Capítulo 9
Alejandro
El proyecto de la Torre Mirabel estaba terminado.
Oficialmente, no tenía nada urgente que revisar.
Pero había traído conmigo a Málaga los planos de un nuevo encargo, un complejo residencial en las afueras de Madrid que debía entregar en septiembre, y esa mañana intenté sentarme a trabajar en ellos durante tres horas seguidas.
Fracasé estrepitosamente.
El portátil estaba abierto sobre la mesa del salón de mi casa, con los planos brillando en la pantalla, las líneas perfectas, los ángulos precisos. Todo ordenado. Todo bajo control. Todo exactamente como debía ser.
Y yo no podía concentrarme.
Mi mirada se desviaba constantemente hacia la ventana, hacia el jardín, hacia el mar que brillaba al fondo. Pero no era la vista lo que me distraía. Era mi mente, dando vueltas en círculos como un perro persiguiendo su propia cola.
La llamada extraña que había recibido Carmen. El número oculto. La voz que preguntaba por ella y luego colgaba. La expresión de mi abuela, esa máscara de serenidad que cayó durante un segundo para revelar algo oscuro debajo.
La reacción de Lucía. La forma en que se había quedado quieta, alerta, como un animal que detecta peligro en el aire. Ella también lo había notado. También sabía que algo no encajaba.
Y, sobre todo, la frase.
«Hay gente que empieza ayudando y acaba decidiendo por ti.»
Habían pasado tres días desde que Lucía dijo eso en su baño diminuto, con la gotera goteando entre nosotros como un metrónomo de desesperación. Y esa frase no había salido de mi cabeza desde entonces.
La repetía mentalmente mientras desayunaba. Aparecía cuando intentaba dormir. Se colaba en mis reuniones telefónicas con Héctor, lo que me hacía perder el hilo de lo que decía.
Porque yo sabía reconocer el dolor cuando lo veía.
No era arrogancia. Era experiencia. Durante los dos años de mi matrimonio con Marta y en los meses de tortura que siguieron a su partida, había aprendido a identificar las heridas que la gente intentaba ocultar con sonrisas, con trabajo excesivo, con una perfección obsesiva.
Había visto mi propio reflejo en el espejo, intentando controlar cada detalle de mi vida porque el corazón se me había escapado de las manos.
Marta me había elegido, decía, porque era estable. Porque tenía las cosas claras. Y luego me había dejado porque, según ella, era incapaz de sentir. Incapaz de soltar las riendas. Incapaz de dejar que ella decidiera por nosotros.
La ironía no se me escapaba. Yo, el hombre que odiaba que decidieran por él, había estado a punto de convertirme en eso para Lucía. En alguien que entraba en su casa veía un problema y asumía que sabía cómo solucionarlo mejor que ella.
Y ella me lo había devuelto con esa frase. Esa frase resonaba ahora en mi cabeza como un campanazo.
Esa tarde, cuando llegué a casa de mi abuela, encontré a las dos mujeres preparándose para salir. Mi abuela llevaba un sombrero de paja que le sentaba como a una reina, y Lucía estaba ajustándole el cuello de la blusa con una paciencia que me sorprendió.
—Vamos a dar un paseo —anunció mi abuela, como si fuera una expedición al Everest—. Lucía dice que necesito mover las piernas y yo digo que necesito un helado. Así que vamos a matar dos pájaros de un tiro.
—Yo… —empecé a decir que tenía trabajo, que debía revisar unos planos, que no era buena idea.
—Vienes con nosotras —interrumpió mi abuela, y no fue una petición—. Necesito un brazo fuerte por si me caigo. Y Lucía necesita que alguien le haga compañía cuando yo me quede rezagada hablando con las vecinas.
Miré a Lucía. Ella me miró a mí. Y vi algo en sus ojos que no supe interpretar: resignación, quizás. O desafío. O la simple certeza de que no podríamos evitar estar juntos si Carmen tenía algo que decir al respecto.
—Vale —concedí, cogiendo las llaves del coche.
—Andando —corrigió Lucía—. El paseo es andando, señor arquitecto. A pie. Como la gente normal.
—Tengo coche…
—Y yo tengo piernas —dijo ella, sonriendo de esa forma que me hacía sentir incómodo—. Vamos, que el sol se pone temprano si nos quedamos aquí discutiendo.
Salimos. Carmen en el medio, agarrada a mi brazo izquierdo y al de Lucía en el derecho. Una procesión extraña por las calles de la urbanización, como una familia disfuncional salida de una película independiente.
Al principio fue incómodo. O eso creí.
Pero luego empezó a pasar algo que no esperaba.
Lucía conocía a todo el mundo.
Y cuando digo todo el mundo, es literal.
En la floristería de la esquina, la señora María salió a saludarla con un ramo de jazmines que acababa de cortar esa mañana para que se los llevara a doña Carmen.
En el quiosco, el señor Antonio le guardaba el periódico de siempre, y le decía que no se preocupara por el dinero, que ya se lo daría otro día.
En el parque, el hombre del perro grande, un pastor alemán llamado Max, se detuvo para hablarle de la señora de la cuarta, que había preguntado por ella el día anterior.
Era como caminar con una celebridad local. O con el alcalde. O con alguien que había tejido una red invisible de cariño y favores a su alrededor, tan fuerte que sostenía no solo su propio peso, sino también el de media ciudad.
—¿Conoces a todo el mundo? —pregunté, incapaz de contener la pregunta.
Lucía se encogió de hombros, pero vi que le gustaba. Que no era solo modestia.
—Conozco a la gente que importa —dijo—. La del quiosco porque su hijo estuvo enfermo y le llevé comida durante una semana.
La de la floristería porque una vez le ayudé a descargar un camión cuando se quedó sola.
El del perro porque… —sonrió—. Bueno, porque Max es más simpático que su dueño, y eso es decir mucho.
Carmen se rio. Yo me quedé callado, procesando la información.
Ella no tenía una vida fácil. Lo sabía. Lo intuía desde la primera vez que la vi, con sus bolsas de trabajo, su cansancio, sus bromas sobre las deudas.
Pero a pesar de eso, o quizás gracias a eso, había construido algo que yo no tenía.
Una red. Una comunidad. Gente que la quería no por lo que podía darles, sino por quien era.
Yo tenía empleados. Socios. Clientes.
Ella tenía amigos.
Llegamos al paseo marítimo, donde el sol caía sobre el Mediterráneo con esa violencia dorada que solo tiene el verano andaluz. Mi abuela se sentó en un banco, declarando que necesitaba descansar solo cinco minutos, aunque sabíamos que serían treinta.
Lucía y yo nos quedamos de pie, a unos metros de distancia, mirando el mar. El silencio entre nosotros no era cómodo, pero tampoco era insoportable. Era… expectante.
—¿Por qué lo haces? —Pregunté de repente.
Ella me miró. El viento le despeinaba el pelo, haciéndolo brillar como cobre bajo la luz del atardecer.
—¿Hacer qué?
—Las bromas. Sobre el dinero. Sobre las deudas.
Sobre… todo. —Busqué las palabras adecuadas—.
La otra noche, en tu casa, dijiste que diseñabas excusas para no mirar tu cuenta bancaria.
Y siempre estás con eso. «Otro día maravilloso para ser pobre».
«Estoy a dos recibos de vender un riñón». ¿Por qué?
Su expresión cambió. Se cerró. Como una flor que se repliega ante el frío.
—No es asunto tuyo —dijo, y su voz se volvió dura.
—Lo sé —admití—. Pero me pregunto si no te cansas. De reírte de todo. De fingir que no te importa.
Ella me miró con esos ojos color miel que ahora brillaban de una forma diferente. No de diversión. De algo más peligroso. De vulnerabilidad.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, y su voz tembló ligeramente—. ¿Que llore? ¿Que me queje? ¿Que le cuente a todo el mundo lo jodida que está mi vida y espere que me den pena?
—No…
—Porque si me río yo primero —dijo, interrumpiéndome, y ahora su voz era fuerte, desafiante—, la vida no puede reírse tanto de mí. Si yo hago el chiste antes y me río de mi propio desastre, entonces nadie puede usarlo en mi contra. ¿Entiendes? Es una armadura, Alejandro. Es… es lo único que tengo.
Se quedó en silencio, mirando el mar, con las manos apretadas en los bordes de su vestido. Y por primera vez desde que la conocí, vi a alguien diferente.
No vi a la mujer caótica que me había tirado café encima.
No vi a la limpiadora sarcástica que me desafiaba con cada palabra.
Vi a alguien que llevaba años peleando sola.
Vi a alguien que había aprendido que el mundo no la protegería, así que había decidido protegerse a sí misma con el único escudo que tenía: el humor.
Y vi algo más. Vi a alguien que estaba exhausta.
Realmente exhausta. Con ojeras que el maquillaje no lograba cubrir.
Con hombros caídos que se enderezaban cada vez que alguien la miraba.
Con una sonrisa que aparecía automáticamente, como un reflejo condicionado, cada vez que alguien más necesitaba verla.
—Lo siento —dije, y era verdad.
Ella me miró, sorprendida. Como si no esperara disculpas. Como si no estuviera acostumbrada a que la gente viera más allá de la superficie.
—No pasa nada —dijo finalmente, suavizando la voz—. No puedes saberlo. No eres… —se detuvo.
—¿No soy qué?
—No eres de los que entienden estas cosas —dijo, y no sonó como un insulto. Sonó como una constatación—. Tú tienes control. Tienes éxito. Tienes… todo.
—No tengo todo —dije, antes de poder detenerme.
Ella me miró con curiosidad. Pero no preguntó. Y yo no expliqué.
Carmen nos llamó en ese momento, salvándome de tener que revelar más de lo que quería. Volvimos junto a ella, y el momento se rompió como una burbuja de jabón.
Más tarde, en casa de Carmen, mientras mi abuela leía en voz alta un artículo del periódico que ella ya había leído tres veces, vi a Lucía sentarse en una silla de mimbre.
Estaba a punto de anochecer. La luz del salón era tenue, cálida. Y Lucía, por primera vez desde que la conocía, se permitió descansar.
Sus ojos se cerraron. No del todo. Solo unos centímetros. Su respiración se hizo más lenta, más profunda. Su cabeza cayó ligeramente hacia un lado, apoyada contra el respaldo de la silla.
Se había quedado dormida. O en ese limbo entre el sueño y la vigilia. Solo cinco minutos. Quizás menos.
Carmen siguió leyendo, ajena o fingiendo estar ajena. Yo observaba a Lucía, con el corazón haciéndome algo extraño en el pecho.
Estaba agotada. Realmente agotada. Se veía en la forma en que se relajaban sus facciones, en cómo su mano se abría sobre el reposabrazos, en la quietud absoluta de su cuerpo después de tantas semanas viéndola en constante movimiento.
Pero entonces Carmen dijo su nombre. Solo eso. «Lucía, cariño, ¿me pasas el agua?»
Y Lucía abrió los ojos. Y sonrió.
No una sonrisa forzada. No una sonrisa de cortesía. Una sonrisa real, inmediata, que iluminó su cara como el amanecer. Una sonrisa para Carmen. Para mi abuela. Para la persona que, en ese momento, necesitaba verla feliz.
Se levantó, sirvió el agua, preguntó si Carmen quería más limonada, si estaba cómoda, si necesitaba algo más.
Y yo me quedé sentado, con una pregunta clavada en la garganta como un hueso de pescado.
¿Quién cuida de la persona que siempre está cuidando de los demás?
¿Quién le pregunta a Lucía si está cansada? ¿Quién le sirve agua a ella? ¿Quién se queda despierto por si ella necesita algo?
La respuesta era obvia. Nadie. O quizás, ahora, yo.
La pregunta no me dejó en paz esa noche. Ni al día siguiente. Ni cuando volví a mi casa vacía y ordenada, donde todo estaba en su sitio y nadie necesitaba nada de mí.
Porque por primera vez en mucho tiempo, sentía que quería cuidar de alguien. No porque fuera mi obligación, ni porque fuera familia, ni porque fuera lógico o razonable o conveniente.
Solo porque ella se lo merecía.
Y esa pregunta, esa simple pregunta sobre quién cuidaba de la cuidadora, empezó a importarme demasiado.
Empezó a importarme más que mis planos. Más que mi control. Más que mi vida perfectamente ordenada.
Y eso me aterraba más de lo que quería admitir.