El desastre perfecto Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—¿Estás bien? —pregunté, dejando las bolsas sobre la mesa.

—Estoy perfecta —dijo ella, automáticamente—. Siempre estoy perfecta. Es mi superpoder.

—Mientes fatal.

Nos miramos. Y por primera vez, vi algo más allá del sarcasmo. Vi miedo. Vi agotamiento. Vi a alguien que cargaba con un peso que no lograba imaginar.

—Tengo un problema —dijo de repente, y la confesión pareció sorprenderla tanto como a mí.

—¿Qué problema?

—En casa. Es… es una tontería. Una gotera. Bueno, no es una gotera, es más bien un diluvio que viene del techo del baño. Y el fontanero que conocía está de vacaciones, y no tengo dinero para llamar a uno de esos que cobran solo por salir, y…

Se detuvo. Como si se diera cuenta de que estaba revelando demasiado.

—Puedo mirarlo —dije, y la oferta salió antes de que pudiera detenerla.

—No hace falta…

—Soy arquitecto —dije, encogiéndome de hombros—. Sé de tuberías. Y de estructuras. Y de cómo arreglar goteras sin que el edificio se derrumbe.

Ella me miró con desconfianza, pero asintió.

Fuimos juntos. En mi coche, el sedán, aunque ella insistió en llamarlo «El vehículo asesino» durante todo el trayecto hasta su piso.

Un apartamento pequeño, ordenado a pesar de la humildad, con una terraza que daba al mar.

El baño era diminuto, efectivamente, y la gotera venía de una tubería oxidada que goteaba con constancia de metrónomo.

—Es sencillo —dije, examinándola—. Necesitas cambiar esta pieza. Y sellar esta junta. Dos horas de trabajo, como mucho.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó ella y su voz cambió. Se volvió dura. Defensiva.

—Puedo hacerlo yo. No te cobro nada.

—No —dijo ella, firme—. No quiero que hagas nada gratis. Dime cuánto cuesta y lo pienso.

—Lucía, es solo una gotera…

—Y yo solo soy una limpiadora que no puede permitirse favores —dijo, y ahora había fuego en sus ojos—. No necesito que nadie venga a salvarme, Alejandro. No necesito un príncipe azul con coche caro que arregle mi vida porque le da lástima.

La frase me golpeó como un puñetazo.

—No es lástima —dije, intentando mantener la calma—. Es solo ayuda. Solo quería…

—Ya sé que querías ayudar —interrumpió ella, y su voz tembló, aunque no de tristeza.

De rabia—. El problema es que hay gente que empieza ayudando y acaba decidiendo por ti.

Que empieza arreglando goteras y acaba diciéndote cómo vivir tu vida.

Que empieza pagando facturas y acaba comprándote como si fueras un objeto.

Se quedó en silencio. Yo también. La frase flotaba en el aire entre nosotros, pesada, cargada de una historia que yo no conocía, pero que de repente intuía con absoluta claridad.

—Alguien te hizo eso —dije. No era una pregunta.

Lucía me miró. Y en sus ojos vi todo lo que no me había contado. El peso de las deudas que mencionaba en broma. La razón por la que trabajaba hasta el agotamiento. La desconfianza que llevaba como armadura.

—No importa —dijo finalmente, volviendo a ser la de las bromas y el sarcasmo—. Lo arreglaré yo sola. O dejaré que el techo caiga. Total, así tengo excusa para no mirar la cuenta bancaria desde la cama del hospital.

Quise insistir. Quise decirle que no todos los hombres eran iguales. Que yo solo quería… ¿Qué? ¿Qué quería, exactamente?

No lo sabía.

Volvimos a casa de Carmen en silencio. Ella miraba por la ventana, yo miraba la carretera y entre nosotros había algo nuevo.

No solo atracción, que seguía ahí, confusa e incómoda.

Curiosidad. Necesidad de entender. De saber quién era realmente esa mujer que se reía de todo mientras el mundo se le derrumbaba encima.

Esa noche, cuando volví a mi casa vacía, sonó el teléfono. Era Héctor.

—¿Qué tal Málaga? —preguntó, sin preámbulos.

—Bien —respondí, sentándome en el sofá con una cerveza que no me apetecía.

—¿Y la chica?

Me quedé en silencio. El silencio de los culpables. Del otro lado de la línea, escuché la risa de Héctor, esa risa de hermano mayor que me conocía demasiado bien.

—Ah —dijo—. Entonces hay una chica.

—No hay ninguna chica —mentí.

—Alejandro, llevo quince años conociéndote. Sé cuándo mientes. Y ese silencio… ese silencio era el de alguien que está jodido. En el buen sentido.

Suspiré. Miré el techo. Y me rendí.

—Es la del café —dije—. La del atropello. Resulta que es la cuidadora de mi abuela. Va a casa todos los jueves, viernes y sábados. La voy a ver constantemente durante semanas.

—Dios —dijo Héctor, y su voz tenía un deje de asombro—. El universo tiene sentido del humor.

—El universo es un capullo —corregí.

—No, amigo —dijo Héctor, riendo—. El universo te está dando una oportunidad. Una chica que te saca de tus casillas, que te hace sentir algo, que no te mide las palabras… eso es oro puro. Aprovecha el verano.

—Es agotadora —protesté débilmente.

—Y tú eres un aburrido —replicó Héctor—. Perfectos para el otro. Disfruta, Alejandro. Y avísame cuando admitas que estás perdido.

Colgué. Y me quedé solo, en mi silencio ordenado, pensando en una mujer que no paraba de hablar, que se reía de mis intentos de ayudarla y que, de alguna manera, había logrado hacer un agujero en mi perfecta armadura de control.

El verano acababa de empezar.

Y sospechaba que iba a ser el más largo de mi vida.