, evitando su mirada.
—Lucía —dijo finalmente cuando creí que iba a dejarme en paz.
—No —respondí, sin girarme.
—No he dicho nada.
—Pero vas a hacerlo. Vas a preguntar. Y la respuesta es no.
Escuché sus pasos acercándose. Sentí su presencia detrás de mí, demasiado cerca, demasiado intensa.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, y su voz era suave. Demasiado suave. Como si hablara con un animal herido.
Apreté los platos contra mi pecho, sintiendo el borde de la cerámica clavarse en mi piel.
—No.
—Lucía…
—No —repetí, y esta vez mi voz salió diferente. No enfadada. No desafiante.
Asustada.
Me di la vuelta. Lo miré. Y vi que él lo veía. Que veía el miedo real, el pánico, la desesperación que intentaba ocultar con bromas y sarcasmo. Que veía la herida que llevaba años sangrando sin que nadie la curara.
—No puedo —dije, y la verdad se me escapó antes de poder detenerla—. No puedo dejar que nadie me ayude. No puedo deberle nada a nadie. No puedo… confiar.
Alejandro me miró durante más tiempo del que debería. Sus ojos grises recorrieron mi cara, buscando algo que no supe identificar.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
—Porque la última vez que confié en alguien —dije, y mi voz se quebró—, me dejó endeudada, humillada, y convencida de que era una estúpida. Y no voy a volver a sentir eso. No por ti. No por nadie.
Alejandro asintió lentamente. No intentó tocarme. No intentó convencerme con palabras vacías.
—Vale —dijo simplemente.
—¿Vale?
—Vale. No te ayudaré. No te deberás nada. Pero… —hizo una pausa, y su voz cambió, se volvió más firme—. Pero voy a seguir estando aquí. Y cuando estés lista para hablar, cuando quieras contarme qué demonios está pasando de verdad, voy a escuchar. Sin juzgar. Sin intentar arreglarlo. Solo escuchar.
Lo miré, incrédula. Nadie había dicho eso antes. Nadie me había dado ese espacio. Todo el mundo quería soluciones, respuestas, acción. Todo el mundo quería salvarme.
Alejandro solo quería estar ahí.
—Eres un pesado —dije, intentando recuperar el sarcasmo como escudo.
—Lo sé —sonrió, y era una sonrisa triste—. Es uno de mis muchos defectos.
Guardamos silencio un momento. El sonido de los grillos llenaba el aire nocturno.
—Debería irme —dije finalmente.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Lo sé —repitió—. Pero voy a hacerlo igual.
Caminamos juntos hasta la puerta. Carmen ya dormía, supuse. El mundo estaba en calma.
Y cuando salí a la calle, sintiendo el aire fresco de la noche en mi cara, me di cuenta de algo aterrador: no quería que se fuera. No quería estar sola. No quería seguir cargando con todo esto sin nadie que lo supiera.
Pero también sabía que no estaba lista.
—Gracias —dije, sin mirarle—. Por la cena. Y por… por no insistir.
—Volveré a insistir mañana —dijo él, y había un toque de humor en su voz—. Soy muy pesado, ¿recuerdas?
Casi sonreí. Casi.
Y cuando me alejé caminando, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que doblé la esquina, supe que algo había cambiado.
Que la herida que llevaba dentro había sido vista. Y que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no intentaba curarla a la fuerza.
Solo estaba ahí, esperando a que yo estuviera lista.
Y eso, inexplicablemente, dolía más que cualquier otra cosa.