El desastre perfecto Capítulo 7
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Capítulo 7

Alejandro

Ese jueves llegué a casa de Carmen a las cinco de la tarde, puntual como un reloj suizo, con un ramo de jazmines que había comprado en el camino y la certeza de que iba a ser una tarde productiva.

Llevaba el portátil en la maleta, tres proyectos pendientes de revisión y la firme intención de demostrarle a mi abuela que podía trabajar desde Málaga sin perder eficiencia. Todo bajo control. Todo en su sitio.

Empujé el portón del jardín y escuché su risa antes de verla.

Era una risa distintiva, alta, sin filtros, que sonaba como campanas lejanas en una tormenta de verano.

Una risa que ya había escuchado antes. Una risa que me había despertado a las tres de la mañana durante los dos últimos días, mientras intentaba conciliar el sueño en una cama demasiado grande y demasiado silenciosa.

Mi abuela estaba sentada en el porche, en su mecedora habitual, y frente a ella, con una limonada en la mano y el pelo castaño recogido en una coleta despeinada, estaba ella.

La mujer del café. La loca del semáforo.

La que me había dicho que prefería que la atropellara antes de seguir pagando préstamos.

El mundo se encogió hasta convertirse en ese patio de cuatrocientos metros cuadrados.

—Alejandro, cariño —dijo Carmen, y su voz tenía un deje de diversión que no logré descifrar en ese momento—. Ven, te presento formalmente a Lucía. Lucía, este es mi nieto Alejandro, del que te he hablado tanto.

Nos miramos.

Ella tenía una mancha de pintura azul en la muñeca, como la de mis zapatillas, y unos ojos color miel que me miraron sin sorpresa, solo con resignación. Como si ella también hubiera estado esperando este momento con la misma mezcla de curiosidad y aprensión que yo.

—Ya nos conocemos —dije, dejando los jazmines sobre la mesa de centro.

—Sí —respondió ella, y su voz era exactamente como la recordaba: seca, divertida, desafiante—. El señor Perfume Carísimo. El dueño del Ferrari asesino.

—Era un sedán —corregí, sentándome en la silla de mimbre libre—. Y no iba a matarte. Iba a cuarenta.

—A cuarenta en una zona de veinte —dijo ella, encogiéndose de hombros.

Mi abuela nos observaba con una sonrisa de gato que había visto cientos de veces en mi infancia. Esa sonrisa que significaba que sabía algo que yo ignoraba, que estaba disfrutando el espectáculo, y que probablemente había planeado todo esto con la precisión de un general de guerra.

—Qué coincidencia tan agradable —dijo mi abuela, dando un sorbo a su limonada—. Lucía viene los jueves por la tarde, cariño. Y los viernes. Y los sábados por la mañana. Va a ser tu compañera de verano, en cierto modo.

Miré a mi abuela. Ella me devolvió la mirada con una inocencia exagerada.

Y entonces lo entendí: ella lo sabía. Sabía que nos habíamos cruzado en la calle, sabía que habíamos discutido, sabía que esa mujer me había dejado descolocado de un modo que no lograba explicar. Y estaba disfrutando cada segundo.

—Encantado —dije, extendiendo la mano hacia Lucía.

Ella la miró como si fuera un objeto extraño; luego la estrechó con una fuerza sorprendente.

—Lo dudo —respondió—. Pero gracias por fingir.

La primera conversación real entre nosotros fue un campo de batalla disfrazado de tertulia.

Había pasado una hora desde la presentación formal.

Carmen había entrado en la casa para descansar un poco, dejándonos solos en el patio con la excusa más transparente del mundo.

Yo intentaba revisar unos planos en la mesa.

Lucía limpiaba los cristales de las puertas de cristal que daban al jardín, aunque sospeché que ya estaban limpios y que solo buscaba hacer ruido para molestarme.

—Llegas tarde —dije, sin levantar la vista de los planos.

Ella dejó de frotar y me miró por encima del hombro.

—Perdón, señor reloj. Algunas tenemos que trabajar para ganarnos la vida. No todas podemos llegar puntuales como los trenes suizos.

—¿Y a qué te dedicas, aparte de arrojar café a desconocidos?

—Limpio casas —dijo, y no hubo vergüenza en su voz, solo una declaración de hechos—. Cuido a señoras mayores. Intento que los números de mi cuenta bancaria no se rían de mí en mi cara. Lo habitual.

—¿Por qué trabajas tanto?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. No era de mi incumbencia. No me importaba. O eso creía.

Lucía se volvió completamente, apoyándose en el marco de la puerta, con el trapo de limpieza colgado del hombro como si fuera un accesorio de moda.

—Porque mi hobby favorito es pagar facturas —dijo, y su sonrisa era afilada como un cuchillo—. No hay nada que me guste más que ver cómo desaparece mi dinero en manos de empresas de electricidad, agua y acreedores varios. Es mi forma de meditación. «Om», pero con recibos.

Carmen salió en ese momento, con una bandeja de galletas caseras que nadie le había pedido. Nos miró a los dos, evaluando la tensión, y su sonrisa se amplió.

—¿Discutiendo ya? —preguntó, sentándose de nuevo—. Qué rápido. Normalmente mis nietos tardan al menos una hora en querer estrangular a alguien.

—No estamos discutiendo —dije yo, cerrando el portátil con más fuerza de la necesaria.

—Estamos conociéndonos —corrigió Lucía, volviendo a sus cristales—. Aunque él parece que preferiría estar en su torre de marfil diseñando… ¿Qué diseñas, por cierto? ¿Castillos para princesas?

—Soy arquitecto —dije—, y el orgullo profesional me hizo enderezar la espalda. Tengo un estudio en Madrid. Medina Arquitectura.

—Qué bien —dijo ella, sin detenerse—. Yo también diseño.

Arqueé una ceja. No pude evitarlo.

—¿Qué diseñas?

—Excusas —respondió, y esta vez su sonrisa fue casi triste—. Excusas para no mirar mi cuenta bancaria. Excusas para seguir adelante. Excusas para no rendirme. Soy muy buena en eso. Podría ganar premios.

Algo en su tono me detuvo. No era solo sarcasmo. Había algo más. Pero antes de que pudiera preguntar, Carmen intervino.

—Alejandro se va a quedar en Málaga unas semanas —dijo, mirando a Lucía con una expresión que no supe interpretar—.

Para trabajar, dice, pero yo sé que es para vigilar que no me muera de vieja sola.

Lucía, cariño, ¿te importaría seguir viniendo durante el verano?

Alejandro estará ocupado con sus planos, y yo necesito compañía.

Además, alguien tiene que obligarle a comer algo que no sea sándwiches de máquina.

Lucía me miró. Yo la miré a ella. Y en sus ojos vi algo que me desconcertó: desafío. Como si aceptar significara algo más que simplemente seguir con su trabajo.

—Por supuesto, doña Carmen —dijo ella finalmente—. Mientras usted me aguante, yo estaré aquí.

—Perfecto —dijo mi abuela, dando un sorbo a su limonada con satisfacción absoluta.

Yo pensé que iba a tener que soportar a la chica del café durante semanas. Pensé que sería un martirio. Pensé que su caos me volvería loco.

Cometí un error.

Porque esa noche, mientras intentaba dormir en mi casa demasiado grande, demasiado ordenada, demasiado vacía, me di cuenta de algo terrible: no había dejado de pensar en ella. Ni un solo momento desde que había salido del patio de Carmen.

Y sospeché, con una intuición que me aterraba, que ella tampoco había dejado de pensar en mí.

Intenté trabajar durante los días siguientes. De verdad que lo intenté.

Me instalé en el salón de la casa de Carmen con mi portátil, mis planos, mi agenda perfectamente organizada. Pero cada dos minutos mi abuela interrumpía con alguna excusa.

—Alejandro, ¿has visto dónde dejó Lucía las llaves del trastero?

—Alejandro, ¿sabes que Lucía habla tres idiomas? Aprendió inglés trabajando de camarera en Londres.

—Alejandro, Lucía me ha contado que limpia cristales mejor que nadie. Dice que deja ver la vida a través de ellos. ¿No es poético?

—Alejandro, ¿has notado lo fuerte que es Lucía? Ayer me subió las escaleras en brazos cuando se me durmieron las piernas. Imagínate, una chica tan pequeña…

—Abuela —dije finalmente, dejando el lápiz sobre los planos—. ¿Por qué no paras de hablar de Lucía?

Carmen me miró con esa inocencia que ya no me engañaba.

—¿Yo hablo de ella? —preguntó—. No me había dado cuenta. Es solo que me preocupa que no la conozcas bien. Es una chica extraordinaria, Alejandro. Trabajadora. Buena persona. Tiene una vida difícil, pero nunca se queja. Nunca pide ayuda. Es…

—Desordenada —interrumpí—. Caótica. Irritante. Habla demasiado. Se ríe de todo. No tiene modales.

—¿Y eso es malo? —preguntó Carmen, inclinándose hacia delante—. ¿Prefieres a alguien que mida cada palabra como tú? ¿Alguien que sea perfecto y vacío?

No respondí. No podía. Porque en el fondo, en lo más profundo de mi ser, sabía que mi abuela tenía razón.

Ese día, cuando estaba a punto de rendirme y volver a mi casa para trabajar en silencio, escuché el portón.

Era Lucía, llegando con varias bolsas de compra que le resbalaban de las manos, con el pelo suelto y el vestido verde que ya había visto, el del encuentro del café, manchado de algo que parecía pintura blanca.

—Perdón, llego tarde —dijo, jadeando ligeramente—. La cola del supermercado…

—No pasa nada —dijo Carmen, y su voz tenía un deje de travesura—. Alejandro, ayúdala con las bolsas. Lucía ha comprado todo lo que necesito para hacer tu tarta de queso favorita. Aunque no sé cómo ha adivinado cuál era tu favorita…

Miré a mi abuela. Ella me devolvió una mirada de ángel. Y entonces lo entendí: Carmen había pedido a Lucía que fuera a comprar específicamente para que nos encontráramos. Para que tuviéramos que interactuar. Para que…

—Déjame —dije, levantándome y cogiendo las bolsas de las manos de Lucía.

Nuestros dedos se rozaron. Ella los retiró rápidamente, como si mi tacto quemara.

—Gracias —dijo, y por primera vez no sonaba desafiante. Sonaba cansada. Realmente cansada.

La observé mientras se sentaba en el porche, masajeándose la nuca. Había ojeras bajo sus ojos. Un pequeño corte en el dedo índice. Una postura de derrota momentánea que desapareció cuando se dio cuenta de que la miraba, y fue reemplazada por esa sonrisa defensiva que ya empezaba a reconocer.