Capítulo 6 #2
—Mi historia es diferente —dije, encogiéndome de hombros—.
Pero el resultado es el mismo. Un ex que me dejó endeudada hasta las cejas.
Miles de euros que no pedí. Trabajos que no me dan para llegar a fin de mes.
Y la sensación constante de que estoy nadando contra la corriente con una piedra atada al cuello.
Carlos dejó su vaso sobre la mesa. Luego soltó una carcajada. No una risa amarga. Una risa de sorpresa, de reconocimiento, de esa complicidad que nace entre dos náufragos que se encuentran en la misma isla desierta.
—Pues vaya dos nos hemos juntado —dijo.
Y yo, sin poder evitarlo, solté mi frase favorita, la que usaba cuando el humor era el único escudo que me quedaba:
—De follar ni hablamos, ¿no?
El silencio duró medio segundo. Y entonces estallamos los dos en carcajadas. Una risa alta y desinhibida que atrajo la atención de Alba y Dani, quienes nos miraron con curiosidad, pero sin entender nada.
—Eres increíble —dijo Carlos, secándose las lágrimas de la risa—. ¿De verdad has dicho eso?
—Es mi forma de decir «Encantada» —respondí, bebiendo de nuevo—. Lo siento, es que mi filtro social se rompió hace años, junto con mi cuenta bancaria.
—No te disculpas —dijo él, y su mano se extendió sobre la mesa, tocando la mía brevemente—.
Es refrescante. La gente normalmente me tiene lástima, o me dice que todo pasa por algo, o me intenta vender tópicos sobre el tiempo y la curación.
Tú me dices que no vamos a follar y te ríes. Es… es perfecto.
—Soy un desastre —advertí.
—Yo también —dijo él, sonriendo de verdad por primera vez esa noche.
La música cambió. Una canción de los noventa, algo bailable, algo que gritaba «Levantaos y moved el culo». Dani se levantó y arrastró a Alba hacia la pista. Los vi desaparecer entre la gente, riendo, ya perdidos en su propia historia.
Carlos me miró. Yo le miré a él.
—¿Bailas? —preguntó.
—No sé bailar —mentí.
—Yo tampoco —dijo él, levantándose y ofreciéndome la mano—. Por eso será divertido.
Cogí su mano. Era cálida y fuerte, y tenía callos en los dedos que me hicieron preguntarme qué hacía en su vida profesional.
Luego me di cuenta de que no me importaba.
No quería saber si era rico o pobre, ni si tenía éxito o no.
Solo quería bailar con alguien que entendiera que la vida era una mierda pero que seguíamos aquí, resistiendo.
La pista estaba llena. Carlos me puso las manos en la cintura, yo le puse las mías en los hombros y empezamos a movernos. No éramos buenos. Él pisó mi pie dos veces. Yo me reí en su cara. Él se rio de mi risa. Y de alguna manera, entre el alcohol y la música y el calor del local, dejamos de fingir.
—Tengo la sensación —dijo Carlos, inclinándose para hablarme al oído por encima de la música— de que vamos a ser grandes amigos, Lucía.
—No te quepa la menor duda —respondí, y era verdad.
—Y si entre nuestros dos amigos —señaló hacia Alba y Dani, que estaban bailando pegados en una esquina— la cosa funciona…
—Entonces nos vamos a ver más a menudo de lo que pensamos —terminé por él.
—Exacto.
—Me parece bien —dije—. Necesito amigos que entiendan que la vida es un desastre. Los optimistas me ponen de los nervios.
Carlos se rio de nuevo. Y seguimos bailando, moviéndonos con la torpeza de dos personas que han olvidado cómo es divertirse, pero que están intentando recordarlo.
Fue una noche de esas que no se olvidan.
No porque fuera perfecta. No porque encontrara al amor de mi vida, Carlos era guapo, simpático, y probablemente un encanto, pero no había chispa romántica, solo una conexión de almas gemelas en el desastre.
Sino porque, por primera vez en meses, me reí de verdad.
Nos reímos de nuestras desgracias. De nuestros ex.
De la ironía de que ambos estuviéramos en el mismo bar, el mismo día, con la misma sensación de haber perdido el rumbo.
Carlos me contó anécdotas de su trabajo como abogado, de cómo había intentado aprender a cocinar para no morir de hambre y había quemado tres sartenes.
Yo le conté sobre mis clientes, sobre la señora Ruiz y sus historias de 1965, sobre cómo limpiaba cristales mientras imaginaba que era una espía internacional.
A las tres de la mañana, cuando el bar empezó a echar a los últimos rezagados, nos sentamos en la acera exterior, los cuatro, con pizzas de porción que compramos en un local de veinticuatro horas.
Alba y Dani se besaban ya sin vergüenza.
Carlos y yo nos reíamos de ellos mientras compartíamos una cerveza que sabía a gloria.
—Gracias —dijo Carlos de repente, cuando Alba y Dani se fueron un momento al baño.
—¿Por qué?
—Por hacerme reír. Por entender. Por no ser una cita de esas en las que finges que tu vida es perfecta.
—Mi vida está tan lejos de la perfección —dije, mirando las estrellas que se veían entre los edificios— que ni siquiera recuerdo cómo se escribe la palabra.
—Pero eso es lo bueno —dijo él—. La perfección está sobrevalorada. Yo prefiero la realidad. Aunque duela.
Nos despedimos a las cuatro, intercambiando números de teléfono, prometiendo quedar pronto. Dani y Alba se fueron juntos en un taxi, con una despedida que dejaba claro que no iban a dormir solos. Carlos me acompañó a la parada de taxis y, antes de que yo subiera al coche, me dio un abrazo.
No un abrazo de ligoteo. Un abrazo de amigo. De «Te entiendo». De «Gracias por existir».
—Cuídate, loco de los gatos —dije, metiéndome en el taxi.
—Cuídate, reina de las deudas —respondió él, sonriendo.
El taxi arrancó. Miré por la ventana y le vi alejarse, caminando con las manos en los bolsillos, hacia su casa vacía. Y por un momento, sentí una punzada de ternura. Por él. Por mí. Por todos los que seguíamos adelante a pesar de todo.
Llegué a casa con el alba asomando por el horizonte. Me quité el vestido de Alba, me puse el pijama y me senté en mi terraza con un vaso de agua. El mar empezaba a teñirse de rosa.
— Otro día maravilloso para ser pobre —dije al aire, pero esta vez sonreía.
Porque esa noche había encontrado algo. No un Sugar Daddy . Ni una solución mágica. Pero sí una amistad inesperada. Una conexión. Una prueba de que, incluso en medio del desastre, podían pasar cosas buenas.
Y si Alba y Dani funcionaban, y todo indicaba que iban a funcionar, porque Alba no sonreía así desde hacía años, entonces nos veríamos más a menudo. Tendría un aliado. Un cómplice. Alguien que entendiera que a veces la vida te da palizas, pero que seguir adelante es la única opción.
Me metí en la cama con la sensación de que algo había cambiado. No algo grande. No la solución a mis problemas. Pero algo.
Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí sin pensar en los préstamos.
Solo pensando en la risa de un desconocido que se había convertido en amigo en una sola noche.