Capítulo 8
Lucía
Los martes eran días de bufete Valcárcel.
Los miércoles, tres casas particulares, así como los lunes y los viernes.
Los jueves y viernes por la tarde, Carmen.
Y entre medias, las facturas que se apilaban en la mesa de mi salón como una torre de naipes condenada al colapso, las llamadas de acreedores que ignoraba con la práctica de quien ha convertido el silencio en arte, y la sensación constante de estar nadando contra una corriente que cada vez iba más deprisa.
Mi rutina no había cambiado. Seguía levantándome a las cinco y cuarenta y cinco. Seguía contando los céntimos para el pan. Seguía sonriendo cuando lo único que quería era dormir durante una semana entera.
Pero algo había cambiado.
Ahora, cuando llegara a casa de Carmen, él estaría allí. Sentado en el porche con su portátil, con esa camisa de lino impecable que parecía insultar mi ropa de limpiar, con su pelo perfectamente despeinado de una manera que seguramente le costaba veinte minutos cada mañana.
Alejandro. El señor Perfume Carísimo. El arquitecto que me miraba como si fuera un problema matemático sin resolver. Y eso me irritaba.
Me irritaba su presencia silenciosa, su forma de ordenar los lápices por tamaño mientras yo intentaba hacer reír a Carmen, su manera de aparecer justo cuando estaba más cansada, más despeinada, más vulnerable.
Me irritaba que mi estómago se contrajera cuando entraba en una habitación y él estaba allí.
Me irritaba que, a pesar de todo mi buen juicio, mis ojos lo buscaran en el espacio.
Porque había aprendido una lección. Una lección que me había costado sesenta mil euros y un año de terapia emocional que no podía pagar: los hombres que parecen demasiado buenos, demasiado perfectos, demasiado controlados, suelen esconder algo. Como Víctor.
Víctor también había parecido perfecto al principio.
Elegante, atento, con un trabajo estable y una sonrisa que prometía seguridad.
Me había mirado como si yo fuera un tesoro que él necesitaba proteger.
Y yo, estúpida, había creído que esa protección era amor.
Hasta que descubrí que protegerme significaba controlar mis finanzas, firmar documentos por mi bien, y desaparecer con mi dinero y mi dignidad.
Alejandro me recordaba a Víctor. No en la forma de ser, Víctor era falso donde Alejandro parecía genuino, manipulador donde Alejandro parecía simplemente rígido, pero sí en esa apariencia de hombre que lo tiene todo bajo control.
De hombre que sabe lo que es mejor para los demás.
De hombre que podría decidir por mí por mi bien.
Y yo no volvería a caer en eso.
Nunca.
Ese viernes llegué a casa de Carmen más tarde de lo habitual.
Había tenido que hacer un recado para la señora Ruiz, y el calor de julio me había dejado agotada, pegajosa, con el vestido de algodón pegado a la espalda.
Quería ducharme. Quería dormir. Quería no tener que enfrentarme a los ojos grises de un arquitecto que me hacía sentir desnuda emocionalmente con solo mirarme.
Pero allí estaba él.
No en el porche, como de costumbre. Estaba de pie en el salón, junto a la ventana que daba al jardín, observando. Y cuando entré, no me miró a mí. Miró más allá, hacia el patio donde Carmen estaba sentada, leyendo un libro con sus gafas de lectura y una manta sobre las piernas a pesar del calor.
—Lleva así media hora —dijo Alejandro, sin saludarme, sin preguntarme cómo estaba—. Leyendo la misma página. Mirando el reloj cada dos minutos. Esperando a que llegaras.
Me quedé quieta, con la mano todavía en el pomo de la puerta.
—¿Qué?
—Mi abuela —dijo, y ahora sí se giró hacia mí. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, pero no con lascivia. Con… evaluación—. Estaba inquieta. Inquieta desde que te fuiste el martes. Ha preguntado tres veces si vendrías hoy.
—Vengo todos los jueves —dije, dejando mi bolso en la consola—. Ella lo sabe.
—Lo sabe —asintió él—. Pero estaba preocupada. Y ahora… —señaló hacia el patio—. Ahora está sonriendo. Lleva cinco minutos sonriendo desde que te ha oído llegar.
No supe qué decir. Esa observación, tan precisa, tan íntima, me desarmó. Esperaba crítica, esperaba frialdad, esperaba que me dijera que llegaba tarde o que estaba despeinada. No esperaba que me mostrara que había estado observando el efecto que tenía en su abuela.
—Voy a saludarla —dije, pasando junto a él, intentando ignorar el olor a cedro y bergamota que me envolvió al cruzarme con su cuerpo.
Carmen levantó la vista cuando entré en el patio, y su sonrisa se amplió. Era una sonrisa de auténtica alegría, de alivio, de «Por fin estás aquí».
—Lucía, cariño —dijo, dejando el libro a un lado—. Pensé que hoy no vendrías.
—¿Cómo no voy a venir? —Me senté junto a ella, tomando su mano arrugada entre las mías—. ¿Quién va a obligarte a tomar la medicina de la tarde si yo no estoy?
—Alejandro intentó hacérmela tomar —dijo Carmen, haciendo un gesto de desdén—.
Pero lo hace como si fuera un proyecto de construcción.
«Abuela, es necesario que ingiera la pastilla a las diecisiete horas para optimizar la efectividad».
Yo le dije que las pastillas no entienden de horarios de oficina.
Me reí. No pude evitarlo. La imagen de Alejandro intentando gestionar la medicación de su abuela con la misma precisión que sus planos de arquitectura era demasiado divertida.
—Toma —dije, sacando del bolsillo del vestido un pequeño pastillero que guardaba para ella—. La de la tarde. Y luego vamos a dar un paseo corto, ¿vale? Hace buen tiempo y el jazmín huele de maravilla.
Carmen asintió, tomó la pastilla con el agua que le ofrecí, y luego se quedó mirándome con una expresión que no supe interpretar.
—Eres buena, Lucía —dijo, bajando la voz—. Demasiado buena para este mundo.
—No diga esas cosas, doña Carmen —respondí, encogiéndome de hombros—. Si soy buena, es porque usted me paga.
—Mientes —dijo ella, y su mano se cerró sobre la mía con más fuerza de la que esperaba de una mujer de ochenta y seis años—. Eres buena porque es tu naturaleza. No porque te paguen. Y eso es lo que me preocupa.
Quise preguntar qué quería decir, pero en ese momento sonó el teléfono fijo de la casa. Un sonido antiguo, de esos que ya casi nadie usa, que cortó el momento como un cuchillo.
Carmen frunció el ceño.
—¿Quién llamará a esta hora? —murmuró.
Me levanté para ir a cogerlo, pero Alejandro ya estaba allí, en la puerta, con el auricular en la mano.
—¿Diga? —dijo, y su voz era profesional, fría.
Se quedó en silencio, escuchando. Yo observaba desde el patio, viendo cómo su expresión cambiaba. Se tensó. Su mandíbula se apretó.
—¿Quién llama? —preguntó.
Otra pausa. Luego colgó, lentamente, y miró el auricular como si fuera un objeto extraño.
—¿Quién era? —preguntó Carmen desde atrás de mí.
—Colgaron —dijo Alejandro, y su voz sonaba extraña—. Preguntaban por usted. Dijeron que era un error.
Carmen se quedó inmóvil durante unos segundos. Su rostro, normalmente sereno y sonriente, se oscureció. Por un instante, vi algo en sus ojos. Miedo, quizás. O preocupación. O un secreto viejo que, de repente, había vuelto a la superficie.
Pero luego, con una rapidez que me sorprendió, volvió a sonreír. Esa sonrisa perfecta, social, que no alcanzaba sus ojos.
—Será un error de número —dijo, encogiéndose de hombros—. Pasa todo el tiempo. Vamos, Lucía, me has prometido un paseo.
Salió al jardín, tomándome del brazo, alejándome de Alejandro y del teléfono. Pero yo la sentí temblar. Solo un poco. El temblor casi imperceptible de alguien que ha recibido una llamada que esperaba, pero temía.
Alejandro nos observó desde la puerta. Nuestros ojos se encontraron. Y en su mirada vi que él también lo había notado. Que esa llamada no era un error. Que algo estaba pasando.
Pero no dijo nada. Y yo tampoco.
El paseo fue corto, como había prometido. Carmen habló de sus nietos, de cuando Alejandro era pequeño y ya intentaba organizar los juguetes por colores y tamaños, de cómo su difunto marido siempre decía que ese niño acabaría construyendo castillos o destruyendo el mundo con su necesidad de control.
Me reí de sus historias. Puse mi mejor cara de entretenida. Pero una parte de mí, la que había aprendido a detectar el peligro desde que Víctor me enseñó que las apariencias engañan, seguía pensando en esa llamada. En la expresión de Carmen. En el silencio incómodo de Alejandro.
Cuando terminó la tarde, me despedí con mi ritual habitual: beso en la mejilla de Carmen, promesa de volver el sábado por la mañana, broma sobre que no se olvidara de tomar la medicina de la noche.
Alejandro estaba en el salón, fingiendo revisar unos planos. No me miró cuando me fui. Pero sentí su atención en mi espalda como un peso físico.
—Hasta el sábado —dije, más para él que para Carmen.
—Hasta el sábado —respondió él, sin levantar la vista.
Salí de la casa con el sol ya bajando en el horizonte. El camino a mi piso era de unos veinte minutos a pie, a través de calles tranquilas de la zona, pasando por el paseo marítimo donde la gente paseaba perros y niños, donde la vida parecía normal y segura.
Saqué el móvil para llamar a Alba, contarle lo de la llamada extraña, reírnos juntas de paranoias. Pero antes de que pudiera marcar, el teléfono vibró en mi mano.
Un mensaje. Número desconocido.
Lo abrí sin pensar. En mi mundo, los números desconocidos eran normalmente acreedores, empresas de luz, o mi madre llamando desde el teléfono de la vecina porque el suyo no tenía batería.
Pero el mensaje no era de ninguno de ellos.
«Deja de hacer preguntas sobre lo que no sabes.»
Me quedé parada en mitad de la calle. Literalmente parada, con el corazón golpeándome en el pecho como un pájaro atrapado. Mis dedos se entumecieron alrededor del teléfono. El sudor frío recorrió mi espalda.
¿Preguntas? ¿Qué preguntas? ¿Qué era lo que no sabía?
Miré a mi alrededor. La calle seguía siendo normal.
La gente paseaba. Un perro ladraba a lo lejos.
Pero de repente, todo parecía amenazante.
Las sombras eran más largas. Los coches aparcados podían esconder a alguien.
El hombre de la esquina que leía el periódico podía estar mirándome por encima del papel.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo de verdad.
No el miedo abstracto a las deudas, al futuro, a la soledad. Era un miedo concreto, físico, que se me clavaba entre los omóplatos y me decía que alguien me estaba observando. Que alguien sabía dónde estaba. Que alguien quería que dejara de hacer algo que ni siquiera sabía que estaba haciendo.
Mi mano temblaba cuando marqué el número de Alba. Sonó tres veces antes de que contestara.
—¿Lucía? —Su voz sonaba lejana, preocupada—. ¿Estás bien? Suenas rara.
Respiré hondo. Una. Dos veces. El truco de siempre. No preocupar a Alba. No arrastrarla a mi desastre. Mantener la fachada.
—Nada, tía —dije, y mi voz salió forzada, demasiado alegre, demasiado falsa—. Es que mi club de fans se ha puesto pesado. Ya sabes, demasiados mensajes de admiradores anónimos.
—¿Estás segura? —Alba no se lo tragó. Nunca se lo tragaba—. Pareces…
—Estoy perfecta —corté—. De verdad. Solo cansada. Te llamo mañana, ¿vale?
Colgué antes de que pudiera insistir. Y me quedé allí, en mitad de la acera, con el teléfono apretado en la mano como si fuera un arma o un escudo.
Miré hacia atrás.
La calle estaba vacía. El hombre del periódico se había ido. Solo había un coche negro aparcado a media cuadra, con las ventanas tintadas, imposible saber quién había dentro.
Me di la vuelta y caminé rápido, casi corriendo, hacia mi piso. Cada pocos metros miraba atrás, esperando ver a alguien siguiéndome, esperando que el coche negro arrancara, esperando que cualquier cosa sucediera.
Pero no pasó nada.
Llegué a mi edificio. Subí las escaleras. Cerré la puerta con tres cerrojos que nunca usaba. Me senté en el sofá, en la oscuridad, con el móvil iluminando mi cara como una luz fantasmal.
El mensaje seguía ahí.
«Deja de hacer preguntas sobre lo que no sabes.»
¿Qué preguntas? ¿Sobre Carmen? ¿Sobre la llamada? ¿Sobre algo más?
Pensé en Víctor. En cómo había desaparecido sin dejar rastro, dejándome solo el regalo envenenado de sus deudas. Pensé en los últimos meses, en las llamadas de acreedores, en las cartas amenazantes.
¿Tenía esto algo que ver con él?
O era solo una coincidencia. Una broma de mal gusto. Un número equivocado.
Quería llamar a alguien. A Alba. A la policía. A quien fuera. Pero ¿qué les diría? ¿Que había recibido un mensaje anónimo? ¿Que me sentía observada? Sonaba a locura. Sonaba a paranoia. Sonaba a la clase de cosas que les pasan a otras personas, no a mí.
Me levanté y fui a la ventana. Miré hacia la calle. El coche negro no estaba. No había nadie. Solo la noche normal de un jueves de julio.
Pero cuando apagué la luz y me metí en la cama, con la ropa puesta y el móvil en la mano, no pude dormir.
Porque tenía la certeza absoluta e irracional de que alguien me estaba observando.
Y que esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola en mi desastre.
Estaba siendo vigilada.